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Categoría: Religión y ciencias teológicas

Clase 6. ESTUDIO DE CASO II

12 julio, 2025 ~ Enrique Marroquín Zaleta, cmf ~ Deja un comentario

LAS VECINDADES DEL CENTRO DE PUEBLA

El segundo estudio de caso que nos ocupa es el de los inquilinos de vecindades del centro de la ciudad de Puebla, especialmente en el tiempo en que los estuve acompañando (1976 a 1979). Para ello, hemos de comenzar haciendo algo de historia.

Historia de la Ciudad de Puebla

  • Durante la Colonia, toda la organización económica se orientaba hacia la extracción de un excedente y su envío hacia la metrópoli hispana. Este objetivo determinó la construcción de importantes vías de comunicación, así como la fundación de nuevas ciudades. Fue así que, a mitad de camino entre Acapulco y Veracruz, se fundó “Puebla de los Españoles” como lugar de paso, descanso, abastecimiento y mediación hacer llegar a la Metrópoli los productos de Filipinas. No toda la producción era enviada a España, parte de ella se destinaba al consumo suntuario de la oligarquía novhispana (con productos españoles y filipinos) y bienes culturales que pasarían a enriquecer la cultura local (“la china poblana” o el “Mantón de Manila”). Con ese estilo refinado, construyeron grandes casonas, casi palacios, con numerosa servidumbre, que desde el siglo XVI marcaron su fisonomía urbana. Se eligió el valle de Cuetlaxcuapa, rodeado de volcanes, entre los ríos Atoyac y Xonaca, a unos 100 kms. al poniente de la CDMX y que tenía una densa población indígena (Cholula, Tepeaca, Tecamachalco y Tlaxcala).
  • Puebla rivalizaba con la Ciudad de México: era sede de la burocracia virreinal civil, y en lo eclesiástico, de las casas centrales de las órdenes religiosas (por cierto, sus locutorios eran espacios para la alta cultura de las élites y para el arte culinario, en sus grandes cocinas de numerosa servidumbre). Desde la ciudad se impulsaba la minería y la agricultura para la clase terrateniente de los alrededores (hasta el siglo XVIII, Puebla fue el centro agrícola más importante del virreinato y una floreciente industria manufacturera, especialmente textil). Puebla fue una de las seis ciudades latinoamericanas que tenía más de 50,000 hbs.
  •    En el siglo XIX la ciudad comienza a decaer: en las luchas independentistas, Puebla fue asediada doce veces, con grandes destrucciones y epidemias, por lo que su población bajó de 70 mil a 40 mil hbs, dejando vacías muchas casas. Esta situación también afectó a la exportación: el eje Acapulco-Veracruz perdió importancia; en Europa, la tecnología elevó la producción industrial, y durante el porfiriato, gracias al ferrocarril, llegaban a Puebla artículos manufacturados más baratos, afectando la importancia de su comercio.
  • La Iglesia se había convertido en propietaria de casi la mitad de los inmuebles urbanos. Muchos de ellos, fueron allegadas como dote de algunas religiosas heredadas a la Orden después de su muerte. Le desamortización de los bienes eclesiásticos propició a una clase de prósperos rentistas. La nueva industrialización poblana trajo consigo gran número de trabajadores proletarizados, provenientes del medio rural del entorno, y de este modo, algunas de las antiguas casonas se destinaron al alquiler intensivo o a pequeños comercios.
  •    De 1940 a 1960, en los países más grandes de Latinoamérica se produce una rápida urbanización, de modo que la población urbana se duplicó en esos veinte años. La II Guerra Mundial favoreció la política de “sustitución de importaciones”, así como el mercado interno. Las metrópolis permitieron que la población local consumiera productos nacionales; aunque manteniéndose la situación de dependencia. Puebla sufrió un fuerte movimiento migratorio del campo a la ciudad, debido al estancamiento de la reforma agraria y al resurgimiento de la industria textil. Muchos propietarios de las viejas casonas coloniales se trasladan a zonas más modernas de la periferia y destinan dichas viviendas desocupadas al alquiler intensivo para un subproletariado -llegado como “ejército industrial de reserva”- o para el comercio ambulante.

La Ciudad en el Capitalismo Monopolista

  • Quienes investigan el fenómeno urbano en el capitalismo monopólico, observan un nuevo tipo de socialización del proceso de producción y de circulación, en el seno de la misma propiedad financiera (Lojkine 1979: 136-146). Dicho de otra forma, estos dos procesos –la producción (industrial) y la circulación comercial- interactúan en un mismo espacio económico urbano: un complejo de actividades productivas y no productivas que, si bien pueden estar separadas espacialmente, se encuentran vinculadas por la interdependencia tecnológica y de centralización social; dos procesos distintos que se hayan estrechamente vinculados en determinada centralización social.
  • Se trata de un fenómeno ya notado por Lenin: una combinación entre las diversas unidades monopólicas, que modifican toda la formación social: los efectos útiles de la aglomeración y de la cooperación espacial que exigen actividades de complementariedad entre medios de producción (corredores industriales) y de intercambio (zonas de negocios especializados, centros comerciales); incluso centros de capacitación y de estudio (universidades), conjuntos habitacionales, etc. El capitalismo monopolista opera con la dialéctica entre centralización / descentralización –máxima centralización para coordinar millares de empresas dispersas y actividades no productivas, a fin de responder a las exigencias de los monopolios-, y al mismo tiempo, descentralización de actividades: Es la división social del trabajo, aplicada a la urbanización.
  • Este fenómeno se dio en Puebla al inicio de los años sesenta, desde la llegada de las grandes empresas (Volks Wagen, Hylsa), la construcción de un corredor industrial, la autopista México-Orizaba, el “embovedamiento” del Río San Francisco, etc. El gran capital que se establece en Puebla, aporta excelente infraestructura y generosos estímulos para tener una abundante mano de obra barata y cualificada, para poder absorber una gran cantidad obreros que habrían de llegar de lugares cercanos. En este punto, también se observa la dialéctica entre centralización / descentralización, en espacios para distintas actividades: una ciudad segmentada para distintas actividades (para la investigación, para la fabricación, para domicilio de la fuerza de trabajo, para la integración de servicios, etc.), es decir: ciudad segregada.
  • En la fecha en que se realizó esta investigación, en el llamado “primer cuadro” de Puebla, todavía se asentaban allí 12 terminales de autobuses foráneos, 7 mercados 16 instituciones de crédito, 17 templos, 1 universidad, 17 escuelas, 27 hoteles, 2 cárceles y 15 oficinas gubernamentales.

