C-Cuaresma III: VER LA REALIDAD CON OJOS DE MISERICORDIA

Lc 13, 1-9

  • En el Evangelio de hoy vemos a Jesús conversando acerca de las noticias del día. Es lo mismo que muchos de nosotros hacemos diariamente, “tomarle el pulso al mundo”, como decimos. En su Mensaje de la Jornada de la Paz de este año, el Papa Francisco habló sobre la “indiferencia”, y cabalmente, considera como signo de esta actitud el no leer los periódicos (si acaso los deportes), ni ver noticiarios televisivos; o que si se hace, es por costumbre, de manera frívola y poco crítica. Esa omisión, por tanto, connotaría falta de interés por la realidad lejana (la ciudad, el país, el mundo).
  • Una explicación (no justificación) de esta omisión pudiera deberse a la conciencia de que los media son controlados por quienes detentan el poder político o económico, y por lo tanto, sólo transmiten aquella porción de la realidad que ellos tienen interés en que conozcamos. El Papa, en su mencionado mensaje, afirma que los media sólo “informan”; pero no “forman”. Yo añadiría que más bien “deforman” la realidad.
  • Volviendo a nuestra escena inicial, vemos a Jesús con algunos discípulos enterándose de las noticias del día, a través del medio que desde entonces hasta la fecha sigue siendo el más eficaz: la transmisión “boca-a-boca”. Comentan dos hechos recientes que les habían impactado: uno “político”, la brutal masacre de Pilato a unos galileos zelotas, dentro el Templo mismo, de modo que su sangre se mezcló con la de los sacrificios (recordemos que se pensaba entonces que la sangre causaba impureza), y el otro hecho, un desastre “natural”: el derrumbe de la Torre de Siloé que aplastara a 18 personas. Las causas “humanas” y las “naturales”, siendo distintas (la naturaleza o la libertad pecaminosa), no siempre se distinguen: (v.gr., muchos ciclones actuales son consecuencia del cambio climático, que es producto humano).
  • El gran periodista Kapuscinski dijo que “en el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, hay también la explicación de por qué ha sucedido” a diferencia del mal periodismo, que no menciona contexto histórico, ni causas, ni precedentes… de modo que “omitir es un modo de mentir”. Por tanto, después de la noticia deben venir las interpretaciones. Los discípulos daban las siguientes:
    1. Criminalizar a las víctimas mismas (“esos galileos eran subversivos”), así como ahora se dice: “ellos se lo buscaron”, “en algo andaría metidos”, “si los normalistas de Ayotzinapa hubieran estado estudiando, no les hubiera pasado nada”, etc. En cambio, Jesús sólo ve “víctimas” o “damnificados”; no ve “culpables”. No se vale criminalizar a las víctimas o estigmatizar a los afectados (los enfermos –leprosos- como castigo por los pecados). La represión se ceba precisamente en los mejores, en quienes más resisten o se oponen a la injusticia, de donde la indiferencia, en cambio, es una forma de complicidad.
    2. Culpabilizar a los afectados mismos: los discípulos piensan que lo de la torre fue “castigo de Dios”. Pero para Jesús, los damnificados no suelen ser más culpables que los demás. Dios no castiga, es un Padre compasivo y misericordioso
  • Ante los noticiarios se requiere, pues, del “discernimiento de espíritus”, es decir, distinguir detrás de la noticia a sendos protagonistas que con sus sendos proyectos, subyacen detrás de cada nota periodística, de cada personaje, discurso o evento: el Espíritu de Dios o el espíritu del Anticristo, ambos actuantes en la historia. Entonces, lo que una buena prensa informa sería la batalla apocalíptica final. Para discernir los “signos de los tiempos” hay que ver desde dónde miramos la realidad. El Papa Francisco en su reciente visita a nuestro país nos enseña que hay que mirar la realidad con los ojos de Dios, que no es otra perspectiva que mirándola “desde los pobres, las víctimas, los vulnerables”. Mirada como la del Papa Francisco, con los ojos misericordiosos y compasivos de Dios, recomendada en este Año de la Misericordia.
  • El Papa – retorno al mencionado Mensaje de Año Nuevo- comenta el pasaje de la Primera Lectura, cuando se muestra a Moisés en la Zarza. Dios no es indiferente: los verbos que usa denotan acción e interés (no indiferencia) para ayudar al pueblo sufriente: (Ex 3, 7-8).
  • También Jesús se conmueve y se compadece de los sufrientes y pecadores. Es el hortelano que intercede ante el dueño para salvar una higuera infértil (Lc 13, 7-9).
  • En los medios de Comunicación, debidamente discernidos, pueden descubrirse signos, sea del Espíritu Santo, sea del Anticristo. Para los primeros, se nos pide compasión y misericordia; para los segundos, lucha y resistencia.
  • Los media tradicionales pero de ahora, acercan lo distante (prójimo-próximo). Además de estos, hoy tenemos acceso al Internet y a las redes sociales. Éstos alejan lo cercano. Con criterio y buen discernimiento ayudan el flujo de la información. Más que emplearlas para la evasión, hemos de utilizarlas para conocer a nuestro próximo-distante, cuyos dramas subyacen en cifras cargadas de sangre, sudor y lágrimas, motivadas por nuestra indiferencia.
  • La Cuaresma es tiempo favorable para “ayunos” -liberar tiempos y recursos hacia otros, defendiéndolos de quienes pretenden criminalizarlos-, y para nuestras obras de misericordia y compasión, testimoniando a nuestro Dios-Abbá. De este modo, nuestra conversión cuaresmal nos convertirá en “mensajeros de misericordia”, obtendremos perdón por nuestras omisiones e indiferencias y podremos gozar de la alegría resucitadora de la Pascua.

