PASTORAL JUVENIL VOCACIONAL[1]

El desafío de la modernidad


I CRISIS EN OCCIDENTE DEL CATOLICISMO Y DE LAS VOCACIONES

Hecho de vida

Un ejemplo personal: pasé 15 años como maestro en el Instituto de Formación Filosófica Intercongregacional de México (IFFIM), institución donde dieciocho congregaciones religiosas se encargan de los estudios filosóficos de sus formandos. En los primeros años como maestro, tenía tres grupos de 25 alumnos cada uno; más tarde se redujeron a dos grupos de 25 alumnos y luego a uno solo. En 2021, último año en que impartí clases, tuve un solo grupo, de 10 alumnos y en total eran 35 (para 15 maestros). Algunas casas de formación –varias ubicadas en grandes terrenos a las orillas de la ciudad- están siendo vendidas. Es evidente que la vida consagrada en México, ha dejado de ser atractiva para las nuevas generaciones.

Crisis de práctica religiosa.

  • El problema no es exclusivo de la Provincia claretiana, ni de algunos institutos (incluso los más importantes la padecen), ni tampoco es exclusivo de nuestro país (el fenómeno es más angustioso en otros países católicos occidentales). La crisis no es sólo del sector juvenil de la población, pues las estadísticas registran disminución de filiación confesional y de práctica sacramental: sólo el 50% de las parejas católicas en México se casan por la Iglesia. En 1950, los católicos pasabamos del 99% de los mexicanos, y en el 2020, éramos el 77.7%, con tendencia hacia la baja (22 puntos porcentuales en 70 años).
  • Esta crisis de la práctica religiosa se circunscribe más bien países euroamericanos. A Latinoamérica llegó más tarde, por su reservorio de religiosidad popular; pero ahora, el consumismo occidental aprendió a aprovecharla convirtiéndola en folklore, o a degradarla en magia o en mercancía. Por lo mismo, las nuevas generaciones ya no se identifican tanto con sus prácticas. La crisis vocacional no se resiente tanto en las Iglesias católicas de Asia y África: hay regiones -de la India, del sudeste asiático, de la Polinesia y de África, que son una reserva vocacional, al punto que se habla de la “orientalización de la vida religiosa”.

El discurso religioso se desplaza del templo a las aulas

  • Esta crisis no significa que a la población abandone la fe, ni que deje de interesarle lo que el cristianismo opine acerca de los principales problemas que les inquieta. Un indicador de esto, son las numerosas investigaciones que se realizan en el campo de las ciencias sociales: cada año, en México, hay ocho congresos de investigadores sobre lo religioso, y en muchas universidades hay algún centro de estudios de ciencias sociales y religión. Cuando estuve participando en el medio académico mexicano, la religión fue el tema que suscitaba mayor interés, quizás debido al tipo jacobino de laicismo jurídico de México, que extendía la prohibición de hablar de este tema en las aulas, a hablar de lo religioso como fenómeno social, lo cual afectaba al desarrollo científico del tema, respecto a otros  países latinoamericanos.

Inquietudes religiosas insatisfechas  de la juventud actual

  • Platicando con un maestro de preparatoria, me decía que sus alumnos tienen muchas inquietudes religiosas; pero que nadie los escucha: sus padres no lo hacen -sea por no sentirse capaces o por no querer dedicarles tiempo para este asunto irrelevante-. En las librerías, el estante que suele haber sobre religión, está ocupado por tendencias religiosas orientalistas o de evangélicos, y en cuanto a las librerías católicas (que los jóvenes no frecuentan), la mayoría de sus publicaciones, salvo pocos importantes escritos teológicos o espirituales, son textos catequéticos de la teología oficial y no abordan las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Al último a quien consultan es al párroco.

II  INCULTURACIÓN DEL EVANGELIO

La catolicidad de la Iglesia implica la inculturización del evangelio, del carisma y de la misión. Esto es parte del ser de la Iglesia misma. El destino misionero “ad gentes” se cumplía en una situación distinta y distante de donde se dio la llamada -otra cultura, otra época, otro contexto-. Por tanto, había que salir de la propia “zona de confort” e “ir a la periferia”. La crisis vocacional hizo que aquel eurocentrismo occidental se haya debilitado, pues ahora, los países “evangelizados” (Iglesia “en misión”) se fueron volviendo países “evangelizadores” (Iglesia misionera), y en los países “misioneros” se ven párrocos de razas “de color” atendiendo la feligresía “blanca”.

INCULTURACIÓN DE LAS ÉPOCAS Y DE LOS TIEMPOS: LA MODERNIDAD

  1. LA SECULARIZACIÓN[1]

La “inculturación” de la fe no se reduce a los espacios geográficos, sino también a los tiempos históricos. Desde hace ya unos tres o cuatro siglos, Occidente derivó hacia la emergente cultura  de la modernidad: el agotamiento de la monarquía y su alianza “trono y altar”, el liberalismo de los siglos XVII y XVIII, los avances de la ciencia y de la técnica, la filosofía positivista de Augusto Comte (veía el “estadio religioso” como “la infancia de la humanidad, producto del miedo y la ignorancia”); [2] el desarrollo de las ciudades, el aumento del nivel de conocimiento y escolaridad, el ansia de libertad y el rechazo de la población a ser controlada, la emancipación del Estado respecto a los controles eclesiásticos, etc. Todo esto generó un cambio cultural importante, la “secularización”: aquel proceso irreversible, por el que las “culturas sacrales” pasan, de una sociedad centrada en la religión, a otra donde lo religioso ha perdido relevancia:

  • En las culturas sacrales  (con sus “cuatro emes”: maravillosismo, milagros, misterio, magia). La religión era la cosmovisión compartida por todos, con la firme adhesión del sentido común. La Iglesia, rica y poderosa, informaba todos los sistemas culturales y se encargaba de muchas funciones sociales: la educación, los registros demográficos, el arte, la beneficencia social, la regulación de la sexualidad (los matrimonios), la legitimación y deslegitimacion de la autoridad política (si el rey desobedecía al obispo, este lo excomulgaba, con lo que se le dispensaba al pueblo la obligación de obedecerlo) y hasta la dieta alimenticia (la cuaresma).
  • En las sociedades seculares hay poca asistencia al templo, los sacramentos son meros signos de status, faltan vocaciones a los seminarios, disminuye la influencia de la Iglesia, el Estado se emancipa de los controles eclesiásticos, etc. Estas sociedades tienen las siguientes características:
    • Racionalización:Las sociedades son más burocráticas y menos jerárquicas; las verdades no se aceptan por autoridad, sino por coherencia argumentativa.
    • Diferenciación funcional:la religión se relega a una sola área específica. Las funciones que antes ejercía la Iglesia ahora son sustituidas por instituciones autónomas, independientes (los sacerdotes asumen roles de sicólogos, trabajadores sociales, entrenadores deportivos, etc. Ahora la Iglesia se pertrecha en la erótica, como último bastión… y que ya la sexología actual se lo disputa). Las Iglesias dejan de ser las que legitiman y pierden plausibilidad y monopolio del control social. Las anteriores tareas de las que se ocupaba la Iglesia, ahora son llevadas por instituciones especiales más pragmáticas (registro civil, panteón civil, hospital civil, escuela pública), la autoridad moral de la Iglesia es sustituida por éticas seculares, etc.
    • Individuación: el capitalismo, a fin de explotar mejor al trabajador, lo “libera” de los apoyos corporativos que regulaban su vida cotidiana (familia, poblado, parroquia, gremio). El individuo queda fragmentado e inerme, y se refugia en la religión, pero separada de las Iglesias; como cosa de la vida privada.
  • Secularización y cristianismo.
    • Algunos analistas ven en el judeocristianismo mismo, el origen de la secularización: La creencia en la creación “desencantó” a la naturaleza y a la consecuente idolatría: ni el sol, ni la luna, ni el cocodrilo, ni el rayo… son deidades, sino simples creaturas de Dios y no imágenes de piedra o de madera. La predicación de los profetas se oponía al fetichismo del dinero (Mammón) y a los ídolos de la fertilidad (Baal). Jesús la retoma esta misma denuncia y deslinda: “el que sirve a dos señores, con alguno queda mal: no se puede servir al mismo tiempo, a Dios y al dinero”, o confronta los “tabúes” de las “impurezas” de los fariseos; contrapone la compasión a la Ley (convertir el Sábado, de día festivo del Señor, a agobiante impureza tabú).
    • El viejo “Estado Confesional” corrompió a la Iglesia, debido a su connivencia con el poder temporal, le delegó el control al pueblo y el sometimiento a las autoridades neoliberales.
    • La evangélica “opción por los pobres” es retorno a lo más auténtico del Evangelio
  • EL ESTADO LAICO
  • El “Estado laico” es una adquisición de la modernidad. Se contrapone al “Estado Confesional”, es decir, a la “Alianza Trono y Altar”, como la que se dio a partir de la legación de Constantino (los Estados Pontificios). Al inicio, la Iglesia era una institución más fuerte que las monarquías. El obispo coronaba al rey, y el Papa al emperador. Este esquema se mantuvo incluso después de la Reforma de Lutero: para evitar confrontaciones bélicas, se llegó al acuerdo: “cujus regis, ejus religio” (“la religión oficial de cada Estado, será la que tenga el rey).En la Nueva España asumió la forma del “Patronato Real”: los Reyes Católicos eran los responsables de la Iglesia Colonial (envío de misioneros, construcción de templos y conventos, cobro del diezmo, monopolio católico, etc.), a cambio de que el Papa, para nombrar obispos, tuviera que elegir entre la terna que la Corona le enviara. Este modelo terminó con el Galicanismo, cuando el poder real trató de imponerse sobre la Iglesia (los conflictos de investiduras):
  • El Estado Laico, en una sociedad plural como la del México actual -en la que los católicos ya sólo somos el 75% de la población-, ninguna denominación (religiosa, agnóstica o atea) tiene el derecho de valerse del aparato de Gobierno para imponer a toda la sociedad su propia visión del mundo. A la Iglesia católica en México le cuesta mucho trabajo renunciar a sus privilegios, y recurre a la filosofía jurídica del “iusnaturalismo” o “derecho natural” (aun cuando los católicos ya no fuésemos mayoría, la Iglesia no puede aceptar leyes inmorales, sino que nos guiamos por la “ley natural”, es decir, la que Dios escribió en la naturaleza misma y que todo mundo la conoce por instinto). Se objeta que según épocas o culturas, muchas veces se confunde esa “ley natural” con costumbres dominantes (para Locke, la propiedad era derecho natural, en otras partes lo es la subordinación de la mujer al varón). Por eso, el “positivismo jurídico” parece más práctico para la convivencia social, en aquellas sociedades donde existan concepciones éticas o religiosas opuestas, con tal de que las defiendan con argumentos suficientes. El Estado laico tiene que velar para que ninguna institución imponga su opinión a toda la sociedad, ni le corresponde optar por alguna de las partes, sino más bien convocar a todas, para que lleguen a un acuerdo, desde la “ética de los mínimos”.
  • LOS DERECHOS HUMANOS
  • La modernidad comenzó con la Revolución francesa, uno de sus legados fundamentales fue la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente, el 26 de agosto de 1789. Dicha Declaración fue muy bien recibida y actualmente tiene un valor universal. El mundo acordó reconocer a todos los humanos los derechos civiles y políticos que han de tener cabida en cualquier democracia moderna.
  • La primera generación de los derechos humanos: Los derechos civiles y políticos,  reconoció las libertades  de pensamiento, de expresión, de mercado, etc: La primera modernidad fue gestada por el Primer Mundo para la legitimación del Capitalismo.
  • La segunda generación de derechos humanos: Los derechos económicos y sociales. Los DH “de primera generación” fueron creación del “Primer Mundo”, y en el clima de la “Guerra Fría”, de la posguerra, utilizarlos para desprestigiar al “Segundo Mundo” -la URSS y el bloque socialista, incluyendo a China y a los países europeos de la órbita soviética- aprovechando las inocultables violaciones a los derechos humanos de aquellas las tremendas dictaduras (las atroces persecuciones religiosas durante el comunismo leninista-stalinista).  Para ello, requerían el reconocimiento de todos los países. Pero este bloque condicionaba su firma de aceptación a la Declaración Universal, a la aceptación del Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC) (derechos laborales, derechos a la vivienda, a la alimentación, la salud, a la no-discriminación, etc.). De modo que los países occidentales se vieron en la necesidad de incluir estos derechos, y sólo así se pudo firmar en la Declaración de las Naciones Unidas de 1948.
  • La Tercera Generación de derechos humanos -los de “solidaridad” o “derechos colectivos”- proclaman los derechos a la paz, al desarrollo, a un ambiente sano, a la asistencia humanitaria (al apoyo internacional ante desastres naturales, guerras), etc.
  • “La Cuarta Generación son lo derechos diferenciados”: si los derechos anteriores obligaban a todos los humanos, por igual o en colectividad, ahora obligan de forma diferenciada: el respeto a los diferentes: los ancianos, los niños, los negros, los minusválidos, las mujeres, los homosexuales, de los pueblos indígenas, etc. (Ahora se pretende extender derechos a los no humanos: la Madre Tierra, los animales, etc.).

