2. CREO

  • La fe no se reduce a la disposición de aceptar racionalmente enunciados “aunque no los comprendamos”. Eso sería una “fe ciega”, que pudiera llevarnos a absurdos o adhesiones irracionales. En este sentido, para el racionalismo positivista del siglo XVII (Comte), no hay que aceptar nada que no sea rigurosamente constatable (ver, tocar) o comprobable. La fe sería “la infancia de la humanidad” (Freud). Es verdad que la fe también requiere del intelecto -al menos, saber que no haya repugnancia racional en alguna proposición-; que al menos, sea verosímil, o propuesta por testimonios creíbles (un testigo ocular, desde un lugar apropiado y en estado mental sano). Una vez supuesta esta prudente y voluntaria adhesión de fe, se recurre al intelecto para profundizar en lo creído y convertirlo, así, en cuestión teológica o en convicción (“fides quaerens intellectum”: una fe que busca al intelecto).
  • Pero creer es algo más que un objeto desafiante al intelecto. Es la presencia de alguien que despierta en nosotros confianza y que nos invita para un proyecto o una causa. Nosotros nos confiamos a él (le entregamos nuestros proyectos personales o incluso, nuestra vida misma), puesto que su persona nos ha dado muestras de que es “confiable”. Quizás se trate de un médico (“le tengo fe a este doctor”), de un líder político (le creo, puedo confiarle mi apoyo), de algún familiar: la abuela sabia, que sabe dar consejos, que ha pasado por situaciones similares a las que estoy vivo y que sé que me quiere; o bien el cónyuge, que nos amamos; aunque tenga defectos o que ha habido ocasiones en que me perjudicó; pero que, “a pesar de todo”, lo sigo amando y sigo esperando su mejoría).
  • Creer en la Sagrada Escritura, creer que lo que dice la Biblia es verdad, no significa tanto aceptar como ciertos todos y cada uno de sus enunciados, sino porque, fundamentalmente, que lo que dice sucedió realmente: el judeo-cristianismo es una religión profética, es decir, histórica. Para el cristiano, tener fe, creer en la palabra de Jesús, es apostar la vida por lo mismo que Él vivió y por lo que Él murió: su pasión por la causa del Reino, la cual, a veces, puede concretizarse la exhortación de percibir las necesidades de los demás, compadecerlos y tratar de hacer lo que esté de nuestra parte por remediarlas, aún que en esto nos vayan fuertes sacrificios.
  • La mitología

    Habrá que decir algo acerca de los mitos. Contra lo que suele pensarse, los mitos no son falsedades -“eso es puro mito”, o sea, “puros cuentos de viejos crédulos”. Al contrario, algunos mitos suelen encerrar verdades profundas; justificaciones de algunas instituciones o costumbres ancestrales, o acontecimientos verdaderos, relatados en esa modalidad narrativa que -incluso actualmente- es propia de algunas culturas o de los “pueblos originarios”: lo que algunos llaman “sentí-pensar” (Freinet), es decir, no un pensar totalmente “racional”, sino mezclado con emociones, símbolos o alegorías, como también existen en la biblia.

Preguntas:

  1. ¿Qué entiendes por “fe”?
  2. ¿Qué condiciones se necesitan para creer?
  3. ¿Qué consecuencias me implica “creer”?
  4. ¿En qué verdades del Credo no crees? ¿Por qué?

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1. CREDO

  • El mundo comenzó el año 2024 con una población de 8,204 millones de personas, entre las cuales, había 1,390,000,000 de católicos (13 millones más que en 2023), si bien, porcentualmente, disminuimos un 0,06%, (los católicos representamos actualmente el 17,7% de la población mundial). Desde que Jesucristo fundó su Iglesia hasta la fecha, la Iglesia ha cambiado mucho; pero al mismo tiempo, sigue siendo la misma. ¡Cuántas teologías, cuántos movimientos apostólicos, cuántos institutos religiosos, ¡cuántas razas, culturas, ritos, ensayos pastorales!… Sin embargo, continuamos cohesionados en la unidad de una fe común. La Iglesia cree que esto se ha logrado gracias a que todos los católicos proclamamos este “corpus doctrinal” común , síntesis de nuestras creencias más importantes; que dicha síntesis sigue siendo un buen resumen de nuestra fe; que es compartido por todos- El “Creado” nos da identidad, en medio de tanta diversidad. ¿Será realmente así en el siglo XXI y en nuestros países latinoamericanos?  
  • Aceptemos, por lo pronto, esta suposición. De una u otra forma, en nuestras reflexiones teológicas seguimos remitiéndonos explícita o implícitamente a este “corpus”, que denominamos nuestro “kerygma” (κήρυγμα= “anuncio”, “proclamación”), un género literario bíblico presentado como “el anuncio de una “Buena Noticia” (Evangelio).​ Se supone que tenemos un núcleo que identifica a los cristianos para cualquier tiempo y lugar, según el adagio de Vicente de Lerinis: “Quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus credatur” (“lo que se ha creído desde siempre, en cualquier lugar y por todos”), aunque ahora ya no se tache tan fácilmente de “herejes” a cualquier disidente. El kerygma es suficientemente flexible para que pueda ser reinterpretado en diferentes tiempos, lugares y teologías, a condición de mantener un punto de referencia común.
  • En el Nuevo testamento ya existían algunas fórmulas kerygmáticas iniciales: San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, enuncia una fórmula que se repite, más o menos igual, en varios lugares de este libro (Hch. 2, 22-25 / 3, 12-15 / 4, 8-10/ 5, 30-32):

