5. CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA

“En el principio…”

La Biblia es una colección de libritos, algunos de hace más de 4,000 años. Setenta sabios israelitas seleccionaron algunos textos de entre los que circulaban y eran tenidos por revelados, y los agruparon de determinada manera formando un “corpus” unitario. A partir del cristianismo, ese “corpus” se complementó con los libros del Nuevo Testamento, razón por la cual, a pesar de ser varios libros, la Biblia pudo tener un principio (Génesis) y un final (Apocalipsis).

Las mitologías

   El género literario del Génesis es “mítico”, lo que no quiere decir, como suele pensarse, que los mitos sean falsedades (“¡Eso es puro mito!”), meros cuentos fantasiosos, a los que no habría que otorgar credibilidad alguna. Por el contrario, los mitólogos descubrieron la importancia de estos relatos: algunos mitos son registros históricos de hechos que realmente ocurrieron (como la fundación de ciudades o algunas guerras) y que para ser transmitidos fácilmente a las generaciones subsiguientes, se mezclaron con elementos “maravillosos”. Para otros, son justificaciones de leyes o de principios morales; a otros más les parecen inspirados en el remoto inconciente colectivo -sea de una cultura, sean arquetipos universales (Jung)- y finalmente, hay ocasiones en las que los relatos míticos responden a los interrogantes más profundos, situados en lugares y tiempos remotos; pero que no son pensados desde la razón lógica –como haríamos en nuestro tiempo–, sino que son construcciones legendarias o imaginativas, presentadas en forma simbólica. Recientemente, se cree que se trata de una antigua forma de pensar –que aún la mantienen actualmente algunos pueblos originarios- que denominan “sentipensar” (Freinet), que mezcla la razón y las emociones, con la ventaja de no limitar a una única manera de interpretación, sino que abren a la sugerencia. El antropólogo Bronislaw Malinovski se interesa, más que por la interpretación de los mitos, por la función que cumplen en determinada cultura: pueden servir para mantener una identidad cultural, para prevenir contra acciones inadecuadas, para fijar fecha de actividades laborales, etc.

   Así como los cuentos tienen siempre un mismo principio introductorio –“había una vez”-, los mitos suelen remitirse a los orígenes –“en el principio”-. Se trata de los “tiempos primigenios”, cuando tuvieron origen todas las cosas (“mitos etiológicos”), cuando todo era maleable: el cóndor tiene su cuello pelón porque metió la cabeza en un agujero de lava. En la Roma actual, el guía de la cárcel Mamertina muestra a los turistas un hueco en la roca de la escalera, diciendo que se debió a que San Pedro, al bajar los escalones, se golpeó allí la cabeza.

   Desde la visión mítico-teológica del Génesis, “en el principio”, en la Tierra todo estaba confundido, “revuelto”, el caos primordial: “la Tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo…” La Creación inició “poniendo orden en el caos”. Según la cosmología veterotestamentaria, la Tierra era plana, cubierta por una bóveda en la que se fijaban los astros y las estrellas. Sobre aquella bóveda estaban las aguas primordiales, y sobre dichas aguas, a su vez, estaba Dios (para hacer llover, Dios  simplemente abría “la llave de la regadera”). Desde esa visión, el principio de aquel “principio” fue la separación de la luz y las tinieblas, de las “aguas de arriba” y las “aguas de abajo”, de lo “seco” y lo “mojado” (emergieron los continentes), y después ya se dedicó a crear las obras “de ornato” (aves del cielo, peces del agua, animales de la tierra).

Los Cielos narran la Gloria de Dios”

   Dios no queda aprisionado por la medición del tiempo, sino que se mueve en un eterno instante presente. Para la gente de nuestro tiempo, el pensamiento mítico confunde, más que aclarar. Necesitamos recurrir a otro tipo de lenguaje: el de la Ciencia (¿es realmente más “verdadero”?). Para Kant, el tiempo no existe; es una mera construcción humana (un “imperativo categórico”). Si no existiera el ser humano, no habría tiempo. Los humanos no podemos pensar sin las categorías espacio-temporales, y nos gusta medirlo todo. Dios, en cambio, campea en un único instante de eternidad. ¿Y sería entonces posible, teológicamente, pensar en que Dios haya creado desde la eternidad al universo (“ab aeterno”)?  ¡Ya la filosofía escolástica se planteaba esta posibilidad! Sin pretensiones astronómicas, expongo mi fantasioso parecer:

