A-44 Pascua IV: ANTE LA PRESENTE CRISIS DE LIDERAZGO

Jn 10, 1-10

  • En nuestra época carecemos de líderes auténticos. El descrédito del autoritarismo patriarcal ha producido cierto temor de ejercer funciones de conducción, que son tan necesarias, comenzando desde la familia, la empresa, la escuela, el sindicato, la Iglesia misma y sobre todo, en la política. Un poco en todas partes, la clase política pierde legitimidad: el ansia de poder, el utilizar los puestos públicos para fines personales, la corrupción, la ambición, el distanciamiento del pueblo (del que sólo se acuerdan en tiempos de elecciones), etc… son vicios generalizados. En vísperas de elecciones en algunas partes del país no sería aventurado decir que no hay candidatos realmente convincentes. Frente a esto, se necesita encontrar algún modelo iluminador, y cuál mejor que el de Jesús, cuyo ejemplo de liderazgo lo plasma en su alegoría del “buen pastor”.
  • Sin embargo, las metáforas nos resultan iluminativa sólo si las ubicamos en el contexto donde se construyeron.
    • Jesús la propuso a un pueblo seminómada, y seguramente mientras la exponía, podía verse pasar algún muchacho cuidando sus ovejas. En cambio, en nuestro medio moderno urbanizado no vemos ovejas pastando, y la figura del pastor nos despierta reminiscencias bucólicas, idealizadas –Jesús cargando sobre sus hombros una ovejita, con su blanca túnica porque estamos lejos de los pastores reales y de las ovejas (cada una pesa 50 kgs; su olor es apestoso; al cargarla, el pastor no pude dejar de ensuciarse y contagiarse con su pestilencia). En nuestro medio, lo que más se nos acerca a esta alegoría quizás fuesen los policías que regulan el tránsito.
    • La cosa se complica aún más en México, pues el rebaño de ovejas nos connota la “bola de borregos”, las masas acríticas manipulables por cualquier ilusionista, y por tanto, no nos agrada la comparación. Pero podemos hacer un esfuerzo para ponernos en el contexto de Jesús o también, en el del salmo 23, y entonces podemos notar pistas útiles para nuestra formación de líderes:
  • Jesús “buen pastor”, guía a su rebaño hacia “verdes praderas” para “hacerlas reposar”. Igualmente un buen guía piensa en el mejor objetivo, no tanto el que se le acomode a él, sino pensando en el conjunto de sus guiados (a lo mejor el pastor preferiría un camino más corto; pero inadecuado para sus borreguitos).
  • Los arrieros suelen ir detrás de su recua, arriándola, de modo similar a aquellos líderes que no arriesgan, sino que sólo buscan seguridades; que se conforman con lo que “siempre se ha hecho así y seguirá siendo así”, que frenan iniciativas de sus subordinados. En cambio, el verdadero pastor va siempre delante de su grey, para observar mejor el “camino seguro”, que lleve hacia los buenos pastos y las “fuentes tranquilas” donde puedan “reparar sus fuerzas”. Un guía tal se adelanta a sus “agremiados”: busca nuevas ideas, proyectos creativos, investiga, indaga nuevas rutas.
  • Lleva en su mano izquierda su cayado –ese bastón que al golpear en el suelo, marca el paso del rebaño. El guía también es quien marca el paso de su comunidad, atendiendo a las fuerzas o limitaciones de todos (no corre con los más ligeros, sino atiende a los últimos). Lleva en la mano derecha una vara, con la que suavemente hace avanzar más de prisa a las ovejas rezagadas o con la que integra al redil a las descarriadas. El buen líder se preocupa por integrar comunidad (laboral, religiosa, familiar): unas veces tiene que corregir, otras, que impulsar o empujar un poco; pero sabe hacerlo con afecto y no con ira. Es lo que a los hijos, por ejemplo, les da seguridad (“tu vara y tu cayado me dan seguridad”).
