6. CREACIÓN Y CAÍDA DEL SER HUMANO

“Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” (Gen. 1, 27).

  •    Dentro de la diversificación de las especies animales, compartiendo el extenso género de los “mamíferos”, hace unos 65 millones de años y cerca de la costa oriental del África Central, se separó la familia de los primates. Se trata de mamíferos placentarios (tienen cinco dedos, un patrón dental común y una adaptación corporal no especializada). Uno de los subórdenes de los primates fueron los haplorrinios (monos, gibones, grandes simios y humanos), que pueden repartir el peso de su cuerpo entre diferentes soportes pequeños, evitando la oscilación del cuerpo. Por lo que sabemos, esto sucedió en el Mioceno superior al Pleistoceno (circa 6.5 a 0.2 millones de años).
  •    Hace unos 4 millones de años, emergió una gran cordillera en África Central, que impidió que la humedad de la selva pasase hacia la parte oriental. Los grandes monos haplorrinios, al no encontrar frutas suficientes en los árboles, bajaron para buscar otro tipo de alimento en la tierra. Entre estos grandes primates, se deslindaron los australopithecus (especie de primates, antecesores nuestros). Como en la pradera había altos matorrales, comenzaron a enderezarse sobre sus extremidades posteriores, para orientarse y para tener mayor comodidad, adoptando la postura erguida, Así, ensayaron un desplazamiento sobre las extremidades posteriores, hasta que, finalmente, asumieron el bipedismo (“homo sapiens”).
  • Al ponerse de pie, sucedieron varios cambios ventajosos: pudieron liberar las manos y con ello, emplear herramientas; se comunicaron cara a cara, y al perder la callosidad posterior del cuello, propia de los cuadrúpedos, su cerebro pudo desarrollarse más, esto, favorecido gracias a un cambio de dieta (la proteína de la carne). Sin embargo tales ventajas tuvieron un precio: si en los cuadrúpedos todas las vértebras de su columna pueden descansar horizontalmente por igual, en la posición erguida, al contrario, las vértebras superiores descansan sobre las inferiores, lo que propiciará la osteoporosis. Las hembras llevaron la peor parte, ya que los embarazos las desequilibraban (sobre todo cuando tenían que huir del león). La estrategia de la especie fue parir antes de tiempo: el bebé humano nació siendo el mamífero más débil, menos capaz que los demás animales, para bastarse a sí mismos, por lo cual, la hembra tuvo que estar más tiempo cerca de su cría (para amamantarla y cuidarla). Fue así que surgió la especie humana.
  • Sin embargo, inicialmente, esta especie -el “homo sapiens-sapiens”- fue compartida por ocho subespecies distintas (no razas), las cuales, durante tiempo, llegaron a coexistir. Los principales seres humanos fueron el Cromagnón y el Neanderthal. El primero era más fuerte; pero el segundo, más inteligente, y pudo utilizar armas de largo alcance. El Neanderthal sobrevivió, no tanto debido a la violencia, sino porque fue más capaz de procurarse el alimento, disputándoselo a su hermano.

EL PECADO ORIGINAL

  •    La filosofía política de los siglos XVII y XVIII discutía si el ser humano era malo por naturaleza (Hobbes: “homo homini lupus” – “el humano es lobo para con sus semejantes”) o si, cuando apareció originalmente, era bueno (Locke), y que la primera sociedad urbana (neolítica) fue la que lo corrompió (Rousseau). Esto nos llevaría a la mitología del Génesis. Los sabios israelitas, de hace 4,500 años, atendiendo a la condición humana, habrían reflexionado más o menos así: Si Dios creó todas las cosas y “vio que todo era bueno”, ¿cómo es posible que el ser humano -“corona de la creación”- sea una especie tan cruel y abusiva? Los tigres o los tiburones matan para comer, esto es parte de su naturaleza; pero el humano mata por su sed de dominio y ambición. ¿Algo habría salido mal en su creación? Y tratando de hallar una respuesta, construyeron un bello relato en forma mítica:
  •    Al crear al ser humano, Dios quiso que disfrutara de toda la creación: “El Señor Dios plantó un jardín en el Edén, hacia el oriente, y colocó en él al hombre que había modelado (…) Hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer (…)  (Gn, 2, 8-9). Creó al varón y a la mujer para que fueran felices; los hizo conscientes, para que reconocieran el bondadoso poder de su Creador, y los hizo libres (a semejanza suya), para que, al ser testigos de la grandeza y gratuidad del amor divino, correspondieran libremente a su inmenso amor, ya que la libertad es la cualidad divina, que por lo mismo, los diferenciara.

