C-28 ¿QUÉ ATENCIÓN DAR A LOS ENFERMOS?

Lc 17, 11-19

  • Según la OMS, la salud no es la simple ausencia de enfermedad, sino un equilibrio bio-sico-socio-espiritual. No se puede hablar de alguien totalmente sano, sino que existe un continuum entre dos abstractos, salud y enfermedad. Siendo los humanos una unidad, cualquier trastorno en la salud tendrá consecuencias en todos estos componentes. Ante una situación depresiva, somatizamos en malestares biológicos, o a su vez, alguna enfermedad nos deprime, y al mismo tiempo, en lo social, demandamos atención, y en lo espiritual, oramos, etc.
  • Entre tales componentes, lo social importa mucho: el enfermo se siente humillado o bien exige atención y condolencia. Hay ciertas enfermedades que aparte de los dolores y molestias propias de la biología, en determinadas épocas se vuelven estigmas. Así, por ejemplo, en el siglo XX el Sida connotaba homosexualidad (con el estigma ya de por sí discriminatorio hacia dicha orientación sexual), en el siglo XIX fue la tuberculosis, que si bien podía asumir cierto toque aristocratizante, era también enfermedad de cortesanas (recordamos a Naná de Zolá o Violeta, “La Traviata”, en la ópera de Verdi). En el siglo XVIII la sífilis era enfermedad de libertinos y en el siglo XVI, la peste bubónica provocaba el abandono total (se pensaba sumamente contagiosa y mortal) (vid imágenes).
  • En el antiguo Israel, el principal estigma lo tenía la lepra (aunque parece que no se trataba propiamente de tal enfermedad, sino de otras manchas blancas en la piel): Algo terrible el ver cómo en vida se va pudriendo la carne, y que además de pensarse como sumamente contagiosa, se creía castigo por una vida de pecado y producto de la posesión de algún mal espíritu. Había, por lo mismo, muchas restricciones para los leprosos, comenzando con el ostracismo (expulsión de la comunidad social), y se les obligaba a colgarse al cuello alguna campanilla, para que los pastores al escucharla huyeran despavoridos. Como es de imaginarse, fuera de los poblados los leprosos la pasaban mal. Alguna persona compadecida les dejaba en los cruces de caminos, sobre una piedra, algún mendrugo de pan o un cántaro de agua. Para protegerse, solían agruparse en bandas.
  • Por tales discriminaciones fue que aquella banda de leprosos, al ver a Jesús le imploraron compasión “desde lejos”, evitando su proximidad. En otra ocasión, Jesús tocó a un leproso, acción que lo volvía impuro; pero que entonces purificó al enfermo. Ahora, desde lejos, simplemente los envía al sacerdote. Los sacerdotes de entonces tenían, entre sus funciones, la del encargo sanitario, y en un caso poco probable de curación, el certificado que ellos expedían les daba derecho de reincorporarse a la sociedad.
  • La sanación que Jesús daba, no era tanto consecuencia de su poder cuanto de su inmensa compasión (“se le removían las entrañas” ante el dolor del enfermo). Su sanación, por tanto, era integral: además de la cura biológica de la lepra, dignifica la sicología del enfermo, quien se sentía liberado del mal espíritu y por tanto, limpio ante sus ojos antes que ante los del sacerdote. En lo social, reintegra al leproso a la convivencia de su pueblo, con derecho de participar en la Sinagoga. En lo espiritual, le restablece una relación agradecida, mutando su fe en aquel Padre compasivo y misericordioso, digno de alabanza.
  • Los seguidores de Jesús no tenemos -como Él- poder de sanación biológica de tales enfermedades; pero podemos atender a los otros elementos: potenciar su autoestima, liberarlos de sentimientos de autodenigración y culpa para que pueda verse a sí mismos con otros ojos, mitigar esa parte sicológica del dolor al compartirlo (“com-pasión”), reinsertarlo en la convivencia, combatir los estigmas sociales (aunque corramos el riesgo de soportar nosotros mismos dicho estigma) y hacer ver la enfermedad como la ve Dios, que sufre con el enfermo (aunque no suela hacer “milagros” individuales a encargo), pues la enfermedad, padecida con fe, se vuelve un medio corredentor para la humanidad. Actuando en estos componentes sico-socio-espirituales, muy probablemente el enfermo mejorará en lo biológico.
  • La consecuencia final de este proceso es “santificar el nombre de Dios” y provocar una alabanza agradecida, como aquel enfermo, doblemente discriminado -por ser leproso y por ser samaritano-, o como Naamán, el sirio, quien al ser curado simplemente con el baño en las aguas del Jordán, por recomendación de Eliseo, le levantó en su tierra un altar al Dios de Israel.

