- Jesús dedicó unos tres años –según la tradición- a impulsar su campaña mesiánica en misión itinerante. Recorrió las aldeas de Galilea contagiando pasión por su utopía –el “Reino de Dios”-, enseñando en las sinagogas los sábados, predicando al aire libre en parábolas inspiradas en lo que veía, sanando enfermos, y desenmascarando aquella religiosidad legalista, acartonada, ritualista, difundida desde el Santuario de Jerusalén por los omnipresentes fariseos. Viendo que esta etapa podía darse por cumplida, decidió dar un testimonio fuerte y definitivo en el mismo Templo, poniendo en esto toda “la carne en el asador”. De modo que se puso en marcha hacia Jerusalén para la fiesta anual de la Pascua (“Pésaj”).
- Mientras llegaba el día, prudentemente se quedó unos días cerca de allí, junto al río Jordán, adonde había estado bautizando con su primo Juan. Había que calcular bien los riesgos, pues el antagonismo con las autoridades judías se había ido haciendo más y más radical. Los Sumos Sacerdotes rechazaban su interpretación de la Ley, y estaba claro que no lo iban a reconocer como el “Mesías”. Ni ellos ni Él estaban dispuestos a ceder, ni había lugar para componendas, de modo que se anunciaba un “choque de trenes”.
- La fiesta de la Pascua era la principal fiesta del calendario ritual. Se dice que subían a la Ciudad Santa unos 60,000 peregrinos, muchos de ellos llegando de lejos, de la “Diáspora,” de modo que la multitud podría protegerlo un poco. Iban llegando en grupos, de modo que llegado el momento, Jesús y sus discípulos también subieron. Adelantó dos de ellos a poblado cercano, a casa de uno de sus simpatizantes, pidiendo que le prestaran un burro. Los apóstoles pusieron en él sus túnicas, para que entrara montado, no en un brioso corcel -como solían entrar triunfantes los reyes después de alguna conquista-, sino en un manso pollino.
- Algunos lo reconocieron. Se corrió la voz, y los muchachos se treparon a las palmeras a cortar hojas o ramos de encina, y empezaron a entonar el salmo 118:25 de interpretación mesiánica: “¡Hossana! (“salva ahora”) ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. En la Fiesta de los Tabernáculos, en Jerusalén se cantaba “el gran halel” (los salmos 113-118), y a intervalos la congregación coreaba agitando ramas de sauce y palmera. A pesar de que su actuación no correspondía a la imagen oficial de “mesías” (ese rey que superaba en gloria a David mismo; ese guerrero invicto y milagrero, puesto que poseía todo el poder de Dios…), el canto manifestaba que el pueblo, finalmente, lo reconocía como el Mesías esperado, recuperando algunas claras profecías olvidadas que así lo anunciaban.
- Se armó un gran alboroto. La gente estaba entusiasmada, y esa euforia fue aprovechada por grupos de zelotas, y se dice que uno de ellos (quizás el tal Barrabás) mató a un soldado romano. Las autoridades religiosas estaban horrorizadas: Seguramente que Pilatos –quien ya había llegado de Siria, como solía hacer para esta fiesta- en esos momentos estaría enterado. Si viera que los Sumos Sacerdotes habrían perdido su autoridad moral-religiosa para controlar al pueblo, les podría quitar su Ley, su diezmo, sus privilegios… y a los romanos no les dolía el corazón para las represalias, de modo que le mandaron exigir a Jesús que calmase y silenciase a las turbas, a lo que Él respondió: “Aunque éstos se callaran, gritarían las piedras”.
- Para este día, el símbolo central es la palma bendita. Hay que evitar convertirla en un amuleto (no sirve ponerla detrás de la puerta para que no entren los ladrones ni para que se vaya la suegra). Es simplemente un símbolo de reconocimiento de este Jesús como la referencia última en nuestra vida (el Mesías). Aclamar a Jesús con palmas, en aquel momento fundante de la tradición, había sido signo de rebeldía contra el Imperio y la teocracia judía, y por tanto, objeto potencial de represión. Esa palma laudatoria se vuelve símbolo de nuestra valiente confesión de Jesús y de su utopía, en este mundo “distópico”; es aclamarlo a Él solo, en su entrada a nuestra Semana Santa; es, finalmente, signo de nuestro compromiso de entregar la vida, con todas sus consecuencias, para su gran proyecto.