“Y los bendijo Dios, diciéndoles: Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla…” (1, 28)

  • Quizás, cuando Dios les entregó la Tierra al ser humano –digamos más propiamente: el sistema planetario-, de alguna manera incluiría en esto a la propia “tierra”: les entregó la libre decisión de “cerrar” su propio proceso creativo evolutivo (que esta creatura concluyera las condiciones mismas de su proceso evolutivo de humanización).
  • Volvamos a la evolución de los “sapiens”: Hace 2.5 millones de años, dos especies de primates haplorrinios tuvieron un ancestro común. De dicho ancestro se diferenciaron varias subespecies de antropoides, entre las cuales estaban los “chimpancés” y los “bonobos”. No sabemos cuál sería la condición que compartían ambas especies,  ni cómo fue que se diferenciaron siguiendo, cada cual, su propia evolución. Es probable que, en determinado momento, el homínido que dio origen al homo sapiens pudo decidir entre cualquiera de los dos caminos para proseguir su humanización: el liderazgo de los chimpancés lo tiene el abusivo macho alfa (se apropia de las hembras, arrebata las mejores porciones de alimento, etc.). Por el contrario, entre los “bonobos”, el liderazgo lo tienen las hembras, las cuales, debido a su género femenino, tienden a cuidar de toda la manada y a proteger a los débiles. ¿La vía evolutiva fue totalmente determinada por la situación ambiental? ¿O acaso, en algún momento del proceso evolutivo, pudo intervenir ya un embrión de libertad? Esa decisión originaria, por ser radical, quedaría incrustada en el ADN de la especie y se heredaría a todos los descendientes. Según la teoría anterior, nuestros primeros ancestros habrían optado -ya libremente- por el modelo “chimpancé” (¿un chimpancé Adán apoyado por una Eva bonoba?), y esta decisión sería justamente el “pecado original”, interpretado como el “poder de dominación”. Lo anterior puede corroborarse por las consecuencias bíblicas del pecado original:
  • Ruptura con el propio cuerpo: “Sentí vergüenza porque estaba desnudo”.
  • Explotación laboral: Al inicio, cuando Dios puso a Adán en el Edén (la tierra amiga), el trabajo al que lo destino fue “para que fuera su jardinero”: agradable y llevadero. Pero cuando se desfiguró el precepto y se trabajó por explotación de los fuertes, cambió: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (que se convirtió en “comerás el pan con el sudor del “de enfrente”): el trabajo coaccionado por la explotación se vuelve insoportable.
  • Discriminación de género: La mujer dejó de ser “carne de mi carne y hueso de mis huesos”, para convertirla -en el patriarcado- en una sierva a su dominio: “Tenderás a tu marido y él te dominará”
  • Ecocidio: “Trabajarás la tierra y te producirá espinas y abrojos” De “Edén” se pasó al erial: la Tierra “explotada” se revierte contra su perpetrador.
  • Ruptura con Dios: Dios dejó de comunicarse cara a cara, y su imagen (su rostro) se les escondió “Se escondieron para que Dios no los viera”
  • Violencia entre los humanos mismos: el fratricidio de Caín.

“Crezcan, multiplíquense, llenen la Tierra”

  • En un Planeta prácticamente vacío, los sapiens-sapiens emprendieron un proceso migratorio, poblando todos los nichos ecológicos: –costas, selvas, desiertos, montañas, glaciares del Polo Norte, etc.–. Aquellas primeras migraciones, debido a su necesidad de sobrevivencia en ambientes tan diferentes y desafiantes, mutaron el color de su piel y en su proceso de adaptación, generaron diversidad de razas, culturas, lenguas, etc.
  • Al incorporar al ser humano en su proceso de creación Dios le encomendó a esta creatura dos tareas: “llenar la Tierra” y “custodiar la Tierra”. A pesar de la distribución geográfica mencionada, el proceso demográfico ha explotado en las últimas décadas, de modo que se puede decir que la primera encomienda, en cierta manera ya se ha cumplido, y que lo que resta para el acabalar su cumplimiento es asumir en nuestras manos la propia potencia reproductiva:
  • Cuando yo nací, en 1939, encontré un Planeta con unos 1,500 millones de seres humanos. Treinta años después, en 1969, el Club de Roma -una agrupación de un centenar de científicos de primer nivel, provenientes de 52 países, que contaban con las mejores tecnologías de entonces (menos potentes que nuestras laptops), investigó los mayores problemas que enfrentaba el mundo de entonces, publicando un informe al respecto[1]. Concluyeron  que el mundo tenía ya entonces 3,000 millones de humanos. Es decir, se había duplicado la población en esos 30 años; y predijeron que de no haber cambios importantes, dentro de los siguientes 30 años volvería a duplicarse. Y en efecto, sucedió así: el II Milenio terminó, en 1999, con 6,000 millones de seres humanos. Al escribir esto andaremos por los 8,800 millones de humanos. “Llenar la Tierra” es una misión que entra en otra fase: asumir y regular la propia potencia reproductiva de la especie, hasta conseguir un equilibrio entre población y recursos, logrando esta meta mediante la educación y ciertos auxiliares bien utilizados y dentro de la libertad de cada pareja.

