A-13 DEFENDER A LOS DEFENSORES

Mt 10, 37-42

  • Jesús no fue un demagogo, ni un propagandista religioso en busca de prosélitos. Ciertamente su utopía es seductora y cautiva, y que promete que sus seguidores serán bienaventurados; pero no les ofrece tranquilidad ni confort. Jesús es muy exigente. A diferencia de esos políticos mexicanos que persiguiendo un “hueso”, reparten despensas, regalos o tarjetas electrónicas a quienes voten por ellos, a Jesús no le interesan los “números” o cantidad de discípulos, sino más bien demanda de ellos la entrega absoluta a su proyecto sobre cualquier otro afecto, interés u objetivo: Pocos; pero buenos. La semana pasada les exigía valentía a denuncias riesgosas. En el evangelio de hoy da una consigna que ahora nos parecería escandalosa o irracional; pero que en su tiempo lo fue mucho más: Imaginémonos a un hombre, por importante que fuese (un obispo, un predicador televisivo, por ejemplo) que nos dijese: “el que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”… simplemente lo tendríamos por un “deschavetado”. Por supuesto no se trata de comparar afectos asignando cantidades desiguales: pienso que más bien lo que quiere Jesús es que nuestro amor a nuestros parientes y seres más queridos se desde DESDE ÉL; desde su nuevo proyecto religioso.
  • De todos modos, ese amor implica una preferencia incomprensible. Jesús pide la radicalidad extrema: preferir su causa sobre la propia vida: “el que salve su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la salvará”: Todos nos preocupamos por el sentido de nuestra existencia: salvar nuestra vida del sin sentido… De hecho, solemos tener como prioridad absoluta salvarla, y la forma como lo hacemos es defenderla a cualquier precio, aferrarnos a las seguridades de la vida (la solidez económica, las relaciones sociales, el trabajo estable, el seguro de vida, de salud o de vejez, las medidas de protección contra robos, etc. Sin embargo, tales seguridades son demasiado precarias (hackeo de cuentas bancarias, extorciones, amistades influyentes que caen en desgracia). A tales afanes Jesús prefiere a los aventureros flexibles, aquellos que saben improvisar, aquellos que saben arriesgar la vida en pro del ideal que vino a proponer. Quizás estos tales vivan menos; pero su vida tiene un mayor sentido. ¡Vale la pena! La propuesta de Jesús es sólo para aquellos que se buscan los problemas y las dificultades que lleva aparejado su seguimiento: “quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Es para quienes en lugar de eludir las contrariedades las buscan precisamente para evitárselas a los más débiles.
  • Aunque si bien es cierto que a todos sus seguidores les pide su entrega total, las circunstancias colocarán a algunos de ellos en situaciones que brinden mayores oportunidades. Tales situaciones mucho dependen del azar, del momento o –quizás- de sus disposiciones y capacidades. Aquellos luchadores sociales, líderes de movimientos, defensores comunitarios, teóricos de relieve que clarifican procesos, etc., son personas muy valiosas para la causa del Reino, y si nosotros no podemos hacer lo que ellos hacen, o si no estamos nosotros en su situación, por lo menos apoyémoslos y hagámoslos más fuertes, para que defiendan mejor. Esto no es desdeñable; una bonita tarea solidaria, “defender a los defensores”, recibir, esconder o proteger a esos grandes luchadores. Jesús dice que incluso “dar un vaso de agua fría a un profeta en cuanto profeta, merece un premio de profeta”; “recibir a un justo por ser justo recibirá recompensa de justo”. Así como esa pareja de Sunem que recibía a Eliseo cuando iba a aquel poblado, a quienes el profeta les concedió la descendencia anhelada. Es la solidaridad que encuentran siempre los que entregan plenamente su vida a una causa noble.

