A-27 PROPIETARIOS Y MEDIEROS

Mt 21, 33-43

  • Hasta apenas unos 5,000 años, el “homo sapiens” era cazador-recolector nómada: tenía toda la Tierra a su disposición y su propiedad se reducía a su atuendo y a sus instrumentos de caza. Cuando empezó la domesticación del trigo (¿o fue el trigo quien nos domesticó a los humanos?), el trabajo empleado sobre la tierra para su cultivo le dio derecho a ella (la tierra era de quien la trabajaba). Una tribu o pueblo se posicionaba de un territorio suficiente para alimentar a su población. Cada clan o familia cultivaban su parcela y destinaban parte de su tiempo libre para construcciones comunitarias (acueductos, represas, etc.)
  • Las diferentes modalidades de regulación de la tierra ha sido en la historia fuente de numerosos conflictos. En Europa, campesinos que con trabajo comunitario habían ido acondicionando sus campos y los cultivaban eran despojados por tribus de bárbaros que les arrebataban la cosecha. Cuando tales invasiones fueron más frecuentes decidieron especializar algunas personas armadas para la guerra y construyeron castillos para refugiarse; pero esos jefes armados –convertidos en duques, barones, condes o marqueses- se apropiaron de toda la tierra cediéndola a los “siervos” a condición de que les pasaran alguna proporción, cada vez mayor. Otras veces grandes extensiones de tierra eran acaparadas por terratenientes, que las dejaban ociosas, para ganado o para vender, dejando a mucha gente dispuesta a trabajar sin tierra, a la que contrataban como simples jornaleros. En México se despojó a los indígenas de sus “tierras comunales” para formar las grandes haciendas, justificando el grito de Emiliano Zapata: “¡La Tierra es de quien la Trabaja!”. En nuestros días, todavía empresarios de agroempresas, ganaderos o compañías mineras despojan a los pueblos originarios de sus tierras, quienes muchas veces tienen que resistir, enfrentando barreras leguleyas o burocráticas, por lo que a veces se llega a situaciones violentas. Otras veces, en cambio, vivales organizan invaciones de predios y despojan a sus legítimos propietarios que habían invertido esfuerzo en mejorar los terrenos.
  • En Israel, la lucha por la tierra se dio entre los agricultores que se apropiaron de los terrenos más fértiles junto a los ríos y los pastores nómadas, que recorrían el desierto en busca de pastos. Y un buen año, en el que Abel llevaba sus corderitos a pastar hacia un lugar de buenos pastos, encontró que Caín ya se los había apropiado, y como tenía la quijada de burro, Caín mató a Abel, es decir, el pastoreo sucumbió ante la agricultura.
  • Podemos aprovechar la parábola para recordar la doctrina social cristiana sobre la propiedad. Dios dio la Tierra (toda entera) a la humanidad (en su conjunto). Pero la regulación de su propiedad ha tocado a los humanos. Dice la Iglesia que toda propiedad privada está grabada de una hipoteca social: la regulación jurídica de cualquier propiedad llega después de la realidad primera, el Bien Común. Esas inmensas fortunas, apenas imaginables, que destruyen el Planeta y empobrecen a sus habitantes, tienen límites éticos. En sentido estricto, nadie es “propietario”, en el sentido que podamos hacer con las fortunas lo que nos plazca. Somos simples administradores de los bienes para su “destino universal”.
  • La parábola de hoy trata de un propietario que acondicionó su terreno para una viña: cavó un lagar, la rodeó con una tapia, construyó una torre de vigilancia… Después la arrendó a unos medieros y se fue; pero los viñadores se apropiaron violentamente de la viña: al llegar el tiempo de cosecha envió a sendos criados a recoger el producto acordado; no sólo se rehusaron a entregar la renta, sino que les infligieron actos de provocación, desde los golpes hasta el asesinato, y terminaron matando a su heredero, su propio hijo.
  • Para comprender las parábolas de Jesús ayuda saber quiénes eran los destinatarios de ellas. Mateo no habla de ellos; pero Marcos la ubica estando Jesús en el templo, ante “los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos” (sabemos que tales “ancianos” eran los patriarcas oligarcas, que en ese tiempo ya se había gestado un acaparamiento de grandes extensiones de tierra. Por tanto, cuando Jesús pregunta ¿qué haría el dueño de la viña?, en la versión de Marcos, aquellos “ancianos” terratenientes cayeron en la trampa, y pensando en eventuales invasores de tierras, respondieron: “dará muerte terrible a esos desalmados” (para Lucas, en donde Jesús se dirige a pueblo, cuando da su determinación “terminará con esos viñadores y entregará su viña a otros”, la gente se conformó simplemente con comentar “¡Dios nos libre!”).
  • Para la comprensión del símbolo de la viña necesitamos saber lo que significaba la viña. Isaías en la primera lectura, narra un juicio entablado entre un propietario y su viña: aquel había consentido a su amada viña; pero ella, a pesar de tales cuidados, sólo dio frutos agrios, por lo que el Señor quitó la valla y permitió entrar a los jabalíes que la destruyeron, y explica: “la viña del Señor es la Casa de Israel”, de un pueblo ingrato que no respondió a los cuidados de Yahvé. Ahora comprendemos la indignación de los ancianos y autoridades religiosas, quienes pretendieron en ese instante mismo detener a Jesús, pues se dieron cuenta que la decía por ellos. Las autoridades religiosas se sintieron propietarias del pueblo elegido, y no meras administradoras o guías para conducirlo a la misión a que comprometía la Alianza. Al fallar con su misión, quebrantaban la Alianza y Jesús anuncia la formación de un nuevo pueblo –nuevos viñadores que entregarían los frutos a su debido tiempo.
  • La Iglesia es este nuevo pueblo; pero debíamos aprender la lección. Los cristianos somos esos nuevos viñadores, los que tenemos el alegre privilegio de trabajar de la viña del Señor. Nos toca ahora producir los frutos que Dios espera, manteniendo en nuestra época –en cada época- esta noble misión de hacer un mundo más conforme al plan original de Dios. No valernos de esta situación administrativa para privilegios, sino ponernos todos en actitud de servicio al mundo.