El Universo infinito

   “Desde el principio” existía “polvo cósmico”, compuesto, quizás, por los 64 elementos químicos de la Tabla de Dmitri Mendeléyev (hasta ahora no se ha encontrado, en nuestro sistema planetario, ninguno más). Esos átomos se fueron combinando y formando moléculas, las cuales ejercían un poder de atracción de otras moléculas compatibles. Siguiendo las leyes de atracción, el cuerpo mayor atrae a otros cuerpos menores, y de esta forma, algunos cuerpos fueron creciendo con las fusiones. Quizás algunos, gracias al oxígeno, obtuvieron energía incandescente y radiaciones, que se volvieron “estrellas”, o quizás “soles” que atrajeron sendos planetas. Así se formaron conglomerados (“sistemas planetarios”) y otros mayores, llamados “nebulosas” o “galaxias”. Se calcula que en el universo existirán unos dos billones de galaxias.

    Los astrónomos observaron, además, que dichas galaxias se alejan unas de otras, deduciendo de tal observación, que originalmente habrían integrado una masa enorme. La “fuerza centrípeta” (atracción), al llegar a su máxima posibilidad, puede transformarse en “fuerza centrífuga” (repulsión), y en base a dichas leyes, formularon la teoría del “Big-Bang” -la más aceptable hasta ahora-, calculando que aquella “Gran Explosión” acaeció hace unos 15,000 millones de años. La vertiginosa velocidad de desplazamiento de las galaxias se explica aplicando la Ley de Newton, según la cual, la fuerza de un impulso inicial se conserva intacta en el vacío, mientras no haya fricción que la frene (de tierra o de aire). ¿Y quién podría negar que en ese universo infinito no se estarán formando, en algún otra parte, otros “big-bangs” similares? Además, se sabe que el 80% del universo lo constituyen los “hoyos negros”,[1] cuya “materia oculta” que podría ser simplemente vacío”, o que fuese algo que no fuera ni energía oscura, ni materia bariónica (materia ordinaria), ni neutrinos. 

“En el principio era la Palabra; y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios… Todas las cosas fueron hechas por Ella, y sin Ella nada existió de cuanto ahora existe”

CREACIÓN DE LA VIDA

  •    Nuestra galaxia –la Vía Lactea- contiene unas 300,000 millones de estrellas y siete sistemas planetarios. En una de las estrellas de dichos sistemas planetarios –nuestro Sol, una estrella “enana”-, desde hace unos 4,700 millones de años giran 8 planetas, uno de los cuales es la Tierra (“Gaia”), el “Planeta Azul”: un planeta extraordinario, con una composición química totalmente precisa para el fenómeno de la vida
  • BIÓXIDO DE CARBONO: Venus 96%; Marte 98%; Tierra 0,03%.
  • NITRÓGENO: Venus 3,5%; Marte 2,7% Tierra: 79%.
  • OXÍGENO: Venus y Marte: 0%; Tierra: 21% (si fuese el 26% se incendiarían los bosques)
  • NIVEL DE SAL: en los mares es de 3.4%. Si subiese a 6% sería imposible la vida.
  • TEMPERATURA, entre 15° y 35°, es la óptima para los seres vivos.

     Fue en este Planeta, que disfrutaba de condiciones excepcionales, en el que hace 4 mil millones de años, apareció el prodigio de la vida. Se dice que dada la inmensidad del universo, según el cálculo de probabilidades, seguramente habrá vida también en otros planetas. Otros científicos, sin embargo, consideran que nuestro planeta bien puede ser una excepción en todo el universo. En todo caso, si no se encuentra vida en nuestro “vecindario”, será imposible descubrirla, dadas las distancias inconmensurables medidas en años luz.