“Israelitas, oíd estas palabras: A Jesús el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros por los milagros, signos y prodigios que realizó Dios a través de Él entre vosotros (como bien sabéis), lo matasteis clavándolo por manos impías, entregado conforme al designio previsto y aprobado por Dios. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte…” 

  • En este discurso, propagado reiterativamente por los apóstoles mismos, según los “Hechos de los Apóstoles”, se enfatizan algunos elementos:
    • Presentación de Jesús, como acreditado por Dios, mediante signos y prodigios.
    • Increpa a los judíos (sus autoridades): USTEDES lo mataron, entregándolo a los paganos para crucificarlo.
    • Dios mismo tomó partido: no por las autoridades, sino por Jesús mismo, resucitándolo de entre los muertos
    • Nosotros somos testigos de esto (su palabra acredtada)
  • Sobre el este “kerygma” inicial, se fueron complementando los dos “Credos” tradicionales:
SÍMBOLO DE LOS APÓSTOLES   Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. AménCREDO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO   Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, De todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Seño, Jesucristo, Hijo único de Dios, Nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.   Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.   Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.   Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Fuente: Compendio del CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n° 33

 El “Símbolo de los Apóstoles”. En los primeros años del cristianismo, al “kerygma” anterior se le fueron añadiendo otros enunciados, para complementar el “corpus” básico de la fe. Este Símbolo goza de la autoridad de San Ambrosio, obispo de Milán (c 340), quien afirmó que «es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de los Apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común.» Lo considera, además, como resumen fiel de la fe de los apóstoles. Será ésta la fórmula que tomaremos como base en el presente Curso.