A-26 “OBRAS SON AMORES Y NO BUENAS RAZONES”

Mt 21, 28-32

  • Dos hijos a quienes su padre envió a trabajar a su viña. Uno le dio su aceptación gustosa; pero no fue; mientras que el otro, el que se rehusaba, finalmente se arrepintió y fue. Jesús pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”
  • En esta parábola Jesús nos habla de la congruencia, es decir, de la correspondencia que debe existir entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Alguien no es congruente cuando su discurso no corresponde a lo que en realidad piensa (la mentira); pero también, cuando su conducta no corresponde con su discurso (la demagogia, el embuste).
  • La congruencia no abunda, ciertamente, en nuestra sociedad. Podemos aducir innumerables ejemplos de incongruencia, comenzando con los comerciales de la TV: vemos una mujer con una sonrisa de oreja a oreja, feliz por haber encontrado un nuevo detergente, y cuando lo compramos nos damos cuenta que es igual de “chafa” que los demás. Aquel marido “enamorado” de su esposa, que parece destilar miel en sus palabras (“mi reina”, “corazoncito”, “cariño mío”); pero que es incapaz de la mínima molestia por aligerarle su trabajo. Como decía Santa Teresa: “Obras son amores y no buenas razones”. La confiabilidad de una persona o de una institución no estriba en los discursos que proclama, sino en los hechos. No se juzga a una institución por lo que esta dice de sí misma, sino por lo que realiza.
  • México tiene fama de contar con discursos políticos que son verdaderas piezas de oratoria, así como consignas por demás motivadoras (“Arriba y adelante”, “La solución somos todos”, “Sí se puede”, “Mover a México”), y los discursos que se pronuncian en las campañas para las gobernaturas casi no podemos dejar rehusar convencernos; pero apenas pasadas las elecciones nos desencantamos. Los mexicanos sabemos hasta el cansancio lo lejos que nuestros políticos se encuentran de la gente.
  • En estos días, con el sismo, mucho se ha hablado de los jóvenes “milenials”, cuyo discurso parece indiferente y desinteresado; pero que fueron los primeros rescatistas, mientras que otros personeros, incluso clérigos, nos contentamos con promover oraciones; pero dimos poca ayuda efectiva a los damnificados.
  • Igualmente, hay creyentes cuyas oraciones son fervorosas, en las que prometen, se emocionan hasta el llanto: “Señor te ofrezco todos mis pensamientos, obras y palabras. Me entrego y consagro totalmente a ti, hasta dar la vida por mi fe”, y sabemos la envidia y las murmuraciones de muchas devotas saliendo del templo. Andan, como se dice, “con el Jesús en la boca”, invitando a medio mundo a acercarse a Dios pero su conducta no denota una espiritualidad arraigada. Jesús cuestionó frecuentemente a fariseos y escribas por su supuesta observancia de la ley que no pasaba de la materialidad de la letra; que “dicen una cosa y hacen otra”, por lo que no eran dignos de credibilidad.
  • Una doctrina o una propuesta religiosa convence cuando va acompañada por el testimonio del predicador. A veces, el solo testimonio basta: San Francisco de Asís, que invitara a un fraile a “predicar” y andando toda la mañana por el poblado conversando con la gente, regresaban al convento, y el fraile le recuerda que no han predicado; pero el santo responde que todo el tiempo lo estuvieron haciendo. A veces, oficios estigmatizados socialmente (como las prostitutas y publicanos que acompañaban a Jesús) son ejercidos por personas con sentimientos y calidad moral que quisieran tener muchos que ejercen oficios prestigiosos. Las palabras, cuando no van acompañadas por los hechos, se vuelven “anti-testimonio” que echa a perder excelentes doctrinas. En cambio, cuando hay congruencia, “la palabra convence, y el ejemplo arrastra”.