  • Si el Verbo creó todas las cosas, no las hizo como un artesano, produciéndolas cosa por cosa, ya bien acabadas; más bien, la creación es la puesta en marcha de un proceso, dotado de una misteriosa teleología, que una vez desencadenada, marcha por sí misma.
  • Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955): Fue un religioso jesuita, paleontólogo, filósofo y -para algunos- quizás teólogo, quien aportó una visión original a la teoría de la evolución. Reconoce una evolución lineal; pero con saltos cualitativos, entre tres esferas: la “Geósfera”, la “Biósfera” y la “Noosfera”, hasta llegar al “Punto Omega” o Antropósfera, propia de la vida social: “una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia” (tema que desplazaremos para más adelante), y finalmente, la “Cristósfera”. Si el proceso evolutivo marcha por su propio camino, en buena parte azaroso, Chardin piensa que se habría requerido una intervención especial de Dios para el paso de una esfera a otra.
  • La vida no es explicable sin las sustancias orgánicas. Por tanto, la primera etapa del origen de la vida fue la formación de esas sustancias básicas. En ellas, el elemento fundamental es el carbono: los seres orgánicos, calentados a altas temperaturas, arden, y si no encuentran aire, se carbonizan. Esta sustancia puede combinarse con otros elementos: con el hidrógeno y con el oxígeno (el agua) y también con nitrógeno, azufre, fósforo, etc. ¿Cómo pudieron formarse las moléculas orgánicas, si, por lo que sabemos, estas moléculas se forman a partir de materias orgánicas precedentes, y estas no existían? En algunas estrellas se genera carbono en altísimas temperaturas (7,000°), lo que genera átomos disgregados; pero en la Tierra faltaban elementos propios de la vida.
  • Un descubrimiento importante fue el estudio de la composición química de los meteoritos que caen en la Tierra. Su composición es similar a lo que se encuentra en el interior de nuestro Planeta (indica un origen común), y fácilmente contienen carbono, a veces combinado con metales. En algunos meteoritos se encontraron los hidrocarburos (hidrógeno y carbono) y otros minerales que aquí no existían. De ellos pudieron derivarse las primeras proteínas, y de allí surgir la vida, primeramente en el mar.[2]
  • Hay que advertir aquí sobre algo totalmente excepcional: todo el universo tiende hacia la “entropía”, es decir, todo concurre a la inercia, al desorden, al caos, al reposo. Pero únicamente la vida evoluciona de lo simple hacia formas cada vez más complejas y orgánicas, a contracorriente de todo lo demás.
  • La estrategia de la vida, desde su comienzo, fue evolucionar hacia la biodiversidad. Gracias a esto es cómo los organismos han podido irse adaptando a las cambiantes condiciones ecológicas y medioambientales: Ante un serio cambio medioambiental, las especies afectadas, al reproducirse, generan entre su descendencia, continuas “anomalías” genéticas, algunas de las cuales se adaptan mejor que las demás a las nuevas condiciones, y a través de descendiente abortivos es como la especie sobrevive. Así se fueron diversificando los seres vivos, adaptándose al aire, al agua y a la tierra, después de procesos milenarios (un ejemplo, los grandes reptiles o “dinosaurios”, cuando había mucha vegetación y que fueron disminuyendo en tamaño conforme el alimento faltaba.

Preguntas:

  1. ¿Qué opinas teológicamente sobre la hipótesis de que Dios haya creado el universo desde toda la eternidad?
  2. ¿Tienes algunas dudas si la teoría de la evolución sea contraria a la fe o a la razón?
  3. ¿Crees necesarias intervenciones divinas extraordinarias para los pasos evolutivos de la materia a la vida, de la vida a la inteligencia y de la inteligencia a la vida humana social?
  4. En tu oración de hoy, haz un acto de admiración y adoración sobre el “Dios creador del cielo y de la tierra”.

[1] Su nombre hace referencia a que no emite ningún tipo de radiación electromagnética (como la luz). ​ Su existencia se infiere a partir de sus efectos gravitacionales en la materia visible, tales como las estrellas o las galaxias.

[2] La teoría más aceptada hoy sobre el origen de la vida, la atribuye a polímeros y aminoácidos, con préstamos de átomos de oxígeno y ayudados por la energía del sol.