Todo este conjunto de derechos han ido sensibilizando a las personas, especialmente jóvenes, concientes de lo afirmado en la Declaración de Viena de 1993: “Todos los derechos son universales, indivisibles e interdependientes y están relacionados entre sí”.

III  LA CRISIS VOCACIONAL EN OCCIDENTE

DESDE LA CULTURA MODERNA

  • Si la crisis vocacional no es exclusiva de la Provincia claretiana de México, sino que es común a todos los institutos religiosos;
  • si tampoco es exclusiva de México, sino de los países de Occidente, y no de otros continentes;
  • si la crisis no es únicamente vocacional, sino que afecta a la práctica religiosa y a la disminución de católicos en general,
  • si esto no indica que haya desinterés por lo religioso (el creciente interés por el tema religioso en el medio universitario y académico)

Entonces, queda la hipótesis de que esta crisis obedece a una falta de inculturación pastoral ante la cultura emergente: la “modernidad”.

Esto ya se había demostrado en el Concilio Vaticano II: El evento empezó a despertar gran interés en los mass-media, cuando el Papa Juan XXIII hizo su conocida proclama: “Abramos las ventanas para que entre el aire fresco de la modernidad”. A partir de esta declaración, el Concilio sacudió de la inercia en que se había pertrechado la Iglesia, sintiéndose acechada, como una fortaleza, justamente, debido a la modernidad. La renovación conciliar provoco entusiasmo en los sectores progresistas, y a la vez, temores y confusión entre los conservadores, dividiéndose así la Iglesia. Este gran “tsunami” arrollador, en Latinoamérica, después de reafirmarse en la II CELAM de Medellín, se fue desvaneciendo a partir de la CELAM III de Puebla, cuando las fuerzas tradicionalistas –golpeadas; pero no vencidas, y apoyadas por la Nueva Derecha neoconservadora y neoliberal- lograron recuperarse y elevar al solio pontificio al Papa Juan Pablo II, y que actualmente, ahora contra el Papa Francisco, están volviendo al ataque.

En este contexto cuando resuena la voz del Papa Francisco, con esta obviedad:

El modo en que estábamos acostumbrados a desarrollar esta pastoral [“Juvenil Vocacional] en la Iglesia ya no va más, porque no responde a las inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas de los jóvenes”. (Papa Francisco, “Christus Vivit”).[3]   

Cambios en la realidad juvenil de México.

La situación de la juventud en México es muy distinta actualmente respecto a la que teníamos los claretianos mayores hace apenas 50 años, cuando entramos al seminario:

  • La Iglesia ya perdió el control social: cuando Ruiz Cortines, había enormes colas de penitentes para confesarse y poder comulgar los Primeros Viernes, y los jóvenes teníamos que presentarles a nuestros padres la calificación de las películas en cartelera, publicadas por la Liga de la Decencia, distribuidas en los templos.
  • México ha transitado, de una sociedad rural a otra urbana. Los claretianos mayores, provenientes de comunidades pueblerinas, confirmarán que sus pueblos natales se han convertido en ciudades pobladas, con calles pavimentadas y con mucho tráfico. En aquellos espacios, donde de chicos cuidaban sus animales y jugaban futbol, ahora sus sobrinos tienen estudios preparatorianos o universitarios, tienen familiares en el extranjero, visten a la moda, tienen celular e internet y en las fiestas religiosas, hay más jóvenes en las ferias y juegos mecánicos, que en las misas.

Ya ni pensar aquellas “cosechas” de niños que, en las giras vocacionales, traía el reclutador de vocaciones (le llamaban “robachicos”), pues sus padres estaban contentos de que su muchacho entrase al seminario, donde tendría facilidades para estudiar su secundaria en la ciudad, tenía control y disciplina, y estaban más contentos todavía, si después se salía. No podemos, seguir haciendo lo mismo, esperando tener ahora mejores resultados que antes (pensando, simplemente, con un “vocacionero” mejor).

Reubicación de la pastoral juvenil vocacional

  • Se tiende a ver la “pastoral juvenil vocacional” como dirigida a un sector específico, desmembrado de la pastoral de conjunto de la comunidad parroquial. Es verdad que se puede estudiar la sicología social de la juventud actual -al menos la de México- y es probable que esto ayude al discernimiento vocacional por parte del sacerdote encargado; pero la causa determinante de la crisis vocacional es la cultura moderna, en la que los jóvenes están inmersos; la reciben en las clases de preparatoria, en las universidades, en los libros que leen y películas que ven en  el cine, en “Netflix”, en las series de TV, en las redes sociales, en YouTubes, las modas, etc…. Esta cultura ambiental les plantea desafíos a su fe, pues además, crecieron ya en ambientes secularizados. Sus mismos padres no saben o no les interesa responderles, y recurren a sus compañeros, igual de confundidos que ellos… Al último lugar al que recurren es a los templos, cuyos sacerdotes y feligreses pertenecen a otras generaciones, y que tal vez comprendan menos que ellos a la cultura moderna.

