C-Pascua V: NUESTRA IDENTIDAD CONFESIONAL

Jn 10, 27-30

  • La identidad es algo que nos configura a nosotros mismos y que nos distingue de los demás. Uno forma su propia identidad en referencia a las “alteridades” (“yo no soy como…. los otros”). Igual sucede con las identidades colectivas, se construyen seleccionando algunos rasgos característicos del grupo, en contraposición a cómo otras colectividades presentan los mismos rasgos.  Por tanto, una persona o un grupo puede tener diversas identidades, de acuerdo al rasgo que sirve de criterio de comparación, y dichos rasgos pueden cambiar con los tiempos o lugares. Así, por ejemplo, tenemos:
    • Identidad de género, expresada en serían signos que reforzaban la diferenciación sexual: color (azul/rosa), prenda de vestir (falda/pantalón), trabajos (cocineras, azafatas, enfermeras /chefs, médicos), emociones (“los machos no lloran”. El varón no debe manifestar ternura; la sumisión de la buena esposa), etc.
    • Identidad nacional.- Arbitrariamente se eligen ciertas costumbres o productos de una región como características de todo un país, como el chile, la Guadalupana. A veces son rasgos de una región, como el folklore de Jalisco para todo México (mariachi, tequila), (ahora ya es la música norteña y los burritos).
    • Identidad generacional.- tipo de música, tatuajes, corte de pelo, redes sociales
    • La identidad confesional, como en las anteriores, selecciona algunos rasgos: dieta (los budistas son vegetarianos, los judíos no comen la carne de cerdo, los musulmanes no toman alcohol, los mormones, café, etc.), vestuario o apariencia (el velo -“burka” o “chador”, “nakaba”- de las mujeres musulmanas; la barba larga de los varones judíos; la túnica roja o cabeza rapada de los budistas…), posición orante (flor de loto budista, postración cabeza en suelo islámica, de rodillas cristiana, de pie judía, etc), conducta (la proclividad islámica a la guerra “santa” –yihad-, la racionalidad económica del judaísmo, el pacifismo y meditación budistas, etc.),.
  • Las primeras comunidades cristianas tuvieron ciertos problemas con su identidad confesional. Al principio compartieron varios rasgos con la religión judía (circuncisión, reposo del sábado, prohibición de comer cerdo); pero poco después de que se dieron las primeras conversiones de griegos, a quienes repugnaban algunos de dichos rasgos no esenciales a la nueva fe, para construir una identidad propia buscaron algún símbolo (la “señal” de la cruz). Legión tebea
  • Para Jesús esto estaba claro: “en eso los conocerán los demás que son mis discípulos”,en la forma de relacionarse basada en el amor. Él quería que los cristianos nos identificáramos por el modo amoroso de comportarnos en nuestras comunidades. No sólo el amor de una buena convivencia (comunidades cálidas) sino, incluso, llegando al grado heroico con que Jesús nos amó: hasta entregar la vida por nosotros (“como yo los he amado”).
  • Este rasgo distintivo podría ser impactante en los tiempos actuales, cuando se habla y se canta mucho sobre el amor, acaso porque nos falta en un mundo egocéntrico. A veces se confunde con un sentimiento (el amor romántico) o con la codependencia. En realidad, el amor tiene más que ver con una decisión opcional (“contigo hasta la muerte”), con la actitud de aceptación por encima de divergencias o defectos, con la capacidad madura ante la separatividad existencial a partir del parto.
  • ¿Es realmente esta nuestra identidad confesional actual? Muchas veces las comunidades cristianas son terrenos de luchas internas y de politiquerías. Existen actitudes egoístas, ambiciosas o hedonistas de cristianos que causan escándalo y que provocan rechazos, justamente, porque en la Iglesia, muchos creyentes no nos amamos como debiéramos. Esto no quiere decir que no existan conflictos en la Iglesia, sino la manera cómo los manejamos y solucionamos. Ante esta falta, construimos nuestra identidad confesional en algún signo externo (la cruz, el rosario), lo que se presta al escándalo (alguien que lleva un rosario en su coche y conduce imprudentemente o insulta a otros automovilistas).
  • Los cristianos deberíamos caracterizarnos por ser especialistas en el amor. Dondequiera que haya convivencia humana se darán los conflictos -estos son inevitables-; pero sí tendríamos que mostrar cómo dichos conflictos son posibles de manejar de modo que lo “cordial” no se pierda.
  • Las comunidades cristianas están llamadas a ser difusoras de amor en el despiadado mundo actual, teniendo especial cuidado de los más vulnerables. En la medida en que nuestra conducta eclesial vaya siendo congruente con lo que nos debiera identificar, desencadenaremos una gran fuerza de atracción, pues es justamente la compasión misericordiosa lo que el mundo necesita. Así iremos construyendo el “cielo nuevo y la tierra nueva” de los que habla el Apocalipsis, y veremos descender del Cielo la Nueva Jerusalén, engalanada como una novia, es decir, otro mundo posible, en el que “las lágrimas sean enjugadas y no haya penas ni llantos”. Tal polo de atracción reproduciría al que se dio al inicio, cuando Pablo y Bernabé lograron interesar y “abrir a los paganos las puertas de la fe.