C-26 DE LA INDIFERENCIA Y LA COMPASIÓN

Lc 16, 19-31

  • Una obra en dos actos, de la que en el primero se presenta una escena en dos cuadros, separados por uno de esos vidrios utilizados en la llamada “Cámara de Gisel” para estudiar sicológicamente el comportamiento de los niños. Que en una cara parece un espejo; pero que en la otra puede verse a través. En la parte de adentro -la del espejo que sólo refleja a los protagonistas-, vemos a un hombre rico, elegantemente vestido, banqueteando espléndidamente con algunos invitados. En la parte de afuera, la del vidrio transparente, un mendigo, llagado, unos perros lamiéndole las heridas; el hambre fustiga al mendigo, quien mira del otro lado cómo los comensales se limpiaban la grasa de las manos con migas de pan, a guisa de servilleta que luego arrojaban al suelo, que quisiera devorarlas golosamente, pero nadie se las daba. Los comensales banquetean como si el mendigo no existiera, y esto les permitía tener buenas digestiones. Lucas menciona al mendigo por su nombre, Lázaro (también Eleazar, “ayudado por Dios”); mientras que al rico lo deja en el anonimato, al contrario de lo que sucede en nuestras realidades, donde los ricos tienen nombre y apellidos ilustres; mientras que los pobres, carentes de rostro (como decían los zapatistas. Para los “ladinos” todos los indios son iguales) no tienen tampoco nombre. Son simplemente los “juanes” y las “marías” de los ejércitos de la Revolución (“guachos” y soldaderas).
  • El segundo acto se desarrolla en la ultratumba; también en una escena en dos cuadros: en el primero, Lázaro reposa en él mítico “Seno de Abraham”, en el segundo, el rico padece en el “lugar de castigo”, abrasado por las llamas. Lucas no menciona cómo hizo su fortuna el rico. Quizás presuponga -como posteriormente San Juan Crisóstomo- que detrás de toda gran fortuna hay siempre un delito, si no del propietario actual, rastreando dicha fortuna se llega al delito de los antepasados que la heredaron. Pero supongamos que la riqueza de los comensales de la parábola haya sido fue legítimamente adquirida, al parecer, el motivo del castigo no sería tanto la riqueza allegada, sino la insensible indiferencia hacia el mendigo ulcerado.
  • Este cuadro evoca y coincide con la escena de la primera lectura: El pueblo de Israel está gozando una época de prosperidad y riqueza. El reino del Norte había derrotado a los sirios y ampliado su territorio; el del Sur había vencido a los pueblos comarcanos y no había peligros serios para la seguridad del pueblo. Israel atribuía esto al hecho de ser el “pueblo elegido” de Dios. Sin embargo, dicho bienestar era fruto del tremendo empobrecimiento de las mayorías. Amos, estando cerca del pueblo por ser “cuidador de higos y pastor de ovejas”, ve la realidad del otro lado del espejo, no visible para los privilegiados: una tragedia dramática, invisibilizada por la indiferencia de los ricos.
  • La indiferencia es actualmente una actitud muy extendida. Al inicio de este año, el Papa Francisco tituló su mensaje que nos envió con motivo de la Jornada Mundial de la Paz: “¡Vence la Indiferencia con la Paz!”. En él dijo que la indiferencia constituye una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, según sus posibilidades, al bien común y la paz. La indiferencia ante la injusticia es una forma de complicidad. La indiferencia –al decir del Papa- comienza con la falta de interés por lo que sucede en el mundo, cuyo signo podría ser el no leer el periódico (fuera de los “deportes”), o tragarse acríticamente todo lo que los media nos “(des)informan”.