A-12 UNA CAUSA INVENSIBLE

Mt 10, 26-33

  • Cada religión tiene su tipo peculiar de “santo”: el budismo, por ejemplo, muestra el monje en meditación que suprime el deseo y mantiene su impasible serenidad en las adversidades. El santo musulmán es Kamikaze, el militante de la Yihad, dispuesto a morir y a matar por la Gloria de Alá. El tipo de santo que privilegió Israel fue el “profeta”: Salido del pueblo, sin asignación oficial, el profeta testifica las injusticias que sufren los pobres, las denuncia y a la vez anuncia una nueva situación de justicia y de paz. Para Jesús, sus discípulos habrían de ser servidores amorosos de sus hermanos; entregados en cuerpo y alma en la construcción del Reino de Dios, construido desde las víctimas, en favor de un mundo mejor. El santo cristiano es ante todo, un valiente.
  • Ellos saben que la vida más feliz no es las que tiene más seguridades, que evita los problemas sin correr riesgos. Al contrario, las vidas más plenas y felices son aquellas que se entregan en favor de una causa considerada como más importante que la propia existencia. Y esas causas por las que la gente muere (a veces mata) son invencibles.
  • Claro que quien vive su vida comprometida con un ideal noble, habrá que enfrentar adversarios. Pasará momentos de sobresalto, teniendo que sortear un sin fin de dificultades… pero vive feliz sabiendo que su existencia ha tenido sentido y que su paso por el mundo dejará una huella. Es lo que en esta perícopa del Evangelio Jesús conforta a sus seguidores para inflamarlos de pasión por su causa; aunque, como Jeremías, vivan en medio de acechanzas, escuchando cuchicheos por doquier, alerta por posibles denuncias en su contra. Esta será condición inevitable de su compromiso.
  • Jesús alienta a no tener miedo. Un cristiano cobarde es una contradicción y no merece ser tomado en serio. El miedo nos paraliza; nos impide caminar en el Seguimiento. Tenemos que tenerle miedo a nuestros miedos y no acobardarnos ante pequeñas dificultades, como seguidores de aquel Jesús que fuera calumniado y perseguido.
  • A fin de cuentas, ¿qué nos pueden hacer? Lo más que nos pueden hacer es matarnos; pero el cristiano sabe –los mártires lo atestiguan- que la muerte no es definitiva, pues cree en la resurrección. Si estamos dispuestos a entregar la vida por Jesús, Dios cuidará de nosotros más que de los gorriones del campo. A quien debemos temer es a los que pueden matarnos nuestros ideales, nuestra fidelidad al seguimiento de Jesús, a avergonzarnos de nuestra fe. Un discípulo auténtico de Jesús habrá de ser un hombre o una mujer valiente.
  • La valentía, empero, está entre dos defectos: la cobardía y la temeridad. El valiente puede tener miedo; pero lo sabe manejar. Para ello, necesita de la virtud de la prudencia. La prudencia no es esa virtud que retiene y contiene los ímpetus aventureros, sino más bien, que atiende a las circunstancias objetivas y mide lo que se puede o no se puede hacer en determinado momento. Por supuesto que hay que proclamar el ideal del Reino, el mensaje de Jesús, y hay momentos que permiten correr y gritar el Mensaje desde las azoteas; pero hay otros momentos que aconsejan alentar el paso, o dar una pasito atrás, y transmitir el Mensaje cuchicheándolo al oído: la Prudencia es la virtud que mide las posibilidades en cada momento.
  • Hay momentos en que no podemos dejar de pronunciarnos, pues negarnos, equivaldría a renunciar a nuestro ideal: la apostasía. Jesús dice: “a quien me reconozca delante de los hombres, también yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en los Cielos; pero quien me niegue delante de los hombres, también yo lo negaré delante de mi Padre que está en los Cielos”. Así pues, pidamos al Señor la valentía en nuestro compromiso de bautizados en el seguimiento del Señor.

