5. CRISIS DE GALILEA – FORMACIÓN DE APÓSTOLES

Del ciego de Betsaida (8, 17) al ciego de Jericó (10, 53)

Conciente Jesús de haber subestimado el poder de sus enemigos, así como la ceguera de sus apóstoles, decide salir del territorio israelita y pasar a tierra pagana, para pasar desapercibido –sin lograrlo- y dedicarse a instruir a quienes dejará en su lugar. Después de discernirlo (Tabor, Cesarea), decide partir pronto hacia Jerusalén, y dar allá una fuerte señal profética.

La segunda parte del relato de San Marcos es sumamente importante. Jesús había subestimado la fuerza de las autoridades religiosas de Jerusalén, presentes a través de los fariseos, omnipresentes al menos en las ciudades. Cada vez con mayor insistencia, lo acosaban y obstaculizaban su misión. Jesús había visto un desenlace violento, primero, como mera posibilidad; luego, como probabilidad y ahora lo veía como certeza inminente. Por otro lado, veía la lentitud del proceso de comprensión que tenían sus discípulos, que por más evidencias que les daba, no acababan de comprender que era el Mesías, el Hijo de Dios. Quiso ir demasiado rápido al pretender corregir las falsas expectativas mesiánicas, y sólo provocó crisis en el grupo. Ante ambas realidades, parecía  necesario corregir la estrategia: tal vez viajar a Jerusalén lo más pronto posible, y allí, desde el centro, dar un golpe fuerte al Centro, a riesgo de que lo mataran.

Viaje de incógnito a territorio fenicio (7, 24-30)

  • Jesús necesita una tregua: alejarse un poco de territorio adverso para deliberar sobre un eventual cambio de estrategia, y sobretodo, dedicar más tiempo a la formación del grupo que será su relevo. De modo que sale de Palestina y va a la tierra de Tiro y Sidón, tratando de pasar inadvertido en ese nuevo escenario; pero una mujer pagana siro-fenicia lo reconoce y le pide que sane a su hija, poseída por un mal espíritu. Jesús le respondió que primero tenían que saciarse los hijos antes de echarles las sobras a los “perritos” (los israelitas llamaban a los extranjeros “perros paganos”); pero la mujer lo corrigió -“Señor, también los perritos, debajo de la mesa comen las migas que dejan caer los niños”-. Esa respuesta conmovió a Jesús, quien –por esa y única vez- se dejó corregir, y nada menos que por una mujer pagana.
  • De Tiro pasa a Sidón, y bordeando el lago de Genezaret, continua por el lado oriental de Israel y atraviesa los montes de la Decápolis, aun en territorio pagano. Pero como “se le revolvían las entrañas” ante cualquier sufrimiento, en aquel lugar sana a un sordomudo. Ya de nuevo en territorio israelita, nuevamente multiplica panes para alimentar a una multitud. Ya en tierra israelita, tiene otro desencuentro con fariseos, que le piden un milagro impactante (“una señal del cielo”) como condición para creer, y Jesús, obviamente, se las niega.
  • Ceguera: del ciego de Betsaida y la de los apóstoles

Van, por barca, hacia la orilla griega, y Jesús les previene contra “la levadura de los fariseos y la de Herodes”. Los apóstoles suponen que es una recriminación por no llevar pan. Jesús les reprende con fuerza:

“¿Por qué discuten que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni comprenden? ¿Tienen acaso la mente cerrada? ¿Tienen ojos y no ven? tienen oídos ¿y no oyen? ¿No se acuerdan? Cuando repartí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas canastas de sobras recogieron?. ¿Todavía no comprenden?” (8, 17-21)

  • El ciego de Betsaida (8, 22-26)

Jesús se encuentra en Betsaida -pueblo de Felipe y de Natanael-, junto al lago y cerca de Cafarnaúm (yendo en barca). Allí, Jesús cura a un ciego, con un proceso más lento y complejo, lo que para Marcos, es un símbolo de la difícil ceguera de los apóstoles.

  • Confesión de Pedro (8, 27-38).

De allí suben a Cesarea de Filipo -todavía tierra griega- fuera de la jurisdicción de Herodes, y por el camino, les hace una pregunta a los apóstoles “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”.

 A mi parecer, la pregunta persigue dos propósitos:

  1. Conocerse a sí mismo es un principio de sabiduría; pero puede dificultarse cuando nuestra “autoimagen” está supravalorada (“se cree mucho”) o infravalorada (“los acomplejados”). Por eso e conveniente cotejar nuestra “autoimagen” con la “heteroimagen” (“quien dice la gente que soy yo”).

  A Jesús no le interesa tanto conocerse a sí mismo, cuanto saber si ya hay, entre la gente, algún barrunto de reconocimiento de que Él pueda ser el Mesías. Por eso pregunta a sus discípulos, quienes se mueven entre la gente; pero su respuesta es negativa: la gente está interpreta su persona desde el “maravillosismo” -es Juan Bautista resucitado, o Elías arrebatado en un carro de fuego, o Jeremías de quien se decía que regresaría antes del fin del mundo, o alguno de los profetas…

“La gente” es un conglomerado anónimo, demasiado vago: quienes les antipatizo se expresarán mal de mí, y quienes les simpatizo, se expresarán bien (aunque haya conveniencieros que quedar bien conmigo, simplemente para adularme).

     Pero también existe la “heteroimagen” de mis amigos, quienes no me adularán, ni me adornaran y que me dirán incluso mis defectos, con honestidad y caridad: estos, los verdaderos amigos, “valen oro” y hay cuidarlos como un tesoro. Por eso Jesús les pregunta “Y para ustedes, ¿Quién soy yo?”

  • El segundo propósito de Jesús con aquella pregunta, sería ponerles una especie de test a los apóstoles: al primero de los Doce que descubriera que Él era el Mesías, lo nombraría su sucesor como coordinador del grupo, pues habría demostrado tener el mejor don de discernimiento, y fue Simón-Pedro quien hizo la confesión: “Tú eres el Mesías!”.

    Entonces Jesús les predijo lo que ya veía venir: El Sanedrín lo rechazaría, y después de torturarlo, lo entregarían a los paganos, que le condenarían  a muerte; pero al tercer día resucitaría. Pedro lo llevó a parte y se le enfrentó reprendiéndolo: “Eso no te puede suceder a ti”: ¡Eres el Mesías! ¡Tienes todo el poder de Dios! ¡Ponte en tu lugar”; pero fue a Pedro a quien Jesús puso en su lugar: la Vulgata dice: “Vade retro, Satana”, que suele traducirse como “retírate, Satanás”; pero en realidad es “Ponte detrás, Satanás”. En los magisterios itinerantes, el maestro va delante y los discípulos, detrás. Ahora, Pedro se pone delante de Jesús y lo increpó: estaba queriendo darle clases al maestro, de cómo comportarse dignamente. Pero fue a Pedro a quien el maestro lo puso en su lugar: “¡Vete detrás de mí!” Tú sólo eres el discípulo, y lo llamó “Satanás”, porque fue esa, justamente, la tentación que Satanás le puso en el desierto: ejercer su mesianismo desde el poder impactante.

     Según San Mateo, ante la confesión de Pedro, Jesús lo habría felicitado: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del Cielo!”(16, 13-19). Marcos omite esta felicitación, y hace responder Jesús a Pedro: “Tus pensamientos son de los hombres, no los de Dios” (33).