A-25 LA POSTRER OPORTUNIDAD DEL OCASO

Mt 20, 1-16

  • Un viñador que en cierta ocasión tuvo una formidable cosecha de uva, viendo lo apremiante de cosecharla para evitar que se echase a perder, va en diferentes horas a la plaza donde se concentran los jornaleros buscadores de trabajo y los va reclutando. Ajustó con los primeros en un denario como salario de la jornada. Al terminar el día, su capataz les pagó a todos su labor, un denario parejo.
  • Esta es la parábola de Jesús advierte que no somos merecedores de recompensa alguna por servir al Señor, sino que ésta es simplemente producto de la gratuidad divina. Sin embargo, es posible que nos quede un poco de desazón: en efecto, nos parece justo el reclamo de quienes llegaron primero y “soportaron la fatiga y el calor de todo el día” y que sin embargo, recibieron lo mismo de los que llegaron prácticamente a la puesta del sol.
  • Hace algunos años yo trataba de justificar esto cuestionando la llamada “justicia legal”, la que otorga pagos diferenciados a trabajos diferenciados, y que, sin embargo, esto no toma en cuenta las diferentes condiciones laborales. Ahora, cuando en nuestro país el desempleo es tan extenso –el 3.5% de la población económicamente activa está desempleada y el 56% en empleo informal–, es comprensible que estas personas se sientan en la responsabilidad de llevarles a su familia, a como sea, el sustento necesario. Hay una justicia social que reconoce como un derecho, por el hecho de ser humano en cuanto tal, el sustento de cada día, y que este derecho es anterior a cualquier regulación laboral. En este sentido, la sensibilidad y las posibilidades del propietario le permitieron atender primero a la justicia social antes que a la justicia legal laboral.
  • Sí. ¡Parece claro!; pero no acababa de convencerme, hasta que caí en la cuenta de que el trabajo del que Jesús está hablando se refiere a la colaboración en el plan de Dios, la construcción de su Reino en el mundo. La parábola se comprende desde la metáfora de los profetas veterotestamentarios que veían a Israel como “la Viña del Señor”. Participar en esta tarea es ya en sí misma una gran recompensa, como saben los que son llamados a ello; es una fortuna que llena de gozo y felicidad. En este sentido, nos llenamos de envidia (“de la buena”) al ver que algunos afortunados tuvieron a dicha de dedicarse a esta vocación desde niños, desde las primeras horas de la jornada, y que por tanto toda su vida fue plena y feliz; pero a quienes nos encontramos en el ocaso de la vida, nos queda el consuelo que todavía ahora podremos cobrar conciencia y finalizar nuestros días satisfechos por haber descubierto ese secreto de vida que le da significado a la existencia.
  • El sabio secreto de la vida puede irse descubriendo según las posibilidades propias de cada edad; pero cuando no se descubrió en la edad adecuada –porque no se pudo o no se supo– se dejan tareas pendientes para más adelante, con el inconveniente de que quizás ya no tengamos entonces las mismas posibilidades. Por ejemplo, es importante que los niños antes de los 7 años se den cuenta de lo conveniente de la obediencia y disciplina. De los 7 a los 12 años; la de cultivar el esfuerzo, la voluntad y el dominio de sí mismo; de los 13 a los 18, el cultivo del sentido común y los valores de la justicia, la generosidad y la autoestima. Entre los 18 y la joven adultez en torno a los 35 años, es conveniente cultivar la autenticidad, la sinceridad, la libertad, la inconformidad y las relaciones con los demás, principalmente con el otro sexo. La adultez está preparada para aprender la compasión dirigida hacia la solidaridad, lo que sería mejor cuando está abierta a la universalidad y tolerancia (especialmente aplicada a la vida en pareja); también se puede lograr mayor madurez emocional, conocimiento de la propia individuación, explorar la paternidad en todas sus formas y la capacidad laboral con orientaciones de liderazgo. La tercera edad se enfrenta con la conciencia de la propia involución y soledad; sin embargo, se puede cultivar la sabiduría y aprovechar la experiencia y el conocimiento propio.
  • En cualquier edad, nuestra tarea principal es aprender a amar, dentro de los condicionantes que nos toca vivir. Lo peor es darse por derrotado y pensar que se ha perdido la vida antes de tiempo. Ahora yo, que me encuentro ya en el ocaso de mi vida, me da consuelo y esperanza saber que en los pocos años que me quedan, puedo aún trabajar con ahínco (aunque con vitalidad y fuerzas menguadas) en lo que es nuestra tarea fundamental cristiana, para todas las edades, con sus condicionamientos propios de cada una: aprender a amar y a servir a Dios y a los hermanos. Para esto es que se nos ha dado la vida. El pago del jornal es nada menos que el trabajo mismo de la viña.