  • Entre los siglos II y III hubo algunos compendios o resúmenes oficiales, testimoniados por los Padres Apostólicos y los apologetas, que dejaron entonces la forma histórica, y asumieron la forma abstracta propia de la dogmática (principalmente, fórmulas trinitarias y cristológicas). En aquellos siglos, la comunidad cristiana estaba compuesta mayoritariamente por griegos, y la filosofía más popular de la Grecia de entonces era una forma del platonismo -el “neoplatonismo”-, cuyo principal promotor fue Plotino. Este  filósofo griego nació en Egipto, en el siglo III, autor del libro “Enneades”. Su síntesis se basa en el idealismo platónico (las Ideas absolutas y eternas, de las que participaban los entes concretos de forma degradada), incorporando también elementos cristianos y orientales. Los discursos de aquellas corrientes griegas estaban llenos de símbolos cósmicos y de fórmulas bimembres (de dos partes): “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios  verdadero”.
  • Ese fue el ambiente de los concilios Niceno (325) y Constantinopolitano (381). La principal necesidad que tenían los cristianos del siglo IV, era conocer el Misterio de la realidad íntima de Jesucristo IV. Esa curiosidad explicable les incentivaba una ardiente búsqueda –“fides quaerens intellectum” (la fe en busca de la razón, y la razón que clarifica la fe)-, realizada en un ambiente de bastante libertad, en el que circulaban especulaciones (algunas más importantes que otras). Los Padres Conciliares pretendían encontrar proposiciones claras que pudieran hacerse consensuar a la cristiandad y para ello, tacharon de “herejes” a sus contrarios. Un par de ejemplos:
  • Arrio(256-336) postulaba un solo principio divino -el Padre-, cuya primera creatura habría sido Cristo, quien no gozaba de divinidad y cuya misión habría sido la creación del mundo (una especie de Demiurgo platónico).
  • Pelagio(c 354), nacido en alguna isla británica, fue un monje virtuoso que nunca llegó a ser clérigo. Fue perseguido duramente por algunos sectores de la Curia Romana que gozaban de muchos simpatizantes (incluso, de San Agustín mismo), y fue ese sector el que acusó a Pelagio de hereje. Sus doctrinas tenían que ver con el “pecado original”, que más que “culpa”, sería cierto desorden con el que ya se nacía y que no merecería el infierno; mientras que la interpretación de sus adversarios parecía negar el libre arbitrio. Éstos, incluyendo a San Agustín de Hipona, afirmaban no el dicho “pecado” no se podía entrar al Cielo, por lo que había que bautizar a los niños lo antes posible.
  • Actualmente, hay mucho interés entre los especialistas sobre los símbolos de la fe en la Iglesia primitiva. N.D. Kelly, [1] afirma no haber encontrado evidencias de que en los tiempos del Nuevo Testamento existieran credos estereotipados intocables; pero parece que ya en el tiempo apostólico hubo un cuerpo doctrinal definido, vinculado al rito bautismal.
  • Entre los siglos II y III ya hubo compendios o resúmenes oficiales, testimoniados por los Padres Apostólicos y apologetas, principalmente fórmulas trinitarias y cristológicas, las cuales, más bien parecen ser compendio de la teología popular de entonces (el Espíritu Santo y la Virgen María). El segundo Credo comenzó a formularse en el Concilio de Nicea (365), con la presencia del emperador Constantino), y ya con esta versión se recitaba en la liturgia de Antioquía a finales del siglo v, y en Constantinopla desde 511. El III Concilio de Toledo (589), lo oficializó para toda la cristiandad y lo introdujo en la liturgia. Cuando Carlomagno convocó un Concilio en Aquisgrán (809) quiso obtener la aprobación papal de la decisión conciliar de incluir en él la cláusula “Filioque”;[2] pero el papa León III se opuso y sugirió no incluir este Credo en la celebración de la misa. No fue sino hasta 1014, con motivo de su coronación de Enrique II como emperador del Sacro Imperio Germánico, que el Papa Benedicto VIII Aprobó la recitación del Credo en la misa. En este Curso, nos referiremos a él cuando sea necesario.
  • Actualmente, el Credo Niceno-Constantinopolitano es aceptado por todas las Iglesias orientales (incluso las Ortodoxas); también lo aceptan las Iglesias Reformistas de Occidente: la Iglesia Anglicana actual autoriza tres credos: el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, el Símbolo de los Apóstoles y el Símbolo Quicumque. La Iglesia metodista, aunque su fundador, John Wesley, no admitió las tres versiones anglicanas, el Símbolo de los Apóstoles se insertó en 1896. La Iglesia Luterana: en Alemania, recitan el Símbolo de los Apóstoles en su liturgia; pero en Estados Unidos, también el Niceno-Constantinopolitano para las ocasiones más solemnes.

El Credo, no obstante su utilidad para unificar un “corpus” esencial de fe, representa desafíos pastorales para nuestro tiempo. La mentalidad moderna –especialmente las nuevas generaciones- no se sienten tomados en cuenta en estos signos, para la identidad confesional, No obstante que se sigan reconociendo como católicos y que sigan recitando el credo en la misa, algunas de cuyas frases les resulten incomprensibles. Ante esto, pienso que se requieren estímulos para reformular nuestro credo, que expresen los las creencias que ya gozan de consenso generalizado de nuestra Iglesia, para que realmente sean identitarios para la comprensión de nuestra fe. Esto es, precisamente, lo que intento con el presente curso sobre El Credo. He procurado en este curso, combinar la fidelidad doctrinal con la audacia interpretativa. Quizás no se logre del todo; pero es así como entiendo mi fe católica. Ojalá pueda suscitar otras interpretaciones que complementen o corrijan esta presentación, o que estimulen la audacia de ir más adelante y hacer más “creíble” nuestro “Credo” a las nuevas generaciones.

