2. CREO

  • La fe no se reduce a la disposición de aceptar racionalmente enunciados “aunque no los comprendamos”. Eso sería una “fe ciega”, que pudiera llevarnos a absurdos o adhesiones irracionales. En este sentido, para el racionalismo positivista del siglo XVII (Comte), no hay que aceptar nada que no sea rigurosamente constatable (ver, tocar) o comprobable. La fe sería “la infancia de la humanidad” (Freud). Es verdad que la fe también requiere del intelecto -al menos, saber que no haya repugnancia racional en alguna proposición-; que al menos, sea verosímil, o propuesta por testimonios creíbles (un testigo ocular, desde un lugar apropiado y en estado mental sano). Una vez supuesta esta prudente y voluntaria adhesión de fe, se recurre al intelecto para profundizar en lo creído y convertirlo, así, en cuestión teológica o en convicción (“fides quaerens intellectum”: una fe que busca al intelecto).
  • Pero creer es algo más que un objeto desafiante al intelecto. Es la presencia de alguien que despierta en nosotros confianza y que nos invita para un proyecto o una causa. Nosotros nos confiamos a él (le entregamos nuestros proyectos personales o incluso, nuestra vida misma), puesto que su persona nos ha dado muestras de que es “confiable”. Quizás se trate de un médico (“le tengo fe a este doctor”), de un líder político (le creo, puedo confiarle mi apoyo), de algún familiar: la abuela sabia, que sabe dar consejos, que ha pasado por situaciones similares a las que estoy vivo y que sé que me quiere; o bien el cónyuge, que nos amamos; aunque tenga defectos o que ha habido ocasiones en que me perjudicó; pero que, “a pesar de todo”, lo sigo amando y sigo esperando su mejoría).
  • Creer en la Sagrada Escritura, creer que lo que dice la Biblia es verdad, no significa tanto aceptar como ciertos todos y cada uno de sus enunciados, sino porque, fundamentalmente, que lo que dice sucedió realmente: el judeo-cristianismo es una religión profética, es decir, histórica. Para el cristiano, tener fe, creer en la palabra de Jesús, es apostar la vida por lo mismo que Él vivió y por lo que Él murió: su pasión por la causa del Reino, la cual, a veces, puede concretizarse la exhortación de percibir las necesidades de los demás, compadecerlos y tratar de hacer lo que esté de nuestra parte por remediarlas, aún que en esto nos vayan fuertes sacrificios.
  • La mitología

    Habrá que decir algo acerca de los mitos. Contra lo que suele pensarse, los mitos no son falsedades -“eso es puro mito”, o sea, “puros cuentos de viejos crédulos”. Al contrario, algunos mitos suelen encerrar verdades profundas; justificaciones de algunas instituciones o costumbres ancestrales, o acontecimientos verdaderos, relatados en esa modalidad narrativa que -incluso actualmente- es propia de algunas culturas o de los “pueblos originarios”: lo que algunos llaman “sentí-pensar” (Freinet), es decir, no un pensar totalmente “racional”, sino mezclado con emociones, símbolos o alegorías, como también existen en la biblia.

Preguntas:

  1. ¿Qué entiendes por “fe”?
  2. ¿Qué condiciones se necesitan para creer?
  3. ¿Qué consecuencias me implica “creer”?
  4. ¿En qué verdades del Credo no crees? ¿Por qué?

Regresar al índice

Deja un comentario