Regresar al índice

4. EL DIOS EN QUIEN NO CREO[1]

Entre quienes proclamamos nuestro credo, utilizando, incluso, las mismas palabras, encontramos adoradores que, en realidad, creen en dioses diversos -incluso guerreando entre sí-. Hablando con más precisión, circulan entre creyentes diversas imágenes de Dios. Cada persona -aún entre los mismos católicos- tenemos nuestra propia imagen de Dios. Será, pues, conveniente, “deconstruyamos” nuestra imagen personal de Dios para, una vez detectada, poder “reconstruir” otra imagen más conforme a la revelación. Presento un decálogo con mi “anticredo”, desenmascarando algunas de estas imágenes desfiguradas de Dios que por ahí circulan:

  1. No creo en un dios titiritero

Un dios algo caprichoso, que moviera a su antojo las piezas de un juego, es decir, que moviera personas y acontecimientos como sus títeres. Un dios así sería un dios cruel y arbitrario: racista, sexista, clasista, insensible a las víctimas de la injusticia. Un dios que se dejaría sobornar… ¿a cambio de qué? ¿De una veladora? ¿De una peregrinación a algún santuario? ¿De sufrimientos infligidos voluntariamente? Ese dios estaría sujeto a las necesidades, caprichos o de intereses mezquinos de sus devotos, según la lógica mercantil “do-ut-des” (te doy, para que me des).

  • No creo en un dios relojero

Mirando la armonía del Cosmos, Aristóteles y otros antiguos filósofos dedujeron la existencia de Dios. Según algunos apologetas, negar la existencia de Dios, suponiendo un mundo regido como un reloj -complicado, preciso, exacto-… y que, sin embargo, se hubiera hecho solo, sin relojero. La argumentación aristotélica continúa: siguiendo una concatenación de causalidades, sería impensable prolongar dicha concatenación al infinito, teniendo, por tanto, que concluir en la necesidad una Causa Primera, una causa-incausada. La lógica del Filósofo es inobjetable; pero al dios al que se así se llega, sería simplemente el “motor inmóvil”: un dios abstracto, existencia pura, sin cualificación. Quizás la ciencia llegue algún día a responder sobre el cómo de la creación; pero no habrá respuesta sobre la gratuidad del “por qué” de ella.

  1. No creo en un dios “genio de la lámpara de Aladino”

El dios de la magia, el de los brujos y chamanes, que mediante ciertos ritos impactantes, se apoderan “indefectiblemente” de las fuerzas naturales actuantes en la realidad, y una vez que lograran hacerlo, podrían obligarlas a producir los efectos demandados, aunque se tratase de meros caprichos de sus clientes, sin atender a la bondad o maldad de los mismos. Hay algunas reminiscencias de esto en ciertas devociones (recitando determinada oración y determinadas repeticiones, cual fórmula mágica), en secuencia de ciertos ritos y ejecutados en ciertos días y horas (p.ej., los martes a las 12 de la noche), se obtiene indefectiblemente  lo demandado. Esta concepción de divinidad mágica parece estar retornando en la esoteria y la paraciencia, renombrando aquellas “fuerzas naturales” como “energía magnética”; o regresa también en la milagrería pentecostal de fenómenos supuestamente místicos: la “glosolalia” o el “don de lenguas”.

  • No creo en un dios neutral

Dios, es verdad, “hace salir el sol sobre buenos y malos”. Lo cual no quiere decir que no tome partido, ni que sea un simple “referi”. Sería blasfemo considerar que dios legitime el injusto “status quo” imperante, con sus estructuras de violencia y corrupción, o que solapase otros intereses inconfesables. En nuestras sociedades disimétricas, en las que los poderosos se aprovechan de los débiles e indefensos, Dios toma partido. El Abbá de Jesús es el Dios de los pobres, de las víctimas, y no de los poderosos victimarios; aunque presuman sus rosarios o pectorales enjoyados. Esto no quiere decir que Él intervenga directamente en la historia, impidiendo abusos. Dios no es indiferente; pero se arrodilla ante la libertad humana; aunque le pesen las consecuencias. Justamente envió a su Hijo para transformar esta situación; pero operando a través de los esfuerzos de los militantes y desde la condición de una libertad debilitada por el pecado.

