- La fe no se reduce a la disposición de aceptar racionalmente enunciados “aunque no los comprendamos”. Eso sería una “fe ciega”, que pudiera llevarnos a absurdos o adhesiones irracionales. En este sentido, para el racionalismo positivista del siglo XVII (Comte), no hay que aceptar nada que no sea rigurosamente constatable (ver, tocar) o comprobable. La fe sería “la infancia de la humanidad” (Freud). Es verdad que la fe también requiere del intelecto -al menos, saber que no haya repugnancia racional en alguna proposición-; que al menos, sea verosímil, o propuesta por testimonios creíbles (un testigo ocular, desde un lugar apropiado y en estado mental sano). Una vez supuesta esta prudente y voluntaria adhesión de fe, se recurre al intelecto para profundizar en lo creído y convertirlo, así, en cuestión teológica o en convicción (“fides quaerens intellectum”: una fe que busca al intelecto).
- Pero creer es algo más que un objeto desafiante al intelecto. Es la presencia de alguien que despierta en nosotros confianza y que nos invita para un proyecto o una causa. Nosotros nos confiamos a él (le entregamos nuestros proyectos personales o incluso, nuestra vida misma), puesto que su persona nos ha dado muestras de que es “confiable”. Quizás se trate de un médico (“le tengo fe a este doctor”), de un líder político (le creo, puedo confiarle mi apoyo), de algún familiar: la abuela sabia, que sabe dar consejos, que ha pasado por situaciones similares a las que estoy vivo y que sé que me quiere; o bien el cónyuge, que nos amamos; aunque tenga defectos o que ha habido ocasiones en que me perjudicó; pero que, “a pesar de todo”, lo sigo amando y sigo esperando su mejoría).
- Creer en la Sagrada Escritura, creer que lo que dice la Biblia es verdad, no significa tanto aceptar como ciertos todos y cada uno de sus enunciados, sino porque, fundamentalmente, que lo que dice sucedió realmente: el judeo-cristianismo es una religión profética, es decir, histórica. Para el cristiano, tener fe, creer en la palabra de Jesús, es apostar la vida por lo mismo que Él vivió y por lo que Él murió: su pasión por la causa del Reino, la cual, a veces, puede concretizarse la exhortación de percibir las necesidades de los demás, compadecerlos y tratar de hacer lo que esté de nuestra parte por remediarlas, aún que en esto nos vayan fuertes sacrificios.
- La mitología
Habrá que decir algo acerca de los mitos. Contra lo que suele pensarse, los mitos no son falsedades -“eso es puro mito”, o sea, “puros cuentos de viejos crédulos”. Al contrario, algunos mitos suelen encerrar verdades profundas; justificaciones de algunas instituciones o costumbres ancestrales, o acontecimientos verdaderos, relatados en esa modalidad narrativa que -incluso actualmente- es propia de algunas culturas o de los “pueblos originarios”: lo que algunos llaman “sentí-pensar” (Freinet), es decir, no un pensar totalmente “racional”, sino mezclado con emociones, símbolos o alegorías, como también existen en la biblia.
Preguntas:
- ¿Qué entiendes por “fe”?
- ¿Qué condiciones se necesitan para creer?
- ¿Qué consecuencias me implica “creer”?
- ¿En qué verdades del Credo no crees? ¿Por qué?