C-29 CUSTODIANDO EL MISTERIO

Lc 18, 1-8

  • Hace unos 20 días, más de mil huicholes de Jalisco se trasladaron a unos predios en Nayarit que les fueron arrebatados en la primera mitad del siglo pasado. Desde hace 10 años han venido sosteniendo un pleito legal, y por fin obtuvieron un fallo favorable para una parte de lo reclamado. Este hecho es una muestra de cómo funciona la justicia legal en nuestro país: la prepotencia del dinero y de las influencias consiguen despojar de manera violenta bienes de los pobres (las tierras comunales indígenas) o los bienes comunes, pues la justicia es lentísima e ineficaz. Otro caso es el de esos gobernadores que ven el dinero del erario como bien patrimonial personal, y los subterfugios y vericuetos legales empantanan la causa en procesos larguísimos o que a lo más tengan que pasar por un rato de vergüenza pública que pronto se olvida.
  • Ante esto, la estrategia de resistencia mostrada por los indígenas es su terca paciencia, insistiendo sin fatiga la reclamación de sus derechos. Esta actitud de los indígenas la podemos ver en Juan Diego mismo, quien supo esperar pacientemente en la antesala del obispo para que le diera audiencia y cumplir así la voluntad de la Virgen. Signo de madurez cívica de los movimientos sociales es la perseverancia en la exigencia de justicia, que no se cansan exigiendo verdad y justicia (“2 de octubre no se olvida”, los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa).
  • Jesús nos presenta hoy uno de estos casos emblemáticos, el de una viuda (condición de máxima vulnerabilidad en aquel rígido patriarcado), víctima de un agravio, sumado a la venalidad de una justicia –ya desde entonces- que no se mueve si no es “aceitada” por la corrupción. Pero la insistencia de aquella mujer logró que el juez -ya para quitársela de encima y que no estuviera fastidiando- accedió a darle curso a su justa petición.
  • En las parábolas, hay que tener cuidado para distinguir el objeto de la enseñanza, de aquellos elementos parabólicos con que se la ilustra: Jesús toma curiosamente este ejemplo para ilustrar la “necesidad de orar siempre y sin desfallecer”. Solemos nosotros construirnos imágenes antropomórficas de Dios (hacer a Dios “a nuestra imagen y semejanza”). Sería horrible confundir la necesidad de constancia y perseverancia que debe tener nuestra oración, de la presuposición de un Dios que se hace el sordo a nuestras peticiones, que se requiere estarlo moliendo para convencerlo de que nos escuche, al menos para que no lo fastidiemos.
  • Dios es bueno y compasivo y sabe de antemano lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos. Justamente por ello, su Providencia se manifiesta en la Creación misma, que se rige por lo que llamamos “leyes de la naturaleza”, por medio de las cuales guía y posibilita admirablemente los procesos de la vida. Por tanto, no va a quebrantar tales leyes a las demandas caprichosas de sus devotos que le piden “excepciones”, pues esto equivaldría al caos total. A veces incluso pretendemos sobornarlo, por ejemplo, prometiéndole encender cada día una veladora durante un mes, para que acceda a concedernos tal o cual favor. Peor aún, a veces lo agraviamos, creyendo que si nos ve sufrir, nos tendrá compasión, y así, nos vamos descalzos o de rodillas a su santuario, suponiendo que si nos infligimos sufrimientos suplementarios se compadecería más (como aquellos limosneros que ponen vidrios en el piso del metro y sin camisa, se azotan contra ellos, para que la gente les pague por verlos sufrir).
  • Tampoco se va a atar, en actitudes mágicas, a oraciones “eficacísimas”, que bastaría leerla todos los días de un novenario, en ayunas, para obtener indefectiblemente nuestros deseos. O como los hebreos ante la oración de Moisés en la guerra contra los amalecitas, que viendo que perdían cuando su líder bajaba los brazos, recurrieron a sostenérselos en alto.
  • La insistencia en la oración no es para Dios (Él no necesita de nuestras oraciones), sino para nosotros A lo que Jesús nos invita es a mantener esa actitud que los místicos llamaban “la presencia de Dios”; custodiar permanentemente el sentido del Misterio, atentos a Dios a lo largo de nuestras actividades cotidianas, pues nuestra vida se volverá más conciente.