  • No creo en un dios idolátrico

No creo en esos dioses fabricados por los humanos, a imagen y semejanza de sus arbitrariedades. Precisando: se tratarían de los ídolos, los cuales no son sólo aquellas estatuillas -algunas no carentes de excelsa belleza y otras, simplemente de forma alegórica- en las que muchos pueblos significaron sus valores más preciados, y cuyo fetichismo, por cierto, no era tan burdo como a veces se suponía. Los ídolos a los que ahora me refiero, son los ídolos modernos, a los que sacrificamos nuestra salud, nuestro descanso, nuestra familia, nuestras amistades, nuestra felicidad… e incluso, nuestra conciencia. Son dioses que reclaman de sus devotos la adoración ciega: los ídolos de “el tener, el poder y el placer egoísta”. Estas hechuras humanas se hipostasían (asumen forma humana), se combinan con pequeñas omisiones, indiferencias, egoísmos y ambiciones de unos con otros, dando lugar a las poderosas “estructuras de pecado”.

  • No creo en un dios “opio del pueblo”

Un dios celoso, cuya adoración oscurece el compromiso de transformar esta tierra, la cual es vista como un “valle de lágrimas”, por la que no vale la pena que los creyentes pierdan su tiempo en mejorarla, pues las penurias humanas son sólo pasajeras y serán recompensadas en el Cielo -la “verdadera patria” celestial-. No creo en ese dios “corazón de un mundo sin corazón”, quien, a lo más, “se adorna, poniendo florecitas en las cadenas[2], y que finalmente, colabora a que estas no se rompan. Tampoco creo en un dios que niegue las tendencias biófilas y el gozo del vivir, pidiendo sacrificios ascéticos y que recela siempre de cualquier placer. Ese dios, diría Nietzsche, “ha muerto”.

  • No creo en un dios juez severo

No creo en esa deidad que se la pasa examinando con lupa lo que hacen sus creaturas, para detectar cualquier transgresión que merezca enviarlas al infierno. Ese dios controlador “que ve una hormiga negra sobre una piedra negra, en medio de la noche más negra”. No creo en ese dios moralizante, que castiga la satisfacción de fuertes tendencias que él mismo puso en el corazón humano.

  • No creo en un dios lejano

Un dios “ocioso”, lejano, indiferente a lo que hagamos los humanos, pues se autocomplace a sí mismo, por lo que ni premiará, ni castigará, pues la conducta moral de los humanos, simplemente no le interesa.

  • No creo en un dios antropomórfico

Solemos imaginar a Dios como si fuese una persona humana, es decir, con sentimientos y pasiones. Así decimos que Dios llora, que Dios se entristece, que Dios se arrepiente, que Dios se contenta… Dios es espíritu, y los sentimientos radican en el ámbito cerebral corporal (aunque algunos sentimientos se pueden espiritualizar). Los sentimientos son pasajeros, y por tanto, implicaría que Dios muda de estado anímico, con lo cual ya no sería un “eterno”, ni “inmutable”. A veces, los devotos aconsejan a Dios, le indican las dádivas que más les convienen a ellos y lo tratan de convencer, e incluso, de sobornar (con “mandas, promesas, ofrendas) o chantajear (exponiéndole sufrimientos o sacrificios voluntarios para moverlo a compasión). Un dios así sería un dios sádico, a quien le gusta ver sufrir a sus hijos y les condiciona el otorgamiento de su benevolencia a esos dolores suplementarios o accesorios a las -de por sí- difíciles condiciones de vivir. No creo, pues, en un dios comprensible para el minúsculo entendimiento humano ya que, si lo fuera, seríamos superiores a Él; siendo el Trascendente, el Misterio insondable, no lo podemos abarcar.