Custodien la Tierra”

  • Dicen los italianos: “traduttore, tradittore” (“todo traductor es un traidor”), ya que cualquier traductor selecciona, del diccionario de la lengua a traducir, determinado significado de una palabra o expresión, excluyendo otras que posee dicha lengua, cuyo contexto histórico-cultural sólo los “nativos” saben utilizar. Es lo que sucede con algunas traducciones de la Biblia: A propósito, la encomienda divina que estudiamos, suele traducirse como “cultiven la tierra y domínenla”. Desconozco los matices que tenga la lengua hebrea original del texto; las más traducciones más frecuentes emplean: “dominar”, “poseer”, “someter” la Tierra, que connota como permitirle a los humanos utilizarla como ellos quieran, a su voluntad o capricho. Sin embargo, hay quienes traducen ese verbo como “custódienla”, más acorde con nuestra sensibilidad ecológica actual. En efecto, el pecado original fue “el poder de dominación”, causa de todas las desgracias (“dominar”). En cambio, “custodiar” evoca al “jardinero”, anterior al pecado, que ama su trabajo y cuida de su Paraíso.
  • Hoy, es preciso que el cumplimiento de esta misión creadora sea de otro modo. Desde que la humanidad decidió utilizar la energía fósil –producto del entierro de toda la exuberancia del Pleistoceno-, empezamos a depender del petróleo, del carbón y del gas natural. Frívolamente, sacamos de las entrañas millones de barriles a ritmo vertiginoso (desde la II Guerra mundial, el aumento de los motores de combustión interna pasó de 40 a 680 millones). Las reservas petroleras se hallan en el hemisferio Sur del Planeta, pero se consumen en el hemisferio Norte, acentuando así la diferencia (el Sur se empobrece y el Norte se enriquece). Esto gestó la revolución industrial, cuyas consecuencias ya se resienten. Hay algo peor: puesto que no se utiliza toda esta sustancia extraída, los sobrantes (“desechos”) se arrojan a la atmósfera: Cada año seis mil millones de toneladas de CO2 pasan al aire, ocasionado el 10% del total de las defunciones. El ritmo de extracción es creciente: los residuos fósiles aumentaron 400% respecto a 1850. Esos gases (bióxido de carbono, metano, clorofluorocarbonos, etc.) se acumulan en el aire, captan y conservan el calor solar. De modo que así estamos cambiando la composición química de la atmósfera y la temperatura ambiental.
  • Desde la mitad del siglo XIX, el bióxido de carbono ha aumentado en la atmósfera en un 30% y se prevé que para el año 2040 su incremento llegará al 60%. Si se comprimiera toda la historia humana en un año, este tiempo representaría, tan sólo… ¡un segundo! La capa de gases contaminantes no permiten que el calor salga del Planeta, sino que fungen como un invernadero: al refractar el calor, regresa, aumentando su temperatura promedio. Si desde 1850 al año 2,000 la temperatura promedio del Planeta aumentó 1.5°, de continuar como vamos a finales del siglo XXI habrá aumentado 5° (las “Cumbres” internacionales para tomar medidas cautelares lograrían, en el mejor de los casos, un aumento de 2°, lo que sería desastroso). Ya ahora, la capa de hielo de los Polos se ha adelgazado 42%: al derretirse los icebergs, se prevé que este siglo el nivel del mar subirá 88 cms., sepultando varias islas y ciudades costeras; aparecerán enfermedades tropicales en nuevos lugares, siendo los países pobres quienes más lo sufran. Hoy, el cumplimiento de nuestra encomienda –“Custodien la Tierra– resulta más apremiante que nunca.