C-Pascua IV: MÁS ALLÁ DE LA METÁFORA

Jn 10, 27-30

  • Las metáforas son figuras retóricas bellas, pedagógicas y sugerentes. Relacionan, por un lado, un pensamiento abstracto y complejo, y por otro lado, con alguna imagen concreta cercana a la vida de los interlocutores. Por eso a Jesús les agradaban las parábolas, para acercar el Reino de Dios a sus experiencias cotidianas. Sin embargo, a veces las metáforas nos desvían o se prestan al equívoco, puesto que utilizan las analogías, es decir, dos cosas que se parecen entre sí; pero que a la vez, son diferentes. Esto es más claro cuando la metáfora se separa el contexto en que fue creada, del contexto cultural de quien la recibe: una misma imagen puede tener connotaciones diversas según tiempos y países.
  • Esto sucede con la alegoría del evangelio de hoy, el “Buen Pastor”. Todos habremos visto alguna estampita que presenta a Jesús llevando amorosamente sobre sus hombros a una ovejita lastimada. Cuando Jesús se presentó a sí mismo con esta imagen, probablemente pasaba por ahí algún muchacho con sus ovejitas, pues el pastoreo era en Israel la principal forma de producción ganadera, y seguramente sus oyentes conocían –y oraban- el salmo 33, “El Señor es mi Pastor”, que les despertaba sentimientos de confianza amorosa.
  • Pero a nosotros, a lo más, nos despierta reminiscencias bucólicas de un pasado idealizado que ya no existe más. Quien realmente conoce lo que es trabajar con ovejas, sabe que esas son animales que pesan más de 50 kgs, sucios y pestilentes, por lo que cargarlos sobre los hombros no es posible sin ensuciarse y quedarse con “olor a oveja” (como dijo el Papa Francisco). En el México urbano actual no vemos a “pastores” con rebaños, pues el pastoreo quizás siga existiendo sólo en algunas remotas localidades campesinas. Además, si Jesús es el “pastor”, consiguientemente nosotros seríamos sus “borregos”, y según la jerga política de México, la palabra connota personas o masas acríticas, que se dejan fácilmente manipular por cualquier líder demagógico y a nadie le gusta que lo llamen así.
  • Por lo tanto, hay que ir más allá de la metáfora para comprender lo que Jesús quiso decirnos a sus seguidores. Cada evangelista enfatiza ciertos elementos. Para San Juan, esas ovejas no son “borregos”, puesto que saben discernir entre la voz del pastor y las voces extrañas de “mercenarios” o salteadores (los que se saltan los cercados para abrir la puerta del corral y llamar a las ovejas). Después de su Resurrección, Jesús está presente a través de su Espíritu, y esto requiere de nosotros discernir entre voces de otros espíritus que puedan extraviar. Jesús-pastor, por su parte, mantiene, con cada uno de nosotros, una relación personalizada: no nos guía en “bola” (rebaño), sino que nos llama a cada cual por su propio nombre propio y en nuestra singularidad. Además, estas ovejas no le reportan ninguna utilidad al pastor (él no vive de ellas), sino que reciben de Él gratuitamente, nada menos que “vida eterna”, y además, disfrutan de su seguridad protectora, pues confían en que “nadie se las arrebatará” al pastor, pues es buen cuidador.
  • Y hay todavía más: en la lectura del Apocalipsis, este curioso pastor es a la vez cordero. Supera las dicotomías que a veces se dan en la Iglesia, entre “pastores” que guían (la “pastoral”) y la feligresía que debe obedecer; entre los que enseñan y quienes son enseñados; entre los que deciden y los que ejecutan.  Es un cordero “inmolado” -el famoso “chivo expiatorio” de los sacrificios levíticos-, a quien, sentado en su trono en el templo, día y noche recibe honores de un “rebaño”. Además, dice Jesús que “tiene ovejas que no son de este aprisco” (los discípulos hebreos), sino abierto a lo intercultural, “de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lengua”. En efecto, muy pronto -en Antioquía de Pisidia, a través de Pablo y Bernabé-, el “rebaño” salió del ámbito cultural de Israel para incorporar ovejas del helenismo. Ese es el Cordero-Pastor, quien habiendo lavado las túnicas de su rebaño cosmopolita y globalizado, lo conduce ahora hacia “las fuentes del agua de la vida” y enjuga sus ojos de toda lágrima.
  • La metáfora, decididamente, ha quedado muy atrás; pero fue buen punto de partida para una reflexión sobre nuestra realidad: la incertidumbre, la soledad y la inseguridad que caracterizan a nuestras ciudades. Vivimos tiempos de miedo: miedo a respirar (la contingencia ambiental), miedo a comer (los transgénicos), miedo a relaciones sexuales (el sida), miedo a salir de noche (la violencia), miedo a perder a la persona amada (la frecuencia de separaciones matrimoniales), miedo a ser espiado (hackers en celulares, tarjetas de crédito, internet)… No tenemos en el horizonte líderes confiables: hay demasiada ambición, corrupción y manipulación, por lo que anidamos sentimientos generalizados de desconfianza en propuestas e instituciones y no hay ya ideales o utopías plausibles. Hoy, más que en tiempos de Jesús, viene bien recordar que no estamos solos; que hay un Dios que nos cuida y que nos está conduciendo, no al azar, sino hacia destinos ciertos, adonde encontraremos “verdes prados” y “fuentes tranquilas”, superando la sensación de desamparo, confusión y orfandad generalizados. Nos alienta saber que Jesús resucitado sigue vivo y es el guía en quien confía un “rebaño” cosmopolita, no sólo de toda lengua, raza y nación, sino incluso, de toda religión o de increencia; pero que tiene ansia de los valores propuestos por este pastor.

