A-26 “OBRAS SON AMORES Y NO BUENAS RAZONES”

Mt 21, 28-32

  • Dos hijos a quienes su padre envió a trabajar a su viña. Uno le dio su aceptación gustosa; pero no fue; mientras que el otro, el que se rehusaba, finalmente se arrepintió y fue. Jesús pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”
  • En esta parábola Jesús nos habla de la congruencia, es decir, de la correspondencia que debe existir entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Alguien no es congruente cuando su discurso no corresponde a lo que en realidad piensa (la mentira); pero también, cuando su conducta no corresponde con su discurso (la demagogia, el embuste).
  • La congruencia no abunda, ciertamente, en nuestra sociedad. Podemos aducir innumerables ejemplos de incongruencia, comenzando con los comerciales de la TV: vemos una mujer con una sonrisa de oreja a oreja, feliz por haber encontrado un nuevo detergente, y cuando lo compramos nos damos cuenta que es igual de “chafa” que los demás. Aquel marido “enamorado” de su esposa, que parece destilar miel en sus palabras (“mi reina”, “corazoncito”, “cariño mío”); pero que es incapaz de la mínima molestia por aligerarle su trabajo. Como decía Santa Teresa: “Obras son amores y no buenas razones”. La confiabilidad de una persona o de una institución no estriba en los discursos que proclama, sino en los hechos. No se juzga a una institución por lo que esta dice de sí misma, sino por lo que realiza.
  • México tiene fama de contar con discursos políticos que son verdaderas piezas de oratoria, así como consignas por demás motivadoras (“Arriba y adelante”, “La solución somos todos”, “Sí se puede”, “Mover a México”), y los discursos que se pronuncian en las campañas para las gobernaturas casi no podemos dejar rehusar convencernos; pero apenas pasadas las elecciones nos desencantamos. Los mexicanos sabemos hasta el cansancio lo lejos que nuestros políticos se encuentran de la gente.
  • En estos días, con el sismo, mucho se ha hablado de los jóvenes “milenials”, cuyo discurso parece indiferente y desinteresado; pero que fueron los primeros rescatistas, mientras que otros personeros, incluso clérigos, nos contentamos con promover oraciones; pero dimos poca ayuda efectiva a los damnificados.
  • Igualmente, hay creyentes cuyas oraciones son fervorosas, en las que prometen, se emocionan hasta el llanto: “Señor te ofrezco todos mis pensamientos, obras y palabras. Me entrego y consagro totalmente a ti, hasta dar la vida por mi fe”, y sabemos la envidia y las murmuraciones de muchas devotas saliendo del templo. Andan, como se dice, “con el Jesús en la boca”, invitando a medio mundo a acercarse a Dios pero su conducta no denota una espiritualidad arraigada. Jesús cuestionó frecuentemente a fariseos y escribas por su supuesta observancia de la ley que no pasaba de la materialidad de la letra; que “dicen una cosa y hacen otra”, por lo que no eran dignos de credibilidad.
  • Una doctrina o una propuesta religiosa convence cuando va acompañada por el testimonio del predicador. A veces, el solo testimonio basta: San Francisco de Asís, que invitara a un fraile a “predicar” y andando toda la mañana por el poblado conversando con la gente, regresaban al convento, y el fraile le recuerda que no han predicado; pero el santo responde que todo el tiempo lo estuvieron haciendo. A veces, oficios estigmatizados socialmente (como las prostitutas y publicanos que acompañaban a Jesús) son ejercidos por personas con sentimientos y calidad moral que quisieran tener muchos que ejercen oficios prestigiosos. Las palabras, cuando no van acompañadas por los hechos, se vuelven “anti-testimonio” que echa a perder excelentes doctrinas. En cambio, cuando hay congruencia, “la palabra convence, y el ejemplo arrastra”.

