3. DIOS, PADRE TODO PODEROSO

Dios y sus imágenes

  • Buena parte de nuestra conducta, de nuestras acciones y de nuestro quehacer en el mundo, dependen de la imagen que tengamos de Dios. No existe un solo Dios, sino una multitud de dioses, o mejor, de “imágenes” de Dios que circulan, se contraponen y luchan entre sí. Nuestra vida responde a la imagen que tengamos de Dios. Es conveniente, por tanto, que revisemos la imagen que tenemos de Dios, para “deconstruirla” y luego “reconstruirla” sobre bases más concientes.[1]
  • La búsqueda de esta imagen ha sido preocupación de la humanidad durante largos años de su historia, y se cristalizó, posteriormente, en diversas religiones. En cierto sentido, todas las religiones (aceptación del Incomprensible) son “verdaderas”; aunque todas ellas –incluyendo la cristiana- sean simples balbuceos, aproximaciones, que nunca podrán coincidir o adecuarse totalmente con aquella insondable realidad.

Origen de las religiones

  • Las formas más elementales de la vida religiosa no iniciaron con la creencia en Dios. Parece ser que, originalmente, lo que existió fue cierto sentimiento vago y difuso: lo “sagrado”, lo “santo”, el “Mysterium tremendum”, que abruma e intimida; que nos sobrecoge por su poder y grandeza, ante lo cual nos sentimos insignificantes y vulnerables “seres de creatura”. Esa intuición de lo “sacro” se contrapone con lo “profano” (“sacro / profano” es la oposición más radical y más primitiva, anterior a cualquier otra contraposición). Lo “profano” es el extenso ámbito de nuestras realidades cotidianas y utilitarias.
  • La intuición del “Misterio” (lo oculto, lo ignoto, lo trascendente), surge ante experiencias de una realidad inexplicable[2]. Imaginemos como ejemplo, un rayo: hace 200,000 años, en algún clan primitivo, seguramente habrían caído muchos rayos; pero fue determinado rayo -así como los subsecuentes fuego e incendió provocados en la pradera – que impactó a cierto miembro del clan, provocándole un sentimiento de “pavor” (esa forma de temor exclusivo de lo mistérico). Al tratar de comunicar ese sentimiento a sus demás compañeros, lo que único que pudo hacer fue balbucear una expresión onomatopéyica (¡purruuuuum!)[3]. Cuando, posteriormente, ante otro rayo similar, los miembros de aquel clan recordaron a su compañero “apánicado”, ya lo nombraron simplemente “Purrum” (con mayúscula). Una concatenación: partiendo de un evento real, se pasó a una omatopeya para su verbalización, de ahí a una expresión, luego un nombre, luego su conversión en un ser y finalmente, su sacralización. No se trataba, sin embargo, de ningún “númen” personificado, sino de una misteriosa fuerza ominabarcante, que se concretizaría en entidades, sucesos, personalidades, dioses, etc., algo revestido de poder y capaz de realizar efectos maravillosos, cuando algún “actante” (un chamán, un guerrero, un rey) se apoderase de aquella fuerza y la someta a su voluntad, surgiendo así la magia.
  • Los investigadores discuten si en el origen de las religiones estuvo en la divinización de algún fenómeno de la naturaleza (rayo, sol, árbol, montaña), o si dicha experiencia primordial haya sido el “anima”, relacionada con el fenómeno de los sueños: antes de que los primitivos distinguieran entre el sueño y la vigilia, se pensaba que por las noches, algunos viajaban a otros lugares. Muy pronto esa idea tuvo que ser corregida (los compañeros de la cueva se quejarían de que aquel se pasó la noche roncando). Entonces supusieron que cada persona tenía dos componentes: durante el sueño, el cuerpo permanecía roncando en el piso, mientras que su otro componente -el “ánima”- salía por la nariz, para vagabundear. Resulta que en una ocasión, al regresar el ánima al cuerpo, lo encontró muerto, y por tanto, sin poder regresar a aquel cuerpo inerte… y quedó vagando, convertido en “espíritu”. Cuando ya el espacio onírico estaría demasiado poblado de espíritus –algunos de amigos y otros de enemigos- para congraciarse con todo aquel innumerable mundo de entes etéreos, habrían dado comienzo los rituales funerarios, y de allí, a la religión.

