C-33 ¡¡¡YA SE ACERCA EL FIN DEL MUNDO!!!

Lc 21, 5-19

  • El presente ciclo del calendario litúrgico está llegando a su fin (el próximo domingo se cierra con la fiesta de Cristo Rey). Esta circunstancia, por tanto, es propicia para una reflexión acerca del fin del mundo. Este vaticinio impacta siempre la imaginería popular, con sus visiones escatológicas y apocalípticas tan difundidas, con sus falsas profecías y con sus sensacionalismos.
  • Los exégetas concuerdan en que los evangelistas confundieron dos profecías que muy probablemente hiciera Jesús, mezcladas sin diferenciarse bien: la primera versa sobre el fin del mundo –sea entendido como fin cósmico del Planeta, sea como el fin de la aventura humana sobre el Planeta-, y la segunda, sobre el fin del “mundo judío”, catástrofe religiosa muy dura para aquel pueblo que se sentía heredero de la Alianza de Dios con Abraham; pero que al haberla rechazado, dejaría de ser considerado como “pueblo elegido”.
  • En el texto evangélico que hoy nos ocupa se refiere principalmente al fin de este segundo “mundo”. Ante el orgullo de muchos judíos de entonces que “ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban” (el templo de Jerusalén era considerado morada de Dios y símbolo de su bendición predilecta), Jesús vaticina su destrucción (“Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están ustedes admirando, todo será destruido”), algo que entonces no se podía ni siquiera imaginar. Pero efectivamente, esta se dio en el año 70 de nuestra era: ante una insurrección zelota motivada por un sacrificio pagano en la sinagoga de Cesarea del Mar, el emperador Tito envió tres legiones de soldados y decidió una represalia ejemplar. Las tropas incendiaron el templo adonde los rebeldes se habían refugiado, antes de pertrecharse en la fortaleza de Masada (aún vivían algunos contemporáneos de Jesús, “no pasará esta generación”). El incendio fue tan violento, que muchas de aquellas ofrendas votivas, de oro y metales preciosos, se fundieron con el fuego, por lo posteriormente, que los soldados romanos fueron quitando piedra por piedra, para rasparla y recuperarlos. Jesús había dicho que “no pasaría esta generación sin que esto suceda”, y ciertamente, entonces aún quedaban algunos contemporáneos de Jesús.
  • Este “fin del mundo” judío puede tener equivalente a otras destrucciones de sólidos Imperios o sistemas de poder. La profecía es narrada con señales cósmicas, según géneros literarios de entonces. Estas destrucciones será, ciertamente terribles para quienes sostengan el “proyecto de muerte”. El “Día de Señor” será para ellos “ardiente como un horno” en el que “todos los soberbios y malvados serán consumidos como la paja, sin dejarles raíz y rama alguna”. En cambio, para los seguidores del Reino de Dios, será motivo de esperanza y alegría: para los que temen al Señor “brillará el sol de justicia que les traerá la salvación con sus rayos”.
  • Pasando a la otra profecía del tiempo y modo como se dará el “fin del mundo”, Jesús advierte contra eventuales curiosidades o interpretaciones demasiado materiales, como esas seudo profecías que siguen apareciendo reiteradamente aún en nuestro tiempo, que señalan cómo terminará la Tierra (meteorito), prediciendo incluso fechas (el 29 de julio pasado). En ellas no faltan supuestos “mesías” (baste como ejemplo como aquel infortunado suceso acaecido el 18 de noviembre de 1978 en Guyana, cuando el pastor evangélico estadounidense Jim Jones, autonombrado “mesías” empujo a 918 personas a un suicidio colectivo), contra los cuales advierte Jesús: “Cuídense de que nadie los engañe”. En estas supuestas revelaciones sensacionalistas, se presentan algunos signos, como grandes guerras y revoluciones, epidemias, terremotos, hambre, o signos cósmicos en el cielo… Eventos semejantes se han presentado innumerables veces en estos dos mil años y no resultaron ser “signos”, sino simples calamidades inevitables (“esto tiene que suceder, pero todavía no es el fin”).