Cuestionario

  1. ¿Entiendes el Credo que proclamamos en las misas?
  2. ¿Sientes que nuestro “credo” expresa tu identidad confesional actual?
  3. La preocupación eclesial del tiempo del “Credo” es diferente a las del momento  actuales, ¿Cuáles te parecen las más apremiantes para los cristianos del siglo XXI?
  4. Después de esa clase, escribe tu propio credo

[1] N.D. Kelly, Primitivos credos cristianos (Secretariado Trinitario 1980 ISBN 9788485376261), pp. 433–434

[2] “Filioque”= que procede del Padre “y del Hijo”, en referencia a que el Hijo es la Palabra del Padre, y que de ambos procede el Espíritu Santo; mientras que las Iglesias de Oriente tienen una visión “Fontal”: el Padre engendra al Hijo y el Hijo, a su vez, al Espíritu Santo. La inclusión del mentado término provocó la ruptura de la Cristiandad y fue el origen de las Iglesias Orientales “ortodoxas” o cismáticas.  Es opinión común de que hubo un motivo político de fondo, pues las Iglesias Orientales se consideran “Iglesias Madres”, es decir, fundadas por apóstoles, y por tanto, sus Patriarcas no tienen por qué obedecer a su par, el Patriarca de Occidente (el Papa).

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UN PARADIGMA TEOLÓGICO

 

  • Las mediaciones. La teología es una mediación, entre el “corpus” revelado y el sujeto receptor, que sirve para mejor comprensión de la Palabra. Esto conlleva una paradoja: por una parte, ninguna mediación se adecúa plenamente al Misterio; por otra parte, no podemos prescindir de alguna suerte de mediación para alcanzar nuestro propósito de clarificarlo. La mediación teológica, por su parte, requiere siempre de algún paradigma. La filosofía es la mediación que ha gozado de mayor aceptación para esta finalidad. Desde el siglo XIII la filosofía escolástica -en especial, la monumental obra de Santo Tomás de Aquino- fue preferida por la Iglesia para formular su marco dogmático. Para ejercer esta función, el “Doctor Angélico” se valió de la “mediación” de Aristóteles, filósofo pagano recién descubierto por la escuela árabe de traductores en la ciudad de Córdoba. Desde el siglo XVIII, esta filosofía hegemónica griego-medieval dejó de ser monopólica y tuvo que competir con la filosofía “moderna”, expresión del individualismo liberal y sostén del Capitalismo industrial. Después del Concilio Vaticano II, la teología dio un viraje y pasó, de buscar una “mediación” filosófica, a la comprensión directa de la Sagrada Escritura. Sin embargo, muchos teólogos, insatisfechos de quedarse meramente en los textos bíblicos, miraron hacia otras teologías más acordes a los receptores contemporáneos.
  • Desarrollismo latinoamericano. A raíz de su desafortunado viaje por Sudamérica en 1958, el presidente Nixon percibió que el anticomunismo de la postguerra había perdido su capacidad de control político en el subcontinente y que era necesario cambiar de política hacia América Latina. Fue por esta razón que John F Kennedy convocó a una “Alianza para el Progreso”, destinando 20,000 millones de dólares en 10 años, para el desarrollo de la región. La palabra “Desarrollo” pasó a ser la palabra mágica. Sus exponentes teóricos opinaban que todos los países modernos atravesaban forzosamente por tres etapas –Subdesarrollo – Período de “despegue” – Desarrollo-, y que con ayuda tecnológica y créditos generosos, Latinoamérica pronto sería una región próspera y feliz. La Iglesia Conciliar no podía quedarse al margen de la euforia desarrollista: Juan XXIII publicó su encíclica “Mater et Magistra” (1961) y Pablo VI, la “Populorum Progressio” (1967), aportando un fundamento teológico a esa palabra; al mismo tiempo, católicos alemanes organizaron agencias –Adveniat y Misereor- para aportar generosos financiamientos para obras sociales (no para construir templos).
  • Liberación”. La reflexión latinoamericana de las décadas 60’s y 70’s cambiaría la perspectiva socio-política. Connotados sociólogos, apoyados por Raúl Prebisch en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), se agruparon en una corriente científica conocida como “La Teoría de la Dependencia”. Estos autores sostenían que “el subdesarrollo no es consecuencia de la supervivencia de instituciones arcaicas y de la falta de capitales en las regiones alejadas del torrente de la historia del mundo (como defendían los desarrollistas)… por el contrario, el subdesarrollo ha sido y es aun generado por el mismo proceso histórico que genera el desarrollo económico del propio capitalismo”.[1]  Mientras se mantuvieran las mismas estructuras, las naciones periféricas no alcanzarían el nivel de desarrollo de las industrializadas, sino, por el contrario, el desarrollismo, en realidad, beneficiaba a estas últimas. Por lo tanto, la única vía para salir de la pobreza, sería la liberación, y para llevar a cabo esta tarea, el paradigma más confiable era la del filósofo alemán Carlos Marx. Fue así que “liberación” se convirtió en la nueva palabra mágica. El triunfo de la Revolución Cubana, el 1° de enero de 1959, era un ejemplo exitoso de estos procesos, y por toda la región, el mítico Ernesto “Ché” Guevara promovía los “Movimientos de Liberación Nacional”.
  • La CELAM II, 1968. Esta Conferencia Episcopal Latinoamericana tuvo lugar en Medellín, Colombia. En ella, los obispos del subcontinente hicieron una solemne “opción por los pobres”, pues recién habían cobrado conciencia de que la mayoría de la población de la región es pobre y es católica; mientras que los religiosos concentraban su atención en las clases media-altas urbanas. Las Congregaciones se comprometieron a desplazar parte de su personal a zonas marginadas, en “experiencias de inserción” (buscando estilos de vida adaptados a la cultura de la pobreza), y aconsejaron como el mejor recurso pastoral, la creación de redes de Comunidades Cristianas de Base. Finalmente, los obispos acordaron “promover una reflexión teológica tendiente a la transformación de esa situación de injusticia”.