C-28 ¿QUÉ ATENCIÓN DAR A LOS ENFERMOS?

Lc 17, 11-19

  • Según la OMS, la salud no es la simple ausencia de enfermedad, sino un equilibrio bio-sico-socio-espiritual. No se puede hablar de alguien totalmente sano, sino que existe un continuum entre dos abstractos, salud y enfermedad. Siendo los humanos una unidad, cualquier trastorno en la salud tendrá consecuencias en todos estos componentes. Ante una situación depresiva, somatizamos en malestares biológicos, o a su vez, alguna enfermedad nos deprime, y al mismo tiempo, en lo social, demandamos atención, y en lo espiritual, oramos, etc.
  • Entre tales componentes, lo social importa mucho: el enfermo se siente humillado o bien exige atención y condolencia. Hay ciertas enfermedades que aparte de los dolores y molestias propias de la biología, en determinadas épocas se vuelven estigmas. Así, por ejemplo, en el siglo XX el Sida connotaba homosexualidad (con el estigma ya de por sí discriminatorio hacia dicha orientación sexual), en el siglo XIX fue la tuberculosis, que si bien podía asumir cierto toque aristocratizante, era también enfermedad de cortesanas (recordamos a Naná de Zolá o Violeta, “La Traviata”, en la ópera de Verdi). En el siglo XVIII la sífilis era enfermedad de libertinos y en el siglo XVI, la peste bubónica provocaba el abandono total (se pensaba sumamente contagiosa y mortal) (vid imágenes).
  • En el antiguo Israel, el principal estigma lo tenía la lepra (aunque parece que no se trataba propiamente de tal enfermedad, sino de otras manchas blancas en la piel): Algo terrible el ver cómo en vida se va pudriendo la carne, y que además de pensarse como sumamente contagiosa, se creía castigo por una vida de pecado y producto de la posesión de algún mal espíritu. Había, por lo mismo, muchas restricciones para los leprosos, comenzando con el ostracismo (expulsión de la comunidad social), y se les obligaba a colgarse al cuello alguna campanilla, para que los pastores al escucharla huyeran despavoridos. Como es de imaginarse, fuera de los poblados los leprosos la pasaban mal. Alguna persona compadecida les dejaba en los cruces de caminos, sobre una piedra, algún mendrugo de pan o un cántaro de agua. Para protegerse, solían agruparse en bandas.
  • Por tales discriminaciones fue que aquella banda de leprosos, al ver a Jesús le imploraron compasión “desde lejos”, evitando su proximidad. En otra ocasión, Jesús tocó a un leproso, acción que lo volvía impuro; pero que entonces purificó al enfermo. Ahora, desde lejos, simplemente los envía al sacerdote. Los sacerdotes de entonces tenían, entre sus funciones, la del encargo sanitario, y en un caso poco probable de curación, el certificado que ellos expedían les daba derecho de reincorporarse a la sociedad.
  • La sanación que Jesús daba, no era tanto consecuencia de su poder cuanto de su inmensa compasión (“se le removían las entrañas” ante el dolor del enfermo). Su sanación, por tanto, era integral: además de la cura biológica de la lepra, dignifica la sicología del enfermo, quien se sentía liberado del mal espíritu y por tanto, limpio ante sus ojos antes que ante los del sacerdote. En lo social, reintegra al leproso a la convivencia de su pueblo, con derecho de participar en la Sinagoga. En lo espiritual, le restablece una relación agradecida, mutando su fe en aquel Padre compasivo y misericordioso, digno de alabanza.
  • Los seguidores de Jesús no tenemos -como Él- poder de sanación biológica de tales enfermedades; pero podemos atender a los otros elementos: potenciar su autoestima, liberarlos de sentimientos de autodenigración y culpa para que pueda verse a sí mismos con otros ojos, mitigar esa parte sicológica del dolor al compartirlo (“com-pasión”), reinsertarlo en la convivencia, combatir los estigmas sociales (aunque corramos el riesgo de soportar nosotros mismos dicho estigma) y hacer ver la enfermedad como la ve Dios, que sufre con el enfermo (aunque no suela hacer “milagros” individuales a encargo), pues la enfermedad, padecida con fe, se vuelve un medio corredentor para la humanidad. Actuando en estos componentes sico-socio-espirituales, muy probablemente el enfermo mejorará en lo biológico.
  • La consecuencia final de este proceso es “santificar el nombre de Dios” y provocar una alabanza agradecida, como aquel enfermo, doblemente discriminado -por ser leproso y por ser samaritano-, o como Naamán, el sirio, quien al ser curado simplemente con el baño en las aguas del Jordán, por recomendación de Eliseo, le levantó en su tierra un altar al Dios de Israel.