  • Que nuestro planeta tenga un término es algo obvio, así como lo es el que llegue un momento en que la vida humana resulte ya inviable. Sin embargo, hay signos científicos –no la simple futurología- que aluden a la probabilidad de que este momento nos esté alcanzando aceleradamente, al punto que para algunos, la viabilidad de la aventura humana en el Planeta podría ya contarse en décadas:
  • Comenzando con la demografía: cuando yo llegué a este planeta, lo encontré con una población mundial con poco más de 1,500 millones de habitantes (recuerdo que en la primaria me enseñaron que México tenía 30 millones) La humanidad tardó 200,000 años en engendrar esta cifra. 30 Años después, en 1969, el llamado Club de Roma (integrado por un centenar de científicos de primer nivel, con poderosos computadoras -no tanto como nuestras actuales laptops-, anunciaron que la población mundial alcanzaba los tres mil millones. Dijeron también, que de no poner correctores eficaces, en los siguientes 30 años nuestra especie volvería a duplicarse… y efectivamente, comenzamos el milenio con 6 mil millones de habitantes. Aunque ya las campañas de control natal han dado resultados, de continuar este ritmo, con las simples proyecciones matemáticas en el 2030 los humanos podrían llegar a ser 12 mil millones (actualmente pasamos ya los 7,500 millones). Esto implica proveer para los niños que ya están llegando, de alimento, trabajo, agua, vivienda, escuela, salud, etc.
  • Habíamos presupuesto que vivíamos en un planeta con recursos ilimitados; pero ahora, gracias a la información que contamos, sabemos con bastante certeza tanto la cantidad de recursos que tiene el Planeta, como las necesidades globales de la población venidera, y tales recursos no alcanzarán para muchos años más.
  • Algunos confían en que la tecnología, finalmente, remediará estos problemas; pero cada vez hay más personas informadas que advierten contra dada la orientación del “progreso” tecnológico, el desarrollismo, más que solución, se ha vuelto parte del problema. Las industrias arrojan tranquilamente sus desechos hacia fuera, contaminando el aire, el agua, la tierra y produciendo el calor global.
  • Por otra parte, la riqueza que se genera (nunca antes se había producido tanta) se encuentra pésimamente repartida, de modo que mientras una minoría muy exigua (el 1% de la población) la concentra y la derrocha en un consumismo irresponsable e irreal, existen grandes porcentajes de población “sobrante”, privada de la satisfacción de necesidades básicas.
  • Las armas atómico, más que ganar seguridad, la pierde, pues la carreara armamentista acumula y un descuido o una locura puede provocar una catástrofe irreversible.
  • Ante esta situación, hacia “el fin del mundo”, caben varias actitudes:
    1. Está la de los Tesalonisenses. Como entonces se pensaba que la segunda venida de Jesús ya era inminente, habían optado por no trabajar (con lo cual se volvían parásitos en la comunidad). San Pablo, en la segunda lectura, denuncia esta actitud: “Y ahora vengo a saber que algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada, y además, entrometiéndose en todo. Les suplicamos a eses tales y les ordenamos, de parte del Señor Jesús, que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida” pues como dijo antes, “el que no trabaje, que tampoco coma”, y les pone el ejemplo él mismo, rehusándose a ser financiado por la Comunidad.
    2. Otra es la actitud de los opresores, que viendo acercarse el fin, tratan al menos de vivir sin negarse ningún capricho, inmersos en el TENER, el PODER y el PLACER egoísta. De igual forma actúan quienes al perder la esperanza, viven en la ambición, la indiferencia o el entre devoramiento.
