Lc 3, 10-18
- Cada pueblo tiene sus tradiciones populares propias. Las tradiciones religiosas son importantes –en especial las navideñas, pues son ocasión de creatividad, de recreación, de integración comunitaria. Además, cada pueblo expresa en ellas su propia identidad colectiva.
- En los tiempos actuales, la cultura hegemónica impone a todo el mundo sus propias tradiciones. Así, por ejemplo, la Navidad norteamericana se impone incluso en el Sur, cuando son los tiempos de más calor y dónde no hay ni chimeneas, ni pinos, ni renos, ni nieve. La Sociedad de Consumo pervierte las tradiciones populares convirtiéndolas en folklore, despojándolas de su significado religioso o simplemente las desintegra. Es importante conservar las tradiciones como forma de resistencia cultural contra la cultura imperial; pero la única forma de hacerlo es actualizarlas con creatividad.
- En México, la forma de prepararnos a la Navidad son las “posadas”, iniciativa de los frailes franciscanos de la Colonia y hoy reconocidas en todo el mundo. En ellas recordamos el viaje que realizaron los “santos peregrinos”, y que iniciarán el día 16, en la semana que hoy empieza.
- Nuestra imaginación podría volar hacia aquella aldea de Galilea de no más de 300 habitantes, de esas aledas pobres en que nunca sucede nada extraordinario: siempre la misma rutina, el mismo trabajo, la misma pobreza. Pero un bien día, los aldeanos escucharon un redoble de un tambor y el sonido de una trompeta. Nunca antes habían visto un soldado romano… y ahora llegaban dos, acompañando a un mensajero. Los niños fueron los primeros en congregarse, en la placita fuera de la sinagoga. Luego fueron saliendo, curiosas, las mujeres, quedándose lejos de los soldados. Por la tarde, cuando los varones regresaban del campo, el soldado tocó fuerte la trompeta, y cuando ya estaba la mayoría del pueblo. El mensajero desenrolló un pergamino (o separó unas tablitas enceradas) y con ronca voz leyó fuerte: “Por orden de Su Majestad, Cesar Augusto, se decreta un censo que habrá de realizarse cuanto antes y sin apelación” (en esos tiempos, el censo no era como hoy, cuando una delicada señorita toca nuestra puerta para enterarse de nuestros chismes: ¿cuántos viven aquí? ¿qué comen? ¿tienen regadera?….). El decreto obligaba a todos los varones a trasladarse al lugar de origen del clan, y lo firmaba Quirino mismo, Gobernador de Siria.
- Los vecinos murmuraban, malhumorados.
- ¿Un censo? ¿Y para qué quieren saber cuántos somos?
- ¿Pues para qué ha de ser? pues para controlarnos mejor los tributos.
- La familia de José pertenecía a aquella migración favorecida por la política demográfica de Judea, de repoblar Galilea, dado su despoblamiento debido al exilio asirio. Por tanto, José tendría que viajar hasta Belén, y justamente entonces, cuando había tanto trabajo por la reconstrucción de Séforis, y cuando María, su mujer, está prácticamente a punto de dar a luz. Pero no había alternativa. Se tenía que ir. Se enteró que en los pueblos cercanos se estaba preparando una caravana. Ni modo de dejar a María en ese estado. Lo menos malo es que también ella lo acompañase, esperando que el viaje no le resultara demasiado molesto. Los animales se podrían encargar con los parientes vecinos; el burro lo llevarían, para más comodidad. Y después de asegurar bien la puerta, se unieron a la caravana.
- El orden de la caravana no tuvo problema, pues el modelo no podía ser otro que el de los habituales viajes anuales al Templo: adelanta iban los varones, recitando salmos y alabanzas; seguían los jóvenes con los camellos y atrás, las mujeres con los alimentos y los enseres de la cocina, y los niños, correteando entre los grupos. Cuando llegaba la noche, mientras los muchachos llevaban los camellos a abrevar, los hombres instalaban las tiendas. Dado el estado de su mujer, José prefirió viajar cerca de ella.
- Nuestras “posadas” suponen que el viaje duró un novenario; pero para recorrer los 100 kms de Nazaret a Jerusalén, más otros 20 kms para Belén, un pueblo de pastores podría recorrer tranquilamente 20 kms diarios. Es verdad que la comarca de Judea es montañosa; pero aun así, el viaje pudo hacerse en 6 o 7 días… (las posadas ponen 9 días). Cerca de la Ciudad, la caravana se divide y un grupo se dirige hacia Belén. Hacia el atardecer puede verse, la “ciudad de David”, la “ciudad blanca”, la “ciudad del pan”. Los hornos humean y ya se puede oler ese pan tierno.
- Nosotros podemos acompañar a José y María en su peregrinar por el desierto. Para eso, reproducir los sentimientos propios de todos los peregrinos. Priomeramente, el lugar que se deja, donde “habitamos”, es decir, donde tenemos nuestros hábitos; donde está lo habitual: nuestras ideas ya fijadas, nuestras rutinas cotidianas, nuestras relaciones… Pero también el lugar adonde nos dirigimos: donde están nuestros sueños, nuestros ideales y utopías. El peregrinar es incierto, nos movemos entre el “ya no” de lo habitual dejado y el “aún no” del destino de llegada.
- Llegan; pero hay demasiada gente, con eso del censo. Se dirigen con el primo de José; pero ya se les habían adelantado otros parientes y no había lugar. La posada estaba atestada, y en tales condiciones no sería decoroso que María diera allí a luz. Buscan en otras partes; pero fue imposible hallar dónde quedarse. El pariente le ofreció a José una cueva donde él guardaba sus animales, en las afueras del pueblo.
- La tradición mexicana, después del rosario se recitan las letanías (“ora pro nobis”), se cantan los versos transmitidos desde tiempos coloniales y con velitas de colores, se pide posada. Los peregrinos, contando el burrito y el angelito, se topan con la insensibilidad de la gente: “aquí no es mesón”, “yo no puedo abrir, no sea algún tunante”. “déjenme dormir”… pero finalmente, la conocida anfitronería mexicana se impone y abre la puerta para que entren los “santos peregrinos”, entre luces de bengala.
- Inmediatamente los niños van a romper la piñata. La clásica tiene 7 picos, que dicen que son los 7 pecados capitales. Se vendan los ojos, pues así procede la fe, que sólo ve con el corazón; con un palo se trata de romper la dura olla de barro, que es el caparazón de nuestro egoísmo, sin atender las desorientaciones del público, y finalmente, se quiebra y caen la fruta y los dulces, que son los frutos del Espíritu Santo.
- Así nos preparábamos los mexicanos a la Navidad, antes de que estas fiestas se secularizaran. Las de ahora son bulliciosas, quizás divertidas; pero hay poca alegría autentica. Habría que recuperar el espíritu, al que nos invita San Juan Bautista: recuperar la ética en las profesiones, compartir lo que se tiene con quien lo necesita y evitar la corrupción –“no cobren más de lo establecido”, “no extorsionen a nadie, ni denuncian falsamente”, “conténtense con su salario”. Se comprobará así que siempre hay más gozo en dar que en recibir.
- Ya pronto habrá de nacer el Niño Dios. “traerá el bieldo en la mano para separar el trigo y la paja”, para aquilatar lo auténtico de las apariencias; por más que éstas nos tienten y nos encandilen. Navidad será un tiempo de verdad y de misericordia, de compasión para quienes poco tienen, para los que sufren y para abrir los ojos de tanta enajenación. Preparemos jubilosos el camino, con el Bautista y abramos la puerta a los Santos Peregrinos.
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