Respuesta al gran desafío

  1. Si queremos que en nuestros templos y en nuestros seminarios haya más jóvenes (o no tan jóvenes, pues algunos entran al seminario con carrera universitaria y dejando una novia), toda la comunidad cristiana tiene que cambiar: la pastoral juvenil no puede entenderse como una pastoral desvinculada de la pastoral de conjunto. Una pastoral juvenil vocacional eficaz interpela y desafía a toda la Iglesia, al menos en Occidente, cuya viabilidad histórica dependerá de que dé una respuesta relativamente pronta a este desafío. Por tanto, queda fuera de nuestras posibilidades provinciales actuales, e incluso, hasta de las posibilidades reales de la cúpula eclesial, incluyendo al Papa Francisco mismo, cada vez más cuestionado. Esto no quiere decir que no hagamos nada y que nos sentemos a rezar, en espera que una solución nos venga del Cielo. La aportación de este trabajo pretende, simplemente, detectar la causa principal, esto, además de no desanimarnos, espero que aliente a continuar con nuestros pequeños pasitos, que si los damos en la dirección correcta, podríamos contribuir, con nuestros granitos de arena, a la inclinación de la balanza, ¿En qué dirección?
  2. Convertirnos hacia la cultura moderna actual: verla con otros ojos, tratar de comprenderla y no defendernos de ella… Quizás esta crisis vocacional y de identidad cristiana sea un “signo de los tiempos”, por dónde el Espíritu esté actuando en este momento de la historia. No nos arriesguemos a “estar dando coces contra el aguijón”.
  3. La “crítica de las culturas”. Toda tarea de inculturación de la fe conlleva esta tarea para la Iglesia: todaslas culturas tienen sus valores y sus contravalores. Evangelizar las culturas implica potenciar sus “Semillas del Verbo”, sus valores tendenciales hacia el Reino de Dios, y denunciar sus antivalores, sin pretender ir a “enseñarles”, sino caminar junto con ellos hacia la realización plena de la utopía de Jesús.
  4. Perdón; pero no olvido: Se requiere de una reconciliación cultural; pero sin caer en ingenuidades: persisten en la memoria las dos primeras formas de modernidad -el liberalismo jacobino capitalista y el comunismo leninista/stalinista-. En ambas, miles de cristianos fueron asesinados por persecuciones, y la Iglesia fue despojada de bienes y privilegios, que juzgada desde su misión, no les pertenecían, pues fueron acumulados en los Estados Confesionales, y le tocó pagar su precio.
  5. Pasitos de conversión: Que en nuestros templos se escuche hablar de derechos humanos, de las reivindicaciones femeninas, del respeto a la comunidad gay, de ecología, de los derechos a los ancianos, de los obstáculos a la paz, de las injusticias, de la inmoralidad de la llamada “posverdad” y las “fakenews”, etc. Que busquemos dar a los sacramentos y a las devociones populares un sentido más teológico, evitando su degradación.
  6. Que la formación permanente vaya en esta dirección, y que se facilite a los misioneros más jóvenes, una mejor formación, especialmente en carreras universitarias.
  7. Desvincularnos, como Iglesia, de esos movimientos semejantes a los ProVida (infiltrados por la ultraderecha y por fuertes capitales empresariales, como es la minería). Por ejemplo: oponernos proféticamente al aborto; pero no desde el poder (los aparatos de Estado), sino mediante el diálogo con otras corrientes, presentando nuestro punto de vista con humildad y respeto, como correspondería a un auténtico Estado Laico, etc.
  8. Necesitamos también revisar nuestros prejuicios a todo lo que huela a “izquierda” (o a los denigrados “populismos”) y tener más criticidad hacia la Derecha. Quizás nos sorprenda descubrir que la primera posición está más cerca del Evangelio, que la segunda.

Este es mi aporte; quizás sea un sueño; pero sin sueños no hay cambio posible.


[1] Se distingue la “secularización” –proceso sociocultural irreversible- del “secularismo” -ideología que califica a lo religioso como falsedad, producto del miedo y la ignorancia-.

[2] B. Malionowski y antropólogos funcionalistas, basados en sus trabajos de campo, afirman que en las culturas primitivas, magia, religión y ciencia no son estadios sucesivas, sino que siempre han coexistido; pero cumpliendo funciones distintas

[3]“Christus vivit”, num. 202-247, cita del conversatorio “Dimensión Juvenil y Vocacional, “El Papa Francisco y los Jóvenes” pag. 3. Idea que se repite en la parte “sueño congregacional y los jóvenes” (p. 4). 

9. CUATRO DOGMAS FINALES

Los dos “credos” concluyen con cuatro dogmas finales, las cuales se hayan en ambos credos y en el mismo orden. Estos son los siguientes:

  1. LA SANTA IGLESIA CATÓLICA
  2. LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
  3. EL PERDÓN DE LOS PECADOS
  4. LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y LA VIDA ETERNA
  1. LA SANTA IGLESIA CATÓLICA

El Credo Niceno-Constantinopolitano añade cuatro atribuciones para la Iglesia: “Una, Santa, Católica, Apostólica y siglos después, la tradición añadió una quinta: “Romana”.

  1. Una.

Quizás los Padres Conciliares se hayan querido “curar en salud” de eventuales cismas, divisiones o teologías antagónicas, lo que podría fragmentar a la Institución o por lo menos, debilitarla. Pero ahora, el riesgo es que el precio de esa cohesión es derivar en una disciplina uniformizadora, que conlleva un modelo eclesial piramidal, jerárquico y por tanto, limitante. En estos momentos, el Papa Francisco pretende devolverle a la Iglesia su carácter sinodal primitivo.

  • Santa.
  • La Iglesia es “santa y pecadora” a la vez. En sus más de dos milenios, la Iglesia ha tenido en su historia, páginas gloriosas, santos ejemplares y sabios teólogos, que la siguen enriqueciendo: pero también, páginas vergonzosas- No me refiero tanto a los actos lujuriosos, como los que se suele pensar cuentan del Papa Alejandro Borgia, sino, sobre todo, de la tentación de poder temporal: A partir del siglo IV, con la convenenciera «conversión” del Emperador Constantino, la Iglesia fue copada por los poderes terrenales y convertida en principal apoyo del antiguo Imperio Romano. A cambio de esto, Constantino, supuestamente, legó a la Iglesia un inmenso territorio, los Estados Pontificios (el Vaticano). 
  • En el siglo VIII, el emperador Carlo “Magno”, rey de los francos, unificó gran parte de Europa central y occidental, con cierto beneplácito de Europa Oriental (con reticencias por haber aceptado la famosa fórmula “filioque”). Formó el Sacro Imperio Romano Germánico y combatió a los musulmanes, los eslavos, los sajones y conquistó Italia. Para obtener mayor legitimidad, se apoyó en el Papa León III, a cambio de que el cristianismo fuera la ideología oficial de su Imperio.
  •   Para ratificar este pacto, hizo que el Papa León III lo coronara emperador, en la Navidad del año 800 y en la Basílica de San Pedro. La aparente subordinación de la Iglesia al poder imperial, no tardó en invertirse. Si el Papa corona al emperador, significa que el Papa da legitimidad; pero también puede revocarla. Esto pudo constatarse en el siglo XVI, cuando el rey de Francia Enrique IV abrazó el galicanismo (teoría política que subordinaba a la Iglesia al poder secular). El Papa lo excomulgó, quitándole al pueblo la obligación de obedecer al monarca, con lo que el rey abjuró del galicanismo, y se le oyó musitar al monarca: “Paris bien vale una misa”. Así continó hasta que Napoleón, al ser coronado por el Papa, le arrebató la corona y se coronó a sí mismo, en nombre del pueblo,
  • Este contubernio dio pie a la llamada “Alianza Trono-Altar”, con la que se configuró el “Estado Confesional”, mantenido, incluso, durante la Reforma protestante, que a pesar de dividir a Europa entre “católicos” y “reformistas”, ambas denominaciones acordaron el principio “cujus regis, ejus religio” (En un Estado Confesional, toda la gente debe tener una única religión, que no es otra que la religión que profese el rey).
  • En la Nueva España, según el Patronato Real, la Iglesia encomienda a los Reyes Católicos la organización de la Iglesia: El Rey –o en su caso, el Virrey, guardadas las proporciones-, es quien envía misioneros, cobra el diezmo, construye templos y monasterios, vela por la conducta del clero y de las religiosas, etc… a condición que para el nombramiento de los obispos, el Papa deba elegir alguno entre una terna que le presente el rey, lo que subordina la Iglesia al poder secular; aunque ésta goce, a cambio, de gran poder terrenal. Así, en la Nueva España, no había lugar para musulmanes, judíos o herejes (estos, o bien eran expulsados, o puestos en brazos de la Inquisición); pero las autoridades virreinales debían obedecer las directrices morales y doctrinales de la Iglesia.
  • La Iglesia, a su vez, se ocupaba también de tareas que ahora son competencia del Estado: el control demográfico (su embrión ya eran los  libros parroquiales), la salud, la asistencia pública, la educación, e incluso, el aparato represivo (la Inquisición). Sin embargo, también, hubo frailes sensibles, que utilizaron su facultad de legitimación religiosa para defender a los indios de la voracidad de los colonos.
  • Católica, Apostólica y Romana.
  • Decimos que la Iglesia es “apostólica”, porque aquella unción consecratoria con la que Jesús comunicó a sus apóstoles la facultad de transmitirla “en memoria suya” (la “sucesión apostólica”), la cual  se ha mantenido sin interrupción: determinado obispo transmite a un nuevo obispo esa consagración, hasta llegar a los obispos de una “Iglesia madre” -fundada por uno de los Doce-. La Iglesia Católica garantiza y tutela esta continuidad ininterrumpida; pero también la han conservado, al menos, la Iglesia Anglicana y las Iglesias “ortodoxas” de Oriente. (en estas últimas sus Patriarcados se remiten a determinados apóstoles).
  • La Iglesia es “católica”, es decir, “universal”. No entendemos esta universalidad en el sentido que el modelo cultural, social o teológico tenga que imponerse a todos los 1,300,000 católicos de todo el mundo. De hecho, se da actualmente un sano pluralismo teológico, cultural, ritual, ideológico, etc., que es, precisamente, lo que ha permitido su unidad a través de tiempos y lugares.