Preguntas

  1. ¿Cómo entiendes que “el hombre vino del mono”?
  2. Para ti, ¿el ser humano, es bueno o es malo por naturaleza?
  3. ¿En qué los humanos somos “imagen y semejanza” de Dios?
  4. ¿Cómo entiendes el “pecado original?
  5. ¿Qué consecuencias sociales del pecado están afectando actualmente la Tierra?
  6. ¿Qué puedes hacer tú para remediarlo?

[1] “Los límites del crecimiento”, MIT, 1972. “Un laboratorio de ideas”, que agrupo a científicos, economistas, expolíticos e industriales. Correlacionaron datos de la demografía mundial, los recursos naturales principales, los problemas ecológicos, sociales, etc. ​

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5. CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA

“En el principio…”

La Biblia es una colección de libritos, algunos de hace más de 4,000 años. Setenta sabios israelitas seleccionaron algunos textos de entre los que circulaban y eran tenidos por revelados, y los agruparon de determinada manera formando un “corpus” unitario. A partir del cristianismo, ese “corpus” se complementó con los libros del Nuevo Testamento, razón por la cual, a pesar de ser varios libros, la Biblia pudo tener un principio (Génesis) y un final (Apocalipsis).

Las mitologías

   El género literario del Génesis es “mítico”, lo que no quiere decir, como suele pensarse, que los mitos sean falsedades (“¡Eso es puro mito!”), meros cuentos fantasiosos, a los que no habría que otorgar credibilidad alguna. Por el contrario, los mitólogos descubrieron la importancia de estos relatos: algunos mitos son registros históricos de hechos que realmente ocurrieron (como la fundación de ciudades o algunas guerras) y que para ser transmitidos fácilmente a las generaciones subsiguientes, se mezclaron con elementos “maravillosos”. Para otros, son justificaciones de leyes o de principios morales; a otros más les parecen inspirados en el remoto inconciente colectivo -sea de una cultura, sean arquetipos universales (Jung)- y finalmente, hay ocasiones en las que los relatos míticos responden a los interrogantes más profundos, situados en lugares y tiempos remotos; pero que no son pensados desde la razón lógica –como haríamos en nuestro tiempo–, sino que son construcciones legendarias o imaginativas, presentadas en forma simbólica. Recientemente, se cree que se trata de una antigua forma de pensar –que aún la mantienen actualmente algunos pueblos originarios- que denominan “sentipensar” (Freinet), que mezcla la razón y las emociones, con la ventaja de no limitar a una única manera de interpretación, sino que abren a la sugerencia. El antropólogo Bronislaw Malinovski se interesa, más que por la interpretación de los mitos, por la función que cumplen en determinada cultura: pueden servir para mantener una identidad cultural, para prevenir contra acciones inadecuadas, para fijar fecha de actividades laborales, etc.

   Así como los cuentos tienen siempre un mismo principio introductorio –“había una vez”-, los mitos suelen remitirse a los orígenes –“en el principio”-. Se trata de los “tiempos primigenios”, cuando tuvieron origen todas las cosas (“mitos etiológicos”), cuando todo era maleable: el cóndor tiene su cuello pelón porque metió la cabeza en un agujero de lava. En la Roma actual, el guía de la cárcel Mamertina muestra a los turistas un hueco en la roca de la escalera, diciendo que se debió a que San Pedro, al bajar los escalones, se golpeó allí la cabeza.

   Desde la visión mítico-teológica del Génesis, “en el principio”, en la Tierra todo estaba confundido, “revuelto”, el caos primordial: “la Tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo…” La Creación inició “poniendo orden en el caos”. Según la cosmología veterotestamentaria, la Tierra era plana, cubierta por una bóveda en la que se fijaban los astros y las estrellas. Sobre aquella bóveda estaban las aguas primordiales, y sobre dichas aguas, a su vez, estaba Dios (para hacer llover, Dios  simplemente abría “la llave de la regadera”). Desde esa visión, el principio de aquel “principio” fue la separación de la luz y las tinieblas, de las “aguas de arriba” y las “aguas de abajo”, de lo “seco” y lo “mojado” (emergieron los continentes), y después ya se dedicó a crear las obras “de ornato” (aves del cielo, peces del agua, animales de la tierra).

