7. JESUCRISTO

Es una pleonasmo decir que “los cristianos somos los seguidores de Cristo”. El Símbolo de los Apóstoles -el más antiguo- se reduce a la presentación histórica de la persona de Jesucristo. En cambio, el Credo Niceno-constantinopolitano estaba respondiendo al ambiente polémico de los siglos II, III y IV, cuando lo que la preocupación estaba en saber ¿quién era realmente Jesucristo? La razón teológica de hurgar en este Misterio, era de vital para los padres conciliares: debían pronunciarse nada menos por lo que habría de ser en adelante la identidad confesional de todos los cristianos.

¿Cristo sería la primera creatura de Dios, que a pesar de no ser divina, tenía mayor rango que lo humano, y a quien Dios le encomendaría la creación (“por quien todo fue hecho”)? es decir, Jesucristo sería una especie del “Demiurgo” platónico (Arrio, siglo IV)? ¿O sería un ser humano, como cualquier otro, que en el momento de su Bautismo, Dios lo habría asumido como su Hijo primogénito, y el Espíritu lo habría ungido como Mesías?[1] ¿O Jesús habría sido ya, desde su nacimiento, el “Dios encarnado”, y que en su bautismo, Dios, simplemente -a Él y al Bautista-, les habría dado a conocer quién era Él en realidad? Siendo Jesús una sola persona con dos naturalezas –la divina y la humana-, ¿cada naturaleza habría tenido su propia conciencia, Jesús, desde su nacimiento, habría mantenido la conciencia de su divinidad, y simplemente “actuaba”, para que no aflorara ante los demás su condición divina, como pensaba Tifano? ¿Sabría Jesús que la Tierra no era plana, que existía el continente americano, las teorías de la relatividad y del genoma humano, conocía todas las lenguas de la Tierra, etc.?) [2]  ¿O por su condición misma de “Dios encarnado”, habría tenido simplemente la misma conciencia que la de cualquiera de sus contemporáneos campesinos?

  • A los cristianos del Siglo XXI, aquel debate ya no nos interesa y nos resulta incomprensible. Hoy ningún cristiano discute si Jesús sea un ser humano como cualquiera de nosotros, y al mismo tiempo, la Palabra (el Verbo) hecho carne. La dogmática sobre Jesús en el “Símbolo de los apóstoles”, se reduce a reconocer su prenacimiento (“Hijo único de Dios”, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nacido de Santa María Virgen”), y su “postmortem” (“padeció bajo el poder de Poncio Pilato, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. Pero en el siglo XXI, gracias al conocimiento que tenemos de las ciencias arqueológicas, paleontológicas, lingüísticas, etc. (Pagola), sabemos más del “Jesús histórico” que los cristianos del siglo I, [3] por lo que tenemos, al menos, las siguientes dos razones para insertar en el Credo unas líneas: (1) la necesidad de alguna alusión a la misión de Jesús: por ejemplo, restablecer el desorden producido por el “pecado original”, y (2) la dada por San Juan al finalizar el bello himno de su prólogo: “a Dios, nadie lo ha visto jamás. Es la Palabra quien nos lo dio a conocer” (Jn 1, 18): sería de vital importancia el conocimiento de Jesús, para mejorar nuestro conocimiento de Dios, y esto lo sabemos, más que por sus enseñanzas, sobre todo, por su vida.[4]  
  • Mejor todavía si presentáramos una brevísima semblanza de su vida: Jesús, “imagen visible del Dios invisible”, fue inmensamente compasivo con los sufrientes, al punto de que fue esa compasión lo único que justificaría sus milagros (no utilizó su poder divino ni para defenderse Él y ni siquiera para su misión). Cómo no hacer referencia en el Credo a lo que pedimos en el Padre Nuestro: la utopía de Jesús, que Él llamó “Reino de Dios”, una sociedad basada en el amor, la justicia, la paz, la verdad, la libertad y la Gracia, y creer en la esperanza que, contra todo lo previsible, se hará realidad. También un reconocimiento a su admirable su disposición para revisar sus tácticas, como el cambio que decidió, al constatar la lentitud de los apóstoles para comprenderlo, que le hizo decidir a viajar pronto a Jerusalén, y estando allá, apostar por una fuerte denuncia contra el “sistema del sacrificio” del Templo, lo que le costó la muerte.

Detengámonos ahora en cada frase del Credo, tal como lo recitamos:

  1. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (…); nacido de Santa María Virgen

Jesús (el Verbo) es un “Dios encarnado”, “hecho carne”, con todas las características y conciencia de cualquier mortal. Pero con una excepción: María, su madre, no lo engendró por concurso de varón. Esto, parecía indispensable, pues entonces se creía que el pecado original se transmitía por el semen del varón, y para la redención era conveniente que este “Hijo único de Dios” no tuviera nada que ver con la dinámica del pecado original –su misión era, justamente, liberarnos de aquella fatal opción-, y por esto, preservó a su madre de la maldición de Eva (un “hijo” que elige y configura a su propia madre).

  • Padeció bajo el poder de Poncio Pilato… crucificado, muerto y sepultado”.

   En algunos lugares se escucha una expresión para denotar que alguien está fuera de lugar: “se coló de refilón, como Pilatos en el Credo”. Según esta, pareciera que Pilatos no tuviera nada que hacer en la formulación de un corpus dogmático; pero en realidad, la mención a Pilato testifica que Jesús fue asesinado, nada menos que  por el Imperio Romano mismo (es decir, Jesús habría sido tenido como enemigo peligroso del -hasta entonces- imperio más poderoso de la historia, y había sido crucificado, como hacían los romanos con aquellos que se rebelaban contra el Imperio. Pilato lo condenó a muerte, sin estar convencido de la acusación de rebelión contra Roma (“no hallo en él culpa alguna”), sino por simples motivos políticos (no dar la impresión en Roma de haber actuado por debilidad). Su muerte tiene la apariencia de ser la de un fracasado, no obstante haber cumplido a cabalidad con su misión (antes de morir, lo reconoció: “todo está consumado”).

La muerte “redentora” de Jesús

    Suele interpretarse la “muerte redentora” desde los sacrificios expiatorios de ovejas y cabras realizados en el antiguo Israel (el “chivo expiatorio”): quién cometía ciertas impurezas “tabú”, tenía que viajar hasta el templo de Jerusalén y entregar el animal a algún levita para que lo matara, con lo cual, el oferente quedaba limpio, y se llevaba una porción de la carne sacrificada (la otra porción era para el levita). La muerte de Jesús era “leída” desde ese ritual. Pero Jesús, ya para entonces había abolido el “sistema del sacrificio” como causa de la profanación del Templo (“cueva de ladrones”) y expulsado a los vendedores de ovejas. El cordero de la Última Cena, no era, por tanto, el cordero del sacrificio levítico, sino el cordero Pascual (esa cena remitía a la cena previa a la salida de Egipto, cuya sangre, marcada en los dinteles de los israelitas, sirvió para identificarles las casas de los hebreos a las bandas de “ángeles exterminadores”. Más que víctima expiatoria, el cordero connotaba “liberación”.

    “Redimir” es liberar a alguien de un cautiverio: Algún allegado o amigo pagaba el precio de rescate, o saldaba una deuda para sacar de un aprieto al pariente o amigo. Durante la guerra contra los árabes, los caballeros Templarios se ofrecían ellos mismos ir a la prisión, a cambio de otro cristiano, débil en su fe y por tanto, tentado a apostatar. En este sentido, Jesús pagaría, mediante su propia muerte, la deuda que tendríamos debido al pecado de Adán y Eva.

     Esta explicación no parece compatible a quienes conocemos la misericordia y la compasión infinitas del Padre.  Dios, es cierto, envió a su hijo; pero no tanto para “pagar la deuda”, sino para recomponer la situación en la que quedó el género humano, debido a la fallida decisión del primer acto de libertad, con el que los primeros ancestros marcarían la evolución de la nueva especie, y quedaríamos todos sujetos a la muerte (no hablamos del mero “perecer” -condición de cualquier ser viviente-, sino de “morir”, que implica la conciencia de nuestra condición de mortales, de la cual carecen los animales). Si es la libertad la condición que nos hace ser “imagen y semejanza” del Dios (y ante la libertad, Dios mismo se arrodilla), aquella primera decisión habría quedado definitivamente inserta en el ADN humano. Pero ahora, Dios envió a su propio Hijo, no para revertir aquella situación tomada para siempre, sino para recomponerla, resucitando a su Hijo de la muerte. Ahora cada uno de nosotros tendrá que comprometerse, libremente, a no caer en la tentación (Dios no nos libra de tentaciones, sino que sólo nos ayuda a no caer en ellas).

¿Jesús “se entregó voluntariamente a la muerte?”

Se suele decir que la de Jesús, fue una entrega “voluntaria” a la muerte, “para cumplir con la profecía” fatal. Esto connotaría a un Dios sádico, que, agraviado, necesitaba de una víctima proporcionada a la falta -tanto más grave, cuanto más grande fuese el ofendido-. En realidad Jesús no buscó ser asesinado; más aún, mostró astucia para evitarlo; pero llegado el momento, _y no sin cierta resistencia (“Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, Mc, 26, 39)-, y con una angustia tal, que hasta sudó sangre; pero asumió morir (quizás con el dolor sicológico de creerse incomprendido por su Abbá): “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, o hasta con el temor de haber caído en alguna imprudencia y hacer fracasar su misión. Pero, finalmente, poco antes de morir, reconoció haber cumplido a cabalidad la misión a Él encomendada (“Todo está consumado”).

  • Descendió a los infiernos.

Muchas culturas tienen un lugar destinado a los muertos. Entre las antiguas cultoras prehispánicas, para los antiguos aztecas o mixtecos, había cuatro “paraísos” a los que se llegaba por elección de determinado Dios, para llevárselo a su lugar propio, no por ciertas faltas cometidas en vida, sino por la forma cómo había acaecido su muerte: Huitzilopochtili se llevaba a los guerreros muertos a machete de obsidiana, y acompañaban al sol del amanecer hasta el zenit, y las mujeres muertas en el parto, desde el zenit hasta el ocaso. Tlaloc se llevaba a los muertos por el rayo o ahogados, y en su paraíso, vivían convertidos en niños, a orillas de un río, entre avecillas y flores, etc . Los muertos “del común” iban al “Inframundo”, un lugar al que se llegaba después de un viaje de ultratumba, guiados por Xolotl, un perro negro (para el camino, les ponían en el petate de sepultura “memelitas”, cacao (dinero) y –en el caso de los niños-, un biberón con leche materna. Para los mixteco-zapotecos, el lugar de los muertos “del común” era el Mictán, -el “Infranundo”- cuya entrada estaba en la actual Mitla (en una construcción en forma de crucero al que ahora los turistas pueden visitar). El crucero se prolongaba en supuestos túneles que daban al Inframundo, ahora ya clausurados (algunos desesperados pedían se les permitiese adentrarse en ellos, estando aún vivos). El Mictlán no era un lugar tenebroso, puesto que el Sol, al ponerse en el ocaso, se hundía en la tierra para iluminar el subsuelo; los muertos realizaban actividades similares a las de la Tierra (aunque el trabajo era más liviano), y cada año, el dos de noviembre, se les permitía salir para visitar a los suyos. Poco a poco (cuando ya los vivos los habrían olvidado), se desintegraban definitivamente.

  • Para los israelitas. era el “Sheöl”, lugar de oscuridad, adonde iban  los muertos, sin distinciones morales, que los griegos llaman “Hades” o “Gehena”. Parece que no hay en español una palabra que le corresponda; aunque algunos le llamaban “infierno” (“inferus”, lugar de abajo), lugar situado en alguna parte debajo de la tierra. Su condición no era ni de  dolor de ni placer; ni de recompensa, ni de castigo; quizás de simple inconciencia. Posteriormente ya hubo cierta distinción: el “Seno de Abraham”, de recompensa; y la “Gehena”, de castigo (recordar la parábola de Lázaro y el rico Epulón; donde después de la muerte, intercambiaron su suerte). Si Jesús murió realmente (y no fue una “muerte aparente”), tendría que haber ido al “Sheol”, adonde iban todos los que mueren. Si Jesús “bajó” allí, no puede afirmarse que fue para “consolar” o “prometer” nada (quienes estaban allí eran inconcientes). Sino que denotaba su condición de muerte real.  
  • “Al tercer día resucitó de entre los muertos”.

   Finalmente, el Padre resucitó a Jesús, probando con esto, que Dios “tomó partido” por el crucificado y no por las autoridades religiosas, las cuales quedaron irremisiblemente quedaron derrotadas. “el velo del templo se rasgó”: el Templo y la Ley perdieron su sentido salvífico y dejaron tener sentido; la Alianza fue rota, ya cuando el pueblo mismo había renunciado a ella (“caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”). La resurrección de Jesús vence a la muerte, no sólo para Jesús, sino para cuantos “creen” en Él, y sabemos que nos resucitará a quienes –de alguna manera- vivan como Jesús, no por méritos, sino por un don gratuito.

  • “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”.

    Tanto los cuatro evangelistas como el libro de los Hechos, de una u otra manera, hablan de esto. El Credo sigue literalmente a Marcos (el más histórico). Lucas los conduce a Betania, allí los bendice y les hace algunas recomendaciones; mientras “se separó de ellos y se fue al Cielo”; Mateo, previamente, los envía por todo el mundo; Juan, de forma indirecta (“Salí del Padre y vine al Mundo, voy al Padre y dejo el mundo”); El Libro de los Hechos, después de enviarlos “hasta el confín del mundo”, los apóstoles lo vieron elevarse, hasta que fue cubierto por una nube”

Precisiones culturales

Cielo: Algunas lenguas, como el inglés, distinguen el cielo, como firmamento (“sky”) y el Cielo como lugar teológico (“heaven”), algo que el español confunde. La cosmología de entonces, como vimos, consideraba la Tierra plana, sostenida por cuatro columnas. Arriba, una cápsula o cúpula, donde estaban prendidos los astros (tamaño como los vemos desde aquí): arriba de dicha bóveda, las aguas superiores; arriba de aquella bóveda, otra bóveda más y final ente, hasta arriba estaría Dios. Para hacer llover, Dios abría una “llave de regadera” y caería algo de las aguas superiores (y por el vapor, a ellas luego volverían). Hoy día, diríamos que, cuando Jesús se fe al Cielo, simplemente “pasó a otra dimensión”.

Subir: El cerebro humano, según Kant, no puede pensar sin las categorías de tiempo y lugar; pero podemos imaginar, en abstracto, realidades carentes de dichos condicionantes espacio-temporales: sin los “arriba” / “abajo”; sin los “derecha” / “izquierda”. Una vez resucitado, Jesús se encuentra en la dimensión incorpórea (“celestial”),  compartiéndola con su querido Abbá, sin “subir al Cielo” ni “sentarse a la derecha” del Padre; sin lugar subordinado, puesto que Padre e Hijo son la “la misma naturaleza” (“omousius”).

    Según San Lucas, Jesús, en el monte de Betania, promete a sus apóstoles la fuerza del Espíritu Santo, para que “sean sus testigos hasta el confín del mundo”, y para que “hagan discípulos entre todos los pueblos”. Hay que evitar el “cristocentrrismo” de creer todos los seres humanos deban entrar a la Iglesia (el dicho de San Agustín: “extra Eclessia nulla salus” = “fuera de la Iglesia no hay salvación”). Además de que esto no sea posible (entonces enviaríamos al infierno a budistas, musulmanes, sintoístas, anglicanos, “evangélicos”; pero también a los mayas, aztecas, etc.), hoy esto resulta indefendible. Todas las religiones proponen, aunque de forma inconciente, las “semillas del Verbo”: los valores del Reino de Dios (justicia, paz, verdad, amor, libertad, etc.). Como propone la misionología actual, no se trata de que los evangelizadores occidentales se tengan que desplazar al Tercer Mundo para convertir y bautizar “páganos” (la gente del “pago”, los lugares en Europa, al margen de la evangelización y que aún mantenían elementos precristianos), sino creer verazmente la fe que cada cual profese.

   La misma cosmovisión que estamos presuponiendo, confirma que se trata de un relato simbólico: mientras Jesús está terminando su última instrucción y les da sus encomiendas (los ha estado instruyendo y enviando todo el tiempo) y lo sigue haciendo mientras se va elevando, ante sus ojos atónitos y una nube se los ocultó. Ellos seguían con los ojos fijos en la nube, cuando dos personas vestidas de blanco se les presentaron y les advirtieron: “Hombres de Galilea, ¿qué hacen allí mirando el cielo? (Hch. 1, 7-11). Ellos están embelesados, con tristeza, nostalgia y estupor. Jesús ya se fue; parece que la vida ya perdió su sentido; pero ahora deben tener en cuenta que es preciso “poner los pies en la tierra”, en esta Tierra con tantos problemas, necesidades e injusticias. Era ya momento de cumplir con la encomienda de Jesús, contando con la promesa de que el Espíritu Santo no habría de faltarles. Esa fe contemplativa (“mirando al cielo”),en un Jesús que ya no estará con ellos para indicarles lo que deben hacer, sino que deberán contar con su iniciativa y sus fuerzas propias; esa fe meramente contemplativa, es “enajenante” (“opio del pueblo”), evasiva de las urgentes tareas, cuya solución dependerá en adelante de su compromiso transformador. Queda tan sólo la esperanza, virtud que proyecta hacia el futuro: “Este Jesús, que les ha sido quitado y elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir”. Mateo termina su Evangelio con la promesa siguiente: Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt, 28, 19).

    El “Espíritu de Cristo resucitado” sigue hoy actuando en la historia. Para dar cumplimiento a la nueva encomienda, nosotros, sus discípulos actuales, tenemos la tarea de descubrir dónde y cómo sigue actuando el Espíritu en nuestra historia. Para esto, se requerirá de una tarea de “discernimiento” para colocarnos en su misma perspectiva (dis-cernir, es como la “cernidora”, que separa la buena levadura de las pajitas del trigo: “levadura” y no “opio”). Trabajo que exige sumo cuidado, pues como dice San Juan de la Cruz, “el demonio suele revestirse en ángel de la luz para extraviarnos”.

  • Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

    La última venida de Jesús tendrá lugar cuando perezca el último sobreviviente de la especie “sapiens”. La tradición habla de dos juicios: el “juicio particular” -que sucede al momento de la muerte de cada cual- y el “juicio universal” -que es colectivo-. En este, se nos pedirá cuentas de cómo, en cuanto especie, cumplimos la encomienda original de “custodiar la Tierra”. Antropomórficamente, Jesús les recordaría aquella vieja encomienda, y los dos grupos –“la “derecha” y la “izquierda”-, posiciones usadas (aparte de la injusta discriminación a los zurdos), una connotación política: las “Derechas” bovinas serían los buenos y las “Izquierdas” caprinas, los malos.[5] El motivo del juicio versará sobre lo que más contribuyó a la extinción de la especie: ¿el calentamiento global, la falta de agua, La guerra nuclear, el consumismo irresponsable, etc.?; y aunque la línea de separación entre “víctimas” y “victimarios” pasa por en medio de cada uno de nosotros (sufrimos el mal y colaboramos para reforzarlo, con complicidades múltiples, indiferencias o pequeños egoísmos), la responsabilidad mayor la tiene esa poderosa minoría que controla todos los recursos, ayudados por la Inteligencia Artificial, así como también, todos aquellos que por ambición y egoísmo, deliberadamente la apoyan.

Preguntas:

  1. ¿Crees que nuestro Credo expresó suficientemente la vida del Jesús histórico? ¿O lo que quiso el Concilio Niceno-Constantionopolitano fue remitirnos directamente a los Evangelios?
  2. ¿Qué opinas de la muerte de Jesús leída como “Víctima propiciatoria” o su “muerte necesaria para la redención?
  3. Crees que los debates teológicos de los primeros siglos fueron necesarios? ¿Siguen siéndolos actualmente?
  4. ¿Qué consecuencias tiene para ti que Jesús sea la “Palabra encarnada”, para tu imagen de Dios?
  5. La devoción popular tiene muchas imágenes de Jesús (Cristo Rey, el Santo Niño de Atocha, el Niñito Dios, el Señor de las Misericordias. El Sagrado Corazón de Jesús, el Crucificado, etc.). ¿Podrías presentar tu propia imagen de Jesús?

[1] El adopcionismo​ es la doctrina según la cual Jesús era un ser humano, elevado a categoría divina por designio de Dios por su adopción, o bien al ser concebido, o en algún momento de su vida (el bizantino Teódoto el Curtidor (190), Pablo de Samosata (siglo iii), Elipando, arzobispo de Toledo (finales del siglo VII)

[2] Tifano, concibe la unión hipostática como “mera relación” de dependencia. Las dos naturalezas están “completas en su ser”; pero no son  independientes. La persona divina sólo es el “sujeto último de atribución”, pero no ejerce “ningún influjo” positivo sobre las acciones de la naturaleza humana. Al explicar la unidad psicológica, afirma que teniendo dos inteligencias y dos conciencias, Jesús habría tenido dos “Yo”; que la visión beatífica dada a Cristo desde la Encarnación viene “corregiría” en él su “natural tendencia” a afirmase como un Yo humano autónomo, revelándole su pertenencia al Verbo y por tanto su personalidad divina.

[3] Estoy preparando otro curso sobre “El Evangelio de San Marcos”. Te invitamos estar al pendiente.

[4] Es recomendable al respecto el libro de Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[5] La Historia de las Religiones recuerda que  Cernnunus, -dios de los pueblos paleolíticos que habitaban las marismas del Norte de Irlanda- tenía patas, cuernos y cola de chivo (los griegos aplicaron estos rasgos a Dionisio). La Iglesia, al no poder “cristianizar” a este Dios, lo satanizó en la figura del diablo. (Murray: “El Dios de los brujos”)

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6. CREACIÓN Y CAÍDA DEL SER HUMANO

“Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” (Gen. 1, 27).

  •    Dentro de la diversificación de las especies animales, compartiendo el extenso género de los “mamíferos”, hace unos 65 millones de años y cerca de la costa oriental del África Central, se separó la familia de los primates. Se trata de mamíferos placentarios (tienen cinco dedos, un patrón dental común y una adaptación corporal no especializada). Uno de los subórdenes de los primates fueron los haplorrinios (monos, gibones, grandes simios y humanos), que pueden repartir el peso de su cuerpo entre diferentes soportes pequeños, evitando la oscilación del cuerpo. Por lo que sabemos, esto sucedió en el Mioceno superior al Pleistoceno (circa 6.5 a 0.2 millones de años).
  •    Hace unos 4 millones de años, emergió una gran cordillera en África Central, que impidió que la humedad de la selva pasase hacia la parte oriental. Los grandes monos haplorrinios, al no encontrar frutas suficientes en los árboles, bajaron para buscar otro tipo de alimento en la tierra. Entre estos grandes primates, se deslindaron los australopithecus (especie de primates, antecesores nuestros). Como en la pradera había altos matorrales, comenzaron a enderezarse sobre sus extremidades posteriores, para orientarse y para tener mayor comodidad, adoptando la postura erguida, Así, ensayaron un desplazamiento sobre las extremidades posteriores, hasta que, finalmente, asumieron el bipedismo (“homo sapiens”).
  • Al ponerse de pie, sucedieron varios cambios ventajosos: pudieron liberar las manos y con ello, emplear herramientas; se comunicaron cara a cara, y al perder la callosidad posterior del cuello, propia de los cuadrúpedos, su cerebro pudo desarrollarse más, esto, favorecido gracias a un cambio de dieta (la proteína de la carne). Sin embargo tales ventajas tuvieron un precio: si en los cuadrúpedos todas las vértebras de su columna pueden descansar horizontalmente por igual, en la posición erguida, al contrario, las vértebras superiores descansan sobre las inferiores, lo que propiciará la osteoporosis. Las hembras llevaron la peor parte, ya que los embarazos las desequilibraban (sobre todo cuando tenían que huir del león). La estrategia de la especie fue parir antes de tiempo: el bebé humano nació siendo el mamífero más débil, menos capaz que los demás animales, para bastarse a sí mismos, por lo cual, la hembra tuvo que estar más tiempo cerca de su cría (para amamantarla y cuidarla). Fue así que surgió la especie humana.
  • Sin embargo, inicialmente, esta especie -el “homo sapiens-sapiens”- fue compartida por ocho subespecies distintas (no razas), las cuales, durante tiempo, llegaron a coexistir. Los principales seres humanos fueron el Cromagnón y el Neanderthal. El primero era más fuerte; pero el segundo, más inteligente, y pudo utilizar armas de largo alcance. El Neanderthal sobrevivió, no tanto debido a la violencia, sino porque fue más capaz de procurarse el alimento, disputándoselo a su hermano.

EL PECADO ORIGINAL

  •    La filosofía política de los siglos XVII y XVIII discutía si el ser humano era malo por naturaleza (Hobbes: “homo homini lupus” – “el humano es lobo para con sus semejantes”) o si, cuando apareció originalmente, era bueno (Locke), y que la primera sociedad urbana (neolítica) fue la que lo corrompió (Rousseau). Esto nos llevaría a la mitología del Génesis. Los sabios israelitas, de hace 4,500 años, atendiendo a la condición humana, habrían reflexionado más o menos así: Si Dios creó todas las cosas y “vio que todo era bueno”, ¿cómo es posible que el ser humano -“corona de la creación”- sea una especie tan cruel y abusiva? Los tigres o los tiburones matan para comer, esto es parte de su naturaleza; pero el humano mata por su sed de dominio y ambición. ¿Algo habría salido mal en su creación? Y tratando de hallar una respuesta, construyeron un bello relato en forma mítica:
  •    Al crear al ser humano, Dios quiso que disfrutara de toda la creación: “El Señor Dios plantó un jardín en el Edén, hacia el oriente, y colocó en él al hombre que había modelado (…) Hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer (…)  (Gn, 2, 8-9). Creó al varón y a la mujer para que fueran felices; los hizo conscientes, para que reconocieran el bondadoso poder de su Creador, y los hizo libres (a semejanza suya), para que, al ser testigos de la grandeza y gratuidad del amor divino, correspondieran libremente a su inmenso amor, ya que la libertad es la cualidad divina, que por lo mismo, los diferenciara.

“Y los bendijo Dios, diciéndoles: Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla…” (1, 28)

  • Quizás, cuando Dios les entregó la Tierra al ser humano –digamos más propiamente: el sistema planetario-, de alguna manera incluiría en esto a la propia “tierra”: les entregó la libre decisión de “cerrar” su propio proceso creativo evolutivo (que esta creatura concluyera las condiciones mismas de su proceso evolutivo de humanización).
  • Volvamos a la evolución de los “sapiens”: Hace 2.5 millones de años, dos especies de primates haplorrinios tuvieron un ancestro común. De dicho ancestro se diferenciaron varias subespecies de antropoides, entre las cuales estaban los “chimpancés” y los “bonobos”. No sabemos cuál sería la condición que compartían ambas especies,  ni cómo fue que se diferenciaron siguiendo, cada cual, su propia evolución. Es probable que, en determinado momento, el homínido que dio origen al homo sapiens pudo decidir entre cualquiera de los dos caminos para proseguir su humanización: el liderazgo de los chimpancés lo tiene el abusivo macho alfa (se apropia de las hembras, arrebata las mejores porciones de alimento, etc.). Por el contrario, entre los “bonobos”, el liderazgo lo tienen las hembras, las cuales, debido a su género femenino, tienden a cuidar de toda la manada y a proteger a los débiles. ¿La vía evolutiva fue totalmente determinada por la situación ambiental? ¿O acaso, en algún momento del proceso evolutivo, pudo intervenir ya un embrión de libertad? Esa decisión originaria, por ser radical, quedaría incrustada en el ADN de la especie y se heredaría a todos los descendientes. Según la teoría anterior, nuestros primeros ancestros habrían optado -ya libremente- por el modelo “chimpancé” (¿un chimpancé Adán apoyado por una Eva bonoba?), y esta decisión sería justamente el “pecado original”, interpretado como el “poder de dominación”. Lo anterior puede corroborarse por las consecuencias bíblicas del pecado original:
  • Ruptura con el propio cuerpo: “Sentí vergüenza porque estaba desnudo”.
  • Explotación laboral: Al inicio, cuando Dios puso a Adán en el Edén (la tierra amiga), el trabajo al que lo destino fue “para que fuera su jardinero”: agradable y llevadero. Pero cuando se desfiguró el precepto y se trabajó por explotación de los fuertes, cambió: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (que se convirtió en “comerás el pan con el sudor del “de enfrente”): el trabajo coaccionado por la explotación se vuelve insoportable.
  • Discriminación de género: La mujer dejó de ser “carne de mi carne y hueso de mis huesos”, para convertirla -en el patriarcado- en una sierva a su dominio: “Tenderás a tu marido y él te dominará”
  • Ecocidio: “Trabajarás la tierra y te producirá espinas y abrojos” De “Edén” se pasó al erial: la Tierra “explotada” se revierte contra su perpetrador.
  • Ruptura con Dios: Dios dejó de comunicarse cara a cara, y su imagen (su rostro) se les escondió “Se escondieron para que Dios no los viera”
  • Violencia entre los humanos mismos: el fratricidio de Caín.

“Crezcan, multiplíquense, llenen la Tierra”

  • En un Planeta prácticamente vacío, los sapiens-sapiens emprendieron un proceso migratorio, poblando todos los nichos ecológicos: –costas, selvas, desiertos, montañas, glaciares del Polo Norte, etc.–. Aquellas primeras migraciones, debido a su necesidad de sobrevivencia en ambientes tan diferentes y desafiantes, mutaron el color de su piel y en su proceso de adaptación, generaron diversidad de razas, culturas, lenguas, etc.
  • Al incorporar al ser humano en su proceso de creación Dios le encomendó a esta creatura dos tareas: “llenar la Tierra” y “custodiar la Tierra”. A pesar de la distribución geográfica mencionada, el proceso demográfico ha explotado en las últimas décadas, de modo que se puede decir que la primera encomienda, en cierta manera ya se ha cumplido, y que lo que resta para el acabalar su cumplimiento es asumir en nuestras manos la propia potencia reproductiva:
  • Cuando yo nací, en 1939, encontré un Planeta con unos 1,500 millones de seres humanos. Treinta años después, en 1969, el Club de Roma -una agrupación de un centenar de científicos de primer nivel, provenientes de 52 países, que contaban con las mejores tecnologías de entonces (menos potentes que nuestras laptops), investigó los mayores problemas que enfrentaba el mundo de entonces, publicando un informe al respecto[1]. Concluyeron  que el mundo tenía ya entonces 3,000 millones de humanos. Es decir, se había duplicado la población en esos 30 años; y predijeron que de no haber cambios importantes, dentro de los siguientes 30 años volvería a duplicarse. Y en efecto, sucedió así: el II Milenio terminó, en 1999, con 6,000 millones de seres humanos. Al escribir esto andaremos por los 8,800 millones de humanos. “Llenar la Tierra” es una misión que entra en otra fase: asumir y regular la propia potencia reproductiva de la especie, hasta conseguir un equilibrio entre población y recursos, logrando esta meta mediante la educación y ciertos auxiliares bien utilizados y dentro de la libertad de cada pareja.

Custodien la Tierra”

  • Dicen los italianos: “traduttore, tradittore” (“todo traductor es un traidor”), ya que cualquier traductor selecciona, del diccionario de la lengua a traducir, determinado significado de una palabra o expresión, excluyendo otras que posee dicha lengua, cuyo contexto histórico-cultural sólo los “nativos” saben utilizar. Es lo que sucede con algunas traducciones de la Biblia: A propósito, la encomienda divina que estudiamos, suele traducirse como “cultiven la tierra y domínenla”. Desconozco los matices que tenga la lengua hebrea original del texto; las más traducciones más frecuentes emplean: “dominar”, “poseer”, “someter” la Tierra, que connota como permitirle a los humanos utilizarla como ellos quieran, a su voluntad o capricho. Sin embargo, hay quienes traducen ese verbo como “custódienla”, más acorde con nuestra sensibilidad ecológica actual. En efecto, el pecado original fue “el poder de dominación”, causa de todas las desgracias (“dominar”). En cambio, “custodiar” evoca al “jardinero”, anterior al pecado, que ama su trabajo y cuida de su Paraíso.
  • Hoy, es preciso que el cumplimiento de esta misión creadora sea de otro modo. Desde que la humanidad decidió utilizar la energía fósil –producto del entierro de toda la exuberancia del Pleistoceno-, empezamos a depender del petróleo, del carbón y del gas natural. Frívolamente, sacamos de las entrañas millones de barriles a ritmo vertiginoso (desde la II Guerra mundial, el aumento de los motores de combustión interna pasó de 40 a 680 millones). Las reservas petroleras se hallan en el hemisferio Sur del Planeta, pero se consumen en el hemisferio Norte, acentuando así la diferencia (el Sur se empobrece y el Norte se enriquece). Esto gestó la revolución industrial, cuyas consecuencias ya se resienten. Hay algo peor: puesto que no se utiliza toda esta sustancia extraída, los sobrantes (“desechos”) se arrojan a la atmósfera: Cada año seis mil millones de toneladas de CO2 pasan al aire, ocasionado el 10% del total de las defunciones. El ritmo de extracción es creciente: los residuos fósiles aumentaron 400% respecto a 1850. Esos gases (bióxido de carbono, metano, clorofluorocarbonos, etc.) se acumulan en el aire, captan y conservan el calor solar. De modo que así estamos cambiando la composición química de la atmósfera y la temperatura ambiental.
  • Desde la mitad del siglo XIX, el bióxido de carbono ha aumentado en la atmósfera en un 30% y se prevé que para el año 2040 su incremento llegará al 60%. Si se comprimiera toda la historia humana en un año, este tiempo representaría, tan sólo… ¡un segundo! La capa de gases contaminantes no permiten que el calor salga del Planeta, sino que fungen como un invernadero: al refractar el calor, regresa, aumentando su temperatura promedio. Si desde 1850 al año 2,000 la temperatura promedio del Planeta aumentó 1.5°, de continuar como vamos a finales del siglo XXI habrá aumentado 5° (las “Cumbres” internacionales para tomar medidas cautelares lograrían, en el mejor de los casos, un aumento de 2°, lo que sería desastroso). Ya ahora, la capa de hielo de los Polos se ha adelgazado 42%: al derretirse los icebergs, se prevé que este siglo el nivel del mar subirá 88 cms., sepultando varias islas y ciudades costeras; aparecerán enfermedades tropicales en nuevos lugares, siendo los países pobres quienes más lo sufran. Hoy, el cumplimiento de nuestra encomienda –“Custodien la Tierra– resulta más apremiante que nunca.

Preguntas

  1. ¿Cómo entiendes que “el hombre vino del mono”?
  2. Para ti, ¿el ser humano, es bueno o es malo por naturaleza?
  3. ¿En qué los humanos somos “imagen y semejanza” de Dios?
  4. ¿Cómo entiendes el “pecado original?
  5. ¿Qué consecuencias sociales del pecado están afectando actualmente la Tierra?
  6. ¿Qué puedes hacer tú para remediarlo?

[1] “Los límites del crecimiento”, MIT, 1972. “Un laboratorio de ideas”, que agrupo a científicos, economistas, expolíticos e industriales. Correlacionaron datos de la demografía mundial, los recursos naturales principales, los problemas ecológicos, sociales, etc. ​

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5. CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA

“En el principio…”

La Biblia es una colección de libritos, algunos de hace más de 4,000 años. Setenta sabios israelitas seleccionaron algunos textos de entre los que circulaban y eran tenidos por revelados, y los agruparon de determinada manera formando un “corpus” unitario. A partir del cristianismo, ese “corpus” se complementó con los libros del Nuevo Testamento, razón por la cual, a pesar de ser varios libros, la Biblia pudo tener un principio (Génesis) y un final (Apocalipsis).

Las mitologías

   El género literario del Génesis es “mítico”, lo que no quiere decir, como suele pensarse, que los mitos sean falsedades (“¡Eso es puro mito!”), meros cuentos fantasiosos, a los que no habría que otorgar credibilidad alguna. Por el contrario, los mitólogos descubrieron la importancia de estos relatos: algunos mitos son registros históricos de hechos que realmente ocurrieron (como la fundación de ciudades o algunas guerras) y que para ser transmitidos fácilmente a las generaciones subsiguientes, se mezclaron con elementos “maravillosos”. Para otros, son justificaciones de leyes o de principios morales; a otros más les parecen inspirados en el remoto inconciente colectivo -sea de una cultura, sean arquetipos universales (Jung)- y finalmente, hay ocasiones en las que los relatos míticos responden a los interrogantes más profundos, situados en lugares y tiempos remotos; pero que no son pensados desde la razón lógica –como haríamos en nuestro tiempo–, sino que son construcciones legendarias o imaginativas, presentadas en forma simbólica. Recientemente, se cree que se trata de una antigua forma de pensar –que aún la mantienen actualmente algunos pueblos originarios- que denominan “sentipensar” (Freinet), que mezcla la razón y las emociones, con la ventaja de no limitar a una única manera de interpretación, sino que abren a la sugerencia. El antropólogo Bronislaw Malinovski se interesa, más que por la interpretación de los mitos, por la función que cumplen en determinada cultura: pueden servir para mantener una identidad cultural, para prevenir contra acciones inadecuadas, para fijar fecha de actividades laborales, etc.

   Así como los cuentos tienen siempre un mismo principio introductorio –“había una vez”-, los mitos suelen remitirse a los orígenes –“en el principio”-. Se trata de los “tiempos primigenios”, cuando tuvieron origen todas las cosas (“mitos etiológicos”), cuando todo era maleable: el cóndor tiene su cuello pelón porque metió la cabeza en un agujero de lava. En la Roma actual, el guía de la cárcel Mamertina muestra a los turistas un hueco en la roca de la escalera, diciendo que se debió a que San Pedro, al bajar los escalones, se golpeó allí la cabeza.

   Desde la visión mítico-teológica del Génesis, “en el principio”, en la Tierra todo estaba confundido, “revuelto”, el caos primordial: “la Tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo…” La Creación inició “poniendo orden en el caos”. Según la cosmología veterotestamentaria, la Tierra era plana, cubierta por una bóveda en la que se fijaban los astros y las estrellas. Sobre aquella bóveda estaban las aguas primordiales, y sobre dichas aguas, a su vez, estaba Dios (para hacer llover, Dios  simplemente abría “la llave de la regadera”). Desde esa visión, el principio de aquel “principio” fue la separación de la luz y las tinieblas, de las “aguas de arriba” y las “aguas de abajo”, de lo “seco” y lo “mojado” (emergieron los continentes), y después ya se dedicó a crear las obras “de ornato” (aves del cielo, peces del agua, animales de la tierra).

Los Cielos narran la Gloria de Dios”

   Dios no queda aprisionado por la medición del tiempo, sino que se mueve en un eterno instante presente. Para la gente de nuestro tiempo, el pensamiento mítico confunde, más que aclarar. Necesitamos recurrir a otro tipo de lenguaje: el de la Ciencia (¿es realmente más “verdadero”?). Para Kant, el tiempo no existe; es una mera construcción humana (un “imperativo categórico”). Si no existiera el ser humano, no habría tiempo. Los humanos no podemos pensar sin las categorías espacio-temporales, y nos gusta medirlo todo. Dios, en cambio, campea en un único instante de eternidad. ¿Y sería entonces posible, teológicamente, pensar en que Dios haya creado desde la eternidad al universo (“ab aeterno”)?  ¡Ya la filosofía escolástica se planteaba esta posibilidad! Sin pretensiones astronómicas, expongo mi fantasioso parecer:

El Universo infinito

   “Desde el principio” existía “polvo cósmico”, compuesto, quizás, por los 64 elementos químicos de la Tabla de Dmitri Mendeléyev (hasta ahora no se ha encontrado, en nuestro sistema planetario, ninguno más). Esos átomos se fueron combinando y formando moléculas, las cuales ejercían un poder de atracción de otras moléculas compatibles. Siguiendo las leyes de atracción, el cuerpo mayor atrae a otros cuerpos menores, y de esta forma, algunos cuerpos fueron creciendo con las fusiones. Quizás algunos, gracias al oxígeno, obtuvieron energía incandescente y radiaciones, que se volvieron “estrellas”, o quizás “soles” que atrajeron sendos planetas. Así se formaron conglomerados (“sistemas planetarios”) y otros mayores, llamados “nebulosas” o “galaxias”. Se calcula que en el universo existirán unos dos billones de galaxias.

    Los astrónomos observaron, además, que dichas galaxias se alejan unas de otras, deduciendo de tal observación, que originalmente habrían integrado una masa enorme. La “fuerza centrípeta” (atracción), al llegar a su máxima posibilidad, puede transformarse en “fuerza centrífuga” (repulsión), y en base a dichas leyes, formularon la teoría del “Big-Bang” -la más aceptable hasta ahora-, calculando que aquella “Gran Explosión” acaeció hace unos 15,000 millones de años. La vertiginosa velocidad de desplazamiento de las galaxias se explica aplicando la Ley de Newton, según la cual, la fuerza de un impulso inicial se conserva intacta en el vacío, mientras no haya fricción que la frene (de tierra o de aire). ¿Y quién podría negar que en ese universo infinito no se estarán formando, en algún otra parte, otros “big-bangs” similares? Además, se sabe que el 80% del universo lo constituyen los “hoyos negros”,[1] cuya “materia oculta” que podría ser simplemente vacío”, o que fuese algo que no fuera ni energía oscura, ni materia bariónica (materia ordinaria), ni neutrinos. 

“En el principio era la Palabra; y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios… Todas las cosas fueron hechas por Ella, y sin Ella nada existió de cuanto ahora existe”

CREACIÓN DE LA VIDA

  •    Nuestra galaxia –la Vía Lactea- contiene unas 300,000 millones de estrellas y siete sistemas planetarios. En una de las estrellas de dichos sistemas planetarios –nuestro Sol, una estrella “enana”-, desde hace unos 4,700 millones de años giran 8 planetas, uno de los cuales es la Tierra (“Gaia”), el “Planeta Azul”: un planeta extraordinario, con una composición química totalmente precisa para el fenómeno de la vida
  • BIÓXIDO DE CARBONO: Venus 96%; Marte 98%; Tierra 0,03%.
  • NITRÓGENO: Venus 3,5%; Marte 2,7% Tierra: 79%.
  • OXÍGENO: Venus y Marte: 0%; Tierra: 21% (si fuese el 26% se incendiarían los bosques)
  • NIVEL DE SAL: en los mares es de 3.4%. Si subiese a 6% sería imposible la vida.
  • TEMPERATURA, entre 15° y 35°, es la óptima para los seres vivos.

     Fue en este Planeta, que disfrutaba de condiciones excepcionales, en el que hace 4 mil millones de años, apareció el prodigio de la vida. Se dice que dada la inmensidad del universo, según el cálculo de probabilidades, seguramente habrá vida también en otros planetas. Otros científicos, sin embargo, consideran que nuestro planeta bien puede ser una excepción en todo el universo. En todo caso, si no se encuentra vida en nuestro “vecindario”, será imposible descubrirla, dadas las distancias inconmensurables medidas en años luz.

  • Si el Verbo creó todas las cosas, no las hizo como un artesano, produciéndolas cosa por cosa, ya bien acabadas; más bien, la creación es la puesta en marcha de un proceso, dotado de una misteriosa teleología, que una vez desencadenada, marcha por sí misma.
  • Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955): Fue un religioso jesuita, paleontólogo, filósofo y -para algunos- quizás teólogo, quien aportó una visión original a la teoría de la evolución. Reconoce una evolución lineal; pero con saltos cualitativos, entre tres esferas: la “Geósfera”, la “Biósfera” y la “Noosfera”, hasta llegar al “Punto Omega” o Antropósfera, propia de la vida social: “una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia” (tema que desplazaremos para más adelante), y finalmente, la “Cristósfera”. Si el proceso evolutivo marcha por su propio camino, en buena parte azaroso, Chardin piensa que se habría requerido una intervención especial de Dios para el paso de una esfera a otra.
  • La vida no es explicable sin las sustancias orgánicas. Por tanto, la primera etapa del origen de la vida fue la formación de esas sustancias básicas. En ellas, el elemento fundamental es el carbono: los seres orgánicos, calentados a altas temperaturas, arden, y si no encuentran aire, se carbonizan. Esta sustancia puede combinarse con otros elementos: con el hidrógeno y con el oxígeno (el agua) y también con nitrógeno, azufre, fósforo, etc. ¿Cómo pudieron formarse las moléculas orgánicas, si, por lo que sabemos, estas moléculas se forman a partir de materias orgánicas precedentes, y estas no existían? En algunas estrellas se genera carbono en altísimas temperaturas (7,000°), lo que genera átomos disgregados; pero en la Tierra faltaban elementos propios de la vida.
  • Un descubrimiento importante fue el estudio de la composición química de los meteoritos que caen en la Tierra. Su composición es similar a lo que se encuentra en el interior de nuestro Planeta (indica un origen común), y fácilmente contienen carbono, a veces combinado con metales. En algunos meteoritos se encontraron los hidrocarburos (hidrógeno y carbono) y otros minerales que aquí no existían. De ellos pudieron derivarse las primeras proteínas, y de allí surgir la vida, primeramente en el mar.[2]
  • Hay que advertir aquí sobre algo totalmente excepcional: todo el universo tiende hacia la “entropía”, es decir, todo concurre a la inercia, al desorden, al caos, al reposo. Pero únicamente la vida evoluciona de lo simple hacia formas cada vez más complejas y orgánicas, a contracorriente de todo lo demás.
  • La estrategia de la vida, desde su comienzo, fue evolucionar hacia la biodiversidad. Gracias a esto es cómo los organismos han podido irse adaptando a las cambiantes condiciones ecológicas y medioambientales: Ante un serio cambio medioambiental, las especies afectadas, al reproducirse, generan entre su descendencia, continuas “anomalías” genéticas, algunas de las cuales se adaptan mejor que las demás a las nuevas condiciones, y a través de descendiente abortivos es como la especie sobrevive. Así se fueron diversificando los seres vivos, adaptándose al aire, al agua y a la tierra, después de procesos milenarios (un ejemplo, los grandes reptiles o “dinosaurios”, cuando había mucha vegetación y que fueron disminuyendo en tamaño conforme el alimento faltaba.

Preguntas:

  1. ¿Qué opinas teológicamente sobre la hipótesis de que Dios haya creado el universo desde toda la eternidad?
  2. ¿Tienes algunas dudas si la teoría de la evolución sea contraria a la fe o a la razón?
  3. ¿Crees necesarias intervenciones divinas extraordinarias para los pasos evolutivos de la materia a la vida, de la vida a la inteligencia y de la inteligencia a la vida humana social?
  4. En tu oración de hoy, haz un acto de admiración y adoración sobre el “Dios creador del cielo y de la tierra”.

[1] Su nombre hace referencia a que no emite ningún tipo de radiación electromagnética (como la luz). ​ Su existencia se infiere a partir de sus efectos gravitacionales en la materia visible, tales como las estrellas o las galaxias.

[2] La teoría más aceptada hoy sobre el origen de la vida, la atribuye a polímeros y aminoácidos, con préstamos de átomos de oxígeno y ayudados por la energía del sol.

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