Origen de la palabra “Dios”

  • Con el advenimiento de las grandes civilizaciones, entró en escena la palabra “dios”. Para entender su origen, los lingüistas recurrieron a las etimologías: el sanscrito es uno de los lenguajes más antiguos, que fue hablado por los pueblos indoeuropeos (una pluralidad de sociedades desplazadas en una extensa área geográfica extendida, de la India, los pueblos germánicos, eslavos, grecorromanos, hasta los francos y los celtas). La palabra original “dios” habría sido, según dichos investigadores, “Dyaus” o Thíaus” (el empíreo diurno), que se convirtió en el latino “Deus” y en el griego “Theus” (Zeus, dios del trueno, padre de los dioses); pasa a  “Theo” o “Teo” (teología), “Tío” (germánico), Dio, Dya, Día (el empíreo diurno).[4] Como quiera que fuese el proceso, fue deviniendo en el “politeísmo”, con sus teogonías, producto de Imperios divinizados, pueblos confrontados, divinización de actividades esenciales de la colectividad o de fenómenos naturales… Todas aquellas deidades fueron creadas por los humanos, “a su imagen y semejanza” (con sus mismos vicios, pasiones, crimines, adulterios, etc.)

El Dios judeo-cristiano

  • En la región semita, nuestro Dios llamó a Abram, un habitante de Ur de los caldeos, revelándole por primera vez, su existencia como “único Dios verdadero”, revelación que transmitió a su descendencia, Jacob e Isaac, pactando con él, que si se comprometía a “creer”, (confiar) en Él, lo haría padre de un gran pueblo y además, le prometió una tierra fértil para su descendencia. Abram le transmitió esa alianza y esa promesa a sus descendientes Jacob e Isaac. Cuando por azares del destino, ese “pueblo de Dios” se instaló en Egipto y más tardé quedó fue objeto de dura esclavitud en Egipto, se comunicó con Moisés, en el anuncio de liberación para los esclavos hebreos, con el nombre de Yahvé -“Yo soy el que soy”-, es decir, el Existente, de quien ni siquiera era lícito pronunciar su nombre: un dios sin nombre y sin imagen, que se “revela” como presente, en la invitación a un proceso libertario.[5] Sin embargo, Yahvé sigue siendo incognoscible; presente, tan sólo, en la historia; es Dios de quien –según la teología negativa- sólo podríamos afirmar lo que no es (incognoscible, infinito, inmortal, impecable, inefable, etc.).
  • Para saber quién sea nuestro Dios, el evangelista Juan nos dejó una frase clave: “A Dios nadie lo ha visto jamás. Es la Palabra (el “Verbum”), quien nos lo dio a conocer” (Jn, 1, 18). Jesús es la manifestación visible del Dios invisible”, de modo quesolamente a través de Jesús es como conocemos a Dios… y no tanto por sus enseñanzas, cuánto por sus obras. De ahí que sea tan importante saber con quiénes se juntaba, de qué hablaba, qué le molestaba, etc.).[6]
  • Nuestro “Credo” reconoce en Dios dos atributos aparentemente contrarios: “Padre” y “Todopoderoso.” Por ahora quedémonos con el primer atributo –Padre-: el Dios en quien creo, es un Dios infinitamente bueno, compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a perdonar, de quien sabemos nos comprende y nos ama incondicionalmente (San Juan lo llamó el “Amor”).
  • Un padre que cree en nosotros, que respeta nuestra libertad, y quien para enmendar aquella primera elección fallida de nuestros primeros ancestros, nos envía a su Hijo mismo, encomendándole remediar las consecuencias de aquel error; aún al precio de su muerte: pero que nos resucita en el Hijo para comunicarnos su vida eterna misma.

   Es el padre, que sale al encuentro del hijo pródigo, quien le había exigido su herencia (como si lo considerase ya muerto) y tan pronto su padre le entregó lo que podría corresponderle, se fue de la casa paterna, casi sin despedirse; pero que las desventuras, a distancia, le hicieron ver quién era realmente su padre, mejor que su hermano, “bien cumplidito”, que nunca se separó de él.  Aquel hombre, que cada tarde subía a la azotea para otear el camino para ver si regresaba su hijo, en quien nunca dejó de “esperar” (en espera y esperanza), y que al reconocerlo, sale a su encuentro, lo abraza, lo colma de cariño y lo comprende, sin siquiera permitirle disculparse.