La transfiguración de Jesús. (9, 1-12)

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan (los más despiertos) y se los llevó aparte, a una montaña elevada, donde se “transfiguró”, es decir, manifestó su divinidad, con las características propias de otras teofanías veterotestamentarias: la vestidura blanca resplandeciente (Daniel), la nube (Éxodo), la voz (Bautismo). Se aparecieron Elías (el profeta más célebre de Galilea) y Moisés (supuesto autor del Pentateuco) conversando con Él: es decir, Jesús, parea su discernimiento, se está confrontando con la Ley y los Profetas, que constituían las dos grandes partes que tenía la Biblia de entonces: un discernimiento sobre su eventual modificación de la estrategia inicial -cambiar de ritmo e irse cuanto antes a Jerusalén, para “poner toda la carne en el asador” con una fuerte intervención profética.

     Los apóstoles estaban embelesados ante esa visión, plena y cautivadora. Se trataba del “Mysterium Tremendum”, que suscita el Temor de Dios (no es miedo a Dios; es “pavor” ante la divinidad, que conlleva el “sentimiento de creatura”). Pedro toma la palabra por sus compañeros: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. La nube se posa sobre ellos y se escucha la voz de Dios, con las palabras escuchadas en el bautizo de Jesús “¡Éste es mi Hijo querido, escúchenlo!”. La teofanía se evanesce, y ven a Jesús solo con ellos.

    Habría que recordar la crítica de Marx a la religión como “opio”; aunque le reconozca una función positiva: aunque el opio ayude a evitar la locura ante situaciones límite, impide la toma de conciencia transformadora (“pone florecitas a las cadenas”, dice). Pero Marx no conoció un cristianismo “levadura”, que rompe las cadenas y transforma. Los apóstoles quisieran instalarse allí -el intimismo quietista-; pero la finalidad de Jesús, al transfigurarse, había sido abrirles los ojos para bajar del monte, adonde estaban sus adversarios que lo asesinarían (Anás, Caifás, Herodes, los escribas, los fariseos). Por eso, al bajar del monte, Jesús les encargó no contar la visión a nadie (pues contribuiría a la interpretación del impactante mesianismo real). Para Jesús, en cambio, este discernimiento fue decisivo: A partir de ese momento, iría lo más pronto posible hacia Jerusalén, dando un rodeo por las montañas de la Decápolis y bordeando el Río Jordán, que no siendo muy profundo, permitía el paso fácil de uno al otro lado, si bien, en ese momento prefería viajar fuera del territorio de Herodes y de los fariseos.

La autoridad desde el no-poder. El Monte Tabor se encuentra en Galilea. Por lo tanto, Jesús está en el escenario ya harto conocido en aquella comarca (como el exorcismo a un niño epiléptico: 9, 14-29). Jesús prefiere pasar de incógnito, pero se deja conmover. Les anuncia a sus apóstoles, por segunda vez, su inminente pasión y resurrección; pero ellos siguen sin entender y tienen miedo de preguntar (miedo de la verdad). Va caminando delante ellos y nota que el grupo de atrás va muy animado. Le llegan algunas frases y advierte de lo qué se trata: venían peleando por ver quién de ellos era el más grande. Cuando llegaron a su casa, en Cafarnaum, Jesús les dará una enseñanza, dando un vuelco de 180° al concepto de autoridad: “el que quiera ser el primero, que se haga el último y servidor de todos”. (A) Pone a un niño en medio del grupo y les dice: “Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me envió” (9, 30-37).

Los vulnerables del No-Poder. (9, 36-37; 42-48; 10, 13-16).

Siguiendo su esquema narrativo A – B – A, Marcos corta el tema de los niños con el enlace “B” de un exorcista que no es del grupo (no tiene título), a quien Juan trató de impedírselo, y la respuesta de Jesús: “Quien no está contra nosotros, está en favor nuestro” (9, 38-40). Luego regresa al tema “A”, de los niños, que había suspendido, para hablar del escándalo: “Si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, más les valdría que le atase una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al mar”. Nuevamente suspende ese tema “A”, para insertar la objeción de los fariseos sobre el divorcio (“B”), que narraremos más abajo y vuelve de nuevo al tema de los niños, que representan aquí a los pequeños, los débiles, los sencillos (“A”): la gente le lleva a Jesús a sus hijos para que los toque; pero los discípulos lo tratan de impedir. En la cultura semita, la infancia era la edad terrible: los niños eran totalmente vulnerables, su padre los puede castigar, y hasta venderlos. A quien se le ve con los niños se le tilda de imbécil. Jesús enseña: “Dejen que los niños se acerquen a mí, no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos”.

(“B”) El divorcio (Mt 19, 1-12). El grupo cruza el Jordán y se encuentra ya en Judea. Como siempre, enseñaba a la multitud y enfrentaría a los omnipresentes fariseos. Para ponerlo a prueba, le preguntan sobre la cuestión de desligarse de la esposa. Jesús les devuelve la pregunta: “¿Qué les enseñó Moisés?” La Ley le permitía al varón repudiar a la mujer, mediante un acta de divorcio. Entonces Jesús ya puede responderles: Moisés lo hizo por la dureza de corazón del pueblo, y cita al Génesis: “Al principio de la Creación, Dios los hizo varón y mujer, y ‘por eso abandonará un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne´… Así lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Puede verse aquí un antídoto contra el divorcio: un pasado, “abandonar” a los progenitores –no dejarlos en el abandono, sino relativizar la introyección mental de la educación familiar-. Un futuro -hacerse una sola carne –; tarea que, como la anterior, puede llevar toda la vida: tratar de compenetrarse; aunque nunca se logre del todo, y que, incluso, ni siquiera sería conveniente, por el riesgo de una absorción simbiótica, de una parte sobre a la otra. Los dos tiempos verbales (pasado y futuro) convergen en el tiempo presente: la unión amorosa, renovada cada día.

Estando ya en casa, estando solos los “de dentro”, Jesús lo ratifica (10, 1-12). En la versión de Mateo, Jesús aprovecha una pregunta de los discípulos, para hablar del celibato –“los eunucos por el Reino”-.

La ambición del poder y del dinero. Jesús dio esta enseñanza en dos pasajes “A”: el del joven rico (10, 17-31) y los hijos de Zebedeo (10, 35-45), intercalados por “B” un tercer anuncio de la pasión (10, 32-33). 

  • Un joven rico llega corriendo y se postra, pidiéndole que le diga lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna. Supongo que quiere una receta pronta, al alcance de la mano; aunque se trata de un prospecto bien intencionado (cumple con los mandamientos del decálogo; pero desea ir más lejos). Jesús, “mirándolo con cariño, le dice: “una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y dáselo a os pobres y tendrás un tesoro en el cielo: después sígueme”. El joven no fue capaz de dar este paso, pues tenía muchos bienes, dio la vuelta y se fue: llegó entusiasmado y se retiró apesadumbrado; llegó creyéndose bueno y se retiró consciente de sus apegos. La conclusión didáctica del episodio fue: “difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas”. (…) Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”.
    • Los discípulos quedaron asombrados, pues los ricos suelen pasar por “gente decente”, “personas de bien”. Los pobres, como es sabido, “son mal hablados, borrachines, ladronzuelos, fornicadores”; pero aquellos son “buenos, educados, incapaces de robarse una botellita de agua de un Oxxo y comulgan en la iglesia”…. por eso, los discípulos preguntan: “Entonces, ¿quién  podrá salvarse?”. Este episodio sigue desconcertando a los ricos, y sus exégetas se afanan por encontrar explicaciones seudo culturales: La aguja, según estos, sería

“una puerta para que las ovejas entrasen al corral, ciertamente, pequeña; pero un camello, esforzándose (mejor si es un poco elástico), podría pasar.