   El adjetivo romana”, únicamente se entiende en el sentido que el obispo de Roma es el sucesor de San Pedro, quien recibió el “primado” (“primum inter pares”= primero entre sus iguales), pues según antigua tradición, en caso de algún conflicto entre iglesias, las partes recurrían al obispo de Roma para dirimir sus diferencias.

  Sin embargo, la historia puede testificar cómo, esa condición, derivó en un papado demasiado protagónico, reforzado, con Pío XI por el dogma de la infalibilidad, y en un modelo piramidal eclesial uniformizadora (que ahora, el Papa Francisco pretende invertir la pirámide y recuperar el modelo “sinodal”). Ante la actual crisis vocacional de Occidente, la dicotomía entre países “misionados” (paganos) y países “misioneros” ya se ha borrado: actualmente, los antiguos países “católicos” están muy secularizados, han disminuido su feligresía y casi no tienen vocaciones, por lo que ahora, sus parroquias son atendidos por sacerdotes asiáticos o africanos, y todo mundo está de acuerdo en la necesidad de un “diálogo de religiones, de culturas y de generaciones”.

  1. LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

   La Iglesia es la comunidad de los seguidores de todos los que siguen o han seguido a Cristo, a quienes, en los primeros momentos de su historia, eran llamados “santos” (“saludos a los santos de la Iglesia de tal lugar”, es decir, “consagrados”, ungidos por el bautismo de Cristo mismo, justificados y salvados por Él.

      Las “postrimerías”

Los “santos”, decíamos, todos los que vivieron, han vivido o vivirán eternamente, configurados a Cristo, en esta o en  la otra vida. Se trata de la “Iglesia triunfante” (que goza de la salvación celestial), “la Iglesia purgante” (que debe aún purificarse antes de entrar en la Gloria) y la “Iglesia militante” (que aún está decidiendo su suerte eterna “militando” -luchando- en este mundo). Hay mucha imaginería en torno a las “postrimerías” y su suerte, en estos tres estados:

  1. La Iglesia “Triunfante”. En general todos coincidimos en que la salvación completa se da hasta que hayamos resucitado “en cuerpo y alma” y, aunque podría haber, en la Gloria, “grados” de felicidad plena, dado que en aquel estado de Gracia y santidad no hay envidias, ni competencias, ni comparaciones. Se me ocurre un recuerdo personal, de cuando trabajaba en las vecindades de Puebla:

En cierta ocasión, me tocó un tremendo aguacero, estando en una casa de vecindad que carecía de agua. La gente guardaba tambos a la puerta de su vivienda, para recoger al agua de las pipas que comportaban colectivamente, de modo que todos los vecinos, en aquel aguacero, sacaron al patio tinacos, cubetas, ollas, etc…. y una niñita sacó también su tasita. Después del aguacero, todos los cacharros quedaron desbordantes hasta el tope. Me imaginé que algo así podría suceder en la Gloria, pues, como decía el adagio escolástico, “quidquid recipitur, al modum recipiendi recipitur” (“lo que se recibe depende de la capacidad recipiente”). De lo que se trata es que cada cual se llene hasta el tope de Gloria de Dios. Es cierto que hay mucha diferencia entre exponer a la lluvia la tasita de la niña, o aunque sea, un dedalito, a no poner nada.

  • La Iglesia purgante” ya casi nadie concibe el Purgatorio como lugar de tortura y de llamas (sin oxígeno no habría combustión), ni en una condena temporal (tiempo y espacio son sólo categorías de pensamiento y no existen en realidad). Las “indulgencias”, calculadas en días y años, tampoco son ya tomadas en cuenta. Con el desconocimiento de la existencia agustiniana del “limbo” para los recién nacidos, se abrió la puerta a nuevas interpretaciones del “purgatorio”. Desde la eternidad, el tiempo no es duración, sino un sólo instante que, quizás, se pudiera dar al momento mismo de la agonía previa a la muerte: en sólo un instante tremendamente doloroso (como arrancarse una cicatriz).

La participación en el Cristo total

  • Todos los cristianos estamos llamados a configurarnos con Cristo; pero dada la perfecta y multifacética figura de Jesús, nadie -salvo la Virgen María- puede configurarse plenamente con Él. Por lo mismo, el Espíritu Santo dones a diversos “santos” (canonizados o no), para que cada cual imite, preferentemente, cierta faceta determinada de la personalidad de Cristo. De manera especial a algunos santos son llamados a fundar una familia  de cristianos, discípulos de aquel santo, y les comunica su “carisma” espiritual. Algunos ejemplos:

S Antonio M Claret  —-Xto misionero                     S Camilo de Ledlis —Xto sanador

S Pablo de la Cruz ——Xto Doliente                        S Juan Bosco –——–Xto con niños

S Fco de Asis ————Xto Pobre, ecologista        S Benito—————-Xto sacerdote

S Domingo—————Xto maestro                         S Juan de Dios——–Xto exorcista

                Sta Teresa—————Xto orante

    Es así cómo, entre todos los santos, reconstruimos el “Cristo total” (su compleja espiritualidad). Este sería el fundamento de la “comunión de los santos

  • Además del “carisma”, cada santo (o familia religiosa) tiene una “misión” o tarea encomendada, dentro de la compleja comunidad eclesial; un proyecto del Padre a reflejar y encarnar en un momento determinado de la historia; un aspecto del Evangelio (EG, Papa Francisco).
    • Según la concepción platónica, cada “forma” posee una cualidad plena y total, y es “causa formal” de todos aquellos que participan de ella, de modo gradual y limitado.
    • El Espíritu Santo comunica un Carisma y/o una misión al santo fundador en forma plena y total, quien a su vez, lo comunica a su familia espiritual de modo “participativo”, degradado.
    • Sus seguidores, a su vez, enriquecen el Carisma con sus reflexiones teológicas, su testimonio ejemplar, su forma de transmisión, su organización, etc.
    • La tarea histórica de cada familia religiosa es “descontextualizar” la situación social y la sicología del fundador, para “recontextualizarla” después, adaptándola a los nuevos “contextos” o situaciones sociotemporales.
  • Es así como se forma una determinada espiritualidad, con lo que se enriquece a toda la Iglesia.
    • Espiritualidad no es algo que suceda en el interior de la persona (“intimismo”), o que se relacione exclusivamente con el alma o con el más allá
    • Espiritualidad es una fuerza, una pasión, un “espíritu”. Son principios y actitudes que mueven a la acción.
    • Es una vivencia que centra toda la persona en algo esencial, a lo que entregamos plenamente nuestro ser.
    • Produce un gozo desbordante, que se desea compartir y difundir para ese ideal impregne toda realidad.

