A-16 ¿BUENOS VS MALOS?

Mt 13, 24-43

  • La sabiduría no depende sólo de los estudios, sino más bien es la enseñanza extraída de la vida –a veces encontramos en el campo a ancianos sabios y analfabetos-. Jesús fue un gran contemplativo de la realidad, se crio entre campesinos y pescadores, y la vida pueblerina de Nazaret nutrió su sabiduría. Esa vivencia nos la transmitió por medio de parábolas, género discursivo original de Él: además de ser ameno y claro (“una imagen vale más que mil palabras”), es didáctico, apto para “anunciar lo que estaba oculto desde la creación del mundo”; es sugerente, de significación abierta, estimula la inteligencia (no como aquella de significación cerrada, única, de enseñanzas ya masticadas que se “depositan” pasivamente en nuestra cabecita). A la vez le protegía de sus adversarios, ya que quienes no están familiarizados con su mensaje, “aunque tengan oídos sanos, no oirán”, y ya en privado, a sus discípulos Jesús les interpretaba a su significado.
    1. Hoy Jesús nos obsequia con algunas de estas parábolas. La primera de las cuales muestra a aquel campesino que guardó la mejor semilla de su cosecha para sembrar; pero que al crecer el trigo lo encontró mezclado con cizaña (esa planta espinosa cuyo fruto resulta tóxico). Estando seguro de la calidad de su semilla, dedujo que debió haber sido obra de algún enemigo suyo, el cual seguramente le tendría demasiada tirria, ya que tuvo la paciencia de recorrer, con mucho esfuerzo, todo el terreno, para ir sembrando en él semilla de cizaña que además, previamente recolectó. Contra el celo de sus jornaleros, que se ofrecieron a cortar la cizaña, la experiencia de aquel sembrador le hizo preferir a que crecieran juntas, para que a la siega pudieran separarse con más facilidad, evitando que algunas espigas fuesen a perderse con aquella limpia.
      • Así sucede en el campo del mundo. El bien y el mal no están separados, claramente definidos en sendos campos, no son patrimonio de ningún grupo o sector –por religión, raza, etnia, clase social o Partido político–. “En todos lados se cuecen habas”, dice el dicho popular. Incluso en nosotros mismos, es probable que la línea de separación entre bien y mal pase por en medio de nuestra persona, pues somos a la vez víctimas y victimarios; cómplices y afectados. Hay, pues, que trabajar por los valores del Reino, junto con todos aquellos con quienes fundamentalmente coincidamos, aunque “no sean de los nuestros”, y no tanto otros cristianos de peso inerte. Tarde o temprano llegará el momento de definición (“en la cosecha del fin del mundo”) y entonces, quienes a pesar de sus defectos, errores o pecados estuvieron primordialmente en favor del Reino, “brillarán como el sol”.
  1. La segunda parábola es la mostaza. Esta planta -del género Sinapis, de la familia de las crucíferas, que para los romanos era un “mosto”-, como todos sabemos, es una especia usada en la gastronomía por su agradable sabor picante y se usa como condimento. Su semilla es “la más pequeña de todas las semillas”, pues es casi del tamaño de la cabeza de un alfiler. Las hay de dos colores, la “brassica negra” y la “blanca” (“color mostaza”). El arbusto puede llegar a medir en aquellas tierras (estando erecto) hasta 2,5 mts.
      • Jesús la compara con el Reino de Dios (su mensaje central), que aparentemente es desdeñable por su pequeño tamaño; pero que está dotado de gran potencial de crecimiento y que tendencialmente resultará muy significativo en la historia. Esto nos da esperanza a quienes apostamos por el Reino, y que ahora nos parece insignificante en comparación con la magnitud del proyecto de muerte que nos agobia. Lo que sucede es que el mal hace mucho ruido; pero es estéril; el bien, en cambio, es discreto, pero fecundo. Las noticias que suelen publicar los diarios y en general los grandes media, nos abruman de calamidades, pues no es noticia la callada labor de aquella religiosa del orfanatorio o de una madre soltera que cuida a sus hijos y a su madre a la vez que trabaja arduamente, pero que estos son pequeños signos que custodian nuestra esperanza y alientan nuestro compromiso.
  2. La tercera parábola nos presenta la levadura, esa cucharadita de polvo “Royal” que se le pone a la masa del pastel para que, horneado, quede bien esponjadito. Jesús exagera, pues fermenta “tres medidas de harina”, que según algunos sería toda una panadería.
      • Sabemos que Jesús no se fija en los “números”. Habituados a la cultura de la eficacia, de las estadísticas, medimos el éxito por los números logrados. El número de votos mediría la capacidad de un candidato; el número de ventas, la calidad de un producto… incluso los proyectos de pastoral se cuantifican: tantas comuniones, tantas confesiones, tantos asistentes… ¿Cuántas entradas tiene nuestro video? ¿Cuántos “like” tuvo nuestra meme en el face?. A Jesús no le interesaba el número de sus seguidores. Incluso más bien desalienta a quienes se ofrecen a seguirlo por una emoción repentina. Lo que le importa es la calidad de sus discípulos: pocos pueden informar a las sociedades. No apuesta a cierto tipo de “estado de Cristiandad”, cuando todo mundo tenía que ser católico y cuando el Estado tenía que velar por la religión dominante. Ahora no se busca esto, sino que haya personas concientes y comprometidas que sepan dar testimonio de su fe.
  • A quienes intentamos ser en nuestro tiempo anunciadores del mensaje de Jesús, nos viene bien releer estas parábolas, tan actuales entonces como ahora en nuestro moderno medio urbano, siempre y cuando seamos capaces de relocalizarlas en la problemática actual. 