  • Pedro comenta entonces: “nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido”. Ciertamente, dejaron sus redes (algo rotas); pero –valga en su crédito- Más bien dejaron su vocación de pescadores, que era lo que daba sentido a sus vidas. Jesús promete, a quienes hayan dejado familia y propiedades, cien veces más en familia y propiedades –en medio de persecuciones- y en el mundo futuro, la vida eterna.
  • Los hijos de Zebedeo (10, 35-43)
  • Santiago y Juan le piden a Jesús que, cuando le llegue su gloria, se sienten a sus costados, Jesús les recrimina: “No saben lo que piden (…) eso le toca al Padre”; aunque les reconoce que, cuando llegue el momento, serán capaces de beber su cáliz y de recibir su bautismo.
  • Cuando los otros diez se enteraron de esa pretensión, se enojaron con Santiago y Juan, porque se les adelantaron, y eso fue ocasión para otra enseñanza: los gobernantes dominan sobre las naciones como si fueran sus dueños, que no sea así entre sus discípulos: “el que quiera ser grande, hágase servidor de los demás; y el que quiera ser el primero, que se haga sirviente de todos”, como Jesús mismo, quien no vino a ser servido, sino a servir.

Entre ambos pasajes, a modo de enlace (B), está el tercer anuncio de la pasión (10, 32-33). En el primer versículo sitúa la escenografía: “Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén. Jesús se les adelantó, ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían, iban con miedo. Él reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que iba a suceder…” ¿Por qué los apóstoles estaban sorprendidos? ¿Por qué le urgía a Jesús llegar cuanto antes a Jerusalén? Los apóstoles no sabían y sentían miedo.

Por fin, llegan al lugar donde Jesús fue bautizado, cruzan el Jordán y entran en Jericó. Allí cura a Bartimeo, un mendigo ciego, sentado a la vera del camino, quien al oír que pasaba Jesús, se pone a gritar. Lo reconoce como Hijo de David; pero como está ciego, no lo puede seguir, por eso, clama a Jesús pidiendo piedad. El maestro se apiada del ciego, y como el mendigo tiene fe, Jesús lo toca y al instante, recobra la vista. Con esto se cierra esta II Parte, la cual, como se dijo al principio, abarca entre el ciego de Betsaida y el ciego de Jericó, simbolizando la ceguera de los apóstoles.

4. JESÚS, MAESTRO DEL REINO

Seguramente San Ignacio de Loyola se inspiró en San Marcos para su “discernimiento de Espíritus”: (a) el de Dios (muchedumbre), el del Mal (escribas) o una causa natural (la familia de Jesús). Se hablará sobre las parábolas, con las que Jesús ponía a las personas en sintonía con sus propias experiencias de vida, y las usaba para su seguridad personal. Se añaden signos del poder de Jesús.

  1. Criterios para un Discernimiento
  2. Las Parábolas
  3. El poder de Jesús
  4. Jesús, maestro de apóstoles

I CRITERIOS PARA UN DISCERNIMIENTO (3, 7-35)

San Ignacio de Loyola, en sus “Ejercicios Espirituales”, da consejos para el “discernimiento de espíritus”, que más tarde, sus hijos de la Compañía de Jesús han difundido: ante algo nuevo (una corriente de ideas, un movimiento eclesial, una teología, un modelo de pastoral, una moda, etc.), cabe preguntarse por el espíritu que inspira tal novedad: ¿El espíritu de Dios?, ¿El espíritu de Satanás? o ¿El espíritu del ego? San Marcos nos obsequia en el siguiente pasaje, pistas para un claro discernimiento:

  • La muchedumbre: Jesús se había retirado con sus discípulos junto al lago, y era seguido por una gran muchedumbre, entusiasmada, proveniente de muy diversas partes. Jesús les predica, sana a muchos y expulsa sus demonios (3, 7-12). Mezclados entre la muchedumbre, estarían los parientes de Jesús y algunos escribas de una comisión enviada desde Jerusalén, justamente, para investigar qué espíritu estaría inspirando a Jesús (Dios, Satán o un simple fenómeno humano).
  • Los familiares de su clan –a quienes, recordamos, les había disgustado que los abandonara y no aceptase el patriarcado-, ante ciertos rumores que les habrían llegado sobre sus confrontaciones con los respetables fariseos-, viendo su estado de entusiasmo efervescente de su predicación, quieren llevárselo de regreso, pues decían que se había vuelto loco (3, 20-21).
  • Los escribas de una comisión enviada de Jerusalén, dictaminaron que no podía venir de Dios, puesto que no observaba el sábado, no practicaba las veneradas tradiciones, comía con pecadores y decía perdonar pecados como si fuera Dios.
  • Tenemos aquí las tres hipótesis ignacianas de discernimiento de espíritus, aplicadas a Jesús: el Espíritu de Dios, el espíritu de Satanás o el espíritu del “ego” (una causa natural, como podría ser la locura). Jesús mismo es quien hace el discernimiento:

Algunos habrían objetado a la comisión de escribas: “Nadie puede hacer milagros tan grandes si Dios no está con él”, ante lo cual la Comisión dictaminó: “Esos milagros los hace porque tiene pacto con el diablo (“está poseído por Belsebub, príncipe de los demonios”). Sin embargo, paradójicamente, dieron su respuesta cuando Jesús acababa de expulsar demonios de muchos posesos. Ante esto, Jesús mismo les desbarató su falaz discernimiento: “si es con el poder de Satanás como expulso a Satanás, entonces no hay que preocuparse, pues denotaría que el reino del Maligno está dividido y no podría subsistir”. (3, 22-23). Por tanto, esta hipótesis carecer de la lógica más elemental (el principio de contradicción) y quedaría descartada. Los familiares de Jesús, por su parte, aunque molestos con su pariente, tampoco aceptan la conjetura de posesión diabólica, y atribuyeron el estado de efervescencia que lo poseía, a una enfermedad mental. En cambio, las muchedumbres, fascinadas por Jesús, escuchaban sus enseñanzas y testificando sus portentos, descartaban la hipótesis de la locura. Por tanto, la única hipótesis plausible es que Jesús era el Espíritu de Dios el que actuaba por Jesús. Entonces Jesús pasó al ataque: si es imposible que Satanás expulse a Satánas, la única posibilidad es que esos milagros los realice por el poder de Dios; pero resulta que ustedes, los fariseos, se oponen a mí, entonces se estarían oponiendo a Dios, haciendo el juego a Satanás, o algo peor, estarían “satanizando” al Espíritu Santo, y “el que blasfeme contra el Espíritu jamás tendrá perdón, será culpable para siempre” (v. 29).