  1. No creo en un dios meramente trascendente o meramente inmanente

La trascendencia de Dios, enfatizada por el judeocristianismo y el islam, tiene la ventaja de reconocer la plena autonomía de las realidades terrenales, lo cual favoreció a la modernidad secularizada. Dios es “el Otro”, el que está “más allá” de la Creación. Es verdad que, de quedarnos copn este solo atributo, se puede derivar en la idea de un dios lejano, que habitara en un plano supraempírico, del que, incluso, podríamos prescindir. En cambio, la inmanencia de Dios, enfatizada por Oriente y que ahora va incursionando en nuestros ambientes, nos hace sentirnos como parte del Cosmos y vincularnos a la totalidad; pero de quedarnos en este, podríamos identificar a ese Dios con la energía cuántica del Universo. El Dios en quien creo, es al mismo tiempo, el Tú, con quien puedo comunicarme, relacionarme y sentirme amado por Él, el “Otro”, más allá de todo lo creado; pero no indiferente a nuestro ser de creaturas. Al mismo tiempo, es la misma intimidad de nuestra propia esencia. Al comunicarme con esa interioridad, me conecto con todo lo existente; pero siempre es un Dios que se halla más allá…

Preguntas:

¿Podrías añadir otros dioses en los que no crees tú?


[2] Carlos Marx: “Miseria de la Filosofía”, 184


[1] Ideas expuestas en el libro “La Idea de Dios en Guadalajara”, editado por  Celina Vázquez Parada y Wolfgang Vogt, Universidad de Guadalajara, 2011, pp 233 a 235.

Regresar al índice

3. DIOS, PADRE TODO PODEROSO

Dios y sus imágenes

  • Buena parte de nuestra conducta, de nuestras acciones y de nuestro quehacer en el mundo, dependen de la imagen que tengamos de Dios. No existe un solo Dios, sino una multitud de dioses, o mejor, de “imágenes” de Dios que circulan, se contraponen y luchan entre sí. Nuestra vida responde a la imagen que tengamos de Dios. Es conveniente, por tanto, que revisemos la imagen que tenemos de Dios, para “deconstruirla” y luego “reconstruirla” sobre bases más concientes.[1]
  • La búsqueda de esta imagen ha sido preocupación de la humanidad durante largos años de su historia, y se cristalizó, posteriormente, en diversas religiones. En cierto sentido, todas las religiones (aceptación del Incomprensible) son “verdaderas”; aunque todas ellas –incluyendo la cristiana- sean simples balbuceos, aproximaciones, que nunca podrán coincidir o adecuarse totalmente con aquella insondable realidad.

Origen de las religiones

  • Las formas más elementales de la vida religiosa no iniciaron con la creencia en Dios. Parece ser que, originalmente, lo que existió fue cierto sentimiento vago y difuso: lo “sagrado”, lo “santo”, el “Mysterium tremendum”, que abruma e intimida; que nos sobrecoge por su poder y grandeza, ante lo cual nos sentimos insignificantes y vulnerables “seres de creatura”. Esa intuición de lo “sacro” se contrapone con lo “profano” (“sacro / profano” es la oposición más radical y más primitiva, anterior a cualquier otra contraposición). Lo “profano” es el extenso ámbito de nuestras realidades cotidianas y utilitarias.
  • La intuición del “Misterio” (lo oculto, lo ignoto, lo trascendente), surge ante experiencias de una realidad inexplicable[2]. Imaginemos como ejemplo, un rayo: hace 200,000 años, en algún clan primitivo, seguramente habrían caído muchos rayos; pero fue determinado rayo -así como los subsecuentes fuego e incendió provocados en la pradera – que impactó a cierto miembro del clan, provocándole un sentimiento de “pavor” (esa forma de temor exclusivo de lo mistérico). Al tratar de comunicar ese sentimiento a sus demás compañeros, lo que único que pudo hacer fue balbucear una expresión onomatopéyica (¡purruuuuum!)[3]. Cuando, posteriormente, ante otro rayo similar, los miembros de aquel clan recordaron a su compañero “apánicado”, ya lo nombraron simplemente “Purrum” (con mayúscula). Una concatenación: partiendo de un evento real, se pasó a una omatopeya para su verbalización, de ahí a una expresión, luego un nombre, luego su conversión en un ser y finalmente, su sacralización. No se trataba, sin embargo, de ningún “númen” personificado, sino de una misteriosa fuerza ominabarcante, que se concretizaría en entidades, sucesos, personalidades, dioses, etc., algo revestido de poder y capaz de realizar efectos maravillosos, cuando algún “actante” (un chamán, un guerrero, un rey) se apoderase de aquella fuerza y la someta a su voluntad, surgiendo así la magia.
  • Los investigadores discuten si en el origen de las religiones estuvo en la divinización de algún fenómeno de la naturaleza (rayo, sol, árbol, montaña), o si dicha experiencia primordial haya sido el “anima”, relacionada con el fenómeno de los sueños: antes de que los primitivos distinguieran entre el sueño y la vigilia, se pensaba que por las noches, algunos viajaban a otros lugares. Muy pronto esa idea tuvo que ser corregida (los compañeros de la cueva se quejarían de que aquel se pasó la noche roncando). Entonces supusieron que cada persona tenía dos componentes: durante el sueño, el cuerpo permanecía roncando en el piso, mientras que su otro componente -el “ánima”- salía por la nariz, para vagabundear. Resulta que en una ocasión, al regresar el ánima al cuerpo, lo encontró muerto, y por tanto, sin poder regresar a aquel cuerpo inerte… y quedó vagando, convertido en “espíritu”. Cuando ya el espacio onírico estaría demasiado poblado de espíritus –algunos de amigos y otros de enemigos- para congraciarse con todo aquel innumerable mundo de entes etéreos, habrían dado comienzo los rituales funerarios, y de allí, a la religión.