Los Cielos narran la Gloria de Dios”

   Dios no queda aprisionado por la medición del tiempo, sino que se mueve en un eterno instante presente. Para la gente de nuestro tiempo, el pensamiento mítico confunde, más que aclarar. Necesitamos recurrir a otro tipo de lenguaje: el de la Ciencia (¿es realmente más “verdadero”?). Para Kant, el tiempo no existe; es una mera construcción humana (un “imperativo categórico”). Si no existiera el ser humano, no habría tiempo. Los humanos no podemos pensar sin las categorías espacio-temporales, y nos gusta medirlo todo. Dios, en cambio, campea en un único instante de eternidad. ¿Y sería entonces posible, teológicamente, pensar en que Dios haya creado desde la eternidad al universo (“ab aeterno”)?  ¡Ya la filosofía escolástica se planteaba esta posibilidad! Sin pretensiones astronómicas, expongo mi fantasioso parecer:

El Universo infinito

   “Desde el principio” existía “polvo cósmico”, compuesto, quizás, por los 64 elementos químicos de la Tabla de Dmitri Mendeléyev (hasta ahora no se ha encontrado, en nuestro sistema planetario, ninguno más). Esos átomos se fueron combinando y formando moléculas, las cuales ejercían un poder de atracción de otras moléculas compatibles. Siguiendo las leyes de atracción, el cuerpo mayor atrae a otros cuerpos menores, y de esta forma, algunos cuerpos fueron creciendo con las fusiones. Quizás algunos, gracias al oxígeno, obtuvieron energía incandescente y radiaciones, que se volvieron “estrellas”, o quizás “soles” que atrajeron sendos planetas. Así se formaron conglomerados (“sistemas planetarios”) y otros mayores, llamados “nebulosas” o “galaxias”. Se calcula que en el universo existirán unos dos billones de galaxias.

    Los astrónomos observaron, además, que dichas galaxias se alejan unas de otras, deduciendo de tal observación, que originalmente habrían integrado una masa enorme. La “fuerza centrípeta” (atracción), al llegar a su máxima posibilidad, puede transformarse en “fuerza centrífuga” (repulsión), y en base a dichas leyes, formularon la teoría del “Big-Bang” -la más aceptable hasta ahora-, calculando que aquella “Gran Explosión” acaeció hace unos 15,000 millones de años. La vertiginosa velocidad de desplazamiento de las galaxias se explica aplicando la Ley de Newton, según la cual, la fuerza de un impulso inicial se conserva intacta en el vacío, mientras no haya fricción que la frene (de tierra o de aire). ¿Y quién podría negar que en ese universo infinito no se estarán formando, en algún otra parte, otros “big-bangs” similares? Además, se sabe que el 80% del universo lo constituyen los “hoyos negros”,[1] cuya “materia oculta” que podría ser simplemente vacío”, o que fuese algo que no fuera ni energía oscura, ni materia bariónica (materia ordinaria), ni neutrinos. 

“En el principio era la Palabra; y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios… Todas las cosas fueron hechas por Ella, y sin Ella nada existió de cuanto ahora existe”

CREACIÓN DE LA VIDA

  •    Nuestra galaxia –la Vía Lactea- contiene unas 300,000 millones de estrellas y siete sistemas planetarios. En una de las estrellas de dichos sistemas planetarios –nuestro Sol, una estrella “enana”-, desde hace unos 4,700 millones de años giran 8 planetas, uno de los cuales es la Tierra (“Gaia”), el “Planeta Azul”: un planeta extraordinario, con una composición química totalmente precisa para el fenómeno de la vida
  • BIÓXIDO DE CARBONO: Venus 96%; Marte 98%; Tierra 0,03%.
  • NITRÓGENO: Venus 3,5%; Marte 2,7% Tierra: 79%.
  • OXÍGENO: Venus y Marte: 0%; Tierra: 21% (si fuese el 26% se incendiarían los bosques)
  • NIVEL DE SAL: en los mares es de 3.4%. Si subiese a 6% sería imposible la vida.
  • TEMPERATURA, entre 15° y 35°, es la óptima para los seres vivos.

     Fue en este Planeta, que disfrutaba de condiciones excepcionales, en el que hace 4 mil millones de años, apareció el prodigio de la vida. Se dice que dada la inmensidad del universo, según el cálculo de probabilidades, seguramente habrá vida también en otros planetas. Otros científicos, sin embargo, consideran que nuestro planeta bien puede ser una excepción en todo el universo. En todo caso, si no se encuentra vida en nuestro “vecindario”, será imposible descubrirla, dadas las distancias inconmensurables medidas en años luz.