“Excursus narrativo”. Vemos de nuevoel esquema lógico de San Marcos “A – B – A”,  siendo (A) los apóstoles y (B) la confrontación entre la Ley y la compasión. En este pasaje, volvemos a (“A”) la opinión de la muchedumbre fascinada de discípulos, prolongada con la inclusión de los nombres de los Doce apóstoles, y vuelve de nuevo al tema (“B”): la confrontación con los escribas en nombre de la Ley. Entonces, introduce un elemento nuevo: (“C”) los parientes que se lo quieren llevar (vv 20-21) y que después de la fallida pretensión de condena por posesión, la parentela insistirán de nuevo en su retorno a Galilea:

  • (“C”) Nueva confrontación con su clan familiar (3, 31-35). Sus parientes (llevándose consigo a María, su madre), intentan nuevamente convencer a Jesús de que regrese a Nazaret (quizás hasta le sugirieran –como más tarde, sus paisanos- instalarse en su pueblo y aprovechar su fama, para que los enfermos recurrieran al “gran curandero de Nazaret”). Por eso lo mandaron llamar, interrumpiendo la enseñanza que Jesús estaba dando a algunos discípulos.  Jesús aprovecha la interrupción para corregirles: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?… Quién cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Jesús no estaría agraviando a su madre, ¿pues quién mejor que María, cumplía la voluntad del Padre?). Ante una llamada vocacional, hay que “abandonar” padres, hermanos y parientes, y los nuevos simpatizantes están llamados integrarse a la nueva familia de discípulos.
  • La familia es el espacio privilegiado de crecimiento, el oasis en los desiertos de la vida; pero también, puede convertirse en fuente de tensiones y hasta de horror. La familia no es un absoluto –nada hay absoluto, sino sólo el Reino de Dios-. Seguir a Jesús significa subordinarlo todo, para el Reino.

II LAS PARÁBOLAS (Mc 4, 1-34)

Lo que más seducía de Jesús era su “utopía”, su pasión, su sueño: hacer de toda la humanidad una sola familia, puesto que todos somos hijos del mismo Padre (y, por tanto, somos “hermanos”). Propone una fraternidad universal, que vive en la justicia, el amor, la paz, la verdad, la libertad… A este sueño Jesús lo llamó “Reino de Dios”, que para una sociedad teocrática con reminiscencias davídicas, fascinaba y arrastraba. Pero Jesús no explicó en conceptos o definiciones lo que entendía por este “Reino”, sino que utilizó el lenguaje de los poetas (imágenes, creatividad inagotable, alegorías, metáforas, símbolos… “parábolas”). Estas imágenes eran claras y sencillas, no hay nada forzado o artificial en ellas: Dios es bueno y misericordioso y su Reino está irrumpiendo en la vida (ya desde ahora, “el Reino de Dios entre ustedes está”; [1] aunque sólo tendrá su consumación a nivel escatológico).

   Jesús nos obsequia toda una “videoteca” para conocer su cultura de Galilea. Se la entrega a sus discípulos para que la reconozcan es su propia experiencia (aparecen en estos relatos cuervos, lirios, gorriones, caballos, padres de familia, redes, pescados, etc.); pero trata de que la ahonden con otros ojos. Estas parábolas no responden a una finalidad didáctica, ni dan interpretaciones o significados, sino que poner a las personas en sintonía con sus propias experiencias de vida, a fin de acercarles a ellas el Reino, y que éste les haga descubrir los obstáculos que les impidan abrirse a la nueva experiencia de Dios que está llegando. Mientras Jesús va de camino  con sus acompañantes, les señala un niño que pasa con sus ovejitas, o un sembrador que desparrama su semilla, o una mujer que amasa su pan… A diferencia de Marcos, Juan prefiere las alegorías (yo soy el pan, la luz, el pastor); en ellas encontramos símbolos y metáforas, en las cuales, cada elemento tiene un significado preciso. En cambio, las parábolas son de “significación abierta” (cada cual las acerca a su propia experiencia vital), y por lo tanto, necesitan de una explicación, que Jesús dará aparte, a quienes estén dispuestos (o -como dice a sus oyentes- “el que tenga orejas, que las use”).

      En los evangelios hay unas 40 parábolas y 20 alegorías o metáforas. En la breve serie de este capítulo, la primera parábola, que sirve de introducción, explica las actitudes para poder escuchar las demás. Se estructura es la siguiente: narración –corte/advertencia – explicación, en la que la clave está en el “corte/advertencia” (10-13).

Parábola del sembrador (4, 1-20). “Salió un sembrador a sembrar”, fue desparramando su semilla por todas partes; pero al momento de la cosecha, ésta se dio de maneras diversificada. ¿A qué se debió? En cualquier proceso de siembra se distinguen varios elementos:

  • El sembrador lo hace pródigamente y denota experiencia.
    • La semilla es de excelente calidad; capaz de producir hasta el 100% de lo sembrado.
    • Los medios de producción no aparecen; pero también podrían influir: no es lo mismo sembrar, como se hace aún en algunos lugares del México actual (donde el sembrador hace un agujero con un palo -la “coa”-, y detrás va descalza la esposa o la hija, cubriendo con los dedos del pie el agujero), que hacerlo con arado o con tractor (aplicado a la pastoral, sería evangelizar por televisión o por internet).
    • Los terrenos: en realidad, esta parábola debería llamarse “la de los terrenos”, pues son la variable que decide la cosecha:
      • La narración (vv 3-9): parte de la semilla cayó en el camino, donde la tierra estaba apisonada, y ya que no pudo entrar, los pájaros se la comieron. La semilla que cayó en terreno pedregoso encontró una pequeña capa de tierra buena, por lo que sí salieron los brotes; pero con el calor del sol, se marchitaron. La que creció entre matorrales fue pronto asfixiada, y la que cayó en tierra buena, creció y dio fruto según su calidad (el 30%, el 60% el 100%)
      • El corte y la clave (vv 10-13). Cuando los discípulos se quedaron a solas, a “los de dentro”, les comunicó el secreto del Reino de Dios; pero a “los de fuera”, no; para evitar que comprendieran. Jesús no buscaba su grupo de selectos (como los del Qumram, los escenios o los fariseos), sino que era conciente la escucha depende del lugar social de los receptores: Las parábolas no son un “lenguaje popular” que cualquiera puede entender correctamente, sino que fueron construidas para que no todos tuvieran acceso a ellas; obedecían a una estrategia de protección: Jesús se movía entre mucha gente (esta parábola fue dicha a la orilla del lago, ante una gran muchedumbre, de modo que tuvo que subirse a una barca para poner de distancia entre Él y sus escuchas). Quizás habría allí adversarios infiltrados atentos a los malos entendidos, que luego le podrían ocasionar problemas. Por eso habla cifradamente, para que sus discípulos las entienden y sus adversarios, no. La Palabra es un don que requiere condiciones de escucha: “al que tiene se le dará, y al que no tiene, se le quitará lo poco que tiene” (v25). Por eso habrá que tener cuidado, pues “con la medida con que midan serán medidos” (24): “El que tenga orejas, que las use”
      • El significado (vv 14-29): El sembrador (Jesús) prodiga su palabra. Los granos en el camino -que no penetran en la tierra-, son los bloqueados por prejuicios, malas experiencias, por conveniencias, y cuando llega Satanás, se lleva la palabra. Los del terreno pedregoso, recibieron la palabra con gozo; pero como son inconstantes, no la cuidan, y cuando llega alguna tribulación o persecución, fallan. La que cayó entre abrojos, escucharon la palabra; pero no despejaron cierto espacio (con la oración y la alerta) y dejaron que las preocupaciones del mundo y las tentaciones, ahogaran la palabra. Lo sembrado en tierra fértil, escucharon la palabra, la recibieron y dieron un fruto proporcional a la disposición.
  • Parábola del celemín. (21-23)Cuando se quiere estar tranquilo, se pone una vela debajo de un celemín; [2]Pero cuando necesita ver claro, la vela no se pone en un candelabro y sobre el armario. La clandestinidad del mensaje cifrado será sólo provisional, debido a las circunstancias; pero llegará el momento en que se romperá la secrecía (“no hay nada oculto que no llegue a descubrirse”). En situaciones en las que se da un franco rechazo a la Buena Nueva y esto produce daño al pueblo, se debe actuar con prudencia; pero en otras ocasiones, la prudencia misma aconseja romper la clandestinidad, como hará Jesús en el Templo de Jerusalén.
  • El crecimiento de la plantita (vv 26-28). El Reino de Dios, ya presente, es un proceso, que al principio no se nota -no es espectacular-; como una plantita, que sin que (Jesús o el creyente) sepa cómo, produce fruto y se cosecha.
  • La semilla de mostaza (vv 30-32). La “sinapis índica”, de color negra y marrón (color mostaza), tiene la semilla más pequeña (del tamaño de la cabecita de un alfiler); pero cuando crece, en Palestina llega a tener hasta 4 mts de alto y amplio follaje, de modo que “los jilgueros hacen en ella sus nidos” y bajo su sombra, se llega a cobijar hasta un camello. Esta “kénosis”[3] no es falta de eficacia, sino eficacia de otro tipo: el estilo del Reino y de sus destinatarios.