  • Ante la situación por la que atraviesa nuestro país, no podemos permanecer indiferentes ante la suerte de las mayorías, la de aquellos que se desgastan, simplemente para sobrevivir, víctimas de la indiferencia de una mala política económica que les recorta el gasto social; pero que deja intocables los desmedidos salarios de altos funcionarios o que condona impuestos a los propietarios de las grandes fortunas. Tampoco podemos ser indiferentes ante las violaciones de los derechos de los migrantes y de los refugiados, de los familiares que sufren la desaparición forzada de los suyos, los de tantos homosexuales víctimas de discriminación laboral, social y hasta familiar…
  • Dios no es indiferente: vio la opresión de su pueblo, bajó, se involucró en su liberación. El samaritano no fue indiferente de la víctima infeliz de los bandidos: se detuvo, bajó de su cabalgadura, actuó. La indiferencia, en cambio, fue la del sacerdote o de los levitas que pasaron de largo; fue la de Caín -“¿soy yo acaso guardián de mi hermano?”-. Por eso vienen bien aquellas palabras de Martin Luther King: “No me duelen los actos de la gente mala; me duele la indiferencia de la gente buena”
  • Lo opuesto a la indiferencia es la compasión: “com-padecer” es “padecer-con-otro”; es una forma de empatía solidaria. Es sentir con los demás, tanto en el dolor como en el goce. Es la expresión de que formamos una misma humanidad, y que por lo mismo, nada de lo que suceda a un hermano me puede ser ajeno.
  • Pero tanto la indiferencia como la compasión se pueden revertir: “Dichosos los solidarios, porque alcanzarán solidaridad”, dijo Jesús. Pero también es verdad lo contrario: los insolidarios no suelen merecer solidaridad, como recuerda Bertold Brecht en su cuento -en forma del diario inconcluso-, acerca de un indiferente en tiempos del nazismo, que no se preocupó cuando llegó la policía ni por los judíos, ni por los comunistas, ni por los sindicalistas, ni por los periodistas… Pero, por lo mismo, nadie se preocupó cuando llegaron por él.
  • Una consecuencia de esto aparece en el segundo acto, en la ultratumba. Aunque descrita por San Lucas en lenguaje mítico-simbólico, revela una verdad teológica: al ser privados de corporalidad, quienes estén en el “más allá” no pueden cambiar la actitud que fueron forjando durante su situación mundana. Por tanto, los sufrimientos de los réprobos, más que castigos, son consecuencia de una libre elección de rechazo de Dios, único capaz de saciar plenamente las aspiraciones humanas. Abraham dice que hay “un abismo inmenso que nadie puede cruzar, ni hacia allá, ni hacia acá”. Aquel vidrio unilateralmente transparente, en el más allá se convertirá en abismo infranqueable, pues aunque en el infierno no haya rejas, los réprobos no quieren salir de él y se obstinan en su rechazo al Dios de misericordia. Quienes, atrapados en sus propias actitudes egoístas, sólo se preocupan por sí mismos, sin interesarse de los sufrimientos ajenos, quedan totalmente bloqueados a todo lo que no sean ellos mismos, y por lo mismo, no harán caso “ni aunque resucite un muerto”. Por tanto, abramos nuestros ojos y nuestros oídos a las víctimas de la injusticia y la violencia, y no temamos de abrir nuestra boca para la denuncia, tal y como hizo Amós.