  • Si el Verbo creó todas las cosas, no las hizo como un artesano, produciéndolas cosa por cosa, ya bien acabadas; más bien, la creación es la puesta en marcha de un proceso, dotado de una misteriosa teleología, que una vez desencadenada, marcha por sí misma.
  • Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955): Fue un religioso jesuita, paleontólogo, filósofo y -para algunos- quizás teólogo, quien aportó una visión original a la teoría de la evolución. Reconoce una evolución lineal; pero con saltos cualitativos, entre tres esferas: la “Geósfera”, la “Biósfera” y la “Noosfera”, hasta llegar al “Punto Omega” o Antropósfera, propia de la vida social: “una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia” (tema que desplazaremos para más adelante), y finalmente, la “Cristósfera”. Si el proceso evolutivo marcha por su propio camino, en buena parte azaroso, Chardin piensa que se habría requerido una intervención especial de Dios para el paso de una esfera a otra.
  • La vida no es explicable sin las sustancias orgánicas. Por tanto, la primera etapa del origen de la vida fue la formación de esas sustancias básicas. En ellas, el elemento fundamental es el carbono: los seres orgánicos, calentados a altas temperaturas, arden, y si no encuentran aire, se carbonizan. Esta sustancia puede combinarse con otros elementos: con el hidrógeno y con el oxígeno (el agua) y también con nitrógeno, azufre, fósforo, etc. ¿Cómo pudieron formarse las moléculas orgánicas, si, por lo que sabemos, estas moléculas se forman a partir de materias orgánicas precedentes, y estas no existían? En algunas estrellas se genera carbono en altísimas temperaturas (7,000°), lo que genera átomos disgregados; pero en la Tierra faltaban elementos propios de la vida.
  • Un descubrimiento importante fue el estudio de la composición química de los meteoritos que caen en la Tierra. Su composición es similar a lo que se encuentra en el interior de nuestro Planeta (indica un origen común), y fácilmente contienen carbono, a veces combinado con metales. En algunos meteoritos se encontraron los hidrocarburos (hidrógeno y carbono) y otros minerales que aquí no existían. De ellos pudieron derivarse las primeras proteínas, y de allí surgir la vida, primeramente en el mar.[2]
  • Hay que advertir aquí sobre algo totalmente excepcional: todo el universo tiende hacia la “entropía”, es decir, todo concurre a la inercia, al desorden, al caos, al reposo. Pero únicamente la vida evoluciona de lo simple hacia formas cada vez más complejas y orgánicas, a contracorriente de todo lo demás.
  • La estrategia de la vida, desde su comienzo, fue evolucionar hacia la biodiversidad. Gracias a esto es cómo los organismos han podido irse adaptando a las cambiantes condiciones ecológicas y medioambientales: Ante un serio cambio medioambiental, las especies afectadas, al reproducirse, generan entre su descendencia, continuas “anomalías” genéticas, algunas de las cuales se adaptan mejor que las demás a las nuevas condiciones, y a través de descendiente abortivos es como la especie sobrevive. Así se fueron diversificando los seres vivos, adaptándose al aire, al agua y a la tierra, después de procesos milenarios (un ejemplo, los grandes reptiles o “dinosaurios”, cuando había mucha vegetación y que fueron disminuyendo en tamaño conforme el alimento faltaba.

Preguntas:

  1. ¿Qué opinas teológicamente sobre la hipótesis de que Dios haya creado el universo desde toda la eternidad?
  2. ¿Tienes algunas dudas si la teoría de la evolución sea contraria a la fe o a la razón?
  3. ¿Crees necesarias intervenciones divinas extraordinarias para los pasos evolutivos de la materia a la vida, de la vida a la inteligencia y de la inteligencia a la vida humana social?
  4. En tu oración de hoy, haz un acto de admiración y adoración sobre el “Dios creador del cielo y de la tierra”.

[1] Su nombre hace referencia a que no emite ningún tipo de radiación electromagnética (como la luz). ​ Su existencia se infiere a partir de sus efectos gravitacionales en la materia visible, tales como las estrellas o las galaxias.

[2] La teoría más aceptada hoy sobre el origen de la vida, la atribuye a polímeros y aminoácidos, con préstamos de átomos de oxígeno y ayudados por la energía del sol.