  • La realidad narrada supera a la metáfora: Sería posible que un pastor defendiera al rebaño de su propiedad ante el ataque de los lobos; pero si ve que no puede afrontarlos con sus perros, seguramente huirá y lo abandonará (con mayor razón si se trata de un asalariado). En cambio, nuestro pastor “da la vida por sus ovejas”, como lo vimos en el Huerto de Getsemaní. Hay algunos líderes que se meten en problemas por su pueblo, o que incluso, corren el riesgo de ser asesinado (como algunos alcaldes a manos del crimen organizado).
  • Además, la relación entre rebaño y pastor es totalmente distinta a la que habría entre la “bola de borregos” y el líder manipulador, pues se trata de una relación muy personalizada, entre el pastor, que “conoce a cada oveja por su nombre” y las ovejas, que “reconocen su voz”. Sus ovejas no son “borregos”.
    • De regreso al corral, cuando van entrando una a una –o mientras las ovejas “reparan sus fuerzas” en un oasis de “fuentes tranquilas”—las cuenta y nota la ausencia de “Negrita”, su amada “oveja negra”. De inmediato deja el resto del rebaño al cuidado de los perros y sale en su búsqueda. La encuentra en la “cañada oscura” con la patita lastimada. La carga sobre sus hombros y regresa al redil. El buen líder se interesa por los problemas de cada uno de sus empleados (no los considera sólo por el servicio que le prestan), y se adelanta a ofrecerle sus servicios o sanar sus dificultades.
    • Por su parte, estas ovejas lo siguen sólo a él: quizás una noche, un salteador brincó la cerca, quitó el cerrojo por dentro, entreabrió la puerta y llamaba a alguna oveja para robarla; pero ella lo rehúye; el redil no hacen caso a la voz del extraño y sólo obedece a la voz del pastor.
  • En la versión de San Juan, Jesús no se identifica con el pastor, sino –extrañamente- con la puerta del corral. La traducción distorsiona: no es “redil” sino “atrio”: en el Templo de Jerusalén, donde Jesús la predica, el lugar por excelencia de la presencia de Dios, su atrio tenía 12 puertas (la de las mujeres y niños, la de los paganos… una era la “puerta de las ovejas”. Los borregos que por ella entraban, no salían vivas, pues todas eran sacrificados. El atrio, una carnicería. Jesús es la puerta, y las ovejas, con libertad, pueden entrar y salir.
  • Jesús sería la única vía, el único medio para entrar a la vida. Podemos encontrar en nuestro ambiente muchas otras ofertas de liderazgos que nos encandilan prometiéndonos placer, éxito, poder; pero que a la postre nos revelan que simplemente fuimos utilizados para su provecho. Son los salteadores o ladrones de ovejas; son aquellos que sólo utilizan a la borrega como mercancía o para trasquilarla, ordeñarla y hacerse una barbacoa. El líder ha conseguido la confianza de sus subalternos y estos ya no escuchan otras voces extrañas que quieran encandilarlas. Jesús es el pastorcito que encariñado con su rebaño, se pone en su servicio; el guía que ofreciéndonos disfrutar de ese don maravilloso que es la vida, la vida que supera la muerte, y que se pone en servicio del rebaño, pues ha venido “para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