III EL PODER DE JESÚS

Marcos termina esta primera parte, narrando tres hechos milagrosos que muestran el poder que tiene Jesús, pese a su presencia aparentemente insignificante.

La tempestad calmada (4, 35-41) [leer directamente el texto]

Recalcar la cosmología de entonces: las Fuerzas de los elementos (Potestades), la noche (hora del Mal), el mar (morada del monstruo marino  Leviatán), la teofanía de Jesús (“Yo Soy”)

El endemoniado de Gerasa (5, 1-20) [Es mejor leer directamente el texto].

Recalcar las alusiones a los romanos (legión), los cerdos (carne inmunda) y la preferencia del dinero sobre la persona. Porqué quiso Jesús que el ex-endemoniado se quedase en el pueblo.

Sanación de dos mujeres (5, 21-43) Dos sanaciones notables:

  • La hemorroisa. Mucha gente, algunos enfermos, apachurran a Jesús y su poder no actúa; pero actúa sin que Jesús mismo lo notara: un parece que sale de Él como una descarga magnética. La explicación: “Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y sigue sana de tu dolencia”.
  • El milagro de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga. Jairo pide a Jesús que vaya a sanar a su hija agonizante. La niña muere mientras van de camino: “Basta que tengas fe”, aconseja a Jairo y este asiente. Jesús, a solas, la resucita. La compasión de Jesús es más fuerte que la muerte misma.

En Nazaret: Presentación de su Misión (6, 1-5)

Lucas (4, 16-21) pone este episodio cuando Jesús recién llega a Galilea, elegido su pueblo “donde se había criado” parea proclamar cuál será su misión (Buena Nueva a los pobres, liberación de cautivos y oprimidos, hacer ver a los enceguecidos y un jubileo sin final). En cambio, para Marcos, el episodio es un mero enlace para el tema que va a introducir: la formación de los apóstoles (6, 7-12). Ambos evangelistas destacan la recepción negativa de sus paisanos: la familiaridad excesiva despoja a la persona de su aura de misterio (“el hijo del carpintero”): “a un profeta sólo lo desprecian en su patria, entre sus parientes y en su casa.”

IV JESÚS MAESTRO DE APÓSTOLES

El entrenamiento de “los Doce” (6, 7-12 y 30-37)

Jesús introduce el tema del entrenamiento de los Doce, de acuerdo a su esquema narrativo que ya conocemos (A – B – A), en el que “A” sería el envío de Jesús a preparar sus visitas (6, 7-12), así como su “feedback” (30-34), y están separados por “B”: el asesinato del Bautista (14-29).

  • Las instrucciones para la ida a su misión  son desconcertantes: ir “de dos en dos” (embrión de comunidad),  totalmente vulnerables: sin dinero en el ceñidor, ni alforja (para mendrugos recibidos, como algunos filósofos griegos), ni túnica de repuesto; sólo con un bastón (para los perros) y sandalias (para huir de los lobos).[4] Tan sólo munidos por la Palabra y por poder testimonial contra los demonios inmundos del lugar de destino (toda sociedad tiene sus “demonios”. Quizás en la nuestra fuesen el egoísmo, la indiferencia, el poder, la mentira, las injusticias… Esto podría ser lección para la “Iglesia electrónica”).

El asesinato de Juan Bautista sirve para separar la segunda parte del relato (A – B – A).

  • Los apóstoles regresan de su misión cargados de experiencias. Se arrebataban la palabra, estaban entusiasmados y admirados de sus propios milagros. Jesús sabe que necesitan un retiro para descansar, evaluar su trabajo y continuar su aprendizaje. Les propone ir de “picnic” en una playita solitaria que conocían, porque “los que iban y venían eran tantos, que no les quedaba tiempo ni para comer”. Pero no faltaron quienes vieron hacia dónde se dirigían y corrieron la voz. La gente se les adelantó corriendo, de modo que cuando llegaron, ya eran 5,000 los estaban esperando. Los apóstoles habrán quedado desilusionados, pues se les echó a perder su plan de descanso. Jesús, por su parte, tuvo lástima de aquella gente, que a Él le sugirió “un rebaño sin pastor”.

Continuación de los temas anteriores:

El poder de los milagros.

  1. Multiplicación de los panes: (6, 30-45) Ante la situación de precariedad que siguió, los apóstoles pensaron en un remedio pecuniario del que no disponían (doscientos denarios); pero Jesús pensaba en la solidaridad: mando que la gente se organizara en grupos de cien y de cincuenta, recostados en la hierba, y se puso a partir y repartir lo que había. En lugares de pastores seminómadas, la gente no sale sin su morral con sus tortas; pero esta vez, por las prisas, muchos no llevaban nada. En contingencias similares, lo que ocurre es que cada cual se preocupe por solucionar su propio problema (abrazar su morral); pero entendiendo la instrucción de Jesús, poco a poco se fueron desprendiendo de su alimento, alcanzó para todos y sobraron 12 canastos.
  • Camina sobre el agua (6, 46-54): Jesús se había quedado para despedir a la gente. Arrecia una tormenta, los apóstoles, “fatigados de remar”, tienen el viento contrario; “achican” el agua que entra en la barca, más de la que sale: “anochecía y estaban en medio del lago”. Pedro, capitán experto, reconoce que es  la peor tempestad que ha enfrentado. Tienen miedo de hundirse.