La Teología de la Liberación

  • Como mencioné, la mediación filosófica utilizada por la teología oficial había sido la Escolástica medieval; pero el abandono de su forma monopólica dejaba un vacío teológico de mediación, y la Iglesia de entonces estaba en búsqueda de alternativas. Podría parecer una obviedad que, siendo el marxismo la filosofía social que mejor comprende la explotación capitalista; siendo también dicha filosofía la más aceptada en ese momento entre los estudiantes, académicos y líderes comprometidos en toda la región subcontinental[2] y finalmente, siendo este paradigma el que podría dar respaldo a los “teóricos de la dependencia” frente a las recomendaciones desarrollistas que se estaban tratando de imponer de fuera, no sería inconsecuente que la teología buscada por los obispos de la II CELAM utilizara algunos aportes del marxismo. Por supuesto, habría que proceder con cautela: aparte de las reticencias que seguramente presentaría Roma, había otras dos de más fondo: el ateísmo de Marx, y la revolución armada como táctica de lucha para que las clases emergentes accedieran al poder. A los primeros Teólogos de la Liberación les tocaría clarificar ambas cuestiones.
    • En cuanto al supuesto ateísmo de Marx. Ya el jesuita mexicano Porfirio Miranda había negado ese supuesto ateísmo del filósofo de Tréveris; pero, sobre todo, debemos al renombrado filósofo argentino Enrique Dussel radicado en México -de agradecida memoria- la comprobada refutación a este supuesto, después de sus largos meses de lectura realizadas en Holanda misma, donde se encuentra el acervo completo de los manuscritos originales de Carlos Marx, algunos de ellos, incluso, inéditos en el alemán mismo. Como veremos en el anexo al final, para Dussel, el ateísmo de Marx fue una deformación del leninismo-stalinista, aprovechado posteriormente por el anticomunismo de la postguerra. En todo caso, se puede alegar el precedente, ya mencionado, de que si Santo Tomás había utilizado la mediación del filósofo pagano Aristóteles para inspirar su teología, tampoco sería impensable hacer otro tanto con un filósofo supuestamente ateo.
    • En cuanto a la lucha revolucionaria para la toma de poder, el marxismo –como cualquier otro sistema de ideas- se ha venido modificando. Antonio Gramsci, célebre pensador italiano de tiempos de Mussolini, después de una meticulosa investigación histórica, de cómo la burguesía accedió al poder, observó que, salvo en el caso atípico de Francia, la burguesía logró la dirigencia social, en la mayoría de los países, mediante su conocida táctica de lucha: la “Revolución Pasiva” (“revolución sin revolución; pero finalmente, revolución”). Concluye, que en situaciones en las que el sujeto hegemónico sea demasiado poderoso y el sujeto emergente, demasiado débil, la vía armada no es la forma adecuada para la transición, sino que lo aconsejable es irse filtrando entre los poros de la clase hegemónica –(dominante por coerción y dirigente por consenso) … Además, actualmente, los partidos políticos de Izquierda se han abierto (en parte, gracias a la Teología de la Liberación misma) y ya se les permite a los cristianos militar en ellos, pues el ateísmo dejó de ser condición de afiliación.
  • La Teología de la Liberación fue aceptada con entusiasmo (sobre todo en los sectores académicos y militantes), inspiró y ayudó a numerosos movimientos populares de emancipación sociopolítica (como en Nicaragua y El Salvador). En los diversos países de Latinoamérica, aparecieron obras de teólogos identificados con esta corriente,[3] aunque no todos ellos utilizaron el marxismo como mediación. También fue compartida por varios obispos ejemplares, por santos y por mártires,[4] siendo actualmente su máximo exponente, nada menos que el Papa Francisco mismo.
  • Personalmente me reconozco deudor de este gran movimiento teológico, uno de los aportes más significativos que ha donado Latinoamérica para la Iglesia universal. Actualmente, la situación ha variado: el marxismo, sin haber sido “falseado” (en el sentido de Popper), ya “pasó de moda” y dejó de interesar a los jóvenes. Además, gracias a los actuales estudios de arqueología, paleografía, lingüística, etc. (v.gr., José Antonio Pagola), conocemos más de Jesús, que los cristianos del siglo I, y ese conocimiento directo permite prescindir ya de “mediaciones” (que más bien meten ruido). Esto no quita que sigamos utilizando algunas tesis marxistas para nuestros “análisis de realidad”.[5]