A-43 Pascua III: DESESPERANZA Y SIGNOS CONFORTANTES

Lc 24, 13-35

  • Vivimos tiempos de desesperanza: la viabilidad de nuestro Planeta –o al menos de la sobrevivencia de la especie humana en él- se haya gravemente amenazada. El poder de dominación, gracias a la tecnología, es casi todopoderoso y la clase hegemónica mundial parece ciega, incluso respecto a sus propios nietos. México nos parece a muchos como un “Estado fallido”. La violencia, la injusticia, nuevas formas de discriminación y de esclavitud se extienden ubicuamente. Pareciera que las promesas de Jesús sobre su Reino podrían quedar incumplidas y que el mal triunfe sobre el bien, el odio sobre el amor… Para alentar los rescoldos de nuestra esperanza nos vendrá bien recordar el episodio que nos narra el Evangelio de hoy.
  • La escena nos muestra a dos caminantes -una pareja tal vez-, recorriendo la calzada que va de Jerusalén -lugar donde habían iniciado sus sueños- hacia Emaús -lugar del crudo despertar-. Emaús era un antiguo pueblo que contaba ya con interesante historia, pues hacia el año 165 AC los Macabeos vencieron allí a Gorgias, general invasor del ejército seléucida. Dos ciudades reivindican el nombre original del relato: una es la ciudad hebrea Hammat, que en árabe derivaría en Imaús (“primavera templada”), situada a 11 Kms de Jerusalén. La otra es “Amwas”, que aunque estaba situada a 30 kms, cuenta con mayor respaldo en la tradición (incluso es la que aparece en las versiones más antiguas de los Hechos de los Apóstoles), el nombre de la cual fue cambiado por el de Nicópolis. En cuanto al tiempo, se trataba de la tarde del sábado de la fiesta de Pésaj, que fue cuando Jesús Resucitó. Los caminantes eran discípulos suyos; pero al verlo tan muerto, en la tumba habían dejado sepultados también sus sueños. Por lo mismo, van tristes y desesperanzados, discutiendo con pasión.
  • Quizás se tomaron un descansito y al reanudar su marcha, otro viandante los alcanzó. Pronto reanudaron su charla, sobre cuyo tema el caminante mostró interés y les pidió que lo pusieran al tanto. Comentaban los sucesos recientes de cierto personaje, un profeta extraordinario, “poderoso en obras y palabras, delante de Dios y del pueblo”, a quien tres días atrás las autoridades religiosas en alianza con las del Imperio invasor habían dado muerte, entregándolo para ser crucificado. El hecho había conmovido a toda la ciudad, de modo que se sorprendieron de que ese forastero, al parecer, fuese el único que lo ignoraba. Le participaron sus esperanzas e ilusiones: habían pensado que podría tratarse del “libertador de Israel”; pero ya todo había terminado. Parecía ahora que no se trataba sino de un profeta más. Es verdad que ciertas personas cercanas a él afirmaban que lo habían vuelto a ver vivo; pero no parecían creíbles, y ante eso, había que regresar a su miserable cotidianidad.
  • El desconocido, entonces, intervino en la discusión y les estuvo exponiendo lo que las Escrituras hablaban de ese personaje esperado, el Mesías. Resaltaba los pasajes del Siervo de Yahvé, rechazado y perseguido; pero que finalmente consumaría su obra, así como de la posibilidad de una vida que vencería la muerte, el fracaso y el mal.
  • Justo cuando parecía que la lección había terminado, llegaban a una posada del camino donde los discípulos pensaban pernoctar aquella noche. El viandante se despidió para proseguir su camino. Era claro que no llevaba dinero suficiente y el camino no era seguro, de modo que nuestros protagonistas, que ya sentían renacer en su corazón aquel calor que en otro tiempo aún reciente les había inundado, le ofrecieron compartir el alojamiento y el alimento, y fue así cómo, al terminar de cenar, el viandante tomó pan y realizó el mismo memorial de Jesús en su última cena. Entonces reconocieron que ese viandante era nada menos que Jesús mismo, y en ese instante, desapareció. De inmediato, sin intimidarse por la hora y la distancia, se levantaron de la mesa y rápidamente regresaron, gozosos, con la comunidad de creyentes.
  • Al comparar este relato con las otras narraciones de las apariciones del Resucitado, observamos que los evangelistas siguen un mismo esquema, pues son construcciones teológicas. Jesús resucitado se apareció a sus más íntimos, con quienes tenía mayor familiaridad, y sin embargo, de entrada no lo reconocen. Magdalena lo confundió con el jardinero; los apóstoles, con una alucinación; los que iban en la barca, con un forastero que desde la orilla podía ver mejor la mancha del cardumen, y nuestro par de discípulos, con un forastero ignorante. ¿Qué nos quisieron decir los evangelistas con esto? Dos hipótesis, la primera, que el cuerpo resucitado había sufrido ciertas transformaciones (de hecho, traspasa la puerta cerrada y se traslada rápidamente); la segunda, que sus amigos no estaban inclinados a confundir una alucinación debida a su afecto con su presencia real, sino que más bien estaban predispuestos a no dar crédito a sus sentidos. Finalmente lo reconocen, gracias a una señal que les da el Maestro: el nombre “María”, pronunciado con esa entonación tan singular; la pesca milagrosa, que les recordó la de una ocasión anterior; el esqueleto y las espinas, lo único que quedó del pescado comido; las llagas, en las que el apóstol introduce su dedo y su mano.
  • En el caso de los discípulos de Emaús, fue la fracción del pan; pero fue sólo esta señal, sino que el ritual fue precedido de la explicación de las Escrituras y del acto de caridad de invitar a un pobre transeúnte desconocido a compartir el alojamiento y el pan. Estos tres elementos –la Eucaristía, las Escrituras y la Caridad- forman una unidad indivisible; las tres áreas pastorales de cualquier Comunidad cristiana -la litúrgica, la profética y la social-, que no pueden darse una sin las demás. Quizás sea esta la señal que Jesús nos pida ahora para testimoniar comunitariamente nuestra fe en el Resucitado: la presencia de Jesús en el Sacramento, en la Palabra y en la misericordia (“cuando lo hicisteis con alguno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”). Con tales signos alentaremos la esperanza tan necesaria.