C-26 DE LA INDIFERENCIA Y LA COMPASIÓN

Lc 16, 19-31

  • Una obra en dos actos, de la que en el primero se presenta una escena en dos cuadros, separados por uno de esos vidrios utilizados en la llamada “Cámara de Gisel” para estudiar sicológicamente el comportamiento de los niños. Que en una cara parece un espejo; pero que en la otra puede verse a través. En la parte de adentro -la del espejo que sólo refleja a los protagonistas-, vemos a un hombre rico, elegantemente vestido, banqueteando espléndidamente con algunos invitados. En la parte de afuera, la del vidrio transparente, un mendigo, llagado, unos perros lamiéndole las heridas; el hambre fustiga al mendigo, quien mira del otro lado cómo los comensales se limpiaban la grasa de las manos con migas de pan, a guisa de servilleta que luego arrojaban al suelo, que quisiera devorarlas golosamente, pero nadie se las daba. Los comensales banquetean como si el mendigo no existiera, y esto les permitía tener buenas digestiones. Lucas menciona al mendigo por su nombre, Lázaro (también Eleazar, “ayudado por Dios”); mientras que al rico lo deja en el anonimato, al contrario de lo que sucede en nuestras realidades, donde los ricos tienen nombre y apellidos ilustres; mientras que los pobres, carentes de rostro (como decían los zapatistas. Para los “ladinos” todos los indios son iguales) no tienen tampoco nombre. Son simplemente los “juanes” y las “marías” de los ejércitos de la Revolución (“guachos” y soldaderas).
  • El segundo acto se desarrolla en la ultratumba; también en una escena en dos cuadros: en el primero, Lázaro reposa en él mítico “Seno de Abraham”, en el segundo, el rico padece en el “lugar de castigo”, abrasado por las llamas. Lucas no menciona cómo hizo su fortuna el rico. Quizás presuponga -como posteriormente San Juan Crisóstomo- que detrás de toda gran fortuna hay siempre un delito, si no del propietario actual, rastreando dicha fortuna se llega al delito de los antepasados que la heredaron. Pero supongamos que la riqueza de los comensales de la parábola haya sido fue legítimamente adquirida, al parecer, el motivo del castigo no sería tanto la riqueza allegada, sino la insensible indiferencia hacia el mendigo ulcerado.
  • Este cuadro evoca y coincide con la escena de la primera lectura: El pueblo de Israel está gozando una época de prosperidad y riqueza. El reino del Norte había derrotado a los sirios y ampliado su territorio; el del Sur había vencido a los pueblos comarcanos y no había peligros serios para la seguridad del pueblo. Israel atribuía esto al hecho de ser el “pueblo elegido” de Dios. Sin embargo, dicho bienestar era fruto del tremendo empobrecimiento de las mayorías. Amos, estando cerca del pueblo por ser “cuidador de higos y pastor de ovejas”, ve la realidad del otro lado del espejo, no visible para los privilegiados: una tragedia dramática, invisibilizada por la indiferencia de los ricos.
  • La indiferencia es actualmente una actitud muy extendida. Al inicio de este año, el Papa Francisco tituló su mensaje que nos envió con motivo de la Jornada Mundial de la Paz: “¡Vence la Indiferencia con la Paz!”. En él dijo que la indiferencia constituye una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, según sus posibilidades, al bien común y la paz. La indiferencia ante la injusticia es una forma de complicidad. La indiferencia –al decir del Papa- comienza con la falta de interés por lo que sucede en el mundo, cuyo signo podría ser el no leer el periódico (fuera de los “deportes”), o tragarse acríticamente todo lo que los media nos “(des)informan”.