Origen de la palabra “Dios”

  • Con el advenimiento de las grandes civilizaciones, entró en escena la palabra “dios”. Para entender su origen, los lingüistas recurrieron a las etimologías: el sanscrito es uno de los lenguajes más antiguos, que fue hablado por los pueblos indoeuropeos (una pluralidad de sociedades desplazadas en una extensa área geográfica extendida, de la India, los pueblos germánicos, eslavos, grecorromanos, hasta los francos y los celtas). La palabra original “dios” habría sido, según dichos investigadores, “Dyaus” o Thíaus” (el empíreo diurno), que se convirtió en el latino “Deus” y en el griego “Theus” (Zeus, dios del trueno, padre de los dioses); pasa a  “Theo” o “Teo” (teología), “Tío” (germánico), Dio, Dya, Día (el empíreo diurno).[4] Como quiera que fuese el proceso, fue deviniendo en el “politeísmo”, con sus teogonías, producto de Imperios divinizados, pueblos confrontados, divinización de actividades esenciales de la colectividad o de fenómenos naturales… Todas aquellas deidades fueron creadas por los humanos, “a su imagen y semejanza” (con sus mismos vicios, pasiones, crimines, adulterios, etc.)

El Dios judeo-cristiano

  • En la región semita, nuestro Dios llamó a Abram, un habitante de Ur de los caldeos, revelándole por primera vez, su existencia como “único Dios verdadero”, revelación que transmitió a su descendencia, Jacob e Isaac, pactando con él, que si se comprometía a “creer”, (confiar) en Él, lo haría padre de un gran pueblo y además, le prometió una tierra fértil para su descendencia. Abram le transmitió esa alianza y esa promesa a sus descendientes Jacob e Isaac. Cuando por azares del destino, ese “pueblo de Dios” se instaló en Egipto y más tardé quedó fue objeto de dura esclavitud en Egipto, se comunicó con Moisés, en el anuncio de liberación para los esclavos hebreos, con el nombre de Yahvé -“Yo soy el que soy”-, es decir, el Existente, de quien ni siquiera era lícito pronunciar su nombre: un dios sin nombre y sin imagen, que se “revela” como presente, en la invitación a un proceso libertario.[5] Sin embargo, Yahvé sigue siendo incognoscible; presente, tan sólo, en la historia; es Dios de quien –según la teología negativa- sólo podríamos afirmar lo que no es (incognoscible, infinito, inmortal, impecable, inefable, etc.).
  • Para saber quién sea nuestro Dios, el evangelista Juan nos dejó una frase clave: “A Dios nadie lo ha visto jamás. Es la Palabra (el “Verbum”), quien nos lo dio a conocer” (Jn, 1, 18). Jesús es la manifestación visible del Dios invisible”, de modo quesolamente a través de Jesús es como conocemos a Dios… y no tanto por sus enseñanzas, cuánto por sus obras. De ahí que sea tan importante saber con quiénes se juntaba, de qué hablaba, qué le molestaba, etc.).[6]
  • Nuestro “Credo” reconoce en Dios dos atributos aparentemente contrarios: “Padre” y “Todopoderoso.” Por ahora quedémonos con el primer atributo –Padre-: el Dios en quien creo, es un Dios infinitamente bueno, compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a perdonar, de quien sabemos nos comprende y nos ama incondicionalmente (San Juan lo llamó el “Amor”).
  • Un padre que cree en nosotros, que respeta nuestra libertad, y quien para enmendar aquella primera elección fallida de nuestros primeros ancestros, nos envía a su Hijo mismo, encomendándole remediar las consecuencias de aquel error; aún al precio de su muerte: pero que nos resucita en el Hijo para comunicarnos su vida eterna misma.