A-42 Pascua II: ENTRE LA CREDULIDAD Y LA INCREDULIDAD

Jn 20, 19-31

  • La resurrección de Jesús es el fundamento de la fe cristiana. No se trata, empero, de un dogma abstracto que “haya que creer aunque no lo comprendamos”, sino, ante todo, de un hecho histórico; de algo que es verdad porque sucedió realmente. ¿Cómo nos consta esto? Pues como nos consta cualquier hecho histórico: por los testimonios orales o escritos. Por fortuna, contamos con ellos. Es verdad que hubo también testimonios que afirmaron lo contrario: los soldados, quienes aseguraron que el cadáver fue robado por los apóstoles. Pero según ellos mismos dijeron esto sucedió “mientras dormían”, por lo tanto, no les constó; su testimonio no es válido, y menos aun cuando uno de ellos confesó después haber sido sobornado por los sacerdotes del templo. En las cuestiones judiciales siempre suele haber algún tipo de fe, pues hay que creerle a testigos oculares, siempre y cuando posean condiciones que comprueben su credibilidad: honorabilidad, capacidad (un ciego, un mentiroso, un borracho, un demente… no son “dignos de crédito”), lugar adecuado, que hayan verificado y constatado, etc.
  • La fe es una virtud y como la mayoría de ellas, se ubican entre dos defectos opuestos (v.gr., la valentía está entre la cobardía y la temeridad). La fe se haya entre la credulidad y la incredulidad. Se dice de una persona que es “crédula” cuando está propensa a creer cualquier cosa sin verificar su aserto. En lo religioso, la credulidad se manifiesta en la tendencia a aceptar milagros o apariciones sin prueba alguna (una imagen de la virgen que se apareció en el piso del Metro o en el vidrio de una ventana; la creencia en rumores de posesiones diabólicas, las supersticiones o a algún otro fenómeno parasicológico). Hay muchos mexicanos crédulos, de quienes se suele decir que “tienen mucha fe”; pero que en realidad denotan propensión a lo mágico, y tienden a interpretar acontecimientos del azar como si se tratase de “milagros”.
  • Por el otro extremo está la incredulidad: aquellos que, prejuiciosamente, están bloqueados de antemano a cualquier actitud religiosa. En realidad, algunos de estos a lo que se oponen más bien es a la credulidad. Consideran cualquier manifestación religiosa como producto de manipulación o ignorancia. Supuestamente “racionales”, no caen en la cuenta que confunden la verdadera ciencia con el “cientificismo”, que también tiene sus “dogmas”; y que una auténtica fe cristiana no aliena del compromiso transformador por la justicia, ni es refugio de almas débiles.
  • Mientras la credulidad se cree todo de cualquiera, la incredulidad no cree nada de nadie. La fe auténtica, en cambio, se encuentra entre ambos extremos: Está abierta a lo divino; pero, para creer, exige ciertas condiciones de credibilidad, no para “probar” los asertos (pues ya no sería fe), sino de premisas racionales de que tales asertos -signos o testimonios- indiquen la posibilidad de la realidad connotada.
  • En cuanto al testimonio de los apóstoles, alguno podría pensar que se mostraron crédulos, ya que por su amor a su maestro estaban propensos a creer en la resurrección profetizada; pero más bien parecen haber estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad: cuando ocho días después de la resurrección, encontrándose los apóstoles reunidos, quizás frustrados, decepcionados o confundidos, Jesús se les apareció. Ellos quedaron estupefactos, sin saber si esa aparición fuese una alucinación. Jesús, para probar su corporalidad, les pidió de comer y le sirvieron un pescado. Jesús lo comió y sólo dejó el puro esqueleto y las espinitas. ¡Los fantasmas no comen! Tomás, en aquella ocasión no estaba con ellos, y cuando le contaron lo de la aparición, dijo que no creería a no ser que metiera su dedo en las llagas y su mano en el costado. Las llagas y las espinas del pescado fueron signos que les llevó a la fe; pero habían estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad.
  • Creer no es fácil en nuestro tiempo. Seguimos propensos, por un lado, a la credulidad, ahora con ropaje de seudociencia (los ovnis, la ouija, la astrología). Por otro lado, la mentalidad científica lleva a no aceptar más que lo que se pueda medir y pesar, a lo demostrable con los aparatos técnicos. Pero creer en alguien; tenerle fe a alguien es confiarse de él. En la fe cristiana es apostar vivir la vida desde la visión del Evangelio. Sólo se vive una vez, y según testimonios de quienes vivieron su vida cristianamente, se puede ser auténtico y feliz. En cambio, “quien no vive para servir, no sirve para vivir.” Expresemos nuestra fe en el Resucitado con una vida de alegría, de valentía, de esperanza y de amor.