C-25 “¡NO A LA IDOLATRÍA DEL DINERO!”

Lc 16, 1-13

  • La corrupción de la administración pública es quizás el peor cáncer que corroe a nuestro país. Le cuesta casi dos billones de pesos al año (más del 10% del PIB), y no parece haber voluntad política para combatirla (para el presupuesto del 2017 se le recortaron 25% respecto a lo que se destinó para combatirla en 2012). Lo que pasa es que ahora tales fraudes se ha sofisticado con gran astucia, de modo que cada vez resulta más difícil descubrirlo (por ejemplo, la de los “Panama papers”).
  • Por eso, en la parábola de hoy Jesús nos desconcierta cuando nos propone para imitación a aquel administrador corrupto a quien van a aplicar una auditoría por sus malos manejos, y que para granjearse a los deudores de su patrón, falsea los recibos. Me parece que no basta notar que la parábola no pretende ser directamente moralizante ni edificante, y que Jesús nos está presentando simplemente un modo de actuar como ejemplo de proceder de los que se dedican astutamente a los negocios, contra la ingenuidad de creyentes en tarea tan delicada como la construcción del Reino. Pero no parece convincente cómo el acto de corrupción de aquel hombre fuese una forma astuta para que los beneficiados, agradecidos, lo contratasen como administrador para sus negocios, pues si fue capaz de robarle a su amo, lo más probable es que también con ellos hiciese lo mismo. Quizás Jesús toma simplemente una práctica común de su tiempo como punto de partida: cuando un propietario de una hacienda vivía en una ciudad retirada, contrataba a una persona que se la administrase. No le pagaba un sueldo, sobreentendiendo que podría inflar un poco los recibos de lo que prestaba a otros propietarios para obtener de ahí su comisión. La astucia del administrador estribaría en renunciar al resarcimiento que le correspondía, dentro de aquel sistema de relaciones económicas injustas. Según esto, los nuevos recibos sí reflejaban las cantidades reales prestadas y los propietarios beneficiados habrían visto en ese administrador un hombre hábil y honrado, y eso los inclinaba a su favor.
  • Entonces queda clara una advertencia de Jesús sobre la ambición de las riquezas, crítica que ya desde antiguo hacían los profetas veterotestamentarios. A Amos le tocó vivir en tiempos de prosperidad en Israel, en situación que favorecía los negocios y el enriquecimiento. Siendo pastor y cuidador de higos estaba cerca del pueblo y veía que para ellos, aquella acumulación de riqueza era correlata del empobrecimiento de las mayorías. Por esto denunciaba la falta de religiosidad de los comerciantes, despreocupados por los ritos formales, mientras su “culto” verdadero eran sus negocios –“¿Cuándo pasará el descanso del primer día del mes para vender nuestro trigo, y el descanso del sábado para reabrir nuestros graneros?”-. La denuncia de las tranzas de aquellos comerciantes no se diferencian mucho de las actuales: suben los precios ilegalmente, alteran las balanzas, venden el salvado como trigo… y compran a los pobres por una despensa o por una tarjeta de Monex. Para aquellos comerciantes ricos, su verdadero dios era el dinero.
  • Es conocida la lucha antiidolátrica de aquellos profetas: siendo Israel custodio del primer monoteísmo, que sólo reconocía la existencia de un único Dios, tuvo que defenderse de los pueblos circunvecinos que adoraban otros dioses. Entre ellos estaba Moloch -también conocido como Mommón-, dios fenicio del beneficio y de la utilidad, que dio al arameo la palabra “mammon” con significación de “riqueza”.
  • Jesús es categórico: “¡No pueden ustedes servir a Dios y al dinero!”, que en la lengua aramea era, justamente, el ídolo Mammón. Ante el “doblechambismo” (esa práctica de servir a dos patrones, con resultados mediocres), la actitud “religiosa” -es decir, aquella que concentra todas las energías mentales y pasionales en una causa única-, no admite componendas. Se trata, pues, de un problema “religioso”, de culto y adoración.
  • Actualmente, este dios del comercio y del dinero tiene más adoradores que entonces. Se trata de un ídolo cruel[1], que exige el sacrificio de la propia salud, del descanso, de la propia familia… y hasta de la propia conciencia. En aras de la maximalización de la ganancia, se destruye el medio ambiente, se agotan los recursos naturales y se condena a grandes sectores de la población mundial a una situación de moderno esclavismo, en fatigosas jornadas laborales a cambio de un mísero sueldo que no alcanza para sobrevivir.
  • Lo más interesante es la conclusión de Jesús: “con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo”. ¿Quiénes podrían ser tales amigos? ¡Los pobres, los injusticiados, las víctimas, los discriminados! Hoy, los poseedores de grandes fortunas y bienes, los responsables de los principales problemas del mundo, los que renunciando a ganancias injustas (aunque legales)… podrían alentar nuevas estructuras y políticas económicas que contribuyesen a mejorar las condiciones de los empobrecidos; aunque esto fuese contra sus propios intereses. Así, los directamente beneficiados, los pobres, serían sus mejores anfitriones cuando llegasen al Cielo.
  1. “ídolo”, para los profetas veterotestamentarios era una imagen construida por un ser humano, al que luego se le daba adoración como a un dios.