A-15 TIPOLOGÍA DE RECEPTORES

Mt 3, 1-23

  • La Palabra de Dios apasiona y seduce, es fecunda y eficaz. Isaías la simboliza con la lluvia conforme a la cosmología de entonces: sobre la Tierra plana existe una bóveda con las estrellas, arriba de las cuales están las aguas celestiales, y más arriba se encuentra Dios. Él abre las compuertas de la bóveda y hace caer la lluvia, que fecunda los campos y luego se evapora regresando a su lugar de origen. Jesús es el “Verbo” (en latín, “palabra”), la Palabra de Dios que bajó del Cielo, empapó la tierra del mundo con su sangre, la fecundó y en la Ascensión, subió de nuevo a la diestra del Padre, de donde salió.
  • La metáfora de la lluvia (en aquella cosmología) nos muestra el ciclo climático como un proceso regular y equilibrado que garantiza perfectamente las labores agrícolas. Hoy en cambio, dada la irresponsabilidad humana -el calentamiento global- se trastornan las estaciones: “La creación está ahora sometida al desorden –dice San Pablo en la segunda lectura-, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió”.
  • Jesús opta por enseñar a través de parábolas, las cuales, además de ser claras y didácticas, le protegen contra sus adversarios que no están en el contexto, “viendo no ven y oyendo no oyen” y el poco sentido religioso que les queda, lo pierden; pero a sus discípulos, ya familiarizados con la enseñanza que van teniendo, a ellos se les dará más todavía, y en privado les interpretaba las parábolas. Para referirse a la Palabra de Dios, Jesús prefiere la metáfora de una profusa derrama de semilla de trigo que produce cosechas con resultados muy variables: a veces, la cosecha se logra y es abundante; pero otras veces queda frustrada. ¿A qué se debe esta desigualdad?
  • No depende de la semilla, pues esta es de excelente calidad, capaz de producir, en condiciones apropiadas, cosechas hasta del ciento por uno.
  • Tampoco depende del sembrador, quien es un trabajador capaz y generoso hasta el derroche: desparrama abundante semilla en todas las partes, en terrenos buenos, medianos o pésimos. Incluso –como hacían los campesinos de entonces agobiados por la pobreza- hasta en las orillas mismas de los caminos. Este sembrador -Jesús mismo- es la Palabra (el Verbo) Eterna, que bajó del Cielo, fecunda y da fruto y regresa nuevamente, ascendiendo hasta su origen, a la derecha del Padre.
  • La tecnología utilizada es más bien rústica. Ni siquiera era la coa mesoamericana, ni como hacen todavía nuestras campesinas tradicionales, enterrándola con ayuda de los dedos del pie; ni siquiera el arado que en Israel ya se estaba difundiendo más. Mucho menos el agresivo tractor agroindustrial actual, para que quedara patente que la eficacia de la Palabra no depende de tecnologías, sino de ella misma (el contenido evangélico). No está sostenida por costosos recursos, como esas palabras manipuladoras que producen resultados mediocres a base de repeticiones machaconas a través de los espectaculares, las radiodifusoras y televisoras.