A-11 bis PARA HACER PLAUSIBLE LA MISIÓN

Mt 9, 36- 10, 8

• Una vez concluido el Ciclo de Pascua, esta semana retomamos el llamado “tiempo ordinario” que interrumpimos el miércoles de ceniza. Por cierto, este “tiempo” no tiene nada de “ordinario”: es ni más ni menos la misión que Jesús vino a cumplir, así como las tareas que a nosotros nos corresponden en su seguimiento. 
• Como veíamos, se trató de una campaña bien planeada en toda forma. Jesús pronto se dio cuenta que existía ya un buen clima apropiado para recibir su mensaje (demasiada pobreza, sufrimiento, ansia de Dios…). Desde su cultura campesina lo expresó –“La cosecha es mucha”—. Ha diseñado un itinerario para irse desplazando por los diferentes poblados; pero solo no se dará abasto y requerirá de trabajadores –“los trabajadores son pocos. Rueguen por tanto al dueño de la mies que envíe trabadores a sus campos”-. Había que allegarse un pequeño grupo de colaboradores más cercanos a quienes daría especial formación. Pasó toda una noche en oración para seleccionarlos entre todos sus discípulos. El Evangelio nos da sus nombres: todos ellos personas excelentes, elegidos entre los mejores (había pasado toda la noche orando para seleccionarlos). A ellos les debemos la transmisión de la fe que nos llegó hasta nosotros.

Para que su misión de más fruto requiere que le vayan preparando el camino. Será una tarea delicada; pero confía que sus apóstoles han adquirido ya capacitación suficiente y que le harán una buena labor.
• La estrategia que había sido diseñada por el Padre fue haber elegido un pueblo, entre todos los de la Tierra, formándolo desde sus orígenes y tutelándolo con su Revelación, para que dicho pueblo fuese su instrumento de salvación para todas las naciones. Desde su nacimiento como pueblo, en el desierto, Dios los llevó “sobre alas de águila” –dice la primera lectura-, para que, si guardasen su Alianza, los tuviera “como especial tesoro entre todos los pueblos de la Tierra”. Lamentablemente el pueblo había dejado que la Alianza se degradara y había caído en un mero formalismo, creyéndose con derecho a la salvación exclusiva. Había perdido la cohesión, y ahora la impresión que le daba a Jesús era la de “multitudes extenuadas y desamparadas”, disgregadas y desintegradas “como ovejas sin pastor”. Por lo tanto, era preciso congregarlas de nuevo y recuperar en ellas la mística y la pasión inicial para que Israel fuese “Luz de las Naciones”. Por lo tanto, conforme al plan original, les encarga a sus misioneros que “no vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien a las ovejas perdidas de la Casa de Israel”. Solamente cuando más tarde, el Viernes Santo, explícitamente Israel rechazó la Alianza –“Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”- les encargará, el Día de la Ascensión, “ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda creatura”
• Los envía, pues, para que proclamen que “ya se acerca el Reino de los Cielos”. Este será la gran noticia y por tanto, habrá que hacerlo con pasión y con todo entusiasmo (pero sin fanatismos), aprovechando cualquier ocasión -“yendo en el camino”-, como el sembrador que desparrama el buen grado incluso a la vera del camino. 
• El mensaje resulta atractivo; pero para ser aceptado tendría que ir acompañado de signos que testimonien verdadera plausibilidad. Para esto Jesús dotó a sus misioneros de dos poderes (capacidades): “expulsar los demonios impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias”. Con esto sí que se trataría de una verdadera “buena noticia”.
• Al enviar Jesús a los primeros misioneros, de alguna manera también a nosotros nos correspondería. No tenemos los poderes originales; pero hay situaciones semejantes que requieren ser atendidas. Cada sociedad y cada época tiene sus enfermedades y sus demonios. La credibilidad del mensaje está exigiendo de la Iglesia signos semejantes de consuelo a los receptores del mensaje. ¿Qué enfermedades padece la sociedad mexicana? ¿podríamos decir que una cultura de corrupción (no la clásica “mordida” para que se nos transmite lo que nos corresponde, pues en realidad esto es un atraco)? Estamos enfermos de indiferencia hacia las víctimas, de intolerancia para con los discriminados, de soledad entre las redes sociales, de consumismo, del hedonismo que rehúsa cualquier esfuerzo… Pero también estamos enfermando al Planeta. ¿Y cuáles serían los demonios que nos agobian? ¿La violencia, la impunidad, la ambición desmedida que se apodera de toda la riqueza mundial? Buena tarea tenemos los evangelizadores.