Disputa por el Centro de la Ciudad

  • Todo este complejo conjunto de instancias e instituciones que demanda la ciudad capitalista monopólica, requiere de un espacio que centralice todo este complejo. En principio, se prefirió que la ubicación de este espacio fuese el centro de la ciudad -un Distrito Central de Negocios-, que albergase bancos, administración burocrática, centrales de servicios, etc. En Puebla, el centro de la ciudad es un lugar turístico, alberga el Gobierno Civil (Estatal y municipal) la Iglesia (la catedral), la Universidad, lugares financieros con buenos accesos de comunicación. Para responder a estas demandas, que estaban dejando de ser funcionales, en los años del estudio se contemplaron algunos traslados a otros sitios. Una dificultad era que el tipo de construcción data del tiempo de la Colonia, como ya se dijo, y esto fue una circunstancia importante para que el gran poder del Capital no haya podido modificar el uso del suelo del centro de la ciudad.
  • En Puebla Entre 1940 y 1960, la situación inquilinaria para los pobres era sumamente dura e injusta (no se daban recibos, alzas inmoderadas de la renta, lanzamientos frecuentes, legislación de arrendamiento favorable a los propietarios, etc.). Ante esto, los inquilinos comenzaron a organizarse en torno a la Unión de Defensa Inquilinaria (1940), convertida la Federación Revolucionaria de Inquilinos y Colonos del Estado de Puebla (1955), la cual logró la promulgación de una Ley Inquilinaria. Entre 1960 y 1980 las luchas urbanas se dieron en asentamientos periféricos, que no trataremos aquí.

Política Urbana en la Zona Centro

              El centro de Puebla, tal como dijimos, era el antiguo casco urbano, compuesto por viejas casonas de dos o tres siglos de antigüedad, cuyos propietarios, a principios del siglo XX, las abandonaron, para trasladarse a las nuevas colonias más confortables, destinando tales inmuebles al inquilinato intensivo. Con la llegada del gran capital con hegemonía monopólica, en una ciudad originalmente trazada con tablero de ajedrez, el centro era el lugar más apropiado como “Distrito Central de Negocios”. Efectivamente, algunas antiguas casonas se compraron y fueron demolidas para levantar nuevos edificios, modernos y funcionales, y maximalizar así los beneficios del uso de aquel espacio urbano. Pero reaccionando contra esta política, se levantaron voces ciudadanas, orgullosas del patrimonio cultural de su ciudad y se unificaron en torno al “Comité Defensor del Patrimonio Cultural Urbano”, dirigido por el prestigioso grabador D. Ramón Pablo Loreto. Con sus presiones, lograron el decreto presidencial del 18 de noviembre de 1977 de José López Portillo, en el que se declaraba una “Zona de Monumentos Históricos en la Ciudad de Puebla”, encomendándole al INAH la confección de un minucioso catálogo de estos inmuebles, y al Ayuntamiento, fondos para su restauración. Sin embargo, esta victoria se topó con mucha resistencia: los bancos no daban créditos y los dueños de los inmuebles fueron reacios para repararlos, a pesar de la exención de impuestos del Gobierno para tales reparaciones. Los propietarios prefirieron abandonarlos a su suerte, esperando que se cayeran de viejas. Los inquilinos más solventes fueron reemplazados por otros nuevos más empobrecidos. Alguna interpretación fue reducirse a conservar las fachadas, alegando que bastaba conservar el nivel parejo de los inmuebles y atender así a toda la calle. Algunos dueños conservaron las fachadas; pero modificaron el interior, lo las convertía en adefesios. El “Plan de Desarrollo Urbano de la Ciudad de Puebla” de 1976, afirmaba: “El centro antiguo de la ciudad no tiene por qué perder sus características tradicionales de centro cívico de negocios, de comercio, de servicios y de turismo, sino más bien, buscar nuevos destinos para los antiguos edificios, sin alterar se estructura arquitectónica de estilo y época”, y ponía como ejemplos: paraderos turísticos, boutiques, departamentos de lujo, etc., y alentaba a los bancos a dar créditos para tal fin. Esto implicaba, obviamente, el desalojo de los actuales inquilinos y concomitantemente, agravar la problemática de la periferia. Ante esto, se escucharon muchas voces: algunas vinculadas al turismo, expertos urbanistas, funcionarios públicos, comerciantes, propietarios, defensores del patrimonio arquitectónico, etc.; pero faltan las voces de los más directamente afectados: sus actuales moradores.

CUESTIONARIO

  1. ¿Cómo se explica la disputa por el Centro de las ciudades, desde la historia de la ciudad de Puebla, desde el capitalismo monopolista y desde la antigua Tenochtitlán?
  2. ¿Cuáles fueron los factores de expulsión del campo y de atracción de la moderna ciudad de Puebla para los actuales inquilinos de vecindades?
  3. ¿Por qué se dio las oscilaciones de política urbana hacia los edificios de las actuales vecindades del centro de Puebla?