ANEXO

EL ATEÍSMO DE MARX

El supuesto ateísmo de Marx ha sido la principal causa del rechazo del marxismo –no sólo entre las Iglesias-. Sin embargo, actualmente esta tesis está siendo revisada, principalmente, como mencionamos arriba, por el renombrado filósofo, maestro y militante Enrique Dussel. El desenmascaramiento de la tesis del Marx ateo fue la pasión más constante durante toda su vida, dedicándole sus mejores esfuerzos a este desenmascararamiento. A continuación rescato algunas de sus citas, con las interpretaciones propias. Las tomo de una de sus últimas conferencias: la expuesta en uno de los Foros organizados por el Instituto Nacional de Formación Política para la formación de cuadros de Morena.[6]

  1. El “ateísmo” es necesario sólo durante el proceso de liberación. Marx pone como ejemplo el caso de los hebreos: En Egipto, el faraón estaba divinizado y utilizaba su aura sagrada –tanto en nombre suyo, como en el de los dioses del Imperio-, para justificar la esclavitud. Por tanto, los hebreos tuvieron necesidad de declarar su “ateísmo” respecto a las divinidades egipcias con el faraón incluido. Pero una vez que lograron liberarse y salir de Egipto, en el desierto, aquel ateísmo dejó de tener ninguna importancia, y se volvieron al “Dios de nuestros padres, que nos sacó de la esclavitud de Egipto”.[7] Esto me recuerda otro caso: la causa de condena hacia los primeros mártires romanos fue, precisamente, la de ser “ateos”… y lo eran, pues negaban la divinización de Cesar y la de Marte, el dios de la guerra.
  • El ateísmo no era tan relevante para Marx. Dussel cita al respecto, una carta que Marx escribió a Engels en 1887. En ella se mofaba del anarquista Bakunin, quien pretendía incorporar a la Internacional Socialista a cierta “Unión de Obreros Ateos Socialistas”. Marx, por supuesto, rechazó dicha petición, negando que la contradicción principal se diera entre creyentes y ateos, siendo así que la contradicción realmente importante era la que se daba entre explotadores y explotados. La discusión entre cosmovisiones podía posponerse, y entre tanto, lo verdaderamente apremiante era luchar juntos –creyentes y no creyentes- por la liberación ante la injusticia social.
  • El fetichismo de la mercancía”. En “El Capital”, su obra principal, al hablar de la mercancía en el capitalismo, Marx utiliza la misma metáfora con la que los profetas veterotestamentarios descalificaban a los ídolos (fetiches): eran obra de manos humanas, de piedra o madera, quizás mediante algún ritual, adquirían una cualidad divina y se convertían en objeto de adoración. De la misma manera, según Marx, las mercancías, producto de manos humanas obreras, misteriosamente, adquirían un valor inexplicable (se divinizaban) y eran objeto de adoración de los capitalistas: el dios-dinero, al que sacrificaban su salud, su vida familiar… y hasta su conciencia.[8] Hoy la Teología de la Liberación aplica la condena profética a los nuevos ídolos: el “poder”, el “tener” y el “placer” egoísta (gozar, sin importar los daños que pueda hacer a otros).
  • La plusvalía. La siguiente cita, rescatada por Dussel, también se halla en “El Capital”, justamente al tratar de explicar aquello que fue su principal descubrimiento: de dónde proviene la riqueza del capitalista. Resumo brevemente cómo Marx describe el proceso de producción. Parte del “trabajo vivo” o sea el que realiza el trabajador. Su trabajo le compensa con un “valor de uso” (el obrero tiene ahora una mesa dónde comer o colocar sus objetos); pero también esa mesa puede objetivarse, en “valor de cambio”, o sea, si hace la mesa para cambiarla en el mercado (mediante trueque o mejor, por dinero): lo que gana al vender directamente su producto: su valor o costo de producción (materiales, herramientas y el trabajo vivo o esfuerzo que a él le costó) y además, una ganancia como mercancía, lo que daría el “precio final”. Pero en el capitalismo, lo que el propietario de las “herramientas” (fábrica) gasta en salario (uno de sus costos de producción), supongamos que representa sólo unas 2 horas del trabajo vivo de cada obrero. La ganancia obtenida por el resto de la jornada de trabajo (supongamos una jornada laboral de 8 horas), no proviene tanto de lo que se obtenga en el comercio (aun cuando vendiera el producto mucho más caro que los costos), sino que es un “plus valor” (plusvalía) escondido, invisible, ignorado aún al propio empresario, es en realidad una donación gratuita que el obrero hace al capitalista. El capital que una empresa incrementa sería la suma de plusvalía del conjunto de todos sus obreros.

