1. CREDO

  • El mundo comenzó el año 2024 con una población de 8,204 millones de personas, entre las cuales, había 1,390,000,000 de católicos (13 millones más que en 2023), si bien, porcentualmente, disminuimos un 0,06%, (los católicos representamos actualmente el 17,7% de la población mundial). Desde que Jesucristo fundó su Iglesia hasta la fecha, la Iglesia ha cambiado mucho; pero al mismo tiempo, sigue siendo la misma. ¡Cuántas teologías, cuántos movimientos apostólicos, cuántos institutos religiosos, ¡cuántas razas, culturas, ritos, ensayos pastorales!… Sin embargo, continuamos cohesionados en la unidad de una fe común. La Iglesia cree que esto se ha logrado gracias a que todos los católicos proclamamos este “corpus doctrinal” común , síntesis de nuestras creencias más importantes; que dicha síntesis sigue siendo un buen resumen de nuestra fe; que es compartido por todos- El “Creado” nos da identidad, en medio de tanta diversidad. ¿Será realmente así en el siglo XXI y en nuestros países latinoamericanos?  
  • Aceptemos, por lo pronto, esta suposición. De una u otra forma, en nuestras reflexiones teológicas seguimos remitiéndonos explícita o implícitamente a este “corpus”, que denominamos nuestro “kerygma” (κήρυγμα= “anuncio”, “proclamación”), un género literario bíblico presentado como “el anuncio de una “Buena Noticia” (Evangelio).​ Se supone que tenemos un núcleo que identifica a los cristianos para cualquier tiempo y lugar, según el adagio de Vicente de Lerinis: “Quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus credatur” (“lo que se ha creído desde siempre, en cualquier lugar y por todos”), aunque ahora ya no se tache tan fácilmente de “herejes” a cualquier disidente. El kerygma es suficientemente flexible para que pueda ser reinterpretado en diferentes tiempos, lugares y teologías, a condición de mantener un punto de referencia común.
  • En el Nuevo testamento ya existían algunas fórmulas kerygmáticas iniciales: San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, enuncia una fórmula que se repite, más o menos igual, en varios lugares de este libro (Hch. 2, 22-25 / 3, 12-15 / 4, 8-10/ 5, 30-32):

“Israelitas, oíd estas palabras: A Jesús el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros por los milagros, signos y prodigios que realizó Dios a través de Él entre vosotros (como bien sabéis), lo matasteis clavándolo por manos impías, entregado conforme al designio previsto y aprobado por Dios. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte…” 

  • En este discurso, propagado reiterativamente por los apóstoles mismos, según los “Hechos de los Apóstoles”, se enfatizan algunos elementos:
    • Presentación de Jesús, como acreditado por Dios, mediante signos y prodigios.
    • Increpa a los judíos (sus autoridades): USTEDES lo mataron, entregándolo a los paganos para crucificarlo.
    • Dios mismo tomó partido: no por las autoridades, sino por Jesús mismo, resucitándolo de entre los muertos
    • Nosotros somos testigos de esto (su palabra acredtada)
  • Sobre el este “kerygma” inicial, se fueron complementando los dos “Credos” tradicionales:
SÍMBOLO DE LOS APÓSTOLES   Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. AménCREDO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO   Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, De todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Seño, Jesucristo, Hijo único de Dios, Nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.   Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.   Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.   Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Fuente: Compendio del CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n° 33

 El “Símbolo de los Apóstoles”. En los primeros años del cristianismo, al “kerygma” anterior se le fueron añadiendo otros enunciados, para complementar el “corpus” básico de la fe. Este Símbolo goza de la autoridad de San Ambrosio, obispo de Milán (c 340), quien afirmó que «es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de los Apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común.» Lo considera, además, como resumen fiel de la fe de los apóstoles. Será ésta la fórmula que tomaremos como base en el presente Curso.