A-25 LA POSTRER OPORTUNIDAD DEL OCASO

Mt 20, 1-16

  • Un viñador que en cierta ocasión tuvo una formidable cosecha de uva, viendo lo apremiante de cosecharla para evitar que se echase a perder, va en diferentes horas a la plaza donde se concentran los jornaleros buscadores de trabajo y los va reclutando. Ajustó con los primeros en un denario como salario de la jornada. Al terminar el día, su capataz les pagó a todos su labor, un denario parejo.
  • Esta es la parábola de Jesús advierte que no somos merecedores de recompensa alguna por servir al Señor, sino que ésta es simplemente producto de la gratuidad divina. Sin embargo, es posible que nos quede un poco de desazón: en efecto, nos parece justo el reclamo de quienes llegaron primero y “soportaron la fatiga y el calor de todo el día” y que sin embargo, recibieron lo mismo de los que llegaron prácticamente a la puesta del sol.
  • Hace algunos años yo trataba de justificar esto cuestionando la llamada “justicia legal”, la que otorga pagos diferenciados a trabajos diferenciados, y que, sin embargo, esto no toma en cuenta las diferentes condiciones laborales. Ahora, cuando en nuestro país el desempleo es tan extenso –el 3.5% de la población económicamente activa está desempleada y el 56% en empleo informal–, es comprensible que estas personas se sientan en la responsabilidad de llevarles a su familia, a como sea, el sustento necesario. Hay una justicia social que reconoce como un derecho, por el hecho de ser humano en cuanto tal, el sustento de cada día, y que este derecho es anterior a cualquier regulación laboral. En este sentido, la sensibilidad y las posibilidades del propietario le permitieron atender primero a la justicia social antes que a la justicia legal laboral.
  • Sí. ¡Parece claro!; pero no acababa de convencerme, hasta que caí en la cuenta de que el trabajo del que Jesús está hablando se refiere a la colaboración en el plan de Dios, la construcción de su Reino en el mundo. La parábola se comprende desde la metáfora de los profetas veterotestamentarios que veían a Israel como “la Viña del Señor”. Participar en esta tarea es ya en sí misma una gran recompensa, como saben los que son llamados a ello; es una fortuna que llena de gozo y felicidad. En este sentido, nos llenamos de envidia (“de la buena”) al ver que algunos afortunados tuvieron a dicha de dedicarse a esta vocación desde niños, desde las primeras horas de la jornada, y que por tanto toda su vida fue plena y feliz; pero a quienes nos encontramos en el ocaso de la vida, nos queda el consuelo que todavía ahora podremos cobrar conciencia y finalizar nuestros días satisfechos por haber descubierto ese secreto de vida que le da significado a la existencia.
  • El sabio secreto de la vida puede irse descubriendo según las posibilidades propias de cada edad; pero cuando no se descubrió en la edad adecuada –porque no se pudo o no se supo– se dejan tareas pendientes para más adelante, con el inconveniente de que quizás ya no tengamos entonces las mismas posibilidades. Por ejemplo, es importante que los niños antes de los 7 años se den cuenta de lo conveniente de la obediencia y disciplina. De los 7 a los 12 años; la de cultivar el esfuerzo, la voluntad y el dominio de sí mismo; de los 13 a los 18, el cultivo del sentido común y los valores de la justicia, la generosidad y la autoestima. Entre los 18 y la joven adultez en torno a los 35 años, es conveniente cultivar la autenticidad, la sinceridad, la libertad, la inconformidad y las relaciones con los demás, principalmente con el otro sexo. La adultez está preparada para aprender la compasión dirigida hacia la solidaridad, lo que sería mejor cuando está abierta a la universalidad y tolerancia (especialmente aplicada a la vida en pareja); también se puede lograr mayor madurez emocional, conocimiento de la propia individuación, explorar la paternidad en todas sus formas y la capacidad laboral con orientaciones de liderazgo. La tercera edad se enfrenta con la conciencia de la propia involución y soledad; sin embargo, se puede cultivar la sabiduría y aprovechar la experiencia y el conocimiento propio.
  • En cualquier edad, nuestra tarea principal es aprender a amar, dentro de los condicionantes que nos toca vivir. Lo peor es darse por derrotado y pensar que se ha perdido la vida antes de tiempo. Ahora yo, que me encuentro ya en el ocaso de mi vida, me da consuelo y esperanza saber que en los pocos años que me quedan, puedo aún trabajar con ahínco (aunque con vitalidad y fuerzas menguadas) en lo que es nuestra tarea fundamental cristiana, para todas las edades, con sus condicionamientos propios de cada una: aprender a amar y a servir a Dios y a los hermanos. Para esto es que se nos ha dado la vida. El pago del jornal es nada menos que el trabajo mismo de la viña.