III EL PERDÓN DE LOS PECADOS

  • El pecado, en abstracto, es un desorden que pervierte nutro ser de creatura;  en concreto, requiere para cometerlo, “pleno conocimiento, libre consentimiento, voluntad de pecar”. Estas características toman en cuenta nuestra naturaleza pervertida por el desorden original, que llega, incluso, a debilitar nuestro consentimiento (por ejemplo, en casos de adicción) o voluntad de pecar (“no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, y en ese caso, ya no soy yo quien peca, es el Pecado quien peca en mí. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”). Incluso Jesús, fue tentado por el maligno; por eso, en el “Padre Nuestro” no le pedimos al Padre que nos quite las tentaciones, sino que “no nos deje caer en ellas”.
  • Dios nos perdona generosamente; pero nuestro perdón está condicionado a que perdonemos a nuestros hermanos, “del mismo modo” como nosotros perdonemos a quienes nos ofenden (por eso es riesgoso rezar el Padre Nuestro), y cuenta la parábola de aquel siervo, a quien su señor le perdonó una deuda impagable, ante lo cual, lo que procedía en tales casos era venderlo a él, a su familia y a sus bienes, para recuperar algo de la deuda; pero que aquel mismo siervo fue incapaz de perdonarle a un compañero una ridícula deuda, por lo que lo el señor lo entregó a la justicia (Mt. 18, 23-35). Aunque San Lucas matiza en otros casos: “Si tu hermano te ofende, corrígelo, y si se arrepiente, perdónalo” (Lc. 17, 3): El perdón está condicionado al arrepentimiento, y éste, a su vez, se facilitará si se sabe corregir debidamente (corrección hecha con amor, momento oportuno, palabras suaves).
  • Le pedimos a Nuestro Padre Dios nos perdone y Él está dispuesto siempre a perdonar; pero para ello, se nos pide el arrepentimiento; pero dada nuestra voluntad enferma, dicho arrepentimiento a veces nos cuesta, de donde haya delegado a la Iglesia la absolución (“a quienes perdones sus pecados, quedarán perdonados, y a quienes no se los perdonen, quedarán sin perdonar”); se trata del “poder de las llaves”. La Iglesia es signo del amor misericordioso y compasivo de Dios (“aunque tus pecados sean rojos como la grana, quedarán blancos como la nieve”). Pero hay circunstancias en las que la Iglesia tiene el poder de negar la absolución. Para dar la absolución, la Iglesia requiere de siete requisitos: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, restituir el daño, confesar los pecados, cumplir la penitencia y recibir la absolución. Esto lo podemos constatar más fácilmente en casos de injusticias sociales graves, de dominio público, en las que sacerdotes u obispos valientes (como Pedro Casaldaligas o Oscar Arnulfo Romero) negaron la absolución. En tales casos se pudo mostrar el “poder de las llaves” en defensa del pueblo contra los poderosos. Revisemos las  siete condiciones para dar la absolución pública (como podría ser en el caso de Ayotzinapa, cuando se lesionó a la sociedad:
    • Examen de Conciencia: se requiere de una investigación pública de “crímenes de Estado” que intentaron esconder; pero que ya consta jurídicamente que tales hechos acaecieron. Ej., la comisión de la Verdad de Mons. Gerardi, en Guatemala, investigación que le costó su asesinato.
    • Arrepentimiento: Se tienen que reconocer las faltas y dar muestras de dicho arrepentimiento (no esconder pruebas, por ejemplo). Como hizo el presidente Díaz Ordaz, cuando personalmente asumió la responsabilidad de los crímenes de los estudiantes (aunque él no fuera el que directamente los realizó).
    • Confesión verbal: Que sea pública y clara, sin verdades a medias (no como la “verdad histórica” del Procurador).
    • Propósito de la enmienda: Comprometerse a poner candados y leyes estrictas para que tales hechos no vuelvan a repitirse.
    • Cumplir la penitencia: Para que no haya impunidad, se tiene que cumplir la condena (p.ej., ir a la cárcel).
    • Restituir el daño: el daño moral es irreparable; pero puede darse algún tipo de indemnización a los familiares de las víctimas, reparar el daño moral seguido por el perjurio o calumnia. En algunas partes, esto implica a hacer un monumento que recuerde tales hechos (“las muertas de C. Juárez”, sobre los feminicidios, el monumeto a los normalistas de Ayotzinapa).
    • Dar la absolución: Una vez que se hayan cumplido estos requisitos, la sociedad puede plantearse el perdón: Perdón y olvido como es el perdón que otorga Dios. Perdón; pero no olvido:Custodiar la “memoria peligrosa” es una deuda histórica para con las víctimas, aun cuando no se llegue al perdón (“2 de octubre 68 no se olvida”). Conozco a mujeres casadas que supieron de la infidelidad del marido, y le decían: “te perdono; pero no olvido, para que no me lo vuelvas a repetir”. Algunos más intransigentes, ante graves crímenes sociales y para evitar la impunidad, dicen ni perdón, ni olvido… y hasta hay otros que olvidan y no perdonan, pues ya se olvidaron del agravio; pero les queda el rencor, que terminan sin recordar su causa.

IV LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y LA VIDA PERDURABLE

  • Las “postrimerías” (muerte, juicio, infierno y Gloria) hablan de un doble juicio después de la muerte: el “juicio particular”, recién acabando de morir, y que es cuando se decide la suerte eterna de la persona, y el “juicio universal”, que es cuando se evalúa la aventura de toda la especie humana, en la encomienda que le dio Dios a los humanos, de “custodiar la Tierra” (Dios la creó bella, y de haber cuidado más la ecología, podríamos haber tenido planeta para mucho tiempo más), y una vida más feliz para todos, mediante una convivencia más fraterna, justa, pacífica, verdadera, libre y –sobre todo- fraterna y amorosa (la “utopía” divina, que Jesús llamó “Reino de Dios”).
  • La humanidad se ha enriquecido, gracias al desarrollo de tantas cualidades personales, laborales y espirituales: santos, científicos, filósofos, artistas, educadores, obreros, madres y padres de familia, trabajadores del campo, juristas… y tantos héroes reconocidos o anónimos, que entregaron su vida por los demás, místicos y mártires, religiosos e inventores, etc. Pero también, se ha empobrecido con gente mala, ambiciosa, mentirosa y manipuladora, cruel y prepotente.
  • El texto de San Mateo (Mt. 25, ) presente que en el juicio final, existe una clara línea divisoria entre ambas clases de personas. Pero lo que, de hecho comprobamos, es que dicha distinción no es tan sencilla en nuestra historia: la línea de separación entre víctimas y victimarios pasa por en medio de cada persona, y no es fácil discernir el trigo y la cizaña en un campo dónde crecen juntas; así como tampoco entre el opio y la levadura. Tantas veces hemos sido partícipes de “responsabilidades compartidas, diluidas en múltiples complicidades”. No valoramos suficientemente que actitudes que creíamos de poca monta, pueden tener graves implicaciones: pecados de indiferencia, omisión, pasividad, miedos o pequeños egoísmos, etc., que estructurados, forman los tremendos “sistemas de opresión”; otras veces, “pasamos de largo”, como el sacerdote o el levita en la historia del Buen Samaritano. Propongo el siguiente ejemplo, de un hecho del que personalmente fui testigo:

En Ciudad Juárez, en una colonia popular en la que muchas viviendas del INFONAVIT quedaron abandonadas por emigrantes, que dejaron sin pagar sus créditos correspondientes, había varias pandillas que desmantelaban esas casas, que luego utilizaban como refugio. Se robaban puertas, ventanas, cables eléctricos, muebles de baño, etc. Allí pude constatar el siguiente caso de “responsabilidades compartidas por múltiples complicidades diluidas”. Fue el caso de un muchacho de la familia donde me hospedaba: ambos padres salían a trabajar a la maquila y él quedaba solo en casa, con su hermana menor acostada en el sillón y con el control de la TV. Se aburría “como una ostra” y salió a reunirse con su “banda”. Le dicen sus amigos: (1) “Ve con Don Vicente y pídele su mazo”. (2) El hombre sabía que no lo iban a utilizar para algo bueno; pero tuvo miedo de negarse. (3) La vecina de enfrente veía desde la ventana cómo desmantelaban la ventana; pero también tuvo miedo de avisar a la policía. (4) Los amigos del joven le dijeron “ya que no trabajaste en esto, llévate esta noche la ventana”. El muchacho llegó a su casa con la ventana. (5) Su madre le preguntó: “¿A dónde llevas esa ventana?”. Y él responde: “eso no te importa; es asunto mío”. La mujer se imaginaba de dónde había salido aquella ventana; pero no supo qué hacer (6) Al día siguiente llevaron la ventana al comprador de metales “de chueco”: no había duda de que era robada; pero no le importó. (7) Finalmente, un comprador se interesó en adquirirla. Era más que probable que la ventana era robada; pero se la dieron barata.

  • Para un juicio, hay que distinguir responsabilidades diferenciadas, y resaltar que hay algunos, cuya participación resulta definitoria, que son los que cargan con las responsabilidades más graves. Pesemos, por ejemplo, en los siguientes estos datos, los cuales, además, se van agravando rápidamente (las fechas no importan tanto, pues cambian rápidamente y para mal:
    • En el mundo, el 0, 05% de la población  (unos cuatro millones de personas) posee el equivalente a la mitad de la economía real mundial, que en 2021 sumó US$463,6 billones dls. Sin contar con la “economía financiera” o “de casino” (la compra y venta de acciones de empresas, los llamados derivados financieros -como las transacciones sobre los precios a futuro- y el intercambio de unas monedas extranjeras por otras).
    • 26 empresarios acumulan más riqueza que la mitad más pobre del mundo  (3,750 millones) (OXFAM, Davos, enero 2019)
    • El 1% más rico de todo el mundo (85 millones) concentra el 99.9% de la riqueza mundial
    • En México, Carlos Slim tiene una riqueza igual a la de 65 millones de personas (50% de población)
    • 350 familias de México tienen igual riqueza que la del 90% de la población
    • Al mismo tiempo, casi 1,000 millones de personas en el mundo padece de hambre crónica.
  • En el futuro, probablemente la desigualdad se acrecentará enormemente con la Inteligencia Artificial (tema elegido por el Papa Francisco en su mensaje para la LVII Jornada Mundial por la Paz). Las publicitadas ventajas de la robótica, por ahora, representan más temores que esperanzas: todos ya estamos supercontrolados, entregando nuestros datos confidenciales al Banco (cuánto dinero tenemos, cuáles son nuestros ingresos y salidas periódicas; el Uber nos dice con quienes nos relacionamos y cada cuando; la tarjeta de puntos del supermercado informa qué comemos y cada cuanto tiempo; el celular (que nunca se apaga ni se borra, almacena todo lo que registramos), etc.
  • Se prevén tres “castas” separadas entre sí:
    • La segunda, (ahora podrían ser unos 60 millones de personas, son quienes se benefician de la I.A. (robot sastre que antes de vestirse, presenta un traje recién planchado y le recuerda su importante cita de las 11 am), luego da “like” a los robots de servicio para las labores del día; el piloto automático de su automóvil le informa que después de haber consulado el tráfico. Todavía puede contar con una hora, de modo que ve las noticias en su pantalla tridimensinal.
    • La primera casta es la que programa los robots, después de subirle los datos demográficos y los recursos disponibles en los próximos 15 años, y le ordena que, para entonces, su grupo de programadores (unas 6,000 personas) tenga las mayores ganancias posibles…, y los robots –que ya piensan (más bien, calculan), aprenden y toman decisiones, y como carecen de moral y de sentimientos, proceden implacablemente; aunque abandonen a la cuarta parte de la humanidad. Pero también, los mismos robots y con los mismos datos; pero con otros dueños, pueden programarlos de modo que dentro de los mismos 15 años, todos los seres humanos puedan satisfacer sus necesidades básicas del mejor modo posible.
  • La tercera casta, la de los parias, vivirán mucho peor que ahora: careciendo de agua, de carne, de ambiente medio sano, etc.
  • El “juicio universal” servirá para  deslindar todo lo que en la historia está mezclado: la “justa transparencia”. Ese deslinde, San Mateo lo presenta, en mala alegoría, como grupos totalmente separados, cosa que en realidad no será posible (sólo en el cuerpo presente hay “espacio” y “tiempo”). La situación espacial (derecha e izquierda) no permite, pues, la separación pastoril entre rebaños de “diestros bovinos” y “siniestros caprinos”.[1]
  • Más arriba hablamos del “Infierno”, cuya situación espacial sería “abajo, en el “Inframundo”, con llamas y demonios sádicos. Pero cuesta imaginar cómo sería la “resurrección de la carne”: Si el cuerpo glorioso es “carne”, como la que tenemos en este mundo (se discutía, incluso, si la edad sería la de los años que cumplió Jesús), cuesta saber las ventajas de dicha resurrección, donde no necesitamos el “aparato reproductivo”, pues no tendremos descendencia; tampoco el “aparato respiratorio” donde no hay oxígeno: ni “aparato digestivo” donde no hay alimento, etc. Quizás sólo necesitamos el cerebro. Sin embargo, todo cerebro necesita un soporte físico ¿Cuál podría ser? Ciertos teólogos imaginan que cada cual tendrá su propio planeta, y la comunicación (sin pulmones ni boca) sería telepática (Santo Tomás de Aquino afirmaba que cada ángel piloteaba un planeta propio).
  • El “Cielo” no es ningún “lugar” sino la “unión con Dios”, incorporándonos a su propio ser, en una unidad interpersonal, plena y amorosa con nuestro creador, redentor y santificador. El “infierno”, su ausencia, de quien nos hizo para Él y de quien nuestro corazón sólo descansa en Él; pero cuya fusión no es forzada, sino libre, en una opción que tuvo que realizarse cuando éramos una corporeidad temporal, pues sin cuerpo, ya no hay cabida para las rectificaciones. Dios seguirá amando a los réprobos, y estos le echarán la culpa de su desgracia; en el infierno no hay rejas; pero los condenados prefieren el tremendo sufrimiento de Aquella ausencia, a rectificar lo que, mediante sus obras, eligieron, y “ante la libertad, Dios se arrodilla”.