Clase 5. ESTUDIO DE CASO I

12 julio, 2025 ~ Enrique Marroquín Zaleta, cmf ~ Deja un comentario

DE EJIDATARIOS Y OBREROS, A COLONOS Y BURÓCRATAS AGRARIOS

El Ejido de Tlalpan:

Tlalpan es un pueblo prehispánico, cercano al lago de Tenochtitlán, como indica su etimología misma (“pie firme” o “tierra firme”). Durante la época colonial fue apreciado por las familias oligárquicas, por su clima y ubicación; pero compartían espacios con la comunidad india y sus tierras comunales. Con la Revolución Mexicana, el pueblo recibió tierras ejidales bastante extensas; pero con abundante piedra negra volcánica de la erupción del Xitle. Durante el sexenio de Miguel Alemán, parte del ejido de Tlalpan recibió una permuta, a modo de indemnización, por unas tierras ejidales de San Luis de la Paz, Guanajuato, permitiéndoles a los ejidatarios de Tlalpan que quisieran seguir trabajando la tierra, trasladarse allá. En las tierras expropiadas de Tlalpan, el Gobierno las privatizó formando el lujoso fraccionamiento del Pedregal de San Ángel (los arquitectos supieron aprovechar la piedra volcánica negra para darle identidad a la colonia, con bellos jardines. El Gobierno, por su parte, construyó en esas tierras expropiadas, la Universidad Nacional de México (UNAM).

  • El comisariado ejidal aceptó formar en el Ejido de Tlalpan una zona “urbano-ejidal”, destinada especialmente a los hijos de los ejidatarios; pero aceptando también algunos avecindados. No recibían títulos de propiedad, sino únicamente una constancia.
  • En la segunda mitad del siglo XX, se dio un rápido crecimiento de ciudades, debido al éxodo campesino: el factor de expulsión fue la crisis agraria y la baja de los productos del campo, que impedía a los campesinos tener una vida aceptable. El factor de atracción fue la industrialización de las ciudades, debido al gran capital. Esta intensa migración provocó una crisis de vivienda, con Luis Echeverría (1975) y posteriormente, con López Portillo (1976-1982).

Tierras comunales y tierras ejidales

  • Secularmente, la personalidad jurídica de las tierras de comunidades campesinas ha oscilado entre el reconocimiento y el desconocimiento. A veces, la autoridad política dota a las comunidades indígenas de tierras, condicionado a la prohibición de que se privaticen y entren al mercado, pues pertenecen al “fondo comunal” campesino. Pero en otros momentos, las élites, por medio de los aparatos de Gobierno, despojan estas tierras a los pueblos y las privatizan. Zapata, en su Plan de Ayala, centró a los constituyentes en esta reivindicación: recuperar las tierras comunales, conforme a los títulos primordiales, despojadas por los hacenderos del Porfiriato. Zapata pudo vencer por las armas; pero fue derrotado por las leyes: el Constituyente de 1917, al otorgar tierras a los campesinos, implementó el régimen “exidal”, que podían eludir las leyes con menor dificultad. (art 175 del Código Agrario).
  • A mediados del siglo pasado, con la llegada masiva de emigrantes, los ejidatarios fueron dando entrada a sus tierras a avecindados y colonos, dándoles sólo algún comprobante no oficial. Para los nuevos avecindados pobres su lote tenía un “valor de uso” (responde a su necesidad de habitación) y estaban dispuestos a defenderlo; mientras que, para los comisariados ejidales, la llegada de nuevos avecindados tenían un “valor de cambio” o sea, eran vistos como mercancía o negocio. Para darle una forma jurídica, las instancias oficiales segregaron parte de los ejidos para convertir algunos segmentos como zonas urbano ejidales. Con esto, se facilitaban los asentamientos irregulares e ilegales, y por tanto, tierras sujetas al despojo y a la privatización. Por esta razón, los comisariados ejidales presionaban para la regularización

La Comisión para la Regularización de la Tenencia de la Tierra (CORETT) [1]