  • Entre los siglos II y III hubo algunos compendios o resúmenes oficiales, testimoniados por los Padres Apostólicos y los apologetas, que dejaron entonces la forma histórica, y asumieron la forma abstracta propia de la dogmática (principalmente, fórmulas trinitarias y cristológicas). En aquellos siglos, la comunidad cristiana estaba compuesta mayoritariamente por griegos, y la filosofía más popular de la Grecia de entonces era una forma del platonismo -el “neoplatonismo”-, cuyo principal promotor fue Plotino. Este  filósofo griego nació en Egipto, en el siglo III, autor del libro “Enneades”. Su síntesis se basa en el idealismo platónico (las Ideas absolutas y eternas, de las que participaban los entes concretos de forma degradada), incorporando también elementos cristianos y orientales. Los discursos de aquellas corrientes griegas estaban llenos de símbolos cósmicos y de fórmulas bimembres (de dos partes): “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios  verdadero”.
  • Ese fue el ambiente de los concilios Niceno (325) y Constantinopolitano (381). La principal necesidad que tenían los cristianos del siglo IV, era conocer el Misterio de la realidad íntima de Jesucristo IV. Esa curiosidad explicable les incentivaba una ardiente búsqueda –“fides quaerens intellectum” (la fe en busca de la razón, y la razón que clarifica la fe)-, realizada en un ambiente de bastante libertad, en el que circulaban especulaciones (algunas más importantes que otras). Los Padres Conciliares pretendían encontrar proposiciones claras que pudieran hacerse consensuar a la cristiandad y para ello, tacharon de “herejes” a sus contrarios. Un par de ejemplos:
  • Arrio(256-336) postulaba un solo principio divino -el Padre-, cuya primera creatura habría sido Cristo, quien no gozaba de divinidad y cuya misión habría sido la creación del mundo (una especie de Demiurgo platónico).
  • Pelagio(c 354), nacido en alguna isla británica, fue un monje virtuoso que nunca llegó a ser clérigo. Fue perseguido duramente por algunos sectores de la Curia Romana que gozaban de muchos simpatizantes (incluso, de San Agustín mismo), y fue ese sector el que acusó a Pelagio de hereje. Sus doctrinas tenían que ver con el “pecado original”, que más que “culpa”, sería cierto desorden con el que ya se nacía y que no merecería el infierno; mientras que la interpretación de sus adversarios parecía negar el libre arbitrio. Éstos, incluyendo a San Agustín de Hipona, afirmaban no el dicho “pecado” no se podía entrar al Cielo, por lo que había que bautizar a los niños lo antes posible.
  • Actualmente, hay mucho interés entre los especialistas sobre los símbolos de la fe en la Iglesia primitiva. N.D. Kelly, [1] afirma no haber encontrado evidencias de que en los tiempos del Nuevo Testamento existieran credos estereotipados intocables; pero parece que ya en el tiempo apostólico hubo un cuerpo doctrinal definido, vinculado al rito bautismal.
  • Entre los siglos II y III ya hubo compendios o resúmenes oficiales, testimoniados por los Padres Apostólicos y apologetas, principalmente fórmulas trinitarias y cristológicas, las cuales, más bien parecen ser compendio de la teología popular de entonces (el Espíritu Santo y la Virgen María). El segundo Credo comenzó a formularse en el Concilio de Nicea (365), con la presencia del emperador Constantino), y ya con esta versión se recitaba en la liturgia de Antioquía a finales del siglo v, y en Constantinopla desde 511. El III Concilio de Toledo (589), lo oficializó para toda la cristiandad y lo introdujo en la liturgia. Cuando Carlomagno convocó un Concilio en Aquisgrán (809) quiso obtener la aprobación papal de la decisión conciliar de incluir en él la cláusula “Filioque”;[2] pero el papa León III se opuso y sugirió no incluir este Credo en la celebración de la misa. No fue sino hasta 1014, con motivo de su coronación de Enrique II como emperador del Sacro Imperio Germánico, que el Papa Benedicto VIII Aprobó la recitación del Credo en la misa. En este Curso, nos referiremos a él cuando sea necesario.
  • Actualmente, el Credo Niceno-Constantinopolitano es aceptado por todas las Iglesias orientales (incluso las Ortodoxas); también lo aceptan las Iglesias Reformistas de Occidente: la Iglesia Anglicana actual autoriza tres credos: el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, el Símbolo de los Apóstoles y el Símbolo Quicumque. La Iglesia metodista, aunque su fundador, John Wesley, no admitió las tres versiones anglicanas, el Símbolo de los Apóstoles se insertó en 1896. La Iglesia Luterana: en Alemania, recitan el Símbolo de los Apóstoles en su liturgia; pero en Estados Unidos, también el Niceno-Constantinopolitano para las ocasiones más solemnes.

El Credo, no obstante su utilidad para unificar un “corpus” esencial de fe, representa desafíos pastorales para nuestro tiempo. La mentalidad moderna –especialmente las nuevas generaciones- no se sienten tomados en cuenta en estos signos, para la identidad confesional, No obstante que se sigan reconociendo como católicos y que sigan recitando el credo en la misa, algunas de cuyas frases les resulten incomprensibles. Ante esto, pienso que se requieren estímulos para reformular nuestro credo, que expresen los las creencias que ya gozan de consenso generalizado de nuestra Iglesia, para que realmente sean identitarios para la comprensión de nuestra fe. Esto es, precisamente, lo que intento con el presente curso sobre El Credo. He procurado en este curso, combinar la fidelidad doctrinal con la audacia interpretativa. Quizás no se logre del todo; pero es así como entiendo mi fe católica. Ojalá pueda suscitar otras interpretaciones que complementen o corrijan esta presentación, o que estimulen la audacia de ir más adelante y hacer más “creíble” nuestro “Credo” a las nuevas generaciones.

Cuestionario

  1. ¿Entiendes el Credo que proclamamos en las misas?
  2. ¿Sientes que nuestro “credo” expresa tu identidad confesional actual?
  3. La preocupación eclesial del tiempo del “Credo” es diferente a las del momento  actuales, ¿Cuáles te parecen las más apremiantes para los cristianos del siglo XXI?
  4. Después de esa clase, escribe tu propio credo

[1] N.D. Kelly, Primitivos credos cristianos (Secretariado Trinitario 1980 ISBN 9788485376261), pp. 433–434

[2] “Filioque”= que procede del Padre “y del Hijo”, en referencia a que el Hijo es la Palabra del Padre, y que de ambos procede el Espíritu Santo; mientras que las Iglesias de Oriente tienen una visión “Fontal”: el Padre engendra al Hijo y el Hijo, a su vez, al Espíritu Santo. La inclusión del mentado término provocó la ruptura de la Cristiandad y fue el origen de las Iglesias Orientales “ortodoxas” o cismáticas.  Es opinión común de que hubo un motivo político de fondo, pues las Iglesias Orientales se consideran “Iglesias Madres”, es decir, fundadas por apóstoles, y por tanto, sus Patriarcas no tienen por qué obedecer a su par, el Patriarca de Occidente (el Papa).

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