    Hasta aquí un breve resumen del proceso productivo; pero en la explicación que estaría dando, Marx utiliza una expresión sorprendente para nuestro tema: esa ganancia (la que el obrero dona gratuitamente al empresario) que no sale del comercio, es en realidad una “creación de la nada” (“ex nihilo”); es decir, Marx utiliza la expresión bíblica de la creación  cosmológica de Dios, para explicar la creación “de la nada”, que dona el obrero. Este descubrimiento, cree Dussel, no lo notaron los camaradas revolucionarios (Engels, ni Lenin). Marx, nieto del rabino, era conocedor de la metafísica semita; conocía la Biblia y la aplicaba en su lucha libertaria. [9]

ARGUMENTACIÓN SOFISTICA DEL ATEÍSMO SOVIÉTICO

Stalin justificaba su represión antirreligiosa, basada en un silogismo de tres falacias:

  1. LA MAYOR: Para Marx “el ateísmo es necesario para ser revolucionario, y al llegar el Comunismo, desaparecerá la religión: Hemos visto con Dussel que el supuesto ateísmo de Marx no era tal. Yo, por mi parte, añadiría que su recelo hacia la religión como obstáculo para las luchas libertarias, pudo también deberse a las religiosidades enajenantes que conoció:
    1. La “religiosidad popular”, es decir, la de los explotados, era necesaria para no enloquecer ante la despiadada explotación (como también fue necesario el “opio” para momentos insoportables). Para Marx, la religión es “el corazón de un mundo sin corazón”. Pero en la lucha libertaria, “no se trata de ponerle florecitas a las cadenas, sino de romperlas”)[10].
    1. La teología de Hegel, para quien la encarnación más evolucionada del Espíritu, fungía como soporte del Estado prusiano. El materialismo de Marx no era como para el burdo positivismo; se contraponía simplemente al idealismo Hegeliano, que navegaba en un mar de conceptos; mientras que Marx los “encarnaba” en el terreno de la historia y el mundo material.
  2. LA MENOR: Rusia ya es comunista: Otro sofisma. Lo que Stalin hacía pasar como “Comunismo”, en realidad se trataba del llamado “Capitalismo Monopolista de Estado” (el Estado soviético se apropiaba de toda la plusvalía del país, obtenida por su bárbara opresión y explotación, para beneficio de la elite burocrática).
  3. CONCLUSIÓN: Luego, la religión ya no existe: Otra falacia. Cualquiera podía ver por cualquier parte los abigarrados rituales religiosos de la Iglesia Ortodoxa Rusa, a pesar de su persecución (esa Iglesia se oponía a Stalin, y terminó teniendo un departamento en el Kremlin).

ENTONCES, “si la realidad no coincide con las ideas, tanto peor para la realidad”, habrá que darle una ayudadita…, y así se hizo, con aquella estúpida persecución religiosa y su millón de asesinatos.

EL ANTICOMUNISMO

  1. El anticomunismo

Pese a la falacia de la argumentación anterior, fácilmente refutables, a Estados Unidos, le venían bien los excesos stalinistas para el control de los movimientos contestatarios. Durante la II Guerra Mundial, le resultó muy favorable tener un peligroso antagonista. Bastaba con sustituir al nazismo por el comunismo. De dónde, el éxito propagandístico del anticomunismo, durante la “Guerra Fría” de la postguerra. La Derecha estadounidense inventa el Marx perverso, materialista y ateo, según Dussel, una deformación del leninismo-stalinista.