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4. EL DIOS EN QUIEN NO CREO[1]

Entre quienes proclamamos nuestro credo, utilizando, incluso, las mismas palabras, encontramos adoradores que, en realidad, creen en dioses diversos -incluso guerreando entre sí-. Hablando con más precisión, circulan entre creyentes diversas imágenes de Dios. Cada persona -aún entre los mismos católicos- tenemos nuestra propia imagen de Dios. Será, pues, conveniente, “deconstruyamos” nuestra imagen personal de Dios para, una vez detectada, poder “reconstruir” otra imagen más conforme a la revelación. Presento un decálogo con mi “anticredo”, desenmascarando algunas de estas imágenes desfiguradas de Dios que por ahí circulan:

  1. No creo en un dios titiritero

Un dios algo caprichoso, que moviera a su antojo las piezas de un juego, es decir, que moviera personas y acontecimientos como sus títeres. Un dios así sería un dios cruel y arbitrario: racista, sexista, clasista, insensible a las víctimas de la injusticia. Un dios que se dejaría sobornar… ¿a cambio de qué? ¿De una veladora? ¿De una peregrinación a algún santuario? ¿De sufrimientos infligidos voluntariamente? Ese dios estaría sujeto a las necesidades, caprichos o de intereses mezquinos de sus devotos, según la lógica mercantil “do-ut-des” (te doy, para que me des).

  • No creo en un dios relojero

Mirando la armonía del Cosmos, Aristóteles y otros antiguos filósofos dedujeron la existencia de Dios. Según algunos apologetas, negar la existencia de Dios, suponiendo un mundo regido como un reloj -complicado, preciso, exacto-… y que, sin embargo, se hubiera hecho solo, sin relojero. La argumentación aristotélica continúa: siguiendo una concatenación de causalidades, sería impensable prolongar dicha concatenación al infinito, teniendo, por tanto, que concluir en la necesidad una Causa Primera, una causa-incausada. La lógica del Filósofo es inobjetable; pero al dios al que se así se llega, sería simplemente el “motor inmóvil”: un dios abstracto, existencia pura, sin cualificación. Quizás la ciencia llegue algún día a responder sobre el cómo de la creación; pero no habrá respuesta sobre la gratuidad del “por qué” de ella.

  1. No creo en un dios “genio de la lámpara de Aladino”

El dios de la magia, el de los brujos y chamanes, que mediante ciertos ritos impactantes, se apoderan “indefectiblemente” de las fuerzas naturales actuantes en la realidad, y una vez que lograran hacerlo, podrían obligarlas a producir los efectos demandados, aunque se tratase de meros caprichos de sus clientes, sin atender a la bondad o maldad de los mismos. Hay algunas reminiscencias de esto en ciertas devociones (recitando determinada oración y determinadas repeticiones, cual fórmula mágica), en secuencia de ciertos ritos y ejecutados en ciertos días y horas (p.ej., los martes a las 12 de la noche), se obtiene indefectiblemente  lo demandado. Esta concepción de divinidad mágica parece estar retornando en la esoteria y la paraciencia, renombrando aquellas “fuerzas naturales” como “energía magnética”; o regresa también en la milagrería pentecostal de fenómenos supuestamente místicos: la “glosolalia” o el “don de lenguas”.

  • No creo en un dios neutral

Dios, es verdad, “hace salir el sol sobre buenos y malos”. Lo cual no quiere decir que no tome partido, ni que sea un simple “referi”. Sería blasfemo considerar que dios legitime el injusto “status quo” imperante, con sus estructuras de violencia y corrupción, o que solapase otros intereses inconfesables. En nuestras sociedades disimétricas, en las que los poderosos se aprovechan de los débiles e indefensos, Dios toma partido. El Abbá de Jesús es el Dios de los pobres, de las víctimas, y no de los poderosos victimarios; aunque presuman sus rosarios o pectorales enjoyados. Esto no quiere decir que Él intervenga directamente en la historia, impidiendo abusos. Dios no es indiferente; pero se arrodilla ante la libertad humana; aunque le pesen las consecuencias. Justamente envió a su Hijo para transformar esta situación; pero operando a través de los esfuerzos de los militantes y desde la condición de una libertad debilitada por el pecado.

  • No creo en un dios idolátrico

No creo en esos dioses fabricados por los humanos, a imagen y semejanza de sus arbitrariedades. Precisando: se tratarían de los ídolos, los cuales no son sólo aquellas estatuillas -algunas no carentes de excelsa belleza y otras, simplemente de forma alegórica- en las que muchos pueblos significaron sus valores más preciados, y cuyo fetichismo, por cierto, no era tan burdo como a veces se suponía. Los ídolos a los que ahora me refiero, son los ídolos modernos, a los que sacrificamos nuestra salud, nuestro descanso, nuestra familia, nuestras amistades, nuestra felicidad… e incluso, nuestra conciencia. Son dioses que reclaman de sus devotos la adoración ciega: los ídolos de “el tener, el poder y el placer egoísta”. Estas hechuras humanas se hipostasían (asumen forma humana), se combinan con pequeñas omisiones, indiferencias, egoísmos y ambiciones de unos con otros, dando lugar a las poderosas “estructuras de pecado”.

