XXII Mt 16, 21-27
- El tema de hoy continúa el de la semana pasada. Vimos cómo Jesús les puso a sus apóstoles un test para ver quién de entre ellos iba a encomendaría el grupo cuando Él ya no estuviera: sería el primero que descubriera que Él era el Mesías. Y vimos también que ese fue Simón Pedro –“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”-. Jesús lo felicitó, pues mostró tener don de discernimiento, capacidad de escucha al Espíritu y conocimiento de los Profetas, a contracorriente de la imagen sensata de Mesías que esperaba la gente decente y prudente, la de un rey glorioso, descendiente del gran David, guerrero invicto y dador de grandeza y de poder. Después de felicitar a Pedro por no dejarse llevar por criterios meramente humanos (“Esto no te lo ha revelado la carne y la sangre, sino el Espíritu de Dios”), Jesús pasó a advertirles a sus discípulos la forma de Mesías que estaba desarrollando, en solidaridad con la gente abyecta y estigmatizada que siempre lo acompañaba, y que consiguientemente, tendría que terminar siendo aprehendido por las autoridades religiosas, excomulgado, entregado y finalmente condenado a la muerte más ignominiosa.
- Entonces Pedro, envalentonado con eso de la posesión de las “llaves”, llamó aparte a Jesús y lo reprendió: “Eso no te puede suceder a ti -¡Válgame Dios!- Tú eres el Mesías ¡Compórtate como tal! ¡Ponte en tu papel!” Pero a quien Jesús puso en su papel fue al mismo Pedro: “Ponte detrás de mí”, como corresponde a todo discípulo que seguía a un maestro itinerante: no se le pone delante para darle clases –en este caso, cómo debería ser un auténtico Mesías–. pues el lugar que le corresponde al discípulo es ir detrás del maestro para seguirlo; pero si el tipo de Mesías iba a ser compasivo y solidario con los sufrientes, el discípulo tendría que correr su misma suerte, llegando a la tortura y a la muerte. Para seguir a este maestro se requeriría “negarse a sí mismo y cargar la propia cruz” (lo que Pedro ya intuía y no aceptaba). Jesús corrige al discípulo con energía: “esto sí que no te lo ha enseñado el Espíritu, sino la carne, los criterios mundanos”, y lo llamó con un fuerte calificativo –“Satanás”-, pues esa fue precisamente la tentación con que el Demonio había tentado a Jesús en el desierto: un mesías milagrero, que se lanzara desde el pináculo del templo, que convirtiera piedras en panes sin cambiar el corazón de la gente. Satanás le prometió todos los reinos del mundo (por supuesto, para salvar al mundo; pero desde el poder, convirtiendo a Israel en la gran potencia mundial). Esto podría parecer lo más congruente; pero no era lo que correspondería como manifestación visible del Dios misericordioso y compasivo que sufre y muere con los rechazados de la Tierra. “¿De qué le sirve a un hombre o mujer ganar el mundo entero si pierde su vida?”
- Jesús argumenta: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por la causa de Jesús, ese la salvará”. Todos buscan “salvar la propia vida”, y el modo más común de lograrlo es protegerla mediante las mayores seguridades posibles: la acumulación de una fortuna o al menos un patrimonio, una buena red de relaciones sociales con gente importante, no arriesgarse ningún cambio aventurado o idealistas. Esto es lo que hace la gente del Orden y de la estabilidad. Pero en realidad nada de esto da seguridad. En este mundo no hay ninguna garantía para “salvar la vida”, y cuando llega una situación imprevista, quien se ha pertrechado en sus seguridades no sabe qué hacer y termina por perderse. En cambio, quien pone la salvación de su vida en un sentido digno –y nada más digno que entregar la vida por una causa noble y sublime-, ese es para quien consigue que su vida tenga un sentido y una razón para vivir y para morir. Esto lo saben los mártires y los héroes; lo saben también quienes se arriesgan difundiendo la verdad (como los periodistas), quienes luchan por un mundo más justo, quienes defienden los derechos humanos de los desprotegidos o quienes defienden la Tierra. Esto lo supo también Jeremías, cuando parecía arrepentido de anunciar la Palabra de Dios, lo que le costaba la persecución y la burla. Pretendía olvidarse de la misión que Dios le pedía; pero sentía en sus entrañas un fuego ardiente encerrado en sus huesos que no podía contener y que lo hizo exclamar: “Me sedujiste, Señor y me dejé seducir; me forzaste y me venciste”…
- En cambio, los ávidos del placer, del dinero y del poder; los conquistadores violentos; los que pretendiendo “ganar el mundo entero” ambicionaron efímeras grandezas… en el momento del juicio final, cuando la historia haya terminado y cuando se patentice lo que cada cual contribuyó para el bien o para el mal de la humanidad y del Planeta; cuando el Hijo del Hombre venga y “pague a cada uno según su conducta”… se percibirán a sí mismos con las manos vacías y tendrán que reconocer que perdieron su vida y que ya no podrán pagar ningún precio para recuperarla.
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