C-15 DE QUIÉN SOY PRÓJIMO O INDIFERENTE

Parábola: sucede en un camino: espacio entre el lugar donde «habitamos» (lo habitual) y el lugar de nuestro destino (los sueños). Espacio de incertidumbre, entre el «ya-no» y el «aún-no». Los siete personajes. Disposición de estar alerta, pues las interpelaciones a nuestra solidaridad pueden ocurrir en cualquier momento. Nada justifica que pasemos de largo (algo de nuestra humanidad quedará perdida para siempre). La solidaridad no es algo que podamos programar (sábados por la tarde voy al asilo), sino una actitud permanente. «Justo ahora», cuando el jefe está presionando por su informe, soy requerido. Si nunca salgo de vacaciones, «justo ahora», cuando logré por fin unos días, se me requiere. La indiferencia puede provenir del miedo, el «carrerismo» o una espiritualidad intimista y lejana de la vida. El samaritano se «aprojimó» al infeliz (se le hizo prójimo), y entraron en relación dos grupos separados por estereotipos; pero que ante la necesidad, únicamente importó la condición humana. Con una docena de verbos describe Lucas la acción compasiva del Samaritano.

Actualmente, las víctimas son cientos de millones (hambre, sin techo, presos, enfermos, sedientos): la TV nos los «aproxima» dentro de casa. Los mesoneos son filántropos oficiales, que si bioen auxilian, lo hacen por negocio o prestigio. Los samaritanos son muchos (altermundistas) y se están organizando. El escriba pregunta «quién es mi prójimo?, y Jesús da vuelta a la pregunta: «¿De quién te hiciste tú «próximo??