  • No creo en un dios “opio del pueblo”

Un dios celoso, cuya adoración oscurece el compromiso de transformar esta tierra, la cual es vista como un “valle de lágrimas”, por la que no vale la pena que los creyentes pierdan su tiempo en mejorarla, pues las penurias humanas son sólo pasajeras y serán recompensadas en el Cielo -la “verdadera patria” celestial-. No creo en ese dios “corazón de un mundo sin corazón”, quien, a lo más, “se adorna, poniendo florecitas en las cadenas[2], y que finalmente, colabora a que estas no se rompan. Tampoco creo en un dios que niegue las tendencias biófilas y el gozo del vivir, pidiendo sacrificios ascéticos y que recela siempre de cualquier placer. Ese dios, diría Nietzsche, “ha muerto”.

  • No creo en un dios juez severo

No creo en esa deidad que se la pasa examinando con lupa lo que hacen sus creaturas, para detectar cualquier transgresión que merezca enviarlas al infierno. Ese dios controlador “que ve una hormiga negra sobre una piedra negra, en medio de la noche más negra”. No creo en ese dios moralizante, que castiga la satisfacción de fuertes tendencias que él mismo puso en el corazón humano.

  • No creo en un dios lejano

Un dios “ocioso”, lejano, indiferente a lo que hagamos los humanos, pues se autocomplace a sí mismo, por lo que ni premiará, ni castigará, pues la conducta moral de los humanos, simplemente no le interesa.

  • No creo en un dios antropomórfico

Solemos imaginar a Dios como si fuese una persona humana, es decir, con sentimientos y pasiones. Así decimos que Dios llora, que Dios se entristece, que Dios se arrepiente, que Dios se contenta… Dios es espíritu, y los sentimientos radican en el ámbito cerebral corporal (aunque algunos sentimientos se pueden espiritualizar). Los sentimientos son pasajeros, y por tanto, implicaría que Dios muda de estado anímico, con lo cual ya no sería un “eterno”, ni “inmutable”. A veces, los devotos aconsejan a Dios, le indican las dádivas que más les convienen a ellos y lo tratan de convencer, e incluso, de sobornar (con “mandas, promesas, ofrendas) o chantajear (exponiéndole sufrimientos o sacrificios voluntarios para moverlo a compasión). Un dios así sería un dios sádico, a quien le gusta ver sufrir a sus hijos y les condiciona el otorgamiento de su benevolencia a esos dolores suplementarios o accesorios a las -de por sí- difíciles condiciones de vivir. No creo, pues, en un dios comprensible para el minúsculo entendimiento humano ya que, si lo fuera, seríamos superiores a Él; siendo el Trascendente, el Misterio insondable, no lo podemos abarcar.

  1. No creo en un dios meramente trascendente o meramente inmanente

La trascendencia de Dios, enfatizada por el judeocristianismo y el islam, tiene la ventaja de reconocer la plena autonomía de las realidades terrenales, lo cual favoreció a la modernidad secularizada. Dios es “el Otro”, el que está “más allá” de la Creación. Es verdad que, de quedarnos copn este solo atributo, se puede derivar en la idea de un dios lejano, que habitara en un plano supraempírico, del que, incluso, podríamos prescindir. En cambio, la inmanencia de Dios, enfatizada por Oriente y que ahora va incursionando en nuestros ambientes, nos hace sentirnos como parte del Cosmos y vincularnos a la totalidad; pero de quedarnos en este, podríamos identificar a ese Dios con la energía cuántica del Universo. El Dios en quien creo, es al mismo tiempo, el Tú, con quien puedo comunicarme, relacionarme y sentirme amado por Él, el “Otro”, más allá de todo lo creado; pero no indiferente a nuestro ser de creaturas. Al mismo tiempo, es la misma intimidad de nuestra propia esencia. Al comunicarme con esa interioridad, me conecto con todo lo existente; pero siempre es un Dios que se halla más allá…

Preguntas:

¿Podrías añadir otros dioses en los que no crees tú?


[2] Carlos Marx: “Miseria de la Filosofía”, 184


[1] Ideas expuestas en el libro “La Idea de Dios en Guadalajara”, editado por  Celina Vázquez Parada y Wolfgang Vogt, Universidad de Guadalajara, 2011, pp 233 a 235.

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