- Al entrar en la Ciudad Santa, posiblemente Jesús hizo lo que cualquier israelita piadoso: visitar el Templo (para San Juan, esa visita fue un par de días más tarde). Allí se topó con un triste espectáculo que a muchos peregrinos –y a Él mismo en otras ocasiones- desagradaba; pero que era propiciado por el “Sistema de Sacrificio”. Este consistía en transferirle a un animal (el “chivo expiatorio”) todas las “impurezas” tipo “tabú” –las contaminaciones rituales– contempladas en la Toráh. Al inmolarse el cordero, el oferente quedaba purificado y podía reincorporarse, ya limpio de sus “manchas”, a las asambleas sabatinas de su sinagoga local. Si a los peregrinos les resultara incómodo llevar desde el pueblo el animal, lo podían adquirir en el atrio mismo. Estas fiestas religiosas eran aprovechadas también para pagar el “diezmo” para gastos del Santuario. Con la invasión romana circulaban dos monedas, la romana y la hebrea. En la primera estaba esculpida la efigie e inscripción del Cesar auto-divinizado (“Divus Caesar Augustus”), por lo que las autoridades religiosas mandaban que no se arrojasen a las alcancías del Santuario tales “medallas” o fetiches, y esto implicaba instalar en el atrio mismo, “casas de cambio” entre ambas monedas. El espectáculo no podía ser más profano (imaginemos el ambiente de cualquier mercado: aguardiente, palabras soeces, etc.). Algunos peregrinos influyentes manifestaban su disgusto; pero los sacerdotes les respondían que, por más que insistían, la gente no los obedecía (pero las malas lenguas aseguraban que aquel tráfico era negocio particular de Anás, quien cobraba “derecho de piso”).
- A Jesús también le disgustaba todo esto, y más profundamente, le disgustaba el “sistema de sacrificio” mismo, pues el holocausto agradable a Dios no podía ser otro que las obras de misericordia. De modo que ese día, se detuvo frente al mercado. Los comerciantes –alguien calcula 3,000 mercaderes-, presintiendo algo, se fueron aglutinando ante él. En otras ocasiones se había reducido a manifestar su repudio; pero esta vez tenía detrás de sí a toda una multitud de seguidores. Si no hubiera manejado bien la situación, habría habido un “zipizape” y la guardia del Santuario habría tenido justificación para intervenir.
- Son de todos conocidas las pinturas que representan a un Jesús iracundo, corriendo a latigazos a los mercaderes. Pero si suponemos que aquellos hombres eran gente creyente y practicante, Jesús pudo pensar que bastaba con golpearles sus conciencias –“Está escrito: mi Templo es Casa de Oración, pero ustedes la están convirtiendo en cueva de ladrones”-. Los vendedores no podían negar su crítica; pero como allí tenían su inversión y su “modus vivendi”, no se animaban a renunciar. Fue entonces cuando Jesús, tomando una cuerda, comenzó a arriar alguna vaca, que al salir tiró la mesa de un cambista… y viendo que su mercancía se iba, sus dueños fueron yéndose en pos… Y así el atrio quedó limpio (¿no que no se podía?).
- Esto fue la puntilla. Con tal acción Jesús desacreditaba todo el “Sistema de Sacrificios” mismo. Los sacerdotes lo sabían, por lo que convocaron de inmediato al Sanedrín y resolvieron detener a Jesús (“más vale que un hombre muera, y no que todo el pueblo sea víctima de la represión romana”). Hacerlo no era fácil: de día, la multitud lo protegía. Incluso los soldados, a quienes enviaron a arrestarlo, regresaron sin Él –“Nadie jamás ha hablado como este hombre”-. De noche, se escondía. No lo habrían podido detener sin un traidor… Las consecuencias de esta entrada las iremos siguiendo en los actos de esta, nuestra Semana Santa.