   Es el padre, que sale al encuentro del hijo pródigo, quien le había exigido su herencia (como si lo considerase ya muerto) y tan pronto su padre le entregó lo que podría corresponderle, se fue de la casa paterna, casi sin despedirse; pero que las desventuras, a distancia, le hicieron ver quién era realmente su padre, mejor que su hermano, “bien cumplidito”, que nunca se separó de él.  Aquel hombre, que cada tarde subía a la azotea para otear el camino para ver si regresaba su hijo, en quien nunca dejó de “esperar” (en espera y esperanza), y que al reconocerlo, sale a su encuentro, lo abraza, lo colma de cariño y lo comprende, sin siquiera permitirle disculparse.

  • Personalmente, me parece que quien expresa mejor la inmensa comprensión y misericordia de Dios es San Juan. Poniendo el ejemplo del amor que Jesús nos dio -de entregarnos su vida-, y recomendando que también para nosotros, el amor a los hermanos es entregarles vida, compartiendo lo poco que tengamos con quienes tienen más carencias, dice que esto es “amar de verdad y no sólo de palabras”, y en ese contexto desarrolla esta idea tranquilizadora:

“En eso conoceremos que somos de la verdad, y delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo. Si nuestra conciencia no nos remuerda, entonces, hermanos míos, nuestra confianza en Dios es total” (I Jn, 3, 19-20)

Preguntas:

  1. Detecta algunas imágenes de Dios que circulan en tu ambiente. ¿Podrías explicitar la imagen de Dios que tienes tú?  
  2. Los pueblos indoeuroperos, para nombrar esa realidad trascendente y absoluta, utilizaron la palabra “Dios”; San Juan Evangelista lo llamó el “Amor”, R Otto lo llama el “Misterio”; Jesús lo llamaba “Abbá”, San Juan de la Cruz lo llamaba “Esposo”, a Moisés Él mismo lo llamó Yahavé (“el que existe”),etc  ¿Cómo lo llamarías tú a Dios”? ¿Qué nombre utilizas para relacionarte en tu oración con Él –o con “ella”-?
  3. Al revisar con cuidado la vida de Jesús, ¿Qué cualidades o actitudes de Dios-encarnado te parece que la vida de Jesús nos reveló?
  4. ¿Recuerdas alguna ocasión en la que el Padre te manifestó su rasgo amoroso?

[1] Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[2] Se podría calificar de “sobre-natural”; pero esto es inexacto, pues supondría ya el dualismo, propio de las religiones del Neolítico.

[3] Cassirer, Ernst: “Filosofía de las formas simbólicas” (1925)

[4] Durkheim: “Las formas elementales de la vida religiosa” (o. c.). Otro ejemplo del sanscrito: “Ingni”= fuego. “Agni”= dios del fuego

[5] La escritura hebrea sólo cuenta con las consonantes; las vocales se escriben como puntitos en determinadas alturas. Ya que la Y y la J son el mismo sonido, y que la H es aspirada, YaHaVe y JeHoVa es lo mismo. Posteriormente, se prohibió pronunciar el nombre de Dios, y cuandoera necesario, lo hacían al revés: (“Adonay”).

[6] En las traducciones de la frase de San Juan, se menciona al Verbo como “Hijo”, diferente a “Dios”, en alusión al misterio de la Santísima Trinidad, del que volveremos hacia el final del “Credo”.

Regresar al índice