  • El condicionante principal no fue, pues, ni el sembrador, ni la semilla, ni la tecnología, sino los terrenos, es decir, los receptores del mensaje. De modo que en vez de la “parábola del sembrador” tendría que llamarse la “parábola de los terrenos”. Jesús nos ofrece una tipología de receptores (¿o será una “taxonomía”, es decir, la que abarca la totalidad posible de respuestas?).
  1. La semilla que cayó en el camino encontró el piso bien apisonado por los pasos de caminantes. En la interpretación de Jesús, serían los oyentes que se encuentran bloqueados de antemano a la Palabra de Dios: acaso la rechazan por los malos testimonios de los “sembradores”, o los de su institución demasiado burocratizada y dogmática. También son quienes están totalmente comprometidos con intereses contrarios a los valores del Reino, impermeables, por tanto, a todo aquello que los ponga en riesgo; o serían también los atrapados por sus prejuicios inamovibles. Todos estos son terreno impenetrable para la semilla. No es de extrañar que tal Palabra sea comida por los pajarracos voraces, aquellos que fagocitan todo cuanto a ellos aproveche, sin atender las necesidades alimenticias de los demás.
  2. Los del terreno pedregoso, dice, sí están abiertos a la Palabra y la reciben con alegría; pero al nacer la plantita se seca pronto con los rayos del sol, pues tiene poca raíz. Son gente superficial, que parecen entusiasmarse fácilmente; pero les falta constancia y profundidad, por lo que con cualquier contrariedad la abandonan. Es actitud propia de nuestro tiempo, en que las redes transmiten gran cantidad de información; pero poca reflexión. Vivimos una cultura de la imagen –imágenes que nos cautivan por doquier–, pero la imagen no invita a la reflexión, sino que burla el sentido crítico. El activismo y las múltiples tareas nos impiden hacer algo con hondura. Recibir la Palabra requiere de custodiarla, y nada mejor que la oración frecuente.
  3. La que cayó entre espinas y abrojos que sofocaron la plantita apenas nacida. También es un terreno “moderno”, pues ahora somos abrumados por una gran cantidad de mensajes que se neutralizan unos a otros; por múltiples entretenimientos para divagar o por espectáculos pasivos que van adormeciendo nuestro sentido crítico. Aceptamos una multitud de tareas, de relaciones, de traslados, cayendo en un activismo frenético. Nos despertamos con multitud de problemas que nos consumen, y nos la pasamos rumiando dichos problemas en lugar de encontrarles una pronta solución. El consumismo moderno nos bombardea de publicidad de mercancías seductoras, que en poco tiempo se vuelven obsoletas; todo pasa de moda rápidamente, todo es relativo, y por tanto, no hay valores absolutos, no hay convicciones firmes, no hay ideales que sobrevivan a las continuas pruebas.
  4. Finalmente, la Palabra llega a destinatarios receptivos, abonados y regados por búsquedas honestas y aventuradas, y cada cual dio fruto en proporción a sus disposiciones, y quien más recibe, tiene que fructificar y comunicar más. Tenemos, pues, que preparar los terrenos, abonarlos, cuidarlos, para que la Palabra de Dios dé en nosotros todo el fruto de que es capaz.