En eso, ven un espectro caminando sobre el agua, que se dirige hacia ellos. Gritan de terror. Era Jesús, quien desde la orilla, los había visto en apuro y va hacia ellos. Los tranquiliza “Soy yo, no teman”: el “Yo Soy” era el nombre prohibido de Yahvé, que ni siquiera les era permitido pronunciar. Entonces, del terror pasan al “pavor”, el “temor de Dios”, que se suscita ante la grandeza inconmensurable de la Divinidad (“Mysterium Tremendum”) y provoca el “sentimiento de creatura” (“soy polvo, ceniza, pura nada, y peor aún que la misma nada a causa de mis pecados”). Jesús sube a la barca con ellos, y al instante, el viento cesó… Marcos añade: “es que no habían entendido lo de los panes, porque tenían la mente cerrada”. 

  • Curaciones milagrosas: (v 53-54). La barca tocó tierra en Genezaret y la gente los reconoció y le llevaron muchos enfermos de toda la región, tal y como sucedía en cualquier pueblo.

Tradición (7, 1-13)

Según el esquema ya conocido (A –B- A), Marcos regresa al tema inicial de esta parte: “La Ley contra la compasión”. Son los mismos protagonistas, los fariseos y una comisión de escribas venidos de Jerusalén, que los están acechado. Ahora critican a algunos discípulos que comen sin lavarse las manos. No se trata de una medida de higiene (no se conocían los microbios), sino de “impureza”. Marcos nos hace un comentario, que nos parece gracioso: “los fariseos y los judíos en general tienen tradiciones muy raras: no comen sin lavarse cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de los mayores, cuando vuelven del mercado, no comen sin antes lavarse… y después de comer, lavan copas, jarras y ollas”… y los fariseos critican a los discípulos de Jesús, porque comen con manos “impuras”. Tal vez nosotros pudiéramos criticar a los apóstoles de “sucios”; pero no de “impuros” y someterlos a un ritual de purificación. Jesús critica a los fariseos por “descuidar el mandato de Dios y mantener la tradición de los hombres”… (pone el ejemplo de declarar qorbán, o sacralización pecuniaria para el templo, el dinero destinado a asistir a sus padres, mientras la Ley misma condenaba a muerte quien los abandonase). Y termina diciendo que nada de afuera que entre al ser humano lo contamina, sino lo que salga del corazón humano (a lo más, le da diarrea). Del corazón interno salen todos los pecados, que es lo que contamina.

Prosigue el tema de la resistencia de los discípulos a comprender: un milagro de sanación (sordomudo) (7, 31-37), otra multiplicación de panes (8, 1-10), otra confrontación con los fariseos (le piden una señal portentosa para poder creer y Jesús se la niega (8, 11-12), y con esto termina la Primera Parte.


[1] De ahí que mostremos inconformidad ante traducciones intimistas, tales como: el Reino está “dentro” de ustedes; o confundir el “reinocentrismo” de Jesús con cierto “eclesiocentrismo”. La Iglesia no es el Reino, sino que está en servicio del Reino.

[2] El celemín es una esfera de barro con agujeritos y una base de regular tamaño para que se sostenga (compré una de barro negro en San Bartolo Coyotepec). Se pone una vela debajo, no se apaga y produce una penumbra agradable con juego de luces y sombras.

[3] “Kénosis”, palabra griega de la teología bíblica, que significa “vaciamiento de la propia voluntad, hasta llegar a ser completamente receptivo a la voluntad de Dios”. Puede significar “achicamiento” voluntario, como Jesús, al encarnarse y morir crucificado.

[4] Lucas (10, 4) y Mateo (10, 7-15) suprimen  las sandalias y el bastón

3. SANACIONES Y CONFRONTACIÓN (1, 21 a 3, 6)

Cada cultura concibe de modo peculiar la enfermedad. Los israelitas no las vivían como algo biológico, sino religioso, como castigo por Dios. Marcos nos presenta los tres primeros milagros – endemoniado, leproso y paralítico- y tímidamente, da comienzo con la confrontación contra los fariseos.

  1. Enfermedad y sanación en los márgenes
  2. La enfermedad no es sólo un hecho biológico. Es una experiencia que el enfermo procesa y sufre según su modelo cultural, vivida diversa en cada cultura. En el siglo I, en la cuenca del Mediterráneo, eran tres las zonas afectadas: el pensamiento y la emoción (ojos, corazón), la comunicación (boca, oídos) y la actividad (manos y pies). Eran las mismas que suele haber en países pobres y subdesarrollados (cojos, ciegos, leprosos, paralíticos). Muchos enfermos incurables deambulaban arrastrando su enfermedad y mendicidad.
  3. Reacción de la comunidad.- Los enfermos vivían la enfermedad no tanto como dolencia, sino como incapacidad para la convivencia con los demás. Se veía la enfermedad, no desde el punto de vista médico, sino religioso. La causa no estaba en algo orgánico, sino en que Dios le retiraba su espíritu vivificador. Se los veía como pecadores (“¿quién pecó? ¿él o sus padres?”), como poseídos, por lo que no debían entrar en el Templo ni en la ciudad para evitar profanarla; es decir, además de los dolores de la enfermedad, la vivían como estigmatizados y excluidos.
  4. Medicina.– En Israel no había muchos médicos. En  Grecia había algunos notables (Hipócrates y sus humores, Esculapio y sus baños, etc.). Acaso en podrían encontrarse en Séforis, Tiberíades o la Decápolis. En Galilea había pocos curanderos y caros. Recurrir a ellos se veía como una desconfianza de Dios. Para sanar había que arrepentirse y pedir perdón -la curación era una bendición de Dios-.
  5. La acción sanadora de Jesús.  De los 18 milagros que registra Marcos, 15 se narran en esta parte. Los milagros narrados son para ser interpretados: Ante los sufrientes, Jesús se interesaba por su enfermedad, antes que por su pecado o impureza. Antes que como profeta, Jesús fue conocido, como curandero o exorcista de prestigio. Los medios que usaba no eran propios de una terapia; su sanación era integral: no sólo curaba al organismo, sino de su situación de humillación e impotencia, mediante la práctica eficaz en favor del ser humano: Simplemente daba una orden a la enfermedad y esta desaparecía. La sanación era parte de su anuncio del Reino: ir contra el mal que daña al ser humano y contra la Ley que marginaliza.

Su estilo de curar: Jesús habla con el enfermo, toca a los impuros, bendice a los malditos, comunica fuerza a los impotentes, reaviva su fe y da confianza en la bondad salvadora de Dios. Trabaja el corazón del enfermo, lo libera de su culpabilidad, lo reconcilia con la comunidad y lo libera de la marginación.

  • Texto del Evangelio
  • Expulsa al demonio el sábado en la sinagoga (1, 21-28). La primera manifestación de Jesús fue como exorcista. Los “endemoniados” en aquel tiempo eran, en realidad, enfermos mentales (epilepsia, esquizofrenia, histeria, estados alterados de conciencia). Podría tratarse de una estrategia subconciente que algunas personas oprimidas utilizaban de manera enfermiza para defenderse de una situación insoportable, y para hacer lo que en circunstancias normales no podrían hacer (v.gr., rebelarse contra Roma, como la “legión” de demonios en Gerasa, a quienes Jesús los hizo entrar en los cerdos y arrojarse al mar, de dónde vinieron). Jesús no utiliza los recursos de otros exorcistas (anillos, amuletos, leche materna), ni conjuros, ni oraciones: usa su propia fuerza, da órdenes despiadadas, los malos espíritus gritan y se revuelcan; expulsa al demonio que esclaviza y cura de la Ley (en sábado). La autoridad es suya, no de los escribas.
  • Curación de un leproso e inicio del conflicto por la pureza (1, 40-45). La lepra es una enfermedad repugnante –ver cómo la carne se pudre en vida-. Hasta hace poco se la tenía como sumamente contagiosa (hoy ya no parece tanto). Entonces se veía al leproso como una amenaza mortal contra el pueblo y contra la vida, por eso se le condenaba al ostracismo: se le segregaba y condenaba a la soledad, al oprobio y a la excomunión. Algunos parientes o personas de buena voluntad dejaban en una piedra un cántaro con agua y un mendrugo de pan; eran obligados a llevar al cuello una campanilla, y si algún pastorcito escuchaba la fatídica campana, huía despavorido.