Preguntas”

  1. ¿Crees que las características de la Iglesia son las que mejor la identifican? ¿Añadirías alguna más?
  2. ¿Con los carismas de qué santos se identifica más tu espiritualidad?
  3. ¿Qué diferencias entre pecado y culpabilidad distingues?
  4. ¿Cómo concibes la “resurrección de la carne?

AMEN


[1] La metáfora del chivo evoca al antiguo dios “Cernnunus”, la imagen más antigua de un Dios (danzante cornudo pintado en la caverna “Des Trois Fréres” en Ariégie”), de los pueblos paleolíticos, habitantes de las marismas de la zona parte más norteña de Irlanda, cuyo animal que los sustentaba eran los renos (cacería y pastoreo). El dios era representado con cuernos, patas y cola de reno. Los Celtas no pudieron vencer a aquellos pueblos, pese a tener armas de bronce y aquellos, hachas de piedra, pero eran muy fieros y conocedores de las marismas. Cuando los romanos invadieron la región, llevaron a Cernnunus por todo el Imperio, convertido en Dyonisio griego y Baco Romano; pero manteniendo algunos rasgos en el Minotaruro, el Centaruro, el dios Pan, los Sátiros, etc.

  • Dyonisio fue un dios muy popular, y todavía en la Edad Media, encontramos ritos en los que, se decía, ciertas noches, Dyonisio convocaba a mujeres para el Sabbath, en los que danzaban desnudas en torno a una fogata y tenían relaciones sexuales con un gran chivo negro. Este rumor dio pie a la “cacería de brujas”, que costó que 50,000 mujeres fueran quemadas en hogueras, acusados de brujería. (Murray, Margaret, “El Dios de los Brujos”, FCE, 1986, México).
  • La alegoría de Jesús se prestó a denotaciones de prestigio o de desprestigio: se discrimina a los zurdos; se “sataniza” a las ideologías de “Izquierda” (“sinistra” en latín: los “siniestros”), que son las que favorecen al pueblo, y se prestigia a las “Derechas” oligárquicas.

Regresar al índice

8. EL ESPÍRITU SANTO

Preguntas iniciales:

  1. ¿Cómo es tu devoción al Espíritu Santo? ¿Te diriges a Él en tu oración?
  2. La identidad del E.S. no está muy clara y se describe a través de imágenes simbólicas: ¿Con qué imágenes lo describirías tú?
  3. ¿Cómo conceptualizas tú a la Santísima Trinidad?

——————————————-

     Sobre nuestra fe en el Espíritu Santo, el “Símbolo de los Apóstoles” se reduce a enunciar su existencia: “Creo en el Espíritu Santo”; mientras que el Credo Niceno-Constantinopolitano avanza en algunas de sus atribuciones:

  • Señor y dador de vida.
    • Procede del Padre y del Hijo
    • Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y Gloria,
    • Habló por los profetas
  •   Un rasgo del Espíritu Santo es su discreción. Dice San Pablo: “El Espíritu lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios (Padre) (…) Nadie conoce lo  propio de Dios, si no es el Espíritu de Dios (…) Él nos hace comprender los dones que Dios nos ha dado” (I Cor., 2, 11-12). También el Espíritu Santo nos hace conocer al Verbo, su Palabra; pero no nos dice nada acerca de Él mismo, sino que prefiere que sean los “profetas” mismos quienes nos lo hagan –es decir, todos aquellos “inspirados”, recogidos por la Sagrada Escritura-, y no mencionan a Él, sino más bien a sus actuaciones, y lo muestran sólo a través de imágenes simbólicas. La primera de ellas es, precisamente, la de “espíritu”, cuyo significado primario del término es el de “soplo” (la Ruha): el que ya soplaba sobre las aguas primordiales, el que animó al muñequito de barro que se convertiría en Adán, el que en Pentecostés se mostró como “viento impetuoso”. También entonces se mostró y como “fuego”, elemento que connota energía; la fuerza incontenible de los tornados o incendios forestales. En el bautismo de Jesús, se posó en su cabeza “algo así como hace una paloma”, que recuerda la unción de aceite (“mesías”), y, curiosamente, fue la paloma el símbolo que prevaleció. Se le llama también “el consolador” y el “Paráclito” (“para”= “junto a”, “de parte de”, “en defensa contra”; kalein= llamar; “tos”=acción). Se “recurre”, se “manda llamar” a un abogado para que nos defienda contra un adversario poderoso.  
  •  
  • “Señor y dador de vida”
  •     No se trata de que el Espíritu Santo haya sido quien creó el milagro de la vida, pues esta forma parte de la creación, obra del Verbo, si bien hay cierta ruptura en el proceso evolutivo: Teilhard de Chardin le supone sendas intervenciones divinas especiales para los distintos hitos (“Geósfera”, “Biósfera”, “Noosfera”, el “Punto Omega” de la vida espiritual y mística y “Cristósfera”)
  •  
  • “Vocación”, “envío” y “misión”
  • Existe cierta dinámica que puede encontrarse en algunas culturas: una autoridad llama a alguien (“vocare”)  y lo “envía” a una encomienda (“missio”) en favor a su pueblo; y para que puedan cumplir satisfactoriamente esta tarea, les proporciona cierta ayuda que seguramente necesitarán, pues encontrarán poderosos adversarios. Esta dinámica, estudiada por algunos semiólogos como Gerimás, se estructura según su “Modelo Actancial Mítico”.[1]
  •  
  • Destinador                   Objeto                         Destinatario
  •  
  •  
  •         Auxiliar                        Sujeto                          Oponente
  •  
  •     Jesús (“destinador”) envía a sus apóstoles (sujeto) para realizar una “misión” (objeto) en favor de su pueblo (destinatario), y para que puedan realizar esta difícil tarea (objeto), les comunica un defensor o “Paráclito” (auxiliar), ya que seguramente tendrán que afrontar las poderosas fuerzas del mal (oponente).
  •  
  •    En este esquema, el “Destinador” sería Jesús –aunque, en otra variante, podría ser el Espíritu Santo mismo-. En la misionología actual, la Iglesia no “envía” a nadie; es mero “cómplice” del Espíritu Santo (en expresión de José Cristo Rey García Paredes).
  • Los apóstoles son aquí el “Sujeto” (en el otro esquema, el “Sujeto” podría ser Jesús). El “Objeto”, no sería otro que el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios, que Jesús ya había comenzado a echar a andar. Según Grimas, el “actante” auxiliar podría ser un objeto mágico o una persona. En nuestro caso, el Espíritu Santo sería el “Paráclito”, el “abogado”, “al lado de” los apóstoles, mediante sus “siete sagrados dones”; mientras que el “oponente”, serían las poderosas fuerzas del mal.
  •  
  • Pentecostés.
  •    Cincuenta años después de Pascua, los judíos celebraban la “Fiesta de las Siete Semanas”, en sus orígenes, de carácter agrícola. Para esa fiesta subían a Jerusalén para dar gracias a Dios y adorarle en el Templo, gran cantidad de israelitas, muchos los cuales vivían en la “Diáspora” (nombre dado al conjunto de todos los lugares a donde emigraban los judíos fuera de Palestina). En la ciudad, pues, había mucha gente de fuera. María pensó que era una buena ocasión para convocar a los asustados apóstoles, aprovechando el anonimato. Fueron llegando todos a la misma casa que les ofrecieron como Cenáculo para celebrar la Pascua (poco a poco, volviendo la cabeza a ambos sentidos y tocando la puerta con la clave convenida). Cuando ya estaban todos, María mandó atrancar la puerta y los invitó a algo así como lo expresan hoy los jóvenes: una ‘encerrona´:[2] “de aquí nadie sale hasta que tomemos una decisión: ¿La gran gesta de Jesús, habrá sido simplemente un bello sueño y nos iremos luego a nuestras casas? ¿o nos decidimos, con valentía, a continuar la misión de Jesús, aún al costo de entregar la propia vida?” Y todos se pusieron en oración. Entonces, la casa se cimbró a causa de un viento impetuoso, y bajó una bola de fuego, que se dispersó en lenguas, posándose sobre cada uno de ellos. Era la fuerza del Espíritu. Todos quedaron “prendidos”, fuera de sí, eufóricos, y sin poder contenerse, Pedro –aun trastabillando- quitó la tranca y abrió la puerta. Se sorprendieron al ver una gran multitud de curiosos procedentes de los más diversos lugares:  “partos, medos, elamitas, habitantes de diversas ciudades de Mesopotamia, Judea, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y los distritos de Libia, Cirene, romanos residentes, judíos y prosélitos, cretenses y árabes” (Hch. 2, 10-11). Se habían reunido asombrados por el prodigio de aquella casa. Entonces, Pedro, comenzó a pronunciar un discurso “kerymático”, constatando, ante su sorpresa, de que toda aquella multitud, comprendía su discurso, cada cual en su propia lengua.
  •  
  • Para comprender el prodigio, es preciso remontarse unos 2,500 años atrás, durante el exilio en Babilonia. A los hebreos que habían sido llevados a la ciudad de Babel, les había intrigado ver, en el Valle Sinaar, varias torres de base cuadrangular, ”hechas de ladrillos cocidos en vez de piedras y alquitrán en vez de cemento”, formando bloque superpuestos, del boque mayor al menor. Eran los “zigurats”, uno de ellos, el más alto, aun sin terminar. Eran obra de la soberbia Asiria, conciente de su grandeza, pues lo habían lograda por sus propias fuerzas, sin ayuda de ningún Dios, con lo que, divinizarían su Imperio (“que la torre alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la Tierra”). Por supuesto, las manos que estaban construyendo la torre no eran manos asirias (los nativos seguían cultivando sus parcelas), sino de los numerosos esclavos, reclutados de todos los pueblos conquistados y luego, sometidos. La estrategia de aquellos esclavos fue rehusarse a aprender la lengua de sus amos, sin la cual aquella empresa no era posible. De modo que se dispersaron, sin demasiada resistencia de sus captores.
  •  
  •     Sin embargo, a las culturas localistas, con sus respectivas lenguas, le resultó después  imposible cooperar juntos para conseguir algo grande. Esto sólo se logrará mediante un “diálogo de culturas”: una unidad sin “uniformismo”, en la que todas las culturas se abran y comprendan, en una nueva unidad pluricultural. Esto fue lo que significó “Pentecostés”: todos entendieron el mismo mensaje; pero no con el monolingüismo del “imperialismo lingüístico cultural, sino “cada cual entendía en su propia lengua”. Eso es lo que quiere decir “Iglesia Católica” y no “Iglesia Romana”. Aclaro que no se trata aquí de negar el primado del “Obispo de Roma”, el Papa, signo de la unidad eclesial, sino de cuestionar el colonialismo occidental -como en el antiguo “Imperio Romano” pagano-.
  •  
  • Actuación del Espíritu en la historia
  •    En su vida, muerte y resurrección, Jesús “entregó su Espíritu”, nos lo dio. Ahora Jesús es el “Destinador” que envía al Espíritu Santo y le encomienda una “misión”: Decíamos que la teología actual de la Misión, entiende que no es la Iglesia la que “envía” a los misioneros, sino que el envío es una obra conjunta del Padre y del Hijo; el ahora “enviado” sería el Espíritu Santo, el actuante de nuestra misión. La Iglesia es “cómplice” del Espíritu, o si se prefiere es tan sólo un Sujeto (la comunidad de discípulos de Jesús), quien recibe la misión de prolongar y completar la obra de Jesús: proseguir la iniciativa del Padre, cuya ejecución es tarea del Hijo y del Espíritu.
  •  
  • Los “signos de los tiempos”
  •    El Espíritu Santo sigue actuando en la historia, y lo hace posibilitando que “venga a nosotros el Reino del Padre” (y De su Hijo: Cristo Rey”). Pero no esperemos una realización de manera mágica (que el Reino nos baje de las nubes), sino a través de nosotros (la Iglesia, en sentido amplio). La misión de los cristianos es colocarnos desde la perspectiva del Espíritu y colaborar con Él en consonancia con su actuación, en los diversos momentos y lugares de la historia. Esto implica, en primer lugar, un trabajo de discernimiento, para saber el rumbo y el ritmo de su actuación, en la situación que nos toca vivir.
  •  
  •    Jesús pone el ejemplo de aquellos sabios campesinos ancianos de su tiempo -y también del nuestro-, a quienes en algún momento hayamos preguntado si crea que vaya a llover, y haya respondido negativamente, aún cuando el cielo esté cubierto de nubarrones y así haya sucedido; o cuando le preguntamos si hará calor por la tarde y nuestro anciano, viendo de nuevo el cielo, responde afirmativamente, y en efecto, así sucede. Jesús increpa a la multitud: “¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo no entonces no saben interpretar el momento presente?” (Lc, 12, 54-56; Mt. 16, 2-4).
  •   
  • El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Gaudium et Spe”, al hablar de la misión de la Iglesia de estar al servicio del hombre, afirma: “Para cumplir esta misión, es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y de la mutua relación de ambas” (#4). Recuerdo que el Concilio consideró los “signos de los tiempos” como un “lugar teológico” (hasta entonces, se aplicaba esta expresión, como fuentes reconocidas para la reflexión teológica, sólo a la Sagrada Escritura, al magisterio y a la tradición).
  •  
  •    Habría que precisar algunos criterios para que los acontecimientos históricos puedan ser reconocidos como “signos de los tiempos”: que no sean acontecimientos aislados, sino que formen corrientes de hechos convertidos en “fenómenos”, la ecología, los derechos humanos, el feminismo (el Papa Juan XXIII lo reconoció como tal), etc.; que gocen de cierto consenso entre sectores reconocidos y prestigiados; que no vayan contra la Revelación o una Tradición continua, etc.
  •  
  • Sus siete dones
  •    Para facilitar el discernimiento sobre su actuación en la historia, el Espíritu otorga siete virtudes o “dones”, enumerados de acuerdo a quien el profeta Isaías considera  destinatario sobre quien se posará el Espíritu del Señor (“vástago que brotará del tronco de Jesé”) (11, 1-2). Se trata de seis dones, a los cuales, la tradición eclesial añade otro don más -el “Entendimiento”-, para completar el septenario:
    • Sabiduría- La palabra viene de “sabor”: saborear la vida, gustarla, masticarla, pues ayuda a ubicarse en el mundo. No se trata de un conocimiento racional, ni menos de erudición, sino del aprendizaje hecho conciencia y digerida para ser transmitida, a partir de la vida misma (quizás conozcamos alguna anciana analfabeta y sabia). Las religiones suelen ser buena fuente de sabiduría.
    • Entendimiento.– El ansia de conocer de Dios, (no “comprenderlo”, pues necesitaríamos ser dioses). Compaginar “fides et ratio”, al menos, la “no-repugnancia” racional de la fe, la intuición, la “teología negativa” (“apofática”).
    • Ciencia.– el estudio sistemático de la teología o doctrina (no repetir fórmulas dogmáticas): un estímulo para el conocimiento de la fe (con el corazón, más que con la lógica), con audacia y fidelidad (tradición e innovación). Comprender mejor la cultura de Israel S. I y la nuestra -hoy globalizada-, para generar síntesis entre la fe tradicional y vida actual. Comprensión histórico- política para distinguir los que sean realmente “signos de los tiempos”, de los eventos meramente azarosos o de moda. El estudio de la antropología para comprender épocas y culturas. Comprender los mecanismos sociales interpelantes (desafío u oportunidades). Las teorías de la personalidad que ayuden a la maduración de la fe.
    • Consejo.– Nuestra sabiduría creyente no basta para nuestra vida personal, sino hay que compartirla con quienes la soliciten. Con la humildad de la escucha previa, de ponerse en el lugar del otro, de corregirlo y testimoniarlo; pero confiando que él seguirá su propio proceso.
    • Fortaleza.– Valentía, audacia; pero al mismo tiempo, prudencia: hacer lo que las circunstancias permitan hacer; correr, cuando la situación lo permita; alentar el paso, detenerse y dar dos pasos adelante y uno para atrás, si así se requiere. Tan imprudente sería correr cuando no es momento, pero también caminar lento cuando se puede correr (“cuchichear la palabra al oído, o gritarla desde las azoteas”). Vencer los miedos, o todavía mejor, hacérselos aliados. Superar “miedos ancestrales”, comprender lo real de los fantasmas que nos forjamos. Evitar aquellos fanatismos o integrismos, que denotan inseguridad. La paciencia revolucionaria puede no ser producto de nuestra débil voluntad, como tampoco la urgencia histórica, combinar audacia y eficacia. Conocer los ritmos y las circunstancias… todo esto es parte  de este don.
    • Piedad.– Es compasión, misericordia, sensibilidad y amor a Dios y a los que sufren. La necesaria oración para abrirnos al Tú divino y escuchar sus mociones, para configurarnos con Cristo.
    • Temor de Dios.– No es “tenerle miedo” a un Dios lejano e imponente, sino custodiar el “Mysterium Tremendum”, de esa divinidad que suscita el “pavor” de lo que no cae el ámbito de nuestras realidades cotidianas, y que contrasta con nuestra insignificancia (“polvo, ceniza, pura nada, y peor aún que la misma nada a causa de nuestros pecados”).