Categoría: Liturgia
C-Cuaresma V: CUESTIÓN DE GÉNERO Y DE DOBLE MORAL
Jn 8, 1-11
- Esta semana acabamos de conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Desde hace décadas, el movimiento feminista ha estado presionando para modificar la cultura de género, prevalente desde mucho tiempo atrás. Hemos cobrado conciencia de lo injusto que es un trato igualitario entre desiguales, y que la diferenciación no habría de implicar desigualdad de oportunidades, antes bien, adecuarlas a dichas diferencias.
- Una actitud inaceptable hoy es la llamada “doble moral”: aplicar criterios éticos desiguales a géneros diferentes en acciones que no son exclusivas de uno de los géneros. Si un varón flirtea con una mujer que no es su esposa, “echa una cana al aire”; pero si una mujer conversa con otro varón, es tildada de “puta”. Si un muchacho sale a tomar con sus “cuates” y llega algo tarde, tiene una leve reprensión; pero si una muchacha sale a tomar con sus amigas y llega algo tarde… la que le arma…
- Un ejemplo lo tenemos en el caso del aborto. Es frecuente sobreentender que la culpable (o al menos la principal culpable) es la mujer, sobre quien pesa su reserva para ser absuelta. Sin embargo, por lo general siempre hay varones implicados, con acaso mayor responsabilidad. Expresiones, hechas acaso a la ligera, ejercen presiones determinantes –“Si un día sales con tu chistecito, te largas y no vuelves a poner un pie en esta casa”; “Ese es tu problema. Yo te advertí que te cuidaras. A lo más de doy alguna lana para ayudarte a que te ‘cures´”–. La muchacha, aturdida y atemorizada, es la que no sólo carga con los riesgos de una horrenda intervención, sino también con la carga de la culpa.
- Otro ejemplo es el adulterio. Todavía hoy, en la región de Medio Oriente, se condena con la lapidación a las mujeres que abortan. Hace unos 15 años, el Internet difundió una campaña recogiendo firmas para salvar a Amina, mujer nigeriana sorprendida en adulterio. Según la Ley del “Sharia”, se enterraba a la mujer hasta el busto, y los varones le lanzaban piedras, ni demasiado pequeñas, ni demasiado grandes, hasta que moría. Sin embargo, no se procedía igual si el adúltero era varón, a lo más lo reprenden.
- Jesús protagonizó uno de estos casos. En cierta ocasión, se encuentra sentado enseñando (tal como usaban los maestros), cuando, en un alboroto, un grupo de rabiosos varones, entre los cuales, algunos escribas y fariseos, le traen arrastrando a una pobre mujer, a quien sorprendieron en flagrante adulterio. La ira de estos celosos de la moralidad, no impedía traslucir cierto destello de alegría: al colocar a la mujer en el centro del círculo de discípulos y del profeta: “Moisés nos manda en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?”. La trampa era clara, pues cualquier cosa que Jesús respondiera podría ser utilizada en contra suya. Si dijera: “Bueno, si esto dice la Ley: ¡procedan!”, quedaría desacreditada su conocida compasión. Pero si intercediera por su perdón, le acusaría de promover la desobediencia a la Ley.
- Me parece que la descripción de la escena supone en Jesús sentimientos de indignación y de asco. La disposición de llevar a la muerte a una pobre infeliz, sólo para comprometer al profeta, le parecía de lo más indigno. Jesús sigue sentado y garabatea en la tierra, sin alzar la vista. Antes se decía de que Jesús estaba escribiendo los pecados de los acusadores. No pasa de ser una suposición. Más me parece una postura de vergüenza ajena. Por eso tiene la mirada clavada en el piso, sin mirarlos a los ojos, y cuando los levanta, es para retarlos: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra.”… Luego, vuelve a agacharse y seguir garabateando. La tensión es expectante. La muchacha está templando de miedo. Al confrontarlos con la observancia religiosa de la Torá, los más viejos sienten cierta molestia de prestarse a aquel ignominioso juego. ¿Quién podría decir, sin mentir, que no había trasgredido recientemente alguno de los 640 preceptos rituales? … y poco a poco, todos fueron dejando sus piedritas y se escabulleron. Cuando Jesús levantó la vista, se encontraba a solas con la mujer (los discípulos también habían partido). “Mujer, ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado? Ella responde: “Nadie, Señor”. “Tampoco yo te condeno –le dice Jesús- Vete y ya no vuelvas a pecar”.