(Se puede leer el texto)

     Un leproso es objeto de milagro en la primera gira misionera de Jesús. Se muestra ganoso de sanación y creyente en el poder de Jesús. Esto lo hace vencer los sentimientos de vergüenza y de humillación, y postrado, expone su fe: “si quieres, puedes” (“querer es poder”). No duda del poder de Jesús, ni tampoco de su compasión. Éste, simplemente lo toca (podría haberlo sanado sin tocarlo), la lepra se va, Jesús lo envía al sacerdote (el servicio sanitario de entonces), para que, examinándole, le expida su constancia de sanación y pueda así

reincorporase a la convivencia urbana. Le manda presentar la ofrenda prescrita y le exige enérgicamente no divulgar el milagro. El leproso –quizás sintiéndose, equivocadamente, obligado a cumplir con una deuda de gratitud- desobedece. Se trata de una inversión de situaciones: tocar al leproso implica contaminarse de impureza, y por consiguiente, condenado automáticamente al ostracismo, y ya no puede entrar en ninguna ciudad para no contaminarlas, y tiene que quedarse en despoblado para atender a la gente.

  • Curación de un paralítico (2, 1-12). Después de su primera gira, Jesús, regresó a Cafarnaúm. Ya está “de vuelta a casa”, no se hace referencia tanto a la casa de Simón, cuanto de su espacio de intimidad, donde descansa, instruye a los suyos  y nutre su espíritu. “Se reunieron tantos, que no quedaba espacio ni siquiera junto a la puerta” (si bien, se les habían reservado asientos un grupo de “letrados”). En eso, llegaron cuatro personas llevando en una litera a un paralítico, y como no hallaban modo de acercarse a Jesús, se treparon al techo, corrieron las hojas de palmera y por el boquete, descolgaron al enfermo, el cual quedó en el portón, justo frente a Jesús. Toda la gente está a la expectativa esperando la sanación; pero Jesús, “viendo la fe del paralítico” le dijo: “hijo, tus pecados te son perdonados”. Quizás muchos que deseaban ser testigos de un milagro portentoso, se hayan decepcionado; pero Jesús, fue a la raíz: hay ciertas actitudes negativas -el miedo, la culpa o la inferioridad- que paralizan. Por lo tanto, lo que Jesús hace es quitar la causa (el sentimiento de culpabilidad) y el enfermo salió curado y alegre, sanado del cuerpo y del alma.

   Esta perícopa[1] es importante por ser la primera mención sobre el tema que será central en este capítulo: la confrontación de Jesús con las autoridades religiosas (los “letrados”). Por ahora, no dicen nada y se contentan con tan sólo  “discurrir  en su interior: ¿Cómo puede éste hablar así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios” Los escribas saben que “sólo Dios perdona”, y lo hace, mediante sacrificios en el Templo: pero Jesús sana mediante la práctica eficaz en favor del hombre. Por eso, para el pensamiento “letrado”, decir “tus pecados te son perdonados” sería una blasfemia merecedora de la muerte. Jesús conoce y recrimina sus pensamientos: “¿Qué es más fácil, decir “tus pecados te son perdonados?”. Atendiendo sólo a lo meramente constatable, cualquiera puede decir eso; pero decir: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” únicamente puede hacerlo quien demuestre tener ese poder. Es así que el milagro denota que Jesús lo tiene.

  • Llamamiento de Leví

    El pasaje se inserta aquí como paréntesis narrativo, según el esquema mencionado “A-B-A”: continuando el tema “integración del equipo interno de colaboradores” y el de “milagros de sanación”, abre al tema siguiente (“B”): “confrontación con el Centro” (escribas y ahora, fariseos).

Los “publicanos”.

  • Toda sociedad tiene sus “oficios sucios” -necesarios y legales; pero mal vistos por la ciudadanía- (hoy, serían policías, prostitutas, cantineros, cabareteras, etc.). Los publicanos constituían en el Israel de entonces, un “oficio sucio”: Eran los recaudadores del tributo que los romanos exigían al pueblo de Israel, y que recaía sobre todo en los campesinos. El tributo exigido por Roma era de dos clases: el “tributum solis” (a las tierras cultivadas) y el “tributum capitis” (por cada miembro del clan), y podía entregar en especie o en moneda y negarse a pagarlo se consideraba rebeldía contra Roma. Este tributo representaba una pesada carga (un 12% de la producción); pero su razón era abastecer de grano a Roma o a las legiones ante eventuales crisis de alimentos. A las clases gobernantes de las colonias, se justificaba el tributo por las construcciones, carreteras, acueductos, vigilancia y seguridad. Los reyes vasallos eran los encargados de la recaudación: Herodes Antipas tenía su propio sistema de impuestos y contrataba recaudadores: después de pagarle  la cantidad determinaba, se les permitía extraer para ellos lo que pudieran, a modo de comisión, y para facilitar esta tarea, Herodes ponía soldados de apoyo, todo lo cual se prestaba a muchas extorciones. Había publicanos de “primera” -encargados de aduanas, puentes y carreteras importantes (Zaqueo, uno de ellos)- y publicanos de “segunda” (como Leví), encargados de los oficios más “sucios”. La gente los veía como “traidores” (trabajaban para el invasor) y como pecadores públicos; la religión los condenaba, ya que para ser absueltos tenían de devolver lo robado, y como esto difícilmente podían hacerlo (por ejemplo, si su puesto estaba en  un camino, donde no verían de nuevo a quienes habían extorsionado), quedaban irremisiblemente condenados.
  •    (“A”) Leví (Mateo) tenía su banco de recaudación junto al lago. Jesús, pasando por ahí, lo vio y lo invitó a seguirlo, y Leví, renunciando a su banco, “se levantó inmediatamente (pasó de la muerte a la vida) y lo siguió” (es decir, se convirtió en su discípulo). Para celebrar su conversión, Leví ofreció a sus colegas (los que estaban “del otro lado” de la sociedad judía, no los israelitas “buenos” y “puros”) una cena de despedida, a la que asistieron Jesús y sus discípulos.
  • (“B”) Aparece en escena un grupo de fariseos, y como adversarios que serán, increpan a Jesús -a través de sus discípulos- sobre lo que “no se puede hacer”:  -“¿Por qué su maestro come con recaudadores de impuestos y pecadores?”- (compartir la mesa significaba comunión de ideales). Jesús recoge la crítica: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores”

La Ley contra la Compasión:Lo que se puede y lo que no se puede hacer” (2,13 a 3,6)

Los fariseos

  • Fueron los principales adversarios de Jesús. Eran burócratas y administradores, una secta rigorista y observante, que difundía por todo el país la religiosidad del Templo: la observancia estricta de la Ley (Torah). Su principal preocupación era asegurar la respuesta fiel de Israel al Dios Santo, que les había dado la ley y los había distinguido como pueblo escogido. De ahí su desvelo por observar u exigir el cumplimiento de todas las prescripciones (olvidando su espíritu). Representaban al Templo; pero sólo estaban en las ciudades. Se desconoce cómo era su organización interna. Les gustaban, ciertos aspectos de Jesús (como su interés en recuperar la Alianza); pero les irritaba que hablase directamente en nombre de Dios, y no en nombre de las tradiciones, o que fuese amigo de perdidos y pecadores.
    • La Ley (la Torá) era el orgullo de Israel; lo mejor que habían recibido de Dios (en las sinagogas se guardaban los rollos en un cofre, en un lugar espacial). No sentían la Ley como carga fastidiosa, sino que lo hacían con alegría, como un tesoro imperecedero. Especialmente apreciaban los aspectos que les deban identidad de pueblo (el abstenerse de carne de cerdo, la circuncisión, el reposo sabático); pero con el tiempo, la Ley se fue degradando y cayendo en legalismo.