      Con estos dones, continuaremos el proyecto del Padre, vinculándonos a la Misión de Jesús y de su Espíritu, enviado para propagarlo por todas las naciones, culturas y religiones.

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

  1. Las Trinidades Indoeuropeas
  2. El lingüista G. Dumezil[3], después de un minucioso estudio sobre las teogonías de los pueblos indoeuropeos (antiguos habitantes de un área tan vasta, como la que fue desde la India, Asiria, pasando por los pueblos eslavos, germanos, Asia Menor, griegos, romanos y celtas; que tuvieron rasgos culturales afines, una lengua común –el sánscrito-, teogonías semejantes), pudo probar que las teogonías de todos aquellos pueblos eran trinitarias, los cuales, invariablemente, cumplían tres funciones:
    1. Un creador, quien tenía la soberanía mágica y jurídica
    1. Un héroe cultural, guerrero, salvador, de quien era propio el vigor.
    1. Un santificador, de quien es propio el éxtasis, la sexualidad, la salud, la danza, el vino
  3.    Cada una de estas tres funciones pueden también ser ejecutadas por una pareja, unos gemelos, etc.
  4. A partir de los pueblos indoeuropeos, el número 3 fue el número clasificatorio de todo el continente europeo, a diferencia del continente americano, cuyo número clasificatorio es el 4. Concretamente, en Mesoamérica, gracias a los aztecas -cuyo calendario es más perfecto que el de los europeos de entonces-, correspondía tanto a las cuatro estaciones (tiempo) como a los cuatro puntos cardinales (espacio), cuyo símbolo es el “Ollin”: el señalamiento espacial, que no se trata de un punto preciso (señalando al Polo Norte, como la brújula), sino que se conforma por sendos “ámbitos” parabólicos, formando una especie de trébol de cuatro hojas, alrededor de un centro, que además, señala otras dos direcciones: el “arriba” y el “abajo”
  5.  
  6. Debates sobre la Trinidad Cristiana
  7. Cuando el cristianismo evangelizó a Europa, se topó con el esquema trinitario indoeuropeo. Tuvo que procurar hacer compatible aquella cosmovisión con el Evangelio. En el debate, confrontaron algunas posibilidades interpretativas y optaron por la que parecía más conforme: ¿El Hijo y el Espíritu Santo compartían la misma y única naturaleza que el Padre (homousius), o eran dos personas algo inferiores y subordinados a una superior? ¿El Espíritu Santo procedería del Padre y del Hijo (“filioque”), o más bien el Padre engendraría al Hijo y éste, a su vez, espiraría al Espíritu Santo (a manera de una fuente de tres platones), como pensaban las Iglesias de Oriente, actualmente “ortodoxas”? ¿Sería real la distinción entre las tres Personas divinas, o el Hijo y el Espíritu Santo serían simples “modos” como el Padre se manifestaba (“monarquismo modalista”)? ¿El hijo sería un ser humano que, en su bautismo, el Padre lo asumió a la dignidad de Hijo primogénito, y el Espíritu Santo lo habría consagró como Mesías? ¿El Verbo divino era una criatura (atentando a la misma esencia del Misterio Trinitario y al sentido mismo de la salvación cristiana? En tal caso, las hypostasis serían caracterizaciones de la única “ousía” divina, que si bien no la dividen, sí establecen distinciones (por el origen o por el modo de existir)? ¿el Verbo no tendría origen, o bien, sería engendrado por el Padre o “procedería” de Él?
  8.  
  9. Las grandes síntesis teológicas
  10.  
  11. San Agustín de Hipona (354-430)
  12.   San Agustín (Augustus) nació en Tagaste, ciudad al Norte de Africa (actual Argel). En el siglo IV esa región era bastante adelantada, más que muchas ciudades europeas. Agustín estaba adentrado en ciertas corrientes de la filosofía griega, en especial el “neoplatonismo” (algunas variantesde Plotino), lo que hay que tener en cuenta para sus reflexiones teológicas. Las teologías de los siglos II y III que hemos visto, tenían aquel mismo “background”, y ya habían llegado a aceptar –contra Arrio- la “consubstancialidad” entre Padre, Hijo y Espíritu Santo (“homousius”). En el platonismo, las “Ideas” abstractas (Eneadas) existían desde siempre y en grado infinito y total, mientras que los seres creados (o sus cualidades) “participaban” de ellas en forma degradada. Si el Padre fuese una Esencia semejante, o bien el Hijo y el Espíritu participaban de aquella en grado menor, o se trataba de esencias distintas.
  13. La cuestión por resolverse eran las “Personas divinas” (“hypostasis”), que sólo podrían ser de esencia específica y numérica, sin que esto alterase la unidad esencial. Clarificar el concepto de “Persona” era un desafío para la filosofía agustiniana. Continuando con su argumentación: Para que un nombre sea común a distintas cosas (a n o ser y que se tratase de un nombre propio), es preciso que estas pertenezcan al mismo género o a la misma especie. Es decir, un nombre común indica una posesión unívoca de la realidad; pero esto no sucede en el caso de la Trinidad: si se les da a los Tres el nombre de “Persona”, en Dios habría tres esencias.  Entonces: ¿qué es lo común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para poder llamarlos “personas”, no siendo este término un nombre propio? Dios es un nombre absoluto, y “persona” también es un nombre absoluto: ¿por qué Dios no es una sola persona, o al revés, por qué no son tres dioses? Según el lenguaje tradicional, Padre, Hijo y Espíritu Santo son distintos; pero ¿en qué lo son? en que son tres personas o “hyposatasis”. Pero entonces, si “persona” es lo absoluto de Dios, entonces, en Dios ser, y ser persona sería lo mismo. Pero entonces: ¿por qué no decir que hay una sola Persona? Agustín aquí se atora.
  14. Sin embargo, avanza al introducir la categoría de “relación”. No es substancial lo distintivo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; pero los nombres de las Personas sí son relativos… y eso “relativo” de Dios es algo “ad alium”: una referencia al Otro. Lo relativo no añade nada al sujeto, sino simplemente indica la alteridad. 

  15. Santo Tomás de Aquino (1225-1274).
  16. Partiendo de que Cristo es la “Palabra”, el “Verbo”, el “Concepto” del Padre, este teólogo parte de su epistemología: la mente del sujeto humano no puede conocer los objetos tal cual estos son en la realidad, por lo que tiene que construirse “modelos” (ideas, conceptos) de dichos objetos, los cuales son sólo aproximaciones de las cosas en sí. Ni siquiera somos capaces de conocernos a nosotros mismos tal cual somos (algunos tienen una autoimagen “sobrevaluada” de ellos mismos, decimos que “se creen mucho”); mientras que otros tienen una autoimagen devaluada de sí (los acomplejados). Se recomienda atender a alguna “heteroimagen” confiable para equilibrar nuestra desconfiable “autoimagen”.  
  17. Siendo el Padre un perfecto conocedor, sus conceptos (verba) no podían ser meros “modelos” de la realidad, como los nuestros, sino que en Él, el “significado” era exactamente idéntico a su “significante”; y siendo así que el Padre existe realmente, su concepto también existe realmente; aunque distinto a Él como cognoscente. El Padre “concibe” (conoce) al Hijo, como la madre “concibe” (engendra) al suyo. Entonces, el Padre y el Hijo establecen una relación amorosa entre ellos. En el amor sucede también algo semejante: deja una huella ambos amantes, que en el caso de que sean divinos e infinitos, esa huella es también idéntica a quienes la marcaron, es decir, Padre e Hijo, conjuntamente “espiran” al Espíritu Santo; este provendría del amor del Padre y del Hijo (“filioquae procedit”).

[1] Greimas A.J., 1966 “Modelo Actancial Mítico”, en su “Semiótica Estructural”. Grimas lo ejemplifica con “los cuentos maravillosos rusos” (Propp): El rey (Dr) envía a Iván (S) a que mate al dragón (O) y libere a la princesa (Do). Una mendiga (en realidad una hada) a quien Iván da limosna, le da un anillo mágico (A); pero hay un falso héroe (Op) que se atribuye a ser él quien libró a la princesa; pero finalmente Iván se casa con ella.

[2] Así llaman en algunos lugares a una borrachera en la que se echa la llave de la puerta a una sopera el vino caliente, para que nadie salga hasta que el vino se termine.

[3] Dumezil, George: “Los Dioses Indoeuropeos”. Seis Barral, Barcelona, 1970

Registrar índice