- La mujer llora. Temía morir víctima de la hipócrita moral social. Jesús la liberó del linchamiento y también la liberó del sentimiento de culpa. Pero no desdeña la falta: la perdona. Ante la misericordia de Jesús, la mujer ahora llora, no tanto por el desproporcionado castigo que se le iba a aplicar, sino por haber realizado una acción que contrariaba su proyecto de genuino amor. La conciencia de pecado y el consecuente propósito de enmienda son premisas para su perdón.
- El fragmento de este evangelio nos ayuda a tomar conciencia de prácticas que todavía hoy siguen manteniendo a las mujeres en condición de subalternidad. Percibir y cambiar estas prácticas culturales con las que a veces nos beneficiamos contribuyen a modificar relaciones culturales entre los géneros. Ni trato igual a los que son diferentes (v.gr., reconocer que las mujeres con hijos recién nacidos tienen derecho a ciertos tiempos de interrupción de su trabajo); ni trato diferente a los que son iguales (v.gr., pagar menor salario a mujeres que realizan las mismas tareas que los varones). No debe haber “doble moral”, sino una moral diversificada.
- Una obra de misericordia es la solidaridad con el estigmatizado social, que contagia el señalamiento a quien ayuda al vituperado. Aquellos varones que toman partido por las mujeres golpeadas, discriminadas, escarnecidas en nombre de un supuesto “machismo”, y que luego son también objeto de burla por su “poca hombría”, por una especie de traición a su propio género. En cambio, “arrojar la primera (o última) piedra” es complicidad con el crimen, cuando con nuestro silencio o pasividad permitimos una injusticia colectiva.
- La comprensión de Jesús alienta nuestra conversión cuaresmal, sabiendo que Él comprende nuestra personal situación; aunque a veces sea reprobada socialmente.
C-Cuaresma IV: PARÁBOLA DEL PADRE MISERICORDIOSO
Lc 15, 11-33
Estando dentro del Año de la Misericordia, la presente parábola resulta adecuada para motivar nuestra conversión cuaresmal. San Lucas nos obsequia esta joya, este relato en el que nada falta y nada sobra. Vale la pena leerlo, pues más que buscar interpretaciones, simplemente bastará destar algunos elementos:
- “Un hombre”- Un padre. Curiosamente no aparece la figura de la madre. ¿Sería viudo? En caso de familias monoparentales, el progenitor tiene que hacer las veces de padre y de madre.
- “tenía dos hijos”- Por más que los progenitores amen mucho a sus hijos, al irlos conociendo inevitablemente se hacen comparaciones (sobre todo si son sólo dos). La personalidad de cada cual se conoce mejor por contraste. En este caso, el mayor –como corresponde a todo primogénito, quien introyecta más el “superego”- era responsable, trabajador, obediente… en fin, un modelo de hijo-. En cambio, el menor –el “benjamín”- podría definirse como un “soñador”. Cuántas veces su padre lo había visto recostado sobre la yerba, mirando las nubes: quería ser libre, como el viento, como los pajarillos… y había tenido que llamarle la atención para que se pusiera a trabajar.
- “y el menor de ellos le dijo al padre”- Le anunció que se iba a ir de la casa. El padre le respetó su libertad. Veía que el muchacho quería probarse y correr la aventura…, y confió en él: “Mira, hijo, me parece que aún te falta crecer y madurar un poquito; pero si es esta tu decisión, yo la respeto y no te voy a retener a la fuerza. Ya sabes que esta sigue siendo tu casa, y si alguna vez quieres regresar, me alegraré verte convertido en un hombre maduro y de provecho”.