  • Personalmente, me parece que quien expresa mejor la inmensa comprensión y misericordia de Dios es San Juan. Poniendo el ejemplo del amor que Jesús nos dio -de entregarnos su vida-, y recomendando que también para nosotros, el amor a los hermanos es entregarles vida, compartiendo lo poco que tengamos con quienes tienen más carencias, dice que esto es “amar de verdad y no sólo de palabras”, y en ese contexto desarrolla esta idea tranquilizadora:

“En eso conoceremos que somos de la verdad, y delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo. Si nuestra conciencia no nos remuerda, entonces, hermanos míos, nuestra confianza en Dios es total” (I Jn, 3, 19-20)

Preguntas:

  1. Detecta algunas imágenes de Dios que circulan en tu ambiente. ¿Podrías explicitar la imagen de Dios que tienes tú?  
  2. Los pueblos indoeuroperos, para nombrar esa realidad trascendente y absoluta, utilizaron la palabra “Dios”; San Juan Evangelista lo llamó el “Amor”, R Otto lo llama el “Misterio”; Jesús lo llamaba “Abbá”, San Juan de la Cruz lo llamaba “Esposo”, a Moisés Él mismo lo llamó Yahavé (“el que existe”),etc  ¿Cómo lo llamarías tú a Dios”? ¿Qué nombre utilizas para relacionarte en tu oración con Él –o con “ella”-?
  3. Al revisar con cuidado la vida de Jesús, ¿Qué cualidades o actitudes de Dios-encarnado te parece que la vida de Jesús nos reveló?
  4. ¿Recuerdas alguna ocasión en la que el Padre te manifestó su rasgo amoroso?

[1] Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[2] Se podría calificar de “sobre-natural”; pero esto es inexacto, pues supondría ya el dualismo, propio de las religiones del Neolítico.

[3] Cassirer, Ernst: “Filosofía de las formas simbólicas” (1925)

[4] Durkheim: “Las formas elementales de la vida religiosa” (o. c.). Otro ejemplo del sanscrito: “Ingni”= fuego. “Agni”= dios del fuego

[5] La escritura hebrea sólo cuenta con las consonantes; las vocales se escriben como puntitos en determinadas alturas. Ya que la Y y la J son el mismo sonido, y que la H es aspirada, YaHaVe y JeHoVa es lo mismo. Posteriormente, se prohibió pronunciar el nombre de Dios, y cuandoera necesario, lo hacían al revés: (“Adonay”).

[6] En las traducciones de la frase de San Juan, se menciona al Verbo como “Hijo”, diferente a “Dios”, en alusión al misterio de la Santísima Trinidad, del que volveremos hacia el final del “Credo”.

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2. CREO

  • La fe no se reduce a la disposición de aceptar racionalmente enunciados “aunque no los comprendamos”. Eso sería una “fe ciega”, que pudiera llevarnos a absurdos o adhesiones irracionales. En este sentido, para el racionalismo positivista del siglo XVII (Comte), no hay que aceptar nada que no sea rigurosamente constatable (ver, tocar) o comprobable. La fe sería “la infancia de la humanidad” (Freud). Es verdad que la fe también requiere del intelecto -al menos, saber que no haya repugnancia racional en alguna proposición-; que al menos, sea verosímil, o propuesta por testimonios creíbles (un testigo ocular, desde un lugar apropiado y en estado mental sano). Una vez supuesta esta prudente y voluntaria adhesión de fe, se recurre al intelecto para profundizar en lo creído y convertirlo, así, en cuestión teológica o en convicción (“fides quaerens intellectum”: una fe que busca al intelecto).
  • Pero creer es algo más que un objeto desafiante al intelecto. Es la presencia de alguien que despierta en nosotros confianza y que nos invita para un proyecto o una causa. Nosotros nos confiamos a él (le entregamos nuestros proyectos personales o incluso, nuestra vida misma), puesto que su persona nos ha dado muestras de que es “confiable”. Quizás se trate de un médico (“le tengo fe a este doctor”), de un líder político (le creo, puedo confiarle mi apoyo), de algún familiar: la abuela sabia, que sabe dar consejos, que ha pasado por situaciones similares a las que estoy vivo y que sé que me quiere; o bien el cónyuge, que nos amamos; aunque tenga defectos o que ha habido ocasiones en que me perjudicó; pero que, “a pesar de todo”, lo sigo amando y sigo esperando su mejoría).
  • Creer en la Sagrada Escritura, creer que lo que dice la Biblia es verdad, no significa tanto aceptar como ciertos todos y cada uno de sus enunciados, sino porque, fundamentalmente, que lo que dice sucedió realmente: el judeo-cristianismo es una religión profética, es decir, histórica. Para el cristiano, tener fe, creer en la palabra de Jesús, es apostar la vida por lo mismo que Él vivió y por lo que Él murió: su pasión por la causa del Reino, la cual, a veces, puede concretizarse la exhortación de percibir las necesidades de los demás, compadecerlos y tratar de hacer lo que esté de nuestra parte por remediarlas, aún que en esto nos vayan fuertes sacrificios.
  • La mitología

    Habrá que decir algo acerca de los mitos. Contra lo que suele pensarse, los mitos no son falsedades -“eso es puro mito”, o sea, “puros cuentos de viejos crédulos”. Al contrario, algunos mitos suelen encerrar verdades profundas; justificