B-14 DEL ASOMBRO Y LA “COSIFICACIÓN”

Mc 6, 1-6

  • Nuestra forma de conocer las cosas difiere a la de las personas. A aquellas las podemos conocer con precisión y objetividad racional. Son simplemente “problemas”, siempre iguales a sí mismas. Para conocer una planta, por ejemplo, empleamos el análisis objetivo separando sus elementos: las flores: pétalos, estambres, pistilo… Para conocer un aparato eléctrico, basta leer su instructivo de cómo funciona, seguirlo, y si no está descompuesto, indefectiblemente nos prestá el servicio.
  • En cambio, dada su libertad, cada persona es imprevisible, es un enigma, y sólo podemos conocerla bien si nos situamos ante ella como ante un “misterio” (Marcel), es decir, con asombro y maravillamiento –cada uno de nosotros somos una creación irrepetible de Dios–, y cuando así lo hacemos, surge el milagro.
  • Es verdad que nos resulta difícil mantener el maravillamiento con aquellas personas de nuestra convivencia cotidiana: en la pareja, cuando pasa el enamoramiento, aparecen los defectos. En los hijos, cuando aparece su individualidad diferente de los padres, comienzan a molestar (“no sé qué le ven a mi muchacho. Sus amigos lo buscan a cada rato y en casa se pasa todo el tiempo nomás echadote”). Entonces decimos: “candil de fuera, oscuridad en la casa”; “no hay hombre grande para el ayudante de alcoba” (Napoleón).
  • No nos conviene mantener el asombro ante los demás porque preferimos considerarlos como meros “útiles”, como “cosas”, como “medios” para conseguir beneficios propios, y no como fines en sí mismos. Por eso, preferimos “cosificarlos” y tratarlos como “problemas”, no como “misterios”
  • Una forma de hacerlo es reducirlos a lo “ya-conocido”, es decir, reducimos toda su riqueza, su impenetrabilidad, su complejidad a unos cuantos rasgos simples, incluso a uno solo: son los prejuicios, los estereotipos, los clichés. A cada persona le endilgamos una etiqueta y la fijamos como inmutable. Así, señalamos a algunas personas –“la chismosa”, “el enojón”, “el payaso”, “la metiche”… o bien, “el honesto”, “el exitoso”, etc.-. A lo mejor alguien sorprendió a uno en un par de mentiras de poca importancia y le endilgamos la etiqueta: “el mentiroso”; “a ese no le creas ni el credo”. “La chismosa” repitió entonces esa etiqueta (“mentiroso”) en una reunión de amigas, y ya se le quedó la fama. Quizás “el mentiroso” cayó en la cuenta de su defecto y se esforzó en corregirse… pero no importa, la etiqueta ya se le queda.
  • A Nazaret había llegado la fama de un gran profeta y sanador, un tal Jeshua, oriundo de ese pueblo. Muchos no lo ubicaban exactamente, de modo que ese sábado, cuando se corrió la voz que había llegado a visitar a su pueblo natal, en la sinagoga estaba casi todo el pueblo. En principio, agradó el comentario que hizo Jesús del texto recibido –se presentaba Él mismo como cumplimiento de las características mesiánicas (traer una buena noticia a los pobres, liberación de cualquier opresión, abrir los ojos ante la realidad, inaugurar un nuevo tiempo de Gracia, de Justicia); pero no faltó quién mencionara la etiqueta -“Bah. Mira quien era, el hijo del artesano (tecné); el hijo de María-.” Ante la etiqueta se perdía todo maravillamiento, y entonces ya no hubo lugar para milagros, pues para que esto suceda (como vimos la semana pasada), se hubiera requerido de la fe.
  • Revisemos las etiquetas que tenemos de los demás y abrámonos para el asombro, el misterio y la maravilla de cada hermano o hermana, pues sólo así captamos su “misterio” y nuestras relaciones serán fecundas.
  • Que la rutinización de nuestra fe no nos permita etiquetar también a Jesús, sino que nos maravillemos descubriéndolo siempre nuevo.

B-13 SUFRIMIENTO, ENFERMEDAD Y MUERTE

Mc 5, 21-43

  • La vida del ser humano es una carrera hacia la muerte. Todo ser viviente nace, crece, se reproduce, se enferma y muere. Esta es el pago dado a la vida; es condición para que las diversas especies se vayan adaptando a los cambiantes nichos ecológicos.
  • El cuerpo es maravilloso, una obra de arte; pero es delicado, y por eso todos nos enfermamos. El cuerpo tiene la capacidad de autorrepararse ante los inevitables deterioros; pero a medida que se va viviendo, los deterioros van superando la capacidad de curación.
  • En todas las culturas, los humanos fueron aprendiendo a curar sus enfermedades transmitiendo sus descubrimientos a las siguientes generaciones (desde los chamanes o curanderos).
  • Actualmente, la salud se ha convertido en negocio. La medicina promete acabar con la enfermedad y el dolor (con anestesiantes), pues se les tiene pavor. Las clínicas ofrecen “hacer todo lo posible por conservar en vida al enfermo”. Los fármacos y las clínicas son excesivamente caros y muchas veces, se administran con exceso, ocasionando otros trastornos. El Gobierno invierte cada vez menos en salud pública, y menos aún en salud preventiva. En los centros de salud hay falta de abasto, burocratismo y largas colas. No queda sino quebrar nuestra fortuna o morir, (el tratamiento de una enfermedad crónica puede llegar a 200 mil dólares).
  • Los recursos terapéuticos que cuenta actualmente la sociedad se aplican de forma inequitativa. La medicina, indudablemente, ha tenido avances increíbles… pero sólo en beneficio del 1% de la población; mientras las mayorías siguen muriendo de neumonía, diarrea u otras enfermedades fácilmente curables. A veces, el exceso de fármacos produce otras enfermedades acaso más peligrosas.
  • Los angloparlantes tienen tres palabras diferentes para la enfermedad (“sickness”, “desease” y “illness”), lo cual permite distinguir a) el sufrimiento propio del deterioro biológico (sickness), b) el sufrimiento concomitante a dicha sensación de vulnerabilidad y c) los señalamientos socioculturales. La enfermedad es un adelanto de la muerte, y por eso nos deprimimos. Aparte del dolor propio de la enfermedad, percibimos nuestra vulnerabilidad y eso produce sufrimiento (los animales no tienen esa conciencia, ni ese sufrimiento (desease). Además, suelen haber enfermedades a las que las sociedades dan connotaciones religiosas (endemoniados) o morales (la sífilis de los libertinos; la peste maldita medieval, la tuberculosis de nobles depravados, el sida de homosexuales promiscuos, etc.). Es la “illness”.
  • Es incuestionable el poder taumatúrgico de Jesús. Los evangelios nos hablan de numerosos casos de sanación, que en su caso, operaba sobre las tres fuentes de sufrimiento: Un indudable poder curativo, puesto que pareciera que de Él emanaba una fuerza sanadora, una especie de descarga eléctrica con sólo tocarlo (imponer las manos). Esto quedó patente en la mujer con flujo, a quien los médicos le habían evaporado su fortuna, quien creía que sanaría con sólo tocar la punta del manto. Él sintió esa emanación, aun sin conocer su destinatario. Sin embargo, para que hubiera curación, no bastaba su poder (muchos lo apretujaban), sino que era preciso, por parte del enfermo, tener fe. Además de aquel poder sobrenatural estaba su sobrehumana capacidad de compasión (“se le removieron sus entrañas”, dicen los evangelistas). Esta empatía de Jesús hacia el enfermo disminuía la depresión, estimulaba la fe y con ello, favorecía la cura (“es tu fe la que te ha salvado”). En el caso de la hija de Jairo (¿muerte aparente?), ante las plañideras, Jesús dijo: “no temas. Basta que tengas fe”. El Evangelio de ayer habló de la curación del criado de un centurión romano. Lo hizo incluso a distancia, gracias a la fe e aquel.
  • Por último, Jesús desafiaba las discriminaciones culturales hacia los enfermos, el “estigma social”: el leproso era signo de abandono de Dios y se le expulsaba de la colectividad. El epiléptico era signo de posesión diabólica y se encadenaba al enfermo. La ceguera o la sordera eran signos de pecados de sus progenitores… pero Jesús toca al leproso y lejos de quedar impuro, purifica al desahuciado.
  • Nosotros no tenemos el poder taumatúrgico de Jesús; pero podemos hacer mucho para aliviar el sufrimiento de la conciencia de la enfermedad (“desease”), que tiene efecto de alivio. La medicina clínica actual prescinde de la fe del enfermo –aquella que se tenía al médico de cabecera, que bastaban sus manos mágicas para sentir alivio-; pero hoy un expediente de médicos anónimos; estudios, análisis fríos y el reenvío de un especialista a otro, más que la compasión lo que se da es la simple manipulación del enfermo.
  • Lo religioso ayuda a mejorar la actitud de los enfermos (desease): por ejemplo, la Unción de Enfermos: a veces se nos llama a los sacerdotes a la clínica, cuando el enfermo ya está inconciente, entubado, a veces sin presencia de familiares… Administrar así e Sacramento parece magia (“ex opere operato”). Cuando se da en contexto de un rito de despedida (“ex opere operantis”) he notado que hay cierto alivio, de la aceptación esperanzadora de la muerte. Podemos hacer mucho en este campo para nuestros enfermos. Podemos también superar estigmas sociales, incorporando a la comunidad a aquellos excluidos por sus enfermedades (enfermos de sida, sordos, recluidos). Nuestra misión, en imitación a Jesús, es la compasión hacia los enfermos; el aliento, la compañía; el soportar las molestias que nos dan (sin ceder a exigencias derivadas del miedo). Aceptar nuestra enfermedad y dolor cuando nos toca. Y por lo pronto, todos podemos cuidarnos con la “medicina preventiva” y una vida sana, para evitar enfermarnos.

B-12 Del miedo y del terror

  • El miedo es uno de los instintos más antiguos de los animales (reptiles), primario e instantáneo, que funciona como mecanismo de sobrevivencia, para huir cuanto antes ante el peligro. Si no es posible la huida, el miedo se transforma en la adrenalina para la defensa.
  • Este instinto está más o menos desarrollado en diversos individuos, en un contínuum que va entre la cobardía y la temeridad. El miedo en los cobardes es desproporcionado; entonces los miedos nos paralizan (nos quedamos pasmados), nos hacen claudicar de nuestras convicciones, traicionar a nuestros amigos o nos impulsan a tomar decisiones equivocadas. Por eso, “hay que tener miedo de nuestros miedos”.
  • El valiente no es el que no siente miedo, sino el que lo sabe manejar. Por amor a alguien o a una causa que valora más que la propia existencia, o para obtener algún beneficio proporcionado, sabe afrontar los riesgos, tratando de pagar el menor daño posible. El temerario, en cambio, tiene inhibido el miedo, y corre riesgos inútiles o de forma imprudente.
  • Hoy es el Día del Padre. Una función del papá es dar protección y confianza a los hijos. Nuestro miedo se mitiga cuando sabemos que hay alguien o algo que nos protege: “No tengas miedo, aquí estoy yo” –dice-. De modo semejante, Dios nos cuida, como dice el salmo 23: “El Señor es mi pastorAunque vaya por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo”. No se trata de esperar una protección “mágicos” (como amuletos milagrosos), ni de fatalismos (“ya estaría de Dios”), sino la confianza en Dios, poderoso y amoroso a la vez, que nos guía y acompaña, y nos hace confiar en que estando en Él, no habrá situación en la que no sepamos encontrar alguna solución.
  • Los apóstoles viajaban en la barca cuando se desató una tremenda tormenta. Los fenómenos meteorológicos (tornados, terremotos, tsunamis) nos atemorizan, pese a los logros de la tecnología actual: se imponen y muestran la vulnerabilidad humana. Aunque eran, como Pedro, marinos experimentados, se ponen a temblar. Jesús duerme confiado en la popa, “¿No te importa si perecemos?”. Recurren a Él como última esperanza ante inminente naufragio. “¡No tengan miedo!”. Dios está con nosotros,
  • Además de estos miedos ante peligros biológicos o sociales, hay otro miedo, el “terror pánico”, que se suscita ante la presencia de algo o alguien que no pertenece al mundo natural, sino a lo sobrenatural, sea fasto (lo divino) o nefasto (lo demoníaco, aparecidos, fantasmas, zombies, etc.). Este es el miedo que nos enchina la piel y nos pone los pelos de punta, pues no lo podemos entender.
  • En la antigua cosmología israelita, estas tormentas suscitaban pavor, pues suponían que debajo de las aguas moraban terribles espíritus (no necesariamente “malos”); los “Ejércitos” y las “Potestades”. Jesús se incorpora, y ordena al viento y al mar que se calmen… y estos le obedecen. Es el terror ante lo divino: Yahvé, de Majestad y Santidad infinitas, cuyo rostro no podía contemplarse sin morir; cuyo nombre no se podía pronunciar. Es peligroso para el humano, dada la infinita distancia respecto a nuestra pequeñez y pecado. Jesús, al calmar la tempestad, se manifiesta como Dios. Pero Jesús enseñó que Dios, si bien “Todopoderoso”, es ante todo, compasivo misericordioso, y amante.
  • Actualmente vivimos una cultura de miedo: miedo a comer (comida chatarra, transgénicos), a beber (agua contaminada), a respirar (aire envenenado), a ir a la playa (jeringas en la arena, rayos infrarrojos) a salir (violencia callejera, peligros de tráfico), a tener relaciones sexuales (sida y enfermedades de transmisión sexual), al secuestro, extorciones, asaltos, robos, desapariciones, etc. Recordemos entonces a Jesús: “No tengan miedo”, yo estoy con ustedes. A lo que tenemos que temer no es a morir, sino a ofender a Dios. Este es un Don del Espíritu: Temor de Dios.
  • Si no tuvieras miedo, ¿tú qué harías? ¿No te está paralizando tu miedo? Estando trabajando para el Reino, podemos afrontar cualquier adversidad, pues creemos en la Resurrección (lo peor que podría pasarnos es morir, y la muerte ya quedó vencida). Pidamos los dones de Temor de Dios y de Fortaleza, para animarnos a seguir a Jesús, a pesar de las consecuencias que pudiera acarrear nuestro compromiso.