    3. Otra actitud, con bases igualmente científicas, opina que el límite fatal del crecimiento podría alentarse o retrasarse varios siglos más, pues existen otros modelos de desarrollo basados en la autosustentabilidad. Para ello se requiere de mucha creatividad, audacia y generosidad, para implementar vivir estilos de vida más sencillos, adaptados a la ecología –tal y como enseñan los pueblos indígenas-. Estos estilos de vida contraculturales, a los que invita nuestro Papa Francisco, coinciden con el modelo de organización global querido por nuestro Padre Dios y que Jesús mismo calificara como su Reino –una fraternidad universal basada en el amor, la justicia, la libertad, la paz y la verdad.
  • Sin embargo, este proyecto esperanzador de Dios aterroriza a quienes comparten la primera de estas tres actitudes: quienes sustentan sus privilegios beneficiándose del dolor de los muchos. No es extraño entonces que este mismo horror los empuje a denigrar a quienes luchan por nuevos modelos, e incluso a reprimirlos con tranquilidad de conciencia. Y así, a quienes se propongan salvar al mundo de su destrucción, “los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí”. Y tampoco sorprende que ese mismo miedo empuje a muchos a la delación y la traición “hasta sus propios padres, hermanos y amigos”, y muchos seguidores de Jesús han sido y habrán de ser martirizados por esta noble causa. Pero Jesús alienta a los suyos, prometiéndoles asistencia, asegurándoles conservar su integridad (moral): “ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

C-32 INMORTALIDAD Y COMPROMISO

Lc 20, 27-38

  • Todavía con ecos del “Día de Muertos”, la liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre la muerte y el “más allá”. Dicen que sólo el ser humano “muere”; que los animales simplemente “perecen”. La diferencia entre el “morir” y el perecer” radica en que sólo los humanos prevemos que un día vamos a morir. Para Heidegger, esta certeza es la fuente de la angustia. Nuestra cultura esconde la muerte y procura evitar que pensemos en ella (o en México, su exhibición satírica es otra forma de evadirla, simplemente tomándola a broma). Para no pensar en ella, según el filósofo mencionado, inventamos gran cantidad de distractores –el andar de aquí para allá, conociéndolo todo, chismeando, comprando, entreteniéndonos-, con tal de no enfrentarnos a nuestra propia muerte, y de este modo vivimos enajenados.
  • En cambio, si la afrontamos y la tenemos presente, podemos salir de la enajenación y vivir el momento presente con mayor autenticidad. Es lo que ya San Ignacio de Loyola presentaba a su ejercitante: lo tendía en el piso, entre cuatro candelabros y su meditación le iba describiendo el terrible momento de la agonía. En ese “flash-back” de toda nuestra vida, que según dicen, pasa rápidamente en aquellos breves momentos. Ese recorrido se fija el momento que el ejercitante vive actualmente, y entonces, vista su vida desde su término (“sub specie mortis”) y más aún, desde la vida eterna, se crean condiciones para desenajenarse y vivir concientemente el presente.
  • Los textos bíblicos para hoy nos hablan de la vida de ultratumba, en dos historias paralelas, de 7 hermanos cada una (7 es número simbólico que denota totalidad). En la del Evangelio, la creenica en el más allá, interpretada ingenuamente, enajena. En la primera lectura, en cambio, esta creencia alienta a mayor compromiso. Los interlocutores de Jesús en esta ocasión son los “saduceos”, facción de escribas griegos o “filohelénistas”, adinerados, de baja identidad judía, racionalistas y que -por lo mismo- no creían en la resurrección. Esta actitud, por otra parte normal ante un cadáver, se presenta como “la posibilidad de nuestra imposibilidad”; la muerte como el término fatal –cierto o probable- de la persona.
  • Una forma de enajenación que, según algunos filósofos, puede producir la creencia en la vida eterna, provendría el anhelo profundo de Justicia que todos tenemos; pero que al mismo tiempo constatamos que no se satisface en nuestras sociedades, donde a los opresores suele irles bien. Entonces, el deseo de una vida ultramundana donde finalmente se haga justicia, y que si bien “sufrir me tocó a mí en esta vida” -“en este Valle de Lágrimas”-, en el otro mundo quizás me toque gozar. Por lo tanto, la creencia en el “más allá” enajenaría, al eludir el compromiso de luchar en el “aquí y ahora” por la justicia, y de este modo, la creencia en el ultramundo haría el juego a la impunidad en el “más acá”.
  • Otra forma de enajenación e pensar que la muerte es “de mentiritas”, creyendo que seguiremos viviendo como aquí: La objeción que los saduceos presentaron a Jesús se basaba en la Ley del Levirato, vigente en culturas de fuerte estructura de clanes (israelitas, hunos, tibetanos, panyabíes, mongoles, etc.). Según esta ley, una mujer viuda que no ha tenido hijos se deberá casar, obligatoriamente, con uno de los hermanos del fallecido esposo, para continuar la descendencia familiar y asegurar la herencia de sus bienes. La ingenuidad de aquella impugnación (“en el más allá, ¿quién sería su esposo?”)se debía a la incapacidad que tenemos los humanos, dada nuestra corporalidad, de pensar otra vida humana sin materia, por lo que tendemos a imaginárnoslo a modo semejante a lo que sucede “en esta vida, (donde) hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios…”
  • Ignoramos cómo podría ser una vida resucitada. “La resurrección de la carne” parece ser necesaria para conservar la conciencia de la individualidad, la cual depende de la materia. Pero al no tener necesidades materiales, los aparatos biológicos (respiratorio, alimenticio, reproductivo, circulatorio) y los sentidos (olfato, gusto, etc.) ya no serían necesarios. Quizás la única base corporal infaltable fuese el cerebro (¿en qué cuerpo? ¿en un planeta para cada cual?). La “fantateología” no tiene sentido ni importancia. Nos basta confiar en que nuestro Padre Dios nos ama y nos reserva lo mejor.
  • En cambio, en la primera lectura vemos cómo la creencia en la resurrección puede, incluso, alentar hacia un compromiso más valiente y audaz en favor de la justicia y de la vida, tal y como fue el caso de aquellos otros siete hermanos macabeos, de la primera lectura, que ante las presiones del rey Antíoco para la apostasía, fue justamente esta creencia la que les dio valor para resistir, pues como respondió uno de ellos al tirano: “Asesino: tú nos arrancas la vida presente, pero el rey del universo nos resucitará a una vida eterna, puesto que morimos por fidelidad a sus leyes”… Y otro hermano: Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firma esperanza de que Dios nos resucitará.
  • De esta forma, la creencia en la vida eterna puede impulsarnos hacia mayor compromiso por los ideales del “Reino de Dios”, pues nadie toma en cuenta a un cristiano cobarde y aferrado a las seguridades mundanas.
  • Disfrutemos, pues, esta vida, regalo de nuestro Padre amoroso, que nos la concede sobre todo, para aprender a amar mejor a Él y a nuestros semejantes.

C-31 … HASTA LOS ESTAFADORES

Lc 19, 1-10

  • En todas las sociedades hay oficios mal vistos y despreciados, pues aunque no sean propiamente delitos, ocasionan molestias a la gente y se prestan a la extorción. Ejemplos entre nosotros podrían ser: policías y judiciales, sexoservidoras y sexoservidores, cobradores de deudas, encargados de embargar bienes de morosos, de hacer llamadas intimidantes de parte de los Bancos, burócratas de ventanilla… Ahora en México, ser político o funcionario se ha convertido en una profesión deshonrosa, a causa de que muchos de ellos, en lugar de ser servidores públicos, se sirven del puesto que la gente les confió para enriquecerse rápido, destruyendo, incluso, todo lo que obstruya su ambición.