C-Cuaresma II: SUBIR Y BAJAR DEL MONTE

Lc 9, 28-36

  • Al haber superado Jesús la tentación, durante su combate en el desierto, no la eliminó. Las tentaciones suelen quedar agazapadas, por ahí, en nuestro subconciente, detrás de nuestros núcleos neuróticos. De hecho, Jesús fue continuamente tentado, por sus familiares, sus apóstoles, los fariseos, sus paisanos, el mal ladrón, incluso por Simón Pedro. El relato del desierto es sólo un “sumario” que presenta el evangelista. Por tal razón, Jesús necesitaba de la oración frecuente (“vigilen y oren para que no caigan en tentación”).
  • Jesús sube ahora a un monte (Tavor) para orar, y en esta ocasión se hace acompañar de los tres apóstoles más despabilados –Pedro, Santiago y Juan-. Podemos imaginar lo maravilloso de la oración de Jesús, en íntima comunión con el Padre y el Espíritu Santo. Pero aun siendo Dios, su condición humana requiere retroalimentación, y lo hace confrontando la idea que ha ido construyendo de su misión como Mesías, con los textos más claros de la Biblia de entonces, dividida en dos partes: la Ley, atribuida a Moisés, y los Profetas, cuyo exponente más claro era Elías. Jesús trata de encontrar aquellos textos que mejor hablaban “de la muerte que le esperaba en Jerusalén”
  • Los apóstoles –para variar- se aburrían y quedaron adormilados, pero al despertar vieron a Jesús transfigurado, es decir, su divinidad les es manifestada patentemente. La narración de Lucas utiliza símbolos teofánicos -la vestidura blanca, la nube, la voz del Cielo-. Quedan arrobados; una visión sublime, tranquilizadora, enormemente clara y plena.
  • Simón, hablando por los tres sin pensar bien lo que decía, y propone instalarse allí, donde tan a gusto están. Existe una oración que bien podría dar la razón a Marx, cuando hablaba de una religiosidad “opio de los pueblos”. Aquella espiritualidad que sirve de evasión de las responsabilidades que tenemos con la realidad y con la vida. El escapismo en la sensiblería que se cierra sobre sí misma.
  • Al momento desaparece la visión. “No Pedro. Si subimos al monte fue para recargarnos en nuestro compromiso, para fortalecernos más. Tenemos ahora que bajar de nuevo, allá, donde está Poncio Pilato, Anás y Caifás, Judas y los fariseos. Una oración así vivida, lejos de “opio” se evidencia como “levadura”. Para eso es nuestra Cuaresma, para tener qué celebrar en nuestra Pascua.