  • Con el avilacamachismo (Código Agrario de 1942), se dieron algunas iniciativas encaminadas a que, sin romper el marco estructural de las relaciones sociales capitalistas, el Estado mexicano pudiera tener mayor libertad para intervenir y financiar la construcción de viviendas, regularizar tierras y planear los usos del suelo. Esto dio origen a varias irregularidades con la complicidad de comisariados ejidales, tales como la de permitir la llegada de avecindados ajenos al ejido, la especulación de lotes, etc. Se pretendieron frenar estos abusos, mediante el Registro Nacional Agrario, permitiendo el usufruto; pero no la propiedad de las tierras ejidales, y esto, durante un tiempo máximo de cuatro años -que luego se fue prolongando mucho- (Diario Oficial, 25 de mayo 1954). Esto se dio bajo el control de los comisariados ejidales y funcionarios agrarios, que se fueron convirtiendo en agentes de comercialización. Esto se llevó a cabo mediante la llamada “segregación”, mecanismo posibilitó que, en pocas décadas, fueran aumentando las superficies sujetas a este régimen, así como las personas beneficiadas ajenas a los ejidos (los hijos de los ejidatarios y a otros a quienes se denominaba “colonos”), y fue así que se llegaron a formar “colonias populares” con situaciones de tenencia irregular de la tierra. Para la zona urbana ejidal de Tlalpan, el 9 de mayo de 1959 se le dotó de una superficie de 180,000 m2 de tierra urbano ejidal, y el mismo día se le permitió la “segregación”, y ese mismo día se le otorgaron sendos lotes de 5,000 mts2 a 238 ejidatarios y a un solo avecindado. Las “resoluciones de segregación” se dieron en los años 50s, durante un largo periodo, de entre 20 y 30 años a partir de su dotación de tierras, por lo que, al parecer lo que intentaba el reglamento era regularizar posteriormente una mera situación de hecho. Regresando al ejemplo de la Colonia Hidalgo, como dijimos, la segregación de dio en 1959 para 236 los de ejidatarios y un avecindado. La regulación de la tierra por la CORETT llegará hasta el 31 de enero de 1976 (17 años después). El número de lotes había aumentado hasta los 2,745 en superficies promedio de 169 X 81 X 80 mts.
  • En el reglamento, se destinaban algunos lotes para servicios comunitarios (campo deportivo, mercado, parcela escolar). Obviamente estos lotes eran insuficientes, por lo que se fueron agregando otros (oficinas para el comisariado ejidal, lavaderos públicos, telégrafo, etc.), por eso no tuve problemas para que se adjudicaran algunos para nuestras capillas de sector.
  • Para la adquisición o fraccionamiento de lotes o de tierras ejidales por los avecindados, los comisariados ejidales de Tlalpan se valían de tres medios:
    • Renta en trabajo o en dinero
    • Traspaso de lotes: Se tramita ante el Comisariado un cambio del nombre del beneficiado (a veces, un pariente)
    • Venta directa: los daban a bajo precio, a veces, los compradores lo prestaban a algún cuidador, para especular con el lote.
  • El trabajo no remunerado era la forma más usual, y se trataba de la explotación de mano de obra. La zona ejidal en la Ampliación Miguel Hidalgo era de encinas y piedra volcánica (de la erupción del volcán Xitle). Para hacer habitable la colonia, era preciso aplanar el suelo (en base de pico y barreta) y realizar el trazado de calles. Un gran trabajo, que no se descontaba del precio a pagar, como era lo acordado. Cuando ya se tenía el trazado, se adjudicaban los lotes por sorteo (las esquinas podían revenderse). Yo aprovechaba las faenas para celebrarles la misa en los tres sectores de arriba. A mi llegada, interrumpían su trabajo, recargaban en el altar sus herramientas, y luego, aprovechando el tema del evangelio, hacía conciencia de la situación e informaba sobre los demás sectores.
  1. Efectos en el interior de la organización y comunidad ejidales:
  2. Desde 1950 -cuando se permitió la llegada de avecindados y se fracciona la zona urbano ejidal-, se da una trasmutación de los comisariados ejidales: pasan, de una situación de usufructo agrícola de la tierra, a una relación de propietario particular; su derecho de usufructo a la parcela que les da sustento, se transforma en el derecho a percibir una renta del suelo. No se puede decir que el ex ejidatario sea ahora un capitalista; pero sí se ha convertido en un sector improductivo de carácter rentista, especulativo y agente de comercio ilegal del suelo ejidal. Sus ojos ya no ven la tierra laboral como “valor de uso”, sino que ahora la ven como “valor de cambio”.
  3. Con las expropiaciones del Estado y las permutas con propietarios particulares, los ejidatarios sufren un proceso de descampesinización e individualización. La mayor parte se ve obligada a asalariarse para subsistir o a vender su fracción de 5 000 metros cuadrados (el comisariado ejidal se convierte en un sector pequeño burgués: propietario de comercios, alquilando pequeños cuartos o vendiendo lotes.)
  4. Por las posibilidades de control económico e influencia política, se agudiza la lucha interna por ocupar el cargo de comisariado ejidal, lo cual ocasiona el monopolio familiar de su control, propiciando la especulación con los lotes (algunos tienen dos o más adjudicaciones traslapadas, con el cambio de autoridades); o por conflictos entre los ejidatarios que poseían las tierras cultivadas y los que buscan la comercialización del suelo.
  5. Mayor participación de los miembros de la burocracia agraria en los procesos de especulación. En el caso del ejido de Tlalpan y la formación de la colonia Miguel Hidalgo, se repartieron lotes a funcionarios y trabajadores del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización (DAAC), a empleados de Ferrocarriles Nacionales, «aviadores» del PRI e incluso a numerosos agentes de la policía judicial.

La regulación de la tierra en tiempo de Echevarría

  • En noviembre de 1974 la CORETT se reestructuró, convirtiéndose en un organismo público, descentralizado, de carácter técnico y social, con personalidad jurídica y con patrimonio propio (Diario Oficial del 8 de noviembre de 1974). Para facilitar los objetivos de la CORETT, se reformaron los artículos 117 y 122 de la Ley Federal de la Reforma Agraria, con lo que se le otorga capacidad amplia para regularizar las áreas donde existieran asentamientos humanos irregulares. En el sexenio de López Portillo se publicó en el Diario Oficial del 31 de abril de 1979, un decreto por el cual se reestructuraba la CORETT, creándose la comisión coordinadora para la delimitación de superficies ejidales y la irregularidad.
  • Según los motivos propagandísticos, la regularización de lotes no sólo era aceptable, sino incluso necesaria: ante la llegada masiva de campesinos a la Ciudad de México se suscitó una fuerte crisis de vivienda producida por el crecimiento de la ciudad. A los colonos y avecindados les proponía regular el necesario desarrollo urbano de manera ordenada y legal para que pudieran vender, ofreciéndoles falsamente mayor seguridad (en realidad, la perdían). A los ejidatarios, les tranquilizaba diciéndoles que, para ellos, el proceso sería de forma gratuita, y que la indemnización que recibieran iría al “fondo común” del ejido, para que posteriormente lo pudieran utilizar para inversiones agrícolas o turísticas. Así pues, se expropiaron algunos segmentos de ejidos en las zonas campesinas del Distrito Federal.