  • En tiempos de Jesús un oficio indecoroso eran los “publicanos”. Se trataba de judíos que se encargaban de cobrar tributo para los romanos. Siendo Roma un imperio de ocupación, estos funcionarios eran vistos como “colaboracionistas”, una manera de traidores. Por supuesto, había diferencias: estaban los publicanos principales, los que controlaban caminos principales, aduanas y puentes, y estaban también los publicanos subalternos –como Leví-Mateo-, que hacían los trabajos “sucios”. Los primeros compraban su cargo, pagando por adelantado. Se les exigía determinado monto y como no recibían un sueldo, se les permitía allegarse cierto porcentaje como comisión. Ya que a Herodes le interesaba quedar bien con el Cesar, ponía soldados a estos recaudadores para facilitarles sus tareas, de modo que abusaban, y como a algunos viajeros ya no los habrían de volver a ver jamás, les resultaba prácticamente imposible restituir lo así habían arrebatado. El Evangelio se refiere a uno de estos publicanos, Zaqueo, que probablemente controlaba el camino de Jerusalén a Jericó.
  • Jesús llamó a colaborar en su proyecto del Reino a muchas clases de personas, incluso a algunos que realizaban trabajos denigrantes, como son los publicanos. Antes de llamarlos, esperaba algún signo de disponibilidad, que en el caso de Zaqueo fue su interés en verlo. Acaso esperaría que ese profeta, con fama de compasivo, pudiera comprender su profundo sentimiento de culpabilidad. Ya que Zaqueo era chaparrito, se subió a un árbol para poder verlo mejor, sin importarle el figurón que hiciera. Jesús, no sólo lo vio, sino que incluso, se autoinvitó a comer a su casa. Esto era mucho más de lo que Zaqueo hubiera esperado. Hospedar a tan insigne maestro, seguramente le daría la legitimidad que necesitaba, de modo que bajó presuroso.
  • ¿Qué fue lo que sucedió en aquella comida? Es posible que el publicano se sintiera finalmente comprendido por alguien y de este modo, generara cierta disposición favorable para comprender a otros. Entonces Zaqueo necesitaba una corrección; pero Jesús no se la hizo directamente, sino que simplemente “abrió las ventanas”, es decir, posibilitó que Zaqueo, por primera vez, prestara atención a la gente, a esa misma que extorsionaba… y escuchó las murmuraciones (ásperas, como suelen ser las críticas de los pobres hacia sus explotadores). Pero esas críticas ni siquiera estaban dirigidas hacia él, sino al maestro compasivo, a quien aquel ya admiraba: “¡ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!”
  • Cuando un perpetrador escucha, sin justificaciones, a su víctima, hay condiciones para que se genere un cambio radicar, que le conducirá a otra relación, más desinteresada, que le permite dejar esa soledad insoportable de todo egoísta victimario, y de este modo puede convertirse, de “aprovechado” en benefactor.
  • Zaqueo experimentó un gozo nuevo derivado de esa posibilidad de conversión, y Jesús lo apoyó: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”, o como dice el libro de la Sabiduría, en la primera lectura de hoy: “Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos”. (…) “Por eso los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades…”
  • Pero el perdón sólo es posible si hay arrepentimiento, y esto se demuestra con la satisfacción del agravio: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Hay personas que se enriquecieron gracias a la astucia en servicio de su ambición; pero que en los pocos casos en que se convierten, pueden poner esas habilidades en servicio de la colectividad. Jesús se alegra ante este cambio –“También él es hijo de Abraham”-. Lo reincorpora nuevamente a la convivencia con el pueblo. Al entregar la mitad de sus bienes a los pobres y al restituir por cuadruplicado, Zaqueo se empobreció y por su solidaridad en la justicia, pasó a formar parte del pueblo, que lo recibió con alegría y mereció la generosidad del perdón. En efecto, sólo hay cabida para una indulgente misericordia cuando el arrepentimiento no sustituye a la impunidad.