C-Cuaresma I: TENTACIÓN Y AYUNO SOLIDARIO

Lc 4, 1-13

La Cuaresma es el tiempo que la liturgia nos proporciona para prepararnos a la celebración de la Pascua, la principal fiesta cristiana, y comienza presentándonos el modelo de la de Jesús.

  • En el momento mismo en que fue bautizado por su primo Juan, Jesús escuchó la voz de su Padre, y el Espíritu Santo se posó en Él a guisa de una paloma, ungiéndolo como el Mesías esperado (“mesías” significa “ungido”). Aquella revelación lo dejó abrumado, y entonces, inspirado por el mismo Espíritu, decidió retirarse al desierto, lugar de encuentros radicales con Dios, remembrando los 40 años que Israel anduvo vagando por el yermo. Había cobrado conciencia de que se le confiaba una tremenda misión, y que para ello, contaba con todo el poder de Dios. Necesitaba un tiempo para reflexionar sobre su tarea y planearla lo mejor posible, y para evitar distracciones, decidió ayunar (alimentarse en el desierto implicaba invertir una buena cantidad de tiempo en ello, y sin proceso digestivos, la mente suele pensar mejor); pero entonces fue tentado.
  • La tentación.- Todos tenemos tendencias positivas y tendencias negativas, tal vez algunas apetencias soterradas en el subconciente: seguridad, éxito, fama, gloria, placer, poder, reproducción, autoestima, etc. Estas, en sí mismas, suelen ser legítimas; pero agazapadas detrás de aspiraciones aparentemente correctas, también esconcen deseos egocéntricos de exaltación de sí mismo y de menosprecio de los demás; y cuando nos proponemos una reflexión radical sobre decisiones trascendentales, no tardan en presentarse. Así se presenta la tentación, esa instigación hacia el mal, que es parte existencial de la condición humana y que acaece cuando se confrontan conflictivamente nuestros valores y nuestros intereses. Cualquier persona y sociedad está continuamente sometida a ellas; sentimos inclinación hacia la degradación y hacia conductas autodestructivas o destructivas de los demás, a actuar de manera irracional, indigna e irresponsable. Es posible que hayamos vencido; pero pueden quedarse adormecidas, mas no eliminadas.
  • Jesús fue un ser humano semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado. No extraña, pues, que fuera tentado. Dicha tentación versó sobre el tipo de mesías que habría de desempeñar. El modelo hegemónico –difundido desde el Templo de Jerusalén- era el de un mesías-rey glorioso, más que David mismo, que ejerciendo su misión desde el poder, haría de Israel la gran potencia mundial (“todos los reinos de la tierra… Todo esto te daré…”). Un Mesías espectacular y milagrero, cuyo “lanzamiento” sería literal: lanzarse desde el pináculo del templo en un día de fiesta, y que los ángeles, con las puntas de sus alas lo bajasen suavemente hasta el suelo, y ya que Jesús se interesaba por la suerte de los pobres, convertir piedras en panas para alimentarlos… sin modificar el corazón egoísta de quienes tenían de sobra. Si Jesús hubiera elegido este estilo mesiánico, habría obtenido apoyo de los Sumos Sacerdotes Anás y Caifás, de los fariseos, y quizás, hasta de Herodes mismo, Judas hubiera sido su más ferviente apóstol, y posiblemente habría muerto de viejo, tranquilamente en su cama.
