Jn 18, 33-37
En el último domingo del Año Litúrgico, la Iglesia cierra el ciclo con la fiesta de Cristo Rey. Obviamente la advocación es una metáfora, que ha sido entendida de diversos modos:
- La Señoría cósmica de Cristo. Dios Padre creó el universo por medio de Dios Hijo, “por quien todo fue hecho”. Todo emana de Él y todo tiende hacia Él como a su meta y su fin: el “reino” mineral es asumido por el “reino vegetal”, que está en función del “reino animal”. Los animales son para los humanos y la humanidad, evoluciona y tiende a Cristo, quien siendo verdadero hombre y al mismo tiempo, verdadero Dios, es puente y culmen de la Creación.
- La advocación “Cristo Rey” también puede ser entendida al estilo de las monarquías mundanas. La iconografía de un Jesús con corona, cetro y capa. Pero el régimen monárquico concentra un poder absoluto, implica una dinastía de la misma familia (“sangre azul”) y suele ser despótico y parasitario. Se dice que nosotros tenemos añoranzas monárquicas, desde Iturbide y Maximiliano hasta la visita de Peña Nieto a la reina de Inglaterra.
- Evoca una “teocracia” o un gobierno ejercido por Dios, así como la “aristo-cracia” sería supuestamente el gobierno de los “mejores” (los oligarcas) y la “demo-cracia”, el gobierno del “pueblo” (o sus representantes). Pero como Dios está lejos, en el Cielo, lo deja a sus “representantes”, las jerarquías eclesiásticas. Connota la identidad entre religión y política, como en los Estados confesionales, en los que las autoridades religiosas de alguna manera controlan a quienes ejercen el poder político. En Occidente, la religión ungía a los gobernantes –el arzobispo, al rey, y el Papa al emperador-. Si el monarca no obedecía las directrices de la Iglesia, era excomulgado, y con ello, se quitaba al pueblo la obligación de obedecerlo (por eso Enrique IV, de Francia, fue a pedir perdón al Papa por su rebeldía, y se le oyó musitar: “Paris bien vale una misa”). Esto terminó cuando Napoleón, llegado de la Revolución Francesa en nombre de una supuesta “democracia”, le arrebató la corona al Papa, él mismo se coronó y coronó a la emperatriz.
- “¡Viva Cristo Rey!” fue el grito con que en México grupos de campesinos católicos –especialmente de Los Altos de Jalisco-, apoyados por clases medias urbanas (la Liga por la Defensa Religiosa) se levantaron en armas en defensa de su derecho a profesar su fe, y que llegaron a asesinar a un presidente electo. Ese grito evoca todavía reminiscencias de La Cristiada, esta etapa de nuestra historia dejó unos 300,000 muertos (de ambas partes), la mayoría civiles, y entre ellos un buen número de mártires. La advocación podría encerrar resentimientos y revanchismos que añoran una situación de poder político y animadversión a un Estado laico.
- Para comprender el reinado de Cristo es preciso recordar sus antecedentes bíblicos. Vemos que Dios fue renuente a la monarquía, pues prefería el régimen de los “jueces” o liderazgos naturales que surgían ante un peligro. De hecho, en el libro de Samuel aparece una de las críticas antimonárquicas más duras (I Sam 8, 10-18). Sin embargo, David fue visto como el prototipo de rey, pues a pesar de sus crímenes, supo llevar a Israel a su mayor grandeza. Su reinado fue utilizado como modelo para el “mesías” anunciado y con el que fue tentado Jesús mismo.
- Jesús responde a Pilato: “mi Reino no es de este mundo”… “mi Reino no es de aquí”. En efecto, no es de este mundo, si entendemos por “mundo” todo el tinglado estructural de dominación; pero tampoco es extraterrestre, ni únicamente para el más allá. Comienza a construirse aquí en la Tierra; aunque su plenitud sea escatológica. Se trata de un rey que no reina desde el Poder, sino que “empodera” a los débiles, los oprimidos, las víctimas. Es ir trabajando y orando para que “venga a nosotros su Reino”, haciéndose aquí en la Tierra la voluntad divina, que ya se hace en el Cielo.
- Hacer que Cristo reine no es construirle monumentos a guisa de supuesto desagravio, ni consagrarle países, ni pasear el Santísimo por las calles como si tomara posesión de la ciudad. Tampoco se trata de una irreversible recuperación del poder político de la Iglesia… es construir día a día una sociedad mejor. Comprender a este rey implica hacerlo desde el Reino cuya venida Él anunciaba. Sus características las enumera el Prefacio en la misa de hoy –“Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la Justicia, del Amor y de la Paz”-. Se trata del primer proyecto de globalización: hacer de todos los habitantes del Planeta una sola familia, que tenga como Padre a Dios (y que, por tanto, todos seamos hermanos). Esta fue su “utopía”, su ideal.
- Este “Reino” no nos llegará desde las nubes. Es tarea de los cristianos ir realizando lo que Jesús ya inició, para que cuando venga al final de los tiempos, pueda tomar posesión de lo iniciado en la Tierra, para que sea consumado plenamente en el “Cielo”.