CUESTIONARIO

  1. ¿Qué diferencias hay entre tierras privadas, tierras comunales y tierras ejidales?
  2. Desde que se planteó la convivencia de regular cambios en la tenencia de la tierra, sin alterar el orden capitalista (Código Agrario 1942), y permitir tierra en usufructo por cuatro años (Registro Nacional Agrario en el Diario Oficial del 25 de mayo de 1954), y la mentada “segregación”, la regularización de la tierra en las zonas urbano ejidales se fue dando a través de numerosos abusos. ¿Puedes indicar algunos de estos?
  3. El trabajo no remunerado de los colonos en la nivelación de los terrenos de la Ampliación Miguel Hidalgo, se suponía que contaba como parte del precio del lote una vez regularizado; sin embargo, esto se prestó a varias injusticias. Señala algunas.
  4. ¿Qué efectos tuvo el proceso de regularización al interior de la comunidad de ejidatarios misma?
  5. La reestructuración de la CORETT de 1974 se justificaba, ante los colonos, ofreciéndoles mayor seguridad para el uso de su lote, y a los ejidatarios, sugiriéndoles que la indemnización se iría al “fondo común”, para aprovéchalo en inversiones agrícolas o turísticas

[1] BEJARANO GUTIÉRREZ, Fernando: “La irregularidad de la tenencia de la tierra en las colonias populares (1976-1982)”. En “Revista Mexicana de Sociología” pp 797-827, México

Clase 4. II JUZGAR. PARADIGMAS

12 julio, 2025 ~ Enrique Marroquín Zaleta, cmf ~ Deja un comentario

Un buen proyecto pastoral requiere de tres pasos: VER – JUZGAR – ACTUAR. Nuestra primera parte consistió en “VER”. Ahora nos toca “JUZGAR”.

PARADIGMAS

“Modelos” para conocer

  • Conocer la realidad en la que vamos a trabajar es el primer paso (hablamos de fases lógicas más que cronológicas). Pero decíamos que percibir la realidad, con un conocimiento confiable, entraña ciertas dificultades. Para ello necesitamos aprender a ver, y esto requierede un entrenamiento, pues la realidad se resiste a entregar su secreta intimidad (no se pueden conocer directamente los objetos reales). El conocimiento espontáneo nos hace incurrir en obstáculos epistemológicos, tales como dejarnos llevar por “generalizaciones” a partir de las primeras impresiones:

Llegamos a un pueblo y vemos un borracho tumbado; nos detenemos en una tienda, y a la puerta, otro borracho; caminamos unos metros, y otro borracho más. Entonces generalizamos: “en este pueblo todos están borrachos”. A lo mejor se trataba sólo de tres jóvenes juerguistas trasnochados.

  • El levantamiento de datos tampoco bastan: las estadísticas mal manejadas, hacen decir a los números lo que queramos, y el engaño es tanto más fácil, cuanto sea el prestigio cientificista de objetividad. Se requiere, por tanto, de cierta violencia epistemológica –alguna construcción mental-. Para nuestras experiencias cotidianas, esos modelos son las ideas o conceptos. Si me cambio a una nueva ciudad que desconozco y no tengo un GPS, me consigo una miniatura de la ciudad (un mapa), en donde ubico dónde estoy y adonde quiero ir; pero para un conocimiento científico más riguroso, tales construcciones serán más sofisticadas: modelos, simulacros o “paradigmas”.
  • El paradigma. Tal vez, en la etapa pre-científica, habría bastado la simple acumulación de conocimientos para mejorar la llamada “ciencia normal” (aquella que es consensualmente aceptada), pues con más datos, se disponía de mayor información; pero ahora ya eso no basta, pues requerimos de un marco teórico-metodológico. La aporía es que, ningún modelo se adecúa totalmente a la realidad (siempre quedan algunos enigmas que no responden al modelo); pero al mismo tiempo, necesitamos de algún modelo para conocer. Si las anomalías no importan mucho, pueden despreciarse; pero llega un momento en que tales anomalías son cada vez más frecuentes o más importantes. Entonces, la comunidad científica se pone nerviosa, se preocupa y busca, hasta que aparece otro método que al mismo tiempo, dé cuenta de los mismos fenómenos del modelo anterior y corrija algunas anomalías que el otro no abarcaba. Esto es lo que Kuhn denomina una “revolución científica” que geste un “PARADIGMA”. El nuevo paradigma facilita nuevas investigaciones, que lo van completando, mejorando… a esto le llama “ciencia normal”. Pero si de nuevo aparecen otras anomalías más… tendrá que venir una nueva “revolución científica” y un paradigma nuevo.[1]
  • El positivismo pensaba que para la epistemología había que partir de lo concreto y de allí pasar a lo abstracto (la teoría). En cambio, para una nueva epistemología (Bachelard 1994),[2] en el proceso cognitivo siempre se parte de una teoría (aunque sea presupuesta, inconciente), para después, confrontarla con la realidad, y ésta, a su vez, puede corregir la teoría (la praxis es una relación dialéctica entre teoría y percepción de la realidad). Estamos de acuerdo que hay que proceder de lo simple a lo complejo; pero en un análisis social, lo simple es lo abstracto, y lo concreto es más complejo -una formación social concreta está sujeta a múltiples determinaciones-.
  • El conocido libro de Kuhn ilustra con varios ejemplos de estos procesos; pero todos ellos, tomados de las “ciencias duras” (la astronomía, la física, la química, etc). Kuhn, empero, no se ocupó de las ciencias sociales, por lo que su teoría quedó incompleta. Como se argumentó más arriba, en las ciencias sociales el investigador se encuentra implicado en su propio objeto de estudio, su “punto de vista” tiende a ser el de su grupo o clase social -su “objetividad” científica no es “neutralidad” social-. Por lo tanto, en la Academia coexistirán diversos investigadores con sendos paradigmas. Estos no se suceden ni desplazan unos de otros, sino que coexisten, se enfrentan y perduran (salvo si son “falseados”). Por lo tanto, el investigador social tiene que optar por el paradigma más conforme a sus intereses de clase, relacionados con el tema que nos interesa, en concreto, con la realidad de los habitantes pobres de la ciudad, y quizás, esto sea objeto de la antropología