  • Todos somos tentados; pero, obviamente, en aquello en que resulta más fácil hacernos caer. Ordinariamente pensamos en las tentaciones sexo-genitales, y la imaginamos con lenguaje mítico (un diablo machista y la mujer como tentadora); pero en momentos límite, como Jesús, la tentación pretenderá desviarnos del camino que hayamos descubierto ser voluntad de Dios.
  • Jesús entendió entonces, que el Padre Dios quería un Mesías solidario de las víctimas del poder; que su misión la realizara desde el no-poder, y que no usara sus poderes en favor propio (p. ej., bajarse de la cruz), sino sólo usarlos por compasión y misericordia con los sufrientes.
  • Jesús nos enseñó a vencer la tentación, y esto se facilita mediante la oración, el ayuno (o dominio de nuestros impulsos somáticos o adicciones) y la limosna (siempre, la compasión misericordiosa para con los pobres), que desde antiguo son las prácticas que la Iglesia recomienda, pues como sea nuestra Cuaresma, así será nuestra Pascua.
  • El ayuno.- No cualquier ayuno es agradable a Dios. Hay uno que claramente Dios rechaza: el ayuno forzado de todos aquellos hijos suyos que no comen lo suficiente todo el año. Existe también el ayuno terapéutico, recomendado por los naturistas, que realizado de vez en cuando ayuda al cuerpo a purificarse y sanarse. Otro ayuno es el llamado “huelga de hambre”, cuando algún militante públicamente deja de comer, dispuesto –en casos extremos- a dejarse morir de hambre para denunciar alguna injusticia, cuando reparar el buen nombre parece importar más que la propia vida. El ayuno farisaico, reprobado por Jesús, es el que se realiza simplemente para llamar la atención (poner cara melancólica para que la gente lo note). Por último, está el ayuno solidario: me privo de ciertos alimentos; pero procuro que lo que ahorre sirva a que aquellos que ayunan siempre, tengan algo qué comer.
  • La abstinencia.- Los cristianos antiguos se abstenían de comer carne durante los 40 días. Por tal razón, el día anterior al miércoles de ceniza festejaban el “Carnaval” (“carnem vale” = adiós a la carne): la carne almacenada en la fría bodega debía consumirse antes de iniciar la abstinencia, de donde los excesos o “atrancones”. Pero ahora, ir al restaurante a comer langostinos deja de ser “sacrificio”. A Dios no le gusta que nos inflinjamos sufrimientos inútiles, aparte de los que ya de por sí la vida nos da. Pero podemos aprovechar la Cuaresma para corregirnos de alguna adicción o defecto dominante. Podemos proponernos dejar de comer carne… “de prójimo”, en los chismes y críticas; o dejar de fumar o beber si tenemos ese problema, o de las galletitas que provocan nuestras “lonjas” o hacer ejercicio, o ayunar algo del Ipod o del facebook….
  • La limosna.– Aquello que nos ahorramos con nuestras abstinencias (cigarros, copas, galletas, crédito al celular, etc.) lo podemos depositar en una alcancía, y en Pascua lo entregamos a alguien que lo necesite. Este es el ayuno agradable a Dios, esta es la “limosna” propia de este tiempo: las obras de misericordia solidarias en este año convocado por el Papa.
  • La “oración”, podemos extenderla a una revisión profunda de nuestra vida. Los “ejercicios espirituales” de antes. Es conveniente retirarnos a nuestro “desierto”, para el silencio y la oración; aunque sea en nuestra azotea o nuestro cuarto, para reflexionar lo que Dios nos esté pidiendo. Hay que estar vigilantes, para que no se nos filtre entonces nuestro lado oscuro en las tentaciones que seguramente se nos presentarán, pues “el espíritu está pronto; pero la carne es flaca”.