    En cambio, para Jesús, la verdadera identidad de Israel no era excluir a paganos o impuros, ni a vivir “separados” (Qumrám), sino acoger a todos, preferentemente a los marginados. Jesús no vive pendiente de leyes, sino apasionado por el Reino. Es verdad que, en principio, en la Ley estaba la voluntad de Dios; pero no era un lugar central (su aplicación dependía de cada caso): Jesús iba más allá de la Ley; no le importaba la casuística moral, sino que buscaba el bien de las personas, especialmente, los débiles; respetaba la libertad ante los “impuros” (come con ellos), y no cuida de “lo que entra del exterior”.

  • Las “impurezas” no eran pecado, sino “tabú”; pero para los fariseos, éstas apartaban de Dios, impedían entrar en el Templo y tomar parte en el culto en la sinagoga. El reposo sabático, por ejemplo, para los monjes del Qumram, ni siquiera se podía salvar a una persona o a un animal; los fariseos eran menos extremistas: sí se podía, en sábaso, participar en guerras defensivas o salvar una oveja.
    • El ayuno (2, 18-22) -privarse de alimento- suele ser un obsequio a Dios (en tiempos de barbarie, cuando los cuerpos son fuertes y las pasiones también, puede ayudar a fortificar la voluntad y ayudar a pensar mejor); pero también hay ciertas formas de ayuno que no agradan a Dios (v.gr. el ayuno forzado de los que tienen hambre crónica); el ayuno naturista como forma de purificación del cuerpo; el ayuno de “protesta” (la “huelga de hambre”), en público, para llamar la atención de la gente sobre una causa justa, estando dispuestos a dejarse morir por la misma (la Iglesia la permite, pero sin arriesgar la vida). El ayuno que Dios quiere (“romper las cadenas injustas”) es el ayuno solidario: privarse de algo, para que quienes ayunan habitualmente, puedan comer al menos ese día.

   Los fariseos –y los discípulos de Juan- al ayunar, cumplían con ciertas tradiciones (que, en realidad, no obligaban a nadie más que a los sacerdotes, durante “los tiempos sagrados” y sólo mientras estaban en servicio ministerial del Templo). Jesús relativiza esos principios idolatrados, propios de piadosos bien comidos –“No pueden ayunar los invitados a una boda, mientras el esposo está con ellos”, pues cumple con las profecías, que comparaban los tiempos mesiánicos a “un festín con manjares exquisitos y vinos de solera”. Quienes estaban con Jesús no solían pasar hambre, pues vivían el “tiempo de fiesta”; aunque lo más probable era que “les fuera quitado el esposo y tuvieran que ayunar.”

    El ayuno ascético, aunque originalmente haya tenido justificación, desde la novedad festiva del Evangelio, se evidencia como tradición obsoleta. Jesús da un criterio para el discernimiento: tomar en cuenta el contexto temporal, juzgar lo “viejo” (la tradición del ayuno) con categorías “nuevas” (la práctica festiva de Jesús), aquella resulta “vetusta”; al pretender mantenerla en el nuevo contexto, con algunas aparentes innovaciones (el parche nuevo rasga el vestido viejo); pero si se rescata el sentido original de la tradición desde su contexto original (parche viejo para vestido viejo), se podría reconocer su propio valor. Algo así sucedería si pretendemos traer una “Buena Nueva”, simplemente “camuflajeando”, con algunos parches, las estructuras antiguas (el carácter alegre del discipulado), entonces Jesús sería un “bebedor, amigo de publicanos y pecadores”, –el vino nuevo echa a perder el odre y con él, el vino-; pero al juzgar la tradición desde su contexto original, quizás se compruebe que “el vino añejo es mejor

  • El sábado. La confrontación prosigue con una de las interpretaciones más rígidas del intocable reposo sabático:
  • Los discípulos restriegan semillas en sábado (2, 23-27). Jesús iba caminando por un sembradío. Sus discípulos tenían hambre, cortan algunas espigas del trigal y las restriegan entre sus manos para comérselas. Hasta aquí no habría problema: era costumbre muy extendida que los campesinos reservasen los primeros surcos para que los viandantes comiesen granos de trigo para saciar su hambre. El problema era que sábado estaba totalmente prohibido cualquier “trabajo”. Los fariseos denuncian a los discípulos ante Jesús, presionándolo para que los corrija. En lugar de esto, Él los defiende, aludiendo una anécdota del santo Rey David: cuando sus compañeros pasaron hambre, entró en la casa de Dios y tomó unos panes benditos para alimentarlos, y concluye: “el sábado  se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, y el Hijo del Hombre también es duelo del sábado”. Jesús no se propuso abolir la ley del sábado, sino recuperar su sentido original: un regalo para descansar de trabajos y penalidades, y así experimentar la bondad del Padre; de ahí la importancia de curar en sábado (aun cuando no hubiera peligro de muerte). Ninguna ley que proviniera de Dios impediría aliviar las necesidades vitales de los sufrientes.
  • Curación de la mano paralizada en sábado (3. 1-6) Jesús entra en la sinagoga y ve un hombre con la mano paralizada. Todos saben que puede curarlo… ¡pero es sábado! Lo están espiando. Jesús pone al enfermo en medio: “¿Qué se puede y qué no se puede hacer en sábado? ¿salvar la vida o dar muerte?” sus adversarios callan; Jesús se indigna ante su hipocresía… y cura al tullido. Los fariseos salen y deliberan matar a Jesús.

Esta clase trató de contraponer la Ley y la compasión; el legalismo formalista y la imagen compasiva y misericordiosa del Abbá de Jesús.

Preguntas:

  1. Trata de hacer una crítica de la enfermedad y de la medicina científico-técnica, de la industria farmacológica y de la mercantilización de la salud, en la cultura consumista actual.
  2. ¿Qué enfermedades actualmente son objeto de estigma?
  3. ¿Tuviste oportunidad, durante el COVID de acompañar a algunos enfermos, aun corriendo algunos riesgos moderados?
  4. Revisa cómo es tu compasión para con los sufrientes.
  5. ¿Puedes detectar en tu alrededor algún legalismo que sientas limitarla?

  1. [1] “Perícopa”, según el diccionario de la Real Academia Española, es “un pasaje de la Biblia que se lee en determinadas ocasiones del culto religioso”.