1. PARADIGMA EVOLUCIONISMO CULTURALISTA

En la división científica del trabajo, se asignó a la antropología y ciencias afines (etnología, arqueología, lingüística, etc.) el estudio de la cultura. Los antropólogos suelen tener como su objeto de estudio al “otro”, al “diferente” de la cultura del investigador, al “lejano”, el de estilo “exótico” de vida. Actualmente, la modernización capitalista ha uniformizado estilos de vida de cualquier parte del mundo (en la juventud mundial, en todos lados, visten los mismos jeans, las mismas modas, escuchan el mismo estilo de música, ven los mismos “memes” del facebook, tienen las mismas preocupaciones ecológicas, generacionales, religiosas, etc.). Quizás ahora, ese “otro”, sujeto-objeto de la antropología, pueda estar a unos metros de nuestra aula universitaria: en una casa de vecindad; ese “otro”, desconocido y desconcertante, es el “marginado” que se las ingenia para realizar el milagro que para nosotros constituye la simple sobrevivencia. De ahí que un paradigma que seductor sea la “Cultura de la Pobreza”.

  •      “Antropología de la Pobreza” es un texto clásico para nuestro tema. Su autor es Oscar Lewis, más conocido por otro libro, “Los Hijos de Sánchez”, que en su tiempo fue un polémico best-seller.[3] Su obra estudia la migración salida de Tepoztlán (entonces población indígena de Morelos), hacia las vecindades de Tepito, barrio de la Ciudad de México. El autor se vincula al paradigma culturalista-evolucionista (Simmel, Tönnies, Spengler, Toynbee) y que toma de su maestro, el antropólogo y lingüista estadunidense Robert Redfield (1897-1958), y de su teoría: el “continuum folk-urbano”. El estadunidense parte del supuesto de que existen dos realidades culturalmente contrapuestas, pero no antagónicas, sino en procesos contiguos que forman sendos polos de referencia en lenta transición: un “continuum”, sin saltos, ni rupturas y susceptibles de ser medidos. Los dos autores mencionados describen ambos polos de referencia como constelaciones culturales.

LA CULTURA RURAL

Es comunitaria, pues no ha desarrollado plenamente la conciencia del individuo (éste no se concibe sino como parte de su comunidad, y a su vez, la comunidad se concibe como parte del Cosmos). Sus relaciones, por tanto, son primarias (“cara-a-cara”), el futuro de los hijos será como la vida de sus padres o la de sus abuelos, (su máxima aspiración sería, p,ej., llegar a formar parte del prestigiado “Consejo de Ancianos”). Aunque la comunidad campesina no favorezca la individuación, sí le brinda a los pobladores instituciones de apoyo (las corporaciones): la comunidad campesina misma, la parroquia, la familia extensa, las cofradías, los gremios, etc.

LA CULTURA URBANA

  • Es una cultura “secularizada”,[4] prevalece la forma asociativa sobre la comunitaria; las relaciones sociales son secundarias o funcionales (en un pueblo, ir a comprar pan es un acto social y te enteras de los chismes; en la ciudad, el chofer del autobús no conversa para darte el boleto: hace apenas un movimiento que igual podría hacer una máquina). En ella, el individuo ya hizo su aparición, y con él, su caricatura, el individualismo. La movilidad es elevada (no es infrecuente que los hijos de obreros lleguen a ser profesionistas). En el proceso del continuum suelen darse “anomias” o desajustes. La sociedad no le provee a ciertos sectores la satisfacción de sus necesidades, o lo hacen de formas híbridas.

Transformaciones en la cultura de la pobreza.

  • En el medio rural, ciertamente, existe mucha pobreza (enfermedades, mortalidad infantil, etc.); pero los campesinos tienen un modo de vida bien integrado, con redes de entre-ayuda solidaria.

En Oaxaca, por ejemplo, conservan instituciones similares, como la “guelaguetza” y la “gozoma”: cuando hay una defunción, toda la comunidad se siente mutilada; durante el novenario, todos asisten a la casa de los deudos y no permiten que ellos los atiendan: los vecinos mismos llevan café, mezcal, chocolate, maíz que muelen las señoras y hacen las tortillas. Suele llevar un registro, y cuando en otra ocasión (defunción, boda, etc.) a alguno de los vecinos acomedidos sucede una necesidad, de aquellos beneficiados que ahora lo retribuyan.

  • En el medio urbano esto ya no es posible (salvo entre paisanos del pueblo radicados cerca). El paradigma funcionalista aporta interesantes estudios: Sussanne Keller (1975), en su estudio de 100 vecindarios urbanos de diversas partes del mundo, deduce algunas constantes. Larissa Lomnitz se pregunta “¿Cómo sobreviven los marginados?” (1985), es decir, aquellos que sociológicamente ya debían de estar muertos; y la autora expone redes de reciprocidad basadas en el paisanazgo, el parentesco, el compadrazgo, a las que se suman otras redes creativas: tales como la ronda de tomadores, las “tandas” (todos los miembros semanalmente cooperan con cierta cantidad, se hace un sorteo, y la ganadora se lleva todo esa semana, las “cajas de ahorro”, etc,). Los paradigmas positivistas registran cómo las minorías étnicas, raciales o pauperizadas pugnan por vivir en el centro de negocios, pese a ser zona muy cotizada, por lo que deben vivir hacinados, con tal de quedarse allí. Todos estos estudios “prestigiados” se muestran inútiles, pues sólo muestran lo que ya sabíamos: su vida de miseria.
  1. Las Sociedades Religionizadas.