  • Ante la situación por la que atraviesa nuestro país, no podemos permanecer indiferentes ante la suerte de las mayorías, la de aquellos que se desgastan, simplemente para sobrevivir, víctimas de la indiferencia de una mala política económica que les recorta el gasto social; pero que deja intocables los desmedidos salarios de altos funcionarios o que condona impuestos a los propietarios de las grandes fortunas. Tampoco podemos ser indiferentes ante las violaciones de los derechos de los migrantes y de los refugiados, de los familiares que sufren la desaparición forzada de los suyos, los de tantos homosexuales víctimas de discriminación laboral, social y hasta familiar…
  • Dios no es indiferente: vio la opresión de su pueblo, bajó, se involucró en su liberación. El samaritano no fue indiferente de la víctima infeliz de los bandidos: se detuvo, bajó de su cabalgadura, actuó. La indiferencia, en cambio, fue la del sacerdote o de los levitas que pasaron de largo; fue la de Caín -“¿soy yo acaso guardián de mi hermano?”-. Por eso vienen bien aquellas palabras de Martin Luther King: “No me duelen los actos de la gente mala; me duele la indiferencia de la gente buena”
  • Lo opuesto a la indiferencia es la compasión: “com-padecer” es “padecer-con-otro”; es una forma de empatía solidaria. Es sentir con los demás, tanto en el dolor como en el goce. Es la expresión de que formamos una misma humanidad, y que por lo mismo, nada de lo que suceda a un hermano me puede ser ajeno.
  • Pero tanto la indiferencia como la compasión se pueden revertir: “Dichosos los solidarios, porque alcanzarán solidaridad”, dijo Jesús. Pero también es verdad lo contrario: los insolidarios no suelen merecer solidaridad, como recuerda Bertold Brecht en su cuento -en forma del diario inconcluso-, acerca de un indiferente en tiempos del nazismo, que no se preocupó cuando llegó la policía ni por los judíos, ni por los comunistas, ni por los sindicalistas, ni por los periodistas… Pero, por lo mismo, nadie se preocupó cuando llegaron por él.
  • Una consecuencia de esto aparece en el segundo acto, en la ultratumba. Aunque descrita por San Lucas en lenguaje mítico-simbólico, revela una verdad teológica: al ser privados de corporalidad, quienes estén en el “más allá” no pueden cambiar la actitud que fueron forjando durante su situación mundana. Por tanto, los sufrimientos de los réprobos, más que castigos, son consecuencia de una libre elección de rechazo de Dios, único capaz de saciar plenamente las aspiraciones humanas. Abraham dice que hay “un abismo inmenso que nadie puede cruzar, ni hacia allá, ni hacia acá”. Aquel vidrio unilateralmente transparente, en el más allá se convertirá en abismo infranqueable, pues aunque en el infierno no haya rejas, los réprobos no quieren salir de él y se obstinan en su rechazo al Dios de misericordia. Quienes, atrapados en sus propias actitudes egoístas, sólo se preocupan por sí mismos, sin interesarse de los sufrimientos ajenos, quedan totalmente bloqueados a todo lo que no sean ellos mismos, y por lo mismo, no harán caso “ni aunque resucite un muerto”. Por tanto, abramos nuestros ojos y nuestros oídos a las víctimas de la injusticia y la violencia, y no temamos de abrir nuestra boca para la denuncia, tal y como hizo Amós.