A-14 ALEGRÍA, ENCRIPTADA PARA “ENTENDIDOS”, DESCIFRABLE PARA LOS SENCILLOS.

Mt 11, 25-30

  • Jesús se encuentra entusiasmando a sus discípulos con su ideal, y de pronto, interrumpe su prédica y dirige espontáneamente una oración a su Padre. San Mateo, en la perícopa de hoy, nos obsequia con el único registro de una oración de Jesús que disponemos (el “Padrenuestro”, en realidad, fue un discurso didáctico ante una pregunta que le hicieron). Por lo tanto, resulta de interés para nosotros -cristianos que nos esforzamos por imitar al Maestro-, atender a ésta, su forma peculiar de oración.
  • Llama la atención que se trata de una oración de acción de Gracias, y por lo tanto, es una oración alegre y jubilosa. Hay una anécdota sobre la curiosidad del sabio abad de un monasterio, intrigado por dos monjes -ambos piadosos, ambos ejemplares, ambos amigos-; pero que sin embargo tenían de caracteres totalmente opuestos; uno de ellos vivía siempre alegre y el otro, apesadumbrado. Al observarlos mejor descubrió que la razón de la diferencia de su humor estribaba en su modo de orar. El primero hacía oración de acción de gracias y el segundo, oración de petición. Quien da gracias se fija en el bien que posee, y eso da alegría; quien pide o demanda se fija en el bien que carece y esto genera frustración.
  • ¿De qué da gracias Jesús? Es que de momento cayó en la cuenta de que su auditorio estaba compuesto exclusivamente de gente sencilla; que no había entre sus discípulos “sabios ni entendidos”, y esto le agrada, pues finalmente la Palabra llegó a los receptores a quienes estaba destinada: los pobres, los sencillos, los sufrientes, las víctimas… Para ellos su mensaje es εὐ αγγέλιον [euangelion], (“buena noticia”).
  • Su alegría es la misma que la de los fieles israelitas, expresada por Zacarías: “Alégrate sobremanera, hija de Sión; da gritos de júbilo, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”… No se trata de un general victorioso montado en su corcel, sino de un anuncio de tiempos de paz, que sólo puede ser construida desde la sencillez y la justicia.
  • La alegría es un sentimiento positivo vinculado con otros similares, con matices específicos. Por un lado están sentimientos de euforia, derivados a veces de causas bioquímicas, como los niveles de serotonina y otras sustancias producidas por nuestro cuerpo mismo, y esto lo expresan términos tales como “estar contento”, gozo y la exaltación del júbilo. Otras veces se trata de estados más permanentes y espirituales, como la serenidad, la tranquilidad, el bienestar, etc. En nuestro tiempo van siendo frecuentes las situaciones negativas ocasionadas por elementos externos, tales como la depresión o el estrés, ocasionados por entornos adversos, como la rapidización, el aumento considerable de tareas que la vida moderna nos impone (aunque parece que la maquinización ahorra tiempo) y sobre todo, esa sensación de orfandad o desamparo a que la producción industrial condena al trabajador, “liberado” de aquellas corporaciones que antaño lo protegían y limitaban (la familia extensa, la parroquia, el gremio, la gleba, la comunidad rural, etc.). El individuo solitario, inerme, se siente agobiado por demasiados peligros y abusos sufridos y trata de buscar seguridades que no encuentra.
  • Las semanas anteriores vimos las exigencias de Jesús a sus seguidores a quienes invita a sumarse a su causa. Les augura trabajos y problemas; ahora, en cambio, los conforta: Sí habrá yugo (como el que se pone a los bueyes para arar); sí habrá carga (como se pone sobre los burros); pero estos son suaves y ligeros. Nos invita a poner en Él nuestros afanes, pues es “manso y humilde de corazón”. Los místicos testifican hasta la saciedad la utilidad de la oración para mantener la serenidad en medio de las preocupaciones de la vida. Cuando uno es conciente de estar haciendo la voluntad del Padre, y cuando uno restringe sus deseos y ambiciones, se puede vivir sin estar agobiado ni afligido. ¡Intentémoslo!