A-23 AGRAVIOS, CORRECCIÓN Y PERDÓN

Mt 18, 15-20

  • El humano es un animal gregario, social. No podríamos subsistir, desarrollarnos o construirnos si no es en sociedad. Sin embargo, la mayor parte de nuestros problemas y amenazas provienen justamente de la convivencia. Nada más difícil que las relaciones interpersonales.
  • En todo ambiente humano se dan abusos y agravios, lucha por el poder y predominio del fuerte sobre el débil. Ante esto, dos son las actitudes espontáneas: la primera es el sometimiento por miedo, que permite al agresor continuar aprovechándose y darle otra vuelta al torniquete. La segunda es la defensa, que cuando se tiene suficiente fuerza de reacción suele ser excesiva y violenta, convirtiéndose así en venganza –el agraviado, de víctima se vuelve victimario–, de donde la “espiral” de violencia (como la denominara el obispo brasileño Dom Helder Cámara). En cambio, la actitud aconsejada por Jesús es el perdón, lo único que puede desactivar la violencia.
  • Pero antes del perdón, Jesús recomienda (de ser posible) la corrección fraterna: “Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas. Si te escucha, haz ganado un hermano”. Corregir al hermano agresor puede ser un acto de misericordia, y el no hacerlo, fomenta la impunidad, como se ve por la advertencia que hace Dios por boca de Ezequiel: “Si yo digo al malvado, ‘¡eres reo de muerte!´, y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti pediré cuenta de tu sangre…”
  • ¿Pero cómo será dicha corrección de modo que sea efectiva, que el agresor escuche, reconozca su culpa y se corrija? Hay ciertas condiciones: hacerlo con ira provocaría simplemente bloqueos; pero no hacer nada, hace el juego al agresor. Lo que procede es combinar una actitud firme y rígida con sentimientos afectuosos y amor comprensivo; y también, hacerlo con serenidad. Hacerlo con el cerebro y con el corazón (no con el hígado). Es decir, con ideas claras (no dejándose llevar de los impulsos instintivos) y hacerlo en el momento oportuno (no en el momento de iracundia).
  • Pero muchas veces esto no basta. Puede ser que el agresor no esté dispuesto a la relación y que no se preste al diálogo (escucha y habla). Entonces Jesús aconseja buscar una mediación: “Si –el agresor- no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos”: Se trataría de buscar una mediación, de preferencia aceptada por ambas partes. El servicio de los mediadores (los “peace-makers”) es muy apreciable. Cuando seamos requeridos para ello, procuremos aceptar. El mediador es una especie de traductor: escucha las quejas de uno de los contendientes y se las comunica al otro; pero de manera “potable”, en una forma aceptable y comprensible, sin la carga de emotividad herida. Escucha la respuesta o justificaciones y hace otro tanto con la otra parte; además, adelanta una posible solución de compromiso que satisfaga a ambos sin provocar sentimientos de humillación y derrota.
  • “Si no les hace caso, informa a la comunidad”. Las primeras comunidades eclesiales eran comunidades primarias, en las que todos los integrantes se conocían y se apoyaban. Por tanto, era una instancia muy valiosa, que lamentablemente se ha perdido en nuestras comunidades eclesiales altamente institucionales y anónimas. Tal vez aún pueda encontrarse cierto equivalente en algunos ambientes colectivos (laboral o vecindario). Pero si tampoco esto resulta, “considéralo como un pagano o un recaudador de impuestos”, es decir, un forastero, que no pertenece al pueblo elegido. En nuestros casos diríamos que hay que llevar el conflicto a la autoridad civil. Cuando funcionan bien los “tribunales de lo contencioso”, se da una amonestación al agresor y se ofrece protección a la víctima. Por doloroso que esto sea, no es desdeñable este recurso. Sería el caso de mujeres golpeadas frecuentemente por la pareja, o el caso de vecinos conflictivos. Como se ve, Jesús no es partidario de dejar impunes los agravios. La defensa del débil contra los abusos de perpetradores es un recurso necesario, incluso para salvaguardar la dignidad de las víctimas.
  • Cuando la corrección tuvo buen resultado, entonces habrá que trabajar nuestros resentimientos o susceptibilidades, con actitudes de perdón y olvido. Pero en los casos en que se dejó pasar demasiado tiempo, o cuando se agotó el proceso sin resultados y ya no se pueda hacer nada, no conviene que la víctima se trague la ofensa y la cultive en resentimientos que derivan hacia el rencor o el odio. Por salud mental, el perdón evita seguir viviendo carcomiéndonos por actitudes negativas. En este caso conviene el perdón; más no el olvido: hay que aprender de la experiencia, para estar más atento para otras ocasiones.
  • Aún entre las comunidades eclesiales, entre cristianos que quieran seguir a Jesús, las relaciones interpersonales derivan hacia posturas diversas que no están exentas de tensión. Los conflictos religiosos no son infrecuentes, ni necesariamente negativos: ayudan a dinamizar hábitos y estructuras, que a veces parecen fijarse en la inmovilidad de lo eterno. A nadie debe escandalizar que haya embrollos y aprietos entre los discípulos mismos de Jesús. En estos casos, Jesús aconseja: “si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre del cielo se lo concederá. Porque dónde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”. No hay que sacar de contexto la frase y pretender aplicarla en cualquier caso o para cualquier petición (esos acuerdos fáciles para satisfacer deseos). Jesús está hablando a discípulos (“reunidos en mi nombre”) y por tanto, el objeto de la petición tiene que ver sobre los medios más adecuados para llevar a cabo los objetivos del Reino. Buscar entonces consensuar un acuerdo entre posturas divergentes –o incluso, antagónicas-, garantiza la apertura hacia la voz del Espíritu, lo que redundará en mayores garantías de cumplir la voluntad del Padre. Esto sería la base para el diálogo comunitario. Y entonces sí: “lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”, es decir, la misma frase que Jesús había dirigido a Pedro-sucesor, la dirige ahora a la Comunidad eclesial.