4. EL DIOS EN QUIEN NO CREO[1]

Entre quienes proclamamos nuestro credo, utilizando, incluso, las mismas palabras, encontramos adoradores que, en realidad, creen en dioses diversos -incluso guerreando entre sí-. Hablando con más precisión, circulan entre creyentes diversas imágenes de Dios. Cada persona -aún entre los mismos católicos- tenemos nuestra propia imagen de Dios. Será, pues, conveniente, “deconstruyamos” nuestra imagen personal de Dios para, una vez detectada, poder “reconstruir” otra imagen más conforme a la revelación. Presento un decálogo con mi “anticredo”, desenmascarando algunas de estas imágenes desfiguradas de Dios que por ahí circulan:

  1. No creo en un dios titiritero

Un dios algo caprichoso, que moviera a su antojo las piezas de un juego, es decir, que moviera personas y acontecimientos como sus títeres. Un dios así sería un dios cruel y arbitrario: racista, sexista, clasista, insensible a las víctimas de la injusticia. Un dios que se dejaría sobornar… ¿a cambio de qué? ¿De una veladora? ¿De una peregrinación a algún santuario? ¿De sufrimientos infligidos voluntariamente? Ese dios estaría sujeto a las necesidades, caprichos o de intereses mezquinos de sus devotos, según la lógica mercantil “do-ut-des” (te doy, para que me des).

  • No creo en un dios relojero

Mirando la armonía del Cosmos, Aristóteles y otros antiguos filósofos dedujeron la existencia de Dios. Según algunos apologetas, negar la existencia de Dios, suponiendo un mundo regido como un reloj -complicado, preciso, exacto-… y que, sin embargo, se hubiera hecho solo, sin relojero. La argumentación aristotélica continúa: siguiendo una concatenación de causalidades, sería impensable prolongar dicha concatenación al infinito, teniendo, por tanto, que concluir en la necesidad una Causa Primera, una causa-incausada. La lógica del Filósofo es inobjetable; pero al dios al que se así se llega, sería simplemente el “motor inmóvil”: un dios abstracto, existencia pura, sin cualificación. Quizás la ciencia llegue algún día a responder sobre el cómo de la creación; pero no habrá respuesta sobre la gratuidad del “por qué” de ella.

  1. No creo en un dios “genio de la lámpara de Aladino”

El dios de la magia, el de los brujos y chamanes, que mediante ciertos ritos impactantes, se apoderan “indefectiblemente” de las fuerzas naturales actuantes en la realidad, y una vez que lograran hacerlo, podrían obligarlas a producir los efectos demandados, aunque se tratase de meros caprichos de sus clientes, sin atender a la bondad o maldad de los mismos. Hay algunas reminiscencias de esto en ciertas devociones (recitando determinada oración y determinadas repeticiones, cual fórmula mágica), en secuencia de ciertos ritos y ejecutados en ciertos días y horas (p.ej., los martes a las 12 de la noche), se obtiene indefectiblemente  lo demandado. Esta concepción de divinidad mágica parece estar retornando en la esoteria y la paraciencia, renombrando aquellas “fuerzas naturales” como “energía magnética”; o regresa también en la milagrería pentecostal de fenómenos supuestamente místicos: la “glosolalia” o el “don de lenguas”.

  • No creo en un dios neutral

Dios, es verdad, “hace salir el sol sobre buenos y malos”. Lo cual no quiere decir que no tome partido, ni que sea un simple “referi”. Sería blasfemo considerar que dios legitime el injusto “status quo” imperante, con sus estructuras de violencia y corrupción, o que solapase otros intereses inconfesables. En nuestras sociedades disimétricas, en las que los poderosos se aprovechan de los débiles e indefensos, Dios toma partido. El Abbá de Jesús es el Dios de los pobres, de las víctimas, y no de los poderosos victimarios; aunque presuman sus rosarios o pectorales enjoyados. Esto no quiere decir que Él intervenga directamente en la historia, impidiendo abusos. Dios no es indiferente; pero se arrodilla ante la libertad humana; aunque le pesen las consecuencias. Justamente envió a su Hijo para transformar esta situación; pero operando a través de los esfuerzos de los militantes y desde la condición de una libertad debilitada por el pecado.

  • No creo en un dios idolátrico

No creo en esos dioses fabricados por los humanos, a imagen y semejanza de sus arbitrariedades. Precisando: se tratarían de los ídolos, los cuales no son sólo aquellas estatuillas -algunas no carentes de excelsa belleza y otras, simplemente de forma alegórica- en las que muchos pueblos significaron sus valores más preciados, y cuyo fetichismo, por cierto, no era tan burdo como a veces se suponía. Los ídolos a los que ahora me refiero, son los ídolos modernos, a los que sacrificamos nuestra salud, nuestro descanso, nuestra familia, nuestras amistades, nuestra felicidad… e incluso, nuestra conciencia. Son dioses que reclaman de sus devotos la adoración ciega: los ídolos de “el tener, el poder y el placer egoísta”. Estas hechuras humanas se hipostasían (asumen forma humana), se combinan con pequeñas omisiones, indiferencias, egoísmos y ambiciones de unos con otros, dando lugar a las poderosas “estructuras de pecado”.

  • No creo en un dios “opio del pueblo”

Un dios celoso, cuya adoración oscurece el compromiso de transformar esta tierra, la cual es vista como un “valle de lágrimas”, por la que no vale la pena que los creyentes pierdan su tiempo en mejorarla, pues las penurias humanas son sólo pasajeras y serán recompensadas en el Cielo -la “verdadera patria” celestial-. No creo en ese dios “corazón de un mundo sin corazón”, quien, a lo más, “se adorna, poniendo florecitas en las cadenas[2], y que finalmente, colabora a que estas no se rompan. Tampoco creo en un dios que niegue las tendencias biófilas y el gozo del vivir, pidiendo sacrificios ascéticos y que recela siempre de cualquier placer. Ese dios, diría Nietzsche, “ha muerto”.

  • No creo en un dios juez severo

No creo en esa deidad que se la pasa examinando con lupa lo que hacen sus creaturas, para detectar cualquier transgresión que merezca enviarlas al infierno. Ese dios controlador “que ve una hormiga negra sobre una piedra negra, en medio de la noche más negra”. No creo en ese dios moralizante, que castiga la satisfacción de fuertes tendencias que él mismo puso en el corazón humano.

  • No creo en un dios lejano

Un dios “ocioso”, lejano, indiferente a lo que hagamos los humanos, pues se autocomplace a sí mismo, por lo que ni premiará, ni castigará, pues la conducta moral de los humanos, simplemente no le interesa.

  • No creo en un dios antropomórfico

Solemos imaginar a Dios como si fuese una persona humana, es decir, con sentimientos y pasiones. Así decimos que Dios llora, que Dios se entristece, que Dios se arrepiente, que Dios se contenta… Dios es espíritu, y los sentimientos radican en el ámbito cerebral corporal (aunque algunos sentimientos se pueden espiritualizar). Los sentimientos son pasajeros, y por tanto, implicaría que Dios muda de estado anímico, con lo cual ya no sería un “eterno”, ni “inmutable”. A veces, los devotos aconsejan a Dios, le indican las dádivas que más les convienen a ellos y lo tratan de convencer, e incluso, de sobornar (con “mandas, promesas, ofrendas) o chantajear (exponiéndole sufrimientos o sacrificios voluntarios para moverlo a compasión). Un dios así sería un dios sádico, a quien le gusta ver sufrir a sus hijos y les condiciona el otorgamiento de su benevolencia a esos dolores suplementarios o accesorios a las -de por sí- difíciles condiciones de vivir. No creo, pues, en un dios comprensible para el minúsculo entendimiento humano ya que, si lo fuera, seríamos superiores a Él; siendo el Trascendente, el Misterio insondable, no lo podemos abarcar.

  1. No creo en un dios meramente trascendente o meramente inmanente

La trascendencia de Dios, enfatizada por el judeocristianismo y el islam, tiene la ventaja de reconocer la plena autonomía de las realidades terrenales, lo cual favoreció a la modernidad secularizada. Dios es “el Otro”, el que está “más allá” de la Creación. Es verdad que, de quedarnos copn este solo atributo, se puede derivar en la idea de un dios lejano, que habitara en un plano supraempírico, del que, incluso, podríamos prescindir. En cambio, la inmanencia de Dios, enfatizada por Oriente y que ahora va incursionando en nuestros ambientes, nos hace sentirnos como parte del Cosmos y vincularnos a la totalidad; pero de quedarnos en este, podríamos identificar a ese Dios con la energía cuántica del Universo. El Dios en quien creo, es al mismo tiempo, el Tú, con quien puedo comunicarme, relacionarme y sentirme amado por Él, el “Otro”, más allá de todo lo creado; pero no indiferente a nuestro ser de creaturas. Al mismo tiempo, es la misma intimidad de nuestra propia esencia. Al comunicarme con esa interioridad, me conecto con todo lo existente; pero siempre es un Dios que se halla más allá…

Preguntas:

¿Podrías añadir otros dioses en los que no crees tú?


[2] Carlos Marx: “Miseria de la Filosofía”, 184


[1] Ideas expuestas en el libro “La Idea de Dios en Guadalajara”, editado por  Celina Vázquez Parada y Wolfgang Vogt, Universidad de Guadalajara, 2011, pp 233 a 235.

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3. DIOS, PADRE TODO PODEROSO

Dios y sus imágenes

  • Buena parte de nuestra conducta, de nuestras acciones y de nuestro quehacer en el mundo, dependen de la imagen que tengamos de Dios. No existe un solo Dios, sino una multitud de dioses, o mejor, de “imágenes” de Dios que circulan, se contraponen y luchan entre sí. Nuestra vida responde a la imagen que tengamos de Dios. Es conveniente, por tanto, que revisemos la imagen que tenemos de Dios, para “deconstruirla” y luego “reconstruirla” sobre bases más concientes.[1]
  • La búsqueda de esta imagen ha sido preocupación de la humanidad durante largos años de su historia, y se cristalizó, posteriormente, en diversas religiones. En cierto sentido, todas las religiones (aceptación del Incomprensible) son “verdaderas”; aunque todas ellas –incluyendo la cristiana- sean simples balbuceos, aproximaciones, que nunca podrán coincidir o adecuarse totalmente con aquella insondable realidad.

Origen de las religiones

  • Las formas más elementales de la vida religiosa no iniciaron con la creencia en Dios. Parece ser que, originalmente, lo que existió fue cierto sentimiento vago y difuso: lo “sagrado”, lo “santo”, el “Mysterium tremendum”, que abruma e intimida; que nos sobrecoge por su poder y grandeza, ante lo cual nos sentimos insignificantes y vulnerables “seres de creatura”. Esa intuición de lo “sacro” se contrapone con lo “profano” (“sacro / profano” es la oposición más radical y más primitiva, anterior a cualquier otra contraposición). Lo “profano” es el extenso ámbito de nuestras realidades cotidianas y utilitarias.
  • La intuición del “Misterio” (lo oculto, lo ignoto, lo trascendente), surge ante experiencias de una realidad inexplicable[2]. Imaginemos como ejemplo, un rayo: hace 200,000 años, en algún clan primitivo, seguramente habrían caído muchos rayos; pero fue determinado rayo -así como los subsecuentes fuego e incendió provocados en la pradera – que impactó a cierto miembro del clan, provocándole un sentimiento de “pavor” (esa forma de temor exclusivo de lo mistérico). Al tratar de comunicar ese sentimiento a sus demás compañeros, lo que único que pudo hacer fue balbucear una expresión onomatopéyica (¡purruuuuum!)[3]. Cuando, posteriormente, ante otro rayo similar, los miembros de aquel clan recordaron a su compañero “apánicado”, ya lo nombraron simplemente “Purrum” (con mayúscula). Una concatenación: partiendo de un evento real, se pasó a una omatopeya para su verbalización, de ahí a una expresión, luego un nombre, luego su conversión en un ser y finalmente, su sacralización. No se trataba, sin embargo, de ningún “númen” personificado, sino de una misteriosa fuerza ominabarcante, que se concretizaría en entidades, sucesos, personalidades, dioses, etc., algo revestido de poder y capaz de realizar efectos maravillosos, cuando algún “actante” (un chamán, un guerrero, un rey) se apoderase de aquella fuerza y la someta a su voluntad, surgiendo así la magia.
  • Los investigadores discuten si en el origen de las religiones estuvo en la divinización de algún fenómeno de la naturaleza (rayo, sol, árbol, montaña), o si dicha experiencia primordial haya sido el “anima”, relacionada con el fenómeno de los sueños: antes de que los primitivos distinguieran entre el sueño y la vigilia, se pensaba que por las noches, algunos viajaban a otros lugares. Muy pronto esa idea tuvo que ser corregida (los compañeros de la cueva se quejarían de que aquel se pasó la noche roncando). Entonces supusieron que cada persona tenía dos componentes: durante el sueño, el cuerpo permanecía roncando en el piso, mientras que su otro componente -el “ánima”- salía por la nariz, para vagabundear. Resulta que en una ocasión, al regresar el ánima al cuerpo, lo encontró muerto, y por tanto, sin poder regresar a aquel cuerpo inerte… y quedó vagando, convertido en “espíritu”. Cuando ya el espacio onírico estaría demasiado poblado de espíritus –algunos de amigos y otros de enemigos- para congraciarse con todo aquel innumerable mundo de entes etéreos, habrían dado comienzo los rituales funerarios, y de allí, a la religión.

Origen de la palabra “Dios”

  • Con el advenimiento de las grandes civilizaciones, entró en escena la palabra “dios”. Para entender su origen, los lingüistas recurrieron a las etimologías: el sanscrito es uno de los lenguajes más antiguos, que fue hablado por los pueblos indoeuropeos (una pluralidad de sociedades desplazadas en una extensa área geográfica extendida, de la India, los pueblos germánicos, eslavos, grecorromanos, hasta los francos y los celtas). La palabra original “dios” habría sido, según dichos investigadores, “Dyaus” o Thíaus” (el empíreo diurno), que se convirtió en el latino “Deus” y en el griego “Theus” (Zeus, dios del trueno, padre de los dioses); pasa a  “Theo” o “Teo” (teología), “Tío” (germánico), Dio, Dya, Día (el empíreo diurno).[4] Como quiera que fuese el proceso, fue deviniendo en el “politeísmo”, con sus teogonías, producto de Imperios divinizados, pueblos confrontados, divinización de actividades esenciales de la colectividad o de fenómenos naturales… Todas aquellas deidades fueron creadas por los humanos, “a su imagen y semejanza” (con sus mismos vicios, pasiones, crimines, adulterios, etc.)

El Dios judeo-cristiano

  • En la región semita, nuestro Dios llamó a Abram, un habitante de Ur de los caldeos, revelándole por primera vez, su existencia como “único Dios verdadero”, revelación que transmitió a su descendencia, Jacob e Isaac, pactando con él, que si se comprometía a “creer”, (confiar) en Él, lo haría padre de un gran pueblo y además, le prometió una tierra fértil para su descendencia. Abram le transmitió esa alianza y esa promesa a sus descendientes Jacob e Isaac. Cuando por azares del destino, ese “pueblo de Dios” se instaló en Egipto y más tardé quedó fue objeto de dura esclavitud en Egipto, se comunicó con Moisés, en el anuncio de liberación para los esclavos hebreos, con el nombre de Yahvé -“Yo soy el que soy”-, es decir, el Existente, de quien ni siquiera era lícito pronunciar su nombre: un dios sin nombre y sin imagen, que se “revela” como presente, en la invitación a un proceso libertario.[5] Sin embargo, Yahvé sigue siendo incognoscible; presente, tan sólo, en la historia; es Dios de quien –según la teología negativa- sólo podríamos afirmar lo que no es (incognoscible, infinito, inmortal, impecable, inefable, etc.).
  • Para saber quién sea nuestro Dios, el evangelista Juan nos dejó una frase clave: “A Dios nadie lo ha visto jamás. Es la Palabra (el “Verbum”), quien nos lo dio a conocer” (Jn, 1, 18). Jesús es la manifestación visible del Dios invisible”, de modo quesolamente a través de Jesús es como conocemos a Dios… y no tanto por sus enseñanzas, cuánto por sus obras. De ahí que sea tan importante saber con quiénes se juntaba, de qué hablaba, qué le molestaba, etc.).[6]
  • Nuestro “Credo” reconoce en Dios dos atributos aparentemente contrarios: “Padre” y “Todopoderoso.” Por ahora quedémonos con el primer atributo –Padre-: el Dios en quien creo, es un Dios infinitamente bueno, compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a perdonar, de quien sabemos nos comprende y nos ama incondicionalmente (San Juan lo llamó el “Amor”).
  • Un padre que cree en nosotros, que respeta nuestra libertad, y quien para enmendar aquella primera elección fallida de nuestros primeros ancestros, nos envía a su Hijo mismo, encomendándole remediar las consecuencias de aquel error; aún al precio de su muerte: pero que nos resucita en el Hijo para comunicarnos su vida eterna misma.

   Es el padre, que sale al encuentro del hijo pródigo, quien le había exigido su herencia (como si lo considerase ya muerto) y tan pronto su padre le entregó lo que podría corresponderle, se fue de la casa paterna, casi sin despedirse; pero que las desventuras, a distancia, le hicieron ver quién era realmente su padre, mejor que su hermano, “bien cumplidito”, que nunca se separó de él.  Aquel hombre, que cada tarde subía a la azotea para otear el camino para ver si regresaba su hijo, en quien nunca dejó de “esperar” (en espera y esperanza), y que al reconocerlo, sale a su encuentro, lo abraza, lo colma de cariño y lo comprende, sin siquiera permitirle disculparse.

  • Personalmente, me parece que quien expresa mejor la inmensa comprensión y misericordia de Dios es San Juan. Poniendo el ejemplo del amor que Jesús nos dio -de entregarnos su vida-, y recomendando que también para nosotros, el amor a los hermanos es entregarles vida, compartiendo lo poco que tengamos con quienes tienen más carencias, dice que esto es “amar de verdad y no sólo de palabras”, y en ese contexto desarrolla esta idea tranquilizadora:

“En eso conoceremos que somos de la verdad, y delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo. Si nuestra conciencia no nos remuerda, entonces, hermanos míos, nuestra confianza en Dios es total” (I Jn, 3, 19-20)

Preguntas:

  1. Detecta algunas imágenes de Dios que circulan en tu ambiente. ¿Podrías explicitar la imagen de Dios que tienes tú?  
  2. Los pueblos indoeuroperos, para nombrar esa realidad trascendente y absoluta, utilizaron la palabra “Dios”; San Juan Evangelista lo llamó el “Amor”, R Otto lo llama el “Misterio”; Jesús lo llamaba “Abbá”, San Juan de la Cruz lo llamaba “Esposo”, a Moisés Él mismo lo llamó Yahavé (“el que existe”),etc  ¿Cómo lo llamarías tú a Dios”? ¿Qué nombre utilizas para relacionarte en tu oración con Él –o con “ella”-?
  3. Al revisar con cuidado la vida de Jesús, ¿Qué cualidades o actitudes de Dios-encarnado te parece que la vida de Jesús nos reveló?
  4. ¿Recuerdas alguna ocasión en la que el Padre te manifestó su rasgo amoroso?

[1] Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[2] Se podría calificar de “sobre-natural”; pero esto es inexacto, pues supondría ya el dualismo, propio de las religiones del Neolítico.

[3] Cassirer, Ernst: “Filosofía de las formas simbólicas” (1925)

[4] Durkheim: “Las formas elementales de la vida religiosa” (o. c.). Otro ejemplo del sanscrito: “Ingni”= fuego. “Agni”= dios del fuego

[5] La escritura hebrea sólo cuenta con las consonantes; las vocales se escriben como puntitos en determinadas alturas. Ya que la Y y la J son el mismo sonido, y que la H es aspirada, YaHaVe y JeHoVa es lo mismo. Posteriormente, se prohibió pronunciar el nombre de Dios, y cuandoera necesario, lo hacían al revés: (“Adonay”).

[6] En las traducciones de la frase de San Juan, se menciona al Verbo como “Hijo”, diferente a “Dios”, en alusión al misterio de la Santísima Trinidad, del que volveremos hacia el final del “Credo”.

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2. CREO

  • La fe no se reduce a la disposición de aceptar racionalmente enunciados “aunque no los comprendamos”. Eso sería una “fe ciega”, que pudiera llevarnos a absurdos o adhesiones irracionales. En este sentido, para el racionalismo positivista del siglo XVII (Comte), no hay que aceptar nada que no sea rigurosamente constatable (ver, tocar) o comprobable. La fe sería “la infancia de la humanidad” (Freud). Es verdad que la fe también requiere del intelecto -al menos, saber que no haya repugnancia racional en alguna proposición-; que al menos, sea verosímil, o propuesta por testimonios creíbles (un testigo ocular, desde un lugar apropiado y en estado mental sano). Una vez supuesta esta prudente y voluntaria adhesión de fe, se recurre al intelecto para profundizar en lo creído y convertirlo, así, en cuestión teológica o en convicción (“fides quaerens intellectum”: una fe que busca al intelecto).
  • Pero creer es algo más que un objeto desafiante al intelecto. Es la presencia de alguien que despierta en nosotros confianza y que nos invita para un proyecto o una causa. Nosotros nos confiamos a él (le entregamos nuestros proyectos personales o incluso, nuestra vida misma), puesto que su persona nos ha dado muestras de que es “confiable”. Quizás se trate de un médico (“le tengo fe a este doctor”), de un líder político (le creo, puedo confiarle mi apoyo), de algún familiar: la abuela sabia, que sabe dar consejos, que ha pasado por situaciones similares a las que estoy vivo y que sé que me quiere; o bien el cónyuge, que nos amamos; aunque tenga defectos o que ha habido ocasiones en que me perjudicó; pero que, “a pesar de todo”, lo sigo amando y sigo esperando su mejoría).
  • Creer en la Sagrada Escritura, creer que lo que dice la Biblia es verdad, no significa tanto aceptar como ciertos todos y cada uno de sus enunciados, sino porque, fundamentalmente, que lo que dice sucedió realmente: el judeo-cristianismo es una religión profética, es decir, histórica. Para el cristiano, tener fe, creer en la palabra de Jesús, es apostar la vida por lo mismo que Él vivió y por lo que Él murió: su pasión por la causa del Reino, la cual, a veces, puede concretizarse la exhortación de percibir las necesidades de los demás, compadecerlos y tratar de hacer lo que esté de nuestra parte por remediarlas, aún que en esto nos vayan fuertes sacrificios.
  • La mitología

    Habrá que decir algo acerca de los mitos. Contra lo que suele pensarse, los mitos no son falsedades -“eso es puro mito”, o sea, “puros cuentos de viejos crédulos”. Al contrario, algunos mitos suelen encerrar verdades profundas; justificaciones de algunas instituciones o costumbres ancestrales, o acontecimientos verdaderos, relatados en esa modalidad narrativa que -incluso actualmente- es propia de algunas culturas o de los “pueblos originarios”: lo que algunos llaman “sentí-pensar” (Freinet), es decir, no un pensar totalmente “racional”, sino mezclado con emociones, símbolos o alegorías, como también existen en la biblia.

Preguntas:

  1. ¿Qué entiendes por “fe”?
  2. ¿Qué condiciones se necesitan para creer?
  3. ¿Qué consecuencias me implica “creer”?
  4. ¿En qué verdades del Credo no crees? ¿Por qué?

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