    En los pueblos originarios (sociedades “tribales”, “agrafas”, “primitivas”-) la cosmovisión religiosa integra toda la cultura: la política (el “sistema de cargos”), las fases laborales (témporas), la dieta alimenticia (vigilias y ayunos, comida de cuaresma), los sistemas de parentescos (matrimonios). Las generacionales, con sus tareas, derechos y deberes propios de cada edad, (neonato, bebés, niñez, adolescencia, apareamiento, enfermedad, muerte) las marca la religión (rituales “de pasaje”, mediante los “sacramentos” entre católicos), las diversiones (“fiestas patronales”), etc. La religión marca el ritmo de la vida comunitaria y permite el acceso a los bienes comunales. Todo mundo participa de la misma religión, so pena de ostracismo (se priva a los conversos de su derecho a los bienes comunales). Su cosmovisión se caracteriza por tres “M” –misterio, maravillosismo y magia.

  • Las Sociedades Secularizadas.
  • Son aquellas en las que lo religioso deja de ser el referente. Históricamente, en Occidente, coincide con los tiempos en que la Iglesia perdió su poder temporal. En ellas, la autoridad eclesial se cambia por la autoridad de los argumentos racionales, y deja de normar las conciencias de la ciudadanía. Se celebra la “Muerte de Dios” (Niezsche); la religión es vista como “la infancia de la humanidad” (Freud), como el estadio “primitivo” (Comte). Es el nacimiento del liberalismo, como “libertad de pensamiento”, frente a los horrores de la “Santa” Inquisición.
  • Religiosidad de los Pobres Urbanos:
  • La nueva precariedad en la selva urbana y la emergencia de la conciencia individual modifican la religiosidad; aunque puede haber un altar en el patio de la vecindad al que todos los vecinos recurran. En casos de apremio, se acentúan los rasgos tradicionales de una religiosidad mágica, maravillosista y milagrera; la fe se vuelve más individualista: como no hay ya un “santo patrono” unificador de la localidad, se cambia por un santo unificador del subproletariado (San Judas Tadeo, la Santa Muerte, San Jesús Malverde, etc.).

Sin quitarle méritos a este paradigma culturalista (se le reconoce su capacidad para dar cuenta del proceso paulatino de pasaje de la migración de una comunidad rural indígena a la cultura barrial de la ciudad), su deficiencia principal es que deja sin tematizar las causas que obligaron a los campesinos a dejar su tranquilidad del campo, ni tampoco, las motivaciones que los atrajeron a la ciudad industrial. Otro interrogante versa ¿por qué no vieron las razones por las que, en la misma ciudad, haya espacios para los ricos, espacios para las clases medias, haya espacios para pobres (e inclusive, espacios para los miserables y parias)? es decir, ¿por qué la ciudad capitalista es una ciudad segregada? 

———————————

PARADIGMA MARXISTA

  1. En la historia de la ciudad, cada modo de producción la fue configurando a sus exigencias. Marino Follin (1976: 27) describe la ciudad capitalista como “la utilización capitalista del espacio urbano”; pero en concreto, en este modo de producción: ¿qué modalidades asumen las diferentes clases sociales en la configuración de este espacio urbano? ¿quién diseña la política urbana? ¿cómo y quiénes la aplican? ¿Quiénes la modifican?
  2. Recordaremos algunas categorías marxistas útiles para nuestro curso, tales como “condiciones materiales de producción”, “formación social”, “valor de uso y valor de cambio”, etc. Finalmente, verificaremos si esta teoría ilumina nuestros tres ejemplos. La sociología urbana tuvo gran impulso en la década de los setentas del siglo pasado con la escuela catalana, en grandes figuras, como Manuel Castells[5], Jordi Borja,[6] Jean Lojkine,[7] Marzal Tarragó,[8] etc. El marxismo no es una doctrina cerrada, sino una corriente viva y sugerente. No se comienza definiendo en abstracto la ciudad, sino desde una perspectiva histórica. Si cada modo de producción configura la ciudad según sus intereses concretos, el capitalismo redefinirá problemas urbanos comunes a otros modos de producción –vivienda, marginalidad, migración-, concretizándolos en la formación social de nuestros ejemplos (la de un capitalismo consolidado y en proceso de expansión: la gran industria). De este modo, llegamos a sus raíces estructurales: la base económica en una sociedad dividida en clases sociales, como el capitalismo, será el terreno donde choquen políticas urbanas enfrentadas.

Veamos en detalle algunas de estas categorías:

  1. La “subsunción formal de la economía campesina por el capital”.
  2. En Rusia, Lenin fue testigo de la descomposición del campesinado junto con el surgimiento de la burguesía rural y del proletariado agrícola.[9] En esta nueva formación social, este proletariado rural consume menos; pero compra más. Los campesinos terminan por dejar la tierra en arriendo y marchar a la ciudad. Hay razones para sospechar que esto habrá sido cuidadosamente calculado por las exigencias del orden económico capitalista industrial, que regula la demografía y los desplazamientos. El campesino trabaja libremente (no es coaccionado, como en el modo de producción esclavista); es verdad que ara la tierra con su propio arado (lo sigue su esposa, con los pies descalzos, deposita la semilla en el surco); pero ya no es dueño de su trabajo (“valor de uso”), sino que su actividad ha sufrido una metamorfosis (“valor de cambio”). Nuestro campesino se ha convertido en un “trabajador agrario”. Tiene, es cierto, mayor seguridad, pues su ingreso no está sujeto al clima o a las pestes: cuenta ahora con un salario fijo que, calculados los riesgos, resulta inferior a cuando no tenía patrón. Ha pasado, de ser dueño de su fuerza de trabajo, a arrendar su fuerza de trabajo en beneficio de un tercero. Aquí viene bien recordar el cuento del “Rey Midas”, que un genio le cumplió su deseo de que todo lo que tocase se convirtiera en oro; pero terminó por no poder comer nada, pues el oro no se come. Así sucede con el capitalismo: todo lo que toca lo convierte en mercancía, y es a esto a lo que Marx llamó “la subsunción formal del trabajo por el capital”. El capitalista agrario mejora, sí, las tierras con fertilizantes e insecticidas, eleva la productividad de aquella parcela, emplea tecnología más moderna (que, recordamos, ya no le pertenece a nuestro campesino); pero termina con la “descampesinización” o abandono de la parcela, y su migración a la ciudad.
  3. En México, la “descampesinización” fue menguada un tanto durante el “porfiriato», aprovechando formas precapitalistas para la acumulación originaria de capital (peones acasillados, semiesclavitud); pero más tarde, el Capital preferirá la mano de obra libre, en beneficio del mercado interno. El capital pregona “liberar” al campesino de los controles corporativos (la cultura indígena, la familia extensa, los gremios, la parroquia), pues lo que le conviene es que el nuevo trabajador (ahora “proletario”) no tenga nada en qué apoyarse, fuera de su propia fuerza de trabajo. Ahora es “libre”; pero libre para morirse de hambre.
  4. La nueva industria requiere de abundante mano de obra, y le conviene atraer más campesinos en proceso de desintegración de los que necesita, como reserva potencial (“ejército industrial de reserva”), porque así, abarata la mano de obra (los desocupados se conformarán con salarios más bajos y arrebatarán puestos de trabajo a los ya empleados); y aceptarán instalarse en zonas urbanas con precariedad de servicios (agua, vivienda, transporte).
  • La vivienda como mercancía: Una sociedad dividida en clases sociales configura una ciudad segregada: magníficos equipamientos para los planificadores, para quienes les pagan, para quienes son los dueños de la ciudad y para agentes del Gobierno; zonas clasemedieras para las burocracias, como cinturón de protección; zonas depauperadas para las clases trabajadoras, e incluso, zonas donde se esconde la basura “debajo del tapete” (basura ambiental, vivienda de basura y la gente-basura). La “política urbana” sería el conjunto de medidas elaboradas por determinada clase social ante los problemas urbanos. En una sociedad de clases, no habrá una sola política urbana, sino que tiende a imponerse la política urbana de la clase dominante, con el apoyo de la burocracia estatal, es decir, las planificadoras. Ellas serán las encargadas de convertir la vivienda en mercancía; aunque esto no siempre resulte fácil, pues puede provocar la resistencia de otras clases.
  • Los nuevos habitantes: las personas que tratan de adaptarse a vivir en esos lugares tan difíciles e inmundos. En los tres casos han pasado de lo rural a lo urbano (si bien, en la colonia Hidalgo no salen de su entorno mismo: comuneros que la Revolución convirtió en ejidatarios y obreros fabriles, cuyos hijos se convierten en colonos o avecindados). El capital produce mano de obra sobrante que, al aumentar su número, abarata el precio promedio del trabajo manual, y funge como ejército industrial de reserva, ocupado de esos servicios complementarios (comerciantes informales, subempleo o desocupados).
  • Los efectos previstos en el párrafo anterior los veremos también en los tres casos ejemplares que reseñaremos más adelante: la política urbana hacia las viejas casonas del centro de Puebla, los trabajos que realizan los colonos en el acondicionamiento del suelo donde sueñan vivir, o incluso, el ocultamiento de “La Marranera”, están en función de la reproducción del proceso productivo y prolongan las condiciones de reproducción del taller fabril. Además, el consumo colectivo de la fuerza de trabajo en la Colonia Hidalgo o en las reparaciones de los inmuebles de vecindades de Puebla, están configurando toda la ciudad en su conjunto, según las exigencias de la acumulación de riqueza para la reproducción ampliada del capital.

CUESTIONARIO

  1. Explica tu comprensión de lo que para Kuhn es un “paradigma”
  2. ¿Por qué es necesario actualmente tener un “paradigma” en cualquier investigación?
  3. ¿Por qué en las ciencias sociales pueden coexistir varios paradigmas al mismo tiempo?
  4. ¿Qué méritos y que fallas encuentras al paradigma del “continuum folk-urbano”?
  5. ¿Qué méritos y qué fallas encuentras al paradigma marxista?
  6. ¿Qué entiende el marxismo por la “subsunción formal de la economía campesina por el capital”?
  7. ¿En qué se diferencia el “valor de uso” y el “valor de campo”?

[1] KUHN, Thomas S: “La estructura de las revoluciones científicas” (1962)

[2] BACHELARD, Gastón: “La formación del espíritu científico”, 1974, Siglo XXI, México|

[3] “Los Hijos de Sánchez”, edición en español por el Fondo de Cultura Económica, México, 1964

[4] La secularización viene de “saeculum” (el mundo): un clérigo que deja su sacerdocio –por voluntad o castigo- es secularizado. Es el espacio no religioso.

[5] CASTELLS, Manuel: “La cuestión urbana”, Siglo XXI, 1980, México. “Movimientos sociales urbanos”, Siglo XXI, México, 1976

[6] BORJA, Jordi: “Movimientos reeivindicativos urbanos”,  SIAP 1975, Buenos Aires

[7] LOJKINE, Jean: “El marxismo, el Estado y la cuestión urbana” Siglo XXI, 1972. México.

[8] TARRAGÓ, Marcel: “Política urbana y luchas sociales, 1976

[9] LENIN, Vladimir Illich: “El desarrollo del Capitalismo en Rusia”, Ediciones de Cultura Popular, 1977, México, pp 78-173.

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