   Al regreso de su mencionado viaje, el presidente Nixon encargó a Rockefeller una investigación exhaustiva sobre los peligros que presentaba Latinoamérica para la seguridad nacional estadounidense. Al presentar su conocido “informe”, de 1969, elencó las diez mayores amenazas, poniendo como primer lugar –antes de la guerrilla de inspiración guevarista- a la Teología de la Liberación. “La Iglesia Católica ha dejado de ser confiable”, mencionaba, y entonces, los servicios de espionaje apoyaron a la llamada “Nueva Derecha” religiosa.

  • La Ultraderecha

     El anticomunismo no ha muerto. En la ultraderecha sigue vivo, agazapado y operante; escondido, silencioso, quizás disfrazado de neoliberalismo, o infiltrado (para espiarlos) en todos los partidos políticos (incluso en los de izquierda). Sostiene en su discurso, que la causa de muchos males actuales viene del complot entre judíos, masones y comunistas, y difunden ideas racistas, sexistas e integristas…

   Unos cuantos ejemplos en nuestro país: los sinarquistas de los años 40’s, los grupos universitarios porriles de los años 60’s y 70’s -el MURO en la CDMX, los TECOS en la Universidad Autónoma de Guadalajara, los FUAS en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla-. Tenemos que mencionar al “Yunque”, fundado en Puebla en 1963, que cuenta actualmente con presencia en varios países. También el retorno reciente de ideas fascistas en varios países progresistas sudamericanos (como Javier Milei en Argentina, Bolsonaro en Brasil).

      Penetrar sectores de la Iglesia Católica ha sido una característica de la ultraderecha, desde que ésta fue afectada en sus bienes por el liberalismo y por el Estado Laico (que, por cierto, la Iglesia no acaba de comprender). En México fue abonada por la persecución religiosa callista, especialmente en aquellos Estados del Bajío, donde hubo levantamientos cristeros. Es apoyada por algunos grupos empresariales fuertes, como en los grupos “Provida”, en muchos países relacionados con la minería. Lamentablemente, estas ideas tienen mucho peso en algunos sectores eclesiales: en algunos obispos, secundados por sus párrocos incondicionales con capacidad de movilización, e incluso, han llegado al Vaticano mismo, en la oposición abierta contra el Papa Francisco.


[1] Anibal Quijano, Enzo Faletto, Theotonio Dos Santos, Frank Hinckelambert, Alberto Henrique Cardoso, Samir Amín, André Gunder Frank, Celso Furtado. Anibal Pinto, etc.

[2] Mientras sesionaba la II CELAM, en 1968, México estaba absorto en el gigantesco movimiento estudiantil, con su consabida represión del 2 de octubre, en el cual, la obra de Carlos Marx daba respaldo fresco y colérico. En el siguiente sexenio, con Echeverría (quien parece ser el que ordenó la matanza), los libros marxistas se vendían  en los supermercados, y en cualquier carrera universitarias había que leer los tres tomos de “El Capital”.

[3] Cito algunos nombres relevantes de esta corriente: Gustavo Gutiérrez, Frank Hinckelambert, Hugo Assman, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Raúl Vidales, Luis Alberto Gómez de Souza, Ignacio González Fauss, José Comblin, Frei Beto, Enrique Angelelli, Enrique Dussel, Jorge Pixley, Pablo Richard, Miguel Concha, Leonardo Boff… y muchos más. 

[4] Algunos de estos obispos (a riesgo de inmerecidas omisiones) fueron: Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño, Helder Cámara, Arturo Lona, Samuel Ruiz, José Alberto Llaguno, Bartolomé Carrasco, etc. Ayudó a la santificación de varios teólogos reconocidos, como el obispo poeta Pedro Casaldáliga, y forjó a los mártires salvadoreños, como los jesuitas Ignacio Ellacuría y Rutilio Grande, sobresaliendo San Oscar Arnulfo Romero.

[5] Como ejemplo, la categoría de “modos de producción” (MP), que utilizo en otros lugares de esta misma Página (v.gr., el curso de “Lo religioso en la historia de México”), pues cada MP implica condicionamientos sociorreligiosos.

[6] “Hacia un Marx Desconocido: mirada desde América Latina”, conferencia expuesta en marzo de 2023. (disponible en YouTube).

[7]Dussel, Enrique: “Hacia un Marx Desconocido. Un Comentario de los Manuscritos del 61-63”, Siglo XXI, México, 1988.

[8] Marx, Carlos: “El Capital: Crítica de la economía política”, Septiembre de 1867

[9] Esto lo desarrolló más en los “Grundrisse” (fundamentos), en 1857.

[10] Carlos Marx: “Miseria de la Filosofía”, 1847.