- “dame la parte de la herencia que me toca”- Ya que no piensa regresar, le pide su herencia. Esto podría connotar que para él, su padre ya habría fallecido. Destino de todo hijo: “matar” al padre, para poder realizarse.
- “y él les repartió sus bienes”- Vendió algunos animales y alguna parcela; se endeudó, y le entregó una buena suma de dinero: “Mira, hijo, esto es lo que pienso que te corresponde. No es mucho; pero si lo cuidas, te será suficiente para que te abras camino”.
- “no muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue…”- Contento; por fin libre como el viento, como los pajarillos… y ni siquiera se despidió de su padre.
- “a un país lejano”- donde nadie lo conocía y pudiera hacer lo que le placiera.
- “allá derrochó su dinero viviendo de una manera disoluta”- Joven, galán, alegre y con dinero, donde estaba siempre había algarabía, amigos, mujeres dispuestas, vino y fiesta.
- “Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y comenzó a pasar necesidad”. A ese tren de vida no hay fortuna que aguante mucho tiempo. Y para colmo, la consabida “crisis”: hambruna y desempleo. Y cuando se acaba el dinero, se acaban los “amigos” y las fiestas. El mesonero no le fiaba, de modo que tuvo que enfrentarse a su condición real.
- “Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos” Si cuando había sido hijo de papá le desagradaba hacer algunas faenas en el campo, ahora tenía que conformarse con lo que fuera, incluso con “cuidar cerdos”, animales repugnantes para los hebreos.
- “Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos; pero no le dejaban que se las comiera”- Un día lo sorprendieron –y se sorprendió a sí mismo- en el fango, disputándoles los desperdicios a los cerdos… y fue castigado con azotes. Difícilmente San Lucas pudo plasmar mejor la degradación en la que aquel muchacho había caído.
- “Se puso entonces a reflexionar”- El estómago vacío favorece la reflexión –o como decíamos en el latín “macarrónico”: “intellectus apretatus, discurrit”-
- “¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobre, y yo aquí me estoy muriendo de hambre!”- Fue entonces cuando comenzó a conocer a su padre: la forma como trataba a los trabajadores. ¡Qué diferencia! Allá, en su finca, siempre tenían comida suficiente, y los sábados llevaban a sus familias y hasta bailaban. En cambio aquí sólo había humillación, maltrato y explotación.
- “¡Me levantaré! Volveré a mi padre…” Descubrió la capacidad de amor de su padre; se sintió amado y respetado por él, y eso motivó la decisión que le salvaría. Entonces comprendió su mal comportamiento, que ahora lo avergonzaba…. Y pensar que ni siquiera se había despedido y agradecido. Y tomó la resolución: ¡Me levantaré! Lo malo no es caer, sino el no levantarse. Había clarificado su meta: regresar a la casa paterna.
- “y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”. En su arrepentimiento no hay señales de espíritu calculador, ni pretensiones de recuperar su status perdido. Ya había recibido su parte, no había nada qué reclamar. Regresar, sin importar las recriminaciones o burlas que –sabía- su hermano seguramente le habría de hacer. Estaba dispuesto a soportar todo eso, pues, finalmente, se lo merecía. A cambio, tendría la oportunidad de estar cerca de aquel hombre excelente que no había apreciado y del que tanto tenía todavía que aprender… Y preparó unas pocas palabras, honestas, humildes, sinceras…
- “En seguida se puso en camino hacia la casa de su padre”- “Coming back home”, cantaban los Beatles, después del “dropp-out” de “She’s living hombre”. El retorno a la casa paterna. Hölderling: “El retorno al país natal” después de una larga estancia en el extranjero, es reconocer lo abandonado. Desandar el camino, un trabajo que hay que realizar bien, el proceso de conversión.
- “Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente”- Aquel anciano solía subir a la azotea y otear aquel camino por donde, hacía ya tanto tiempo (quizás no tanto), su hijo menor había partido. Se recriminaba: “Quizás no debí permitirle irse. Estaba aún demasiado pequeño. ¿Cómo le estará yendo? ¿No estará enfermo?”-, y cualquier caminante que pasaba por allí le recordaba a su hijo, como aquel, de andar cansado… ¡Pero si era él!… Y se le “removieron sus entrañas” (se “compadeció”, “tuvo misericordia”, son términos sinónimos).
- “Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo colmó de besos”- No había ningún rastro de resentimiento. El regresar mismo denotaba aprendizaje y arrepentimiento. Perdón y olvido. Ni siquiera le dejó que le echara su “rollito”. Atento a su comunicación no verbal, quedaba sobre entendido.
- “Su padre les dijo a los criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; Traigan el becerro gordo y mátenlo, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’”.- San Lucas multiplica los signos de desbordante alegría de aquel padre, enloquecido de amor gozoso. Daba órdenes aquí y allá (¡“preparen su baño! ¡Tráiganle perfumes!”); se le veía por igual, todo alborotado, en el establo o en la cocina… “y empezó el banquete.”
- “El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos”- Ahora cambia la escena hacia el otro personaje, el hijo mayor, el “cumplidito”. Lo vemos volver del trabajo, cansado, siempre haciendo su deber… Pero ahora había algo que no era la rutina habitual, algo que interrumpe las tareas cotidianas. Es lo que hacen las fiestas, interrumpir lo utilitario y dar cabida a una celebración alegre y amorosa.
- “Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo´. El hermano mayor se enojó y no quería entrar”.- El hermano no sólo no se alegró con el regreso del menor, sino que positivamente se enojó. Seguramente habría pensado que su padre, en caso de recibirlo, le habría hecho una buena reprimenda, y no matar aquel becerro, reservado para alguna ocasión muy especial.
- “Salió entonces el padre y le rogó que entrara”- El padre ahora tiene que desempeñar una función de mediador entre los hermanos, y dedicarle al mayor alguna enseñanza: “Te tengo una sorpresa, ¿qué crees? Tu hermano regresó. Estamos de fiesta, ándale, pasa a alégrate”
- “pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comerlo con mis amigos. Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’”- “Ya apareció el cobre”. El hermano mayor se mueve dentro de la ética del deber (“hace tanto tiempo que te sirvo sin desobedecer jamás una orden tuya”). El cumplidor de normas es incapaz de comprender al padre misericordioso. Quien sí comprendió a su padre fue paradójicamente su hermano menor, que se movía dentro de la ética de la compasión. Se percibe un espíritu ambicioso y calculador (“nunca me has dado ni un cabrito”, “pero mandas matar al becerro gordo”).
- “El padre repuso: “Hijo, tu siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”- El hijo mayor seguramente tenía a su padre por un viejo ingenuo y bonachón, y que sería capaz de hacer “borrón y cuenta nueva”, y que volvería de nuevo a repartir la herencia, que en justicia, ahora sólo a él le toca en exclusiva. Pero como buen padre, aquel hombre es justo. “Si lo que te preocupa es la herencia, tranquilo, tu hermano ya recibió su parte. Todo lo mío es tuyo, por eso no tengo que darte ningún cabrito, pues todos serán tuyos. No se trata de eso.
- “Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”- Corrige ahora a su hijo. La misericordia y el perdón del Padre pasa por la misericordia y el perdón que se tenga con los hermanos (“perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”). Hasta que no consideres que ese “hijo tuyo” es también “hermano tuyo” no eres merecedor de la fiesta; no descubrirás la alegría de la fraternidad.
Ante el cuadro icónico de Rembrandt, se ha observado que de las dos manos que el padre coloca sobre los hombros de su hijo, una es masculina y otra femenina. La ternura, compasión y festejo maternos va de la mano con la justicia exigente paterna, que hace respetar el precio de la aventura. Ya se gastó la herencia material, en esto no cede; pero bien puede ahora disfrutar de la herencia moral, de la enseñanza de compasión que le hará feliz en la vida, y de la fiesta. La parábola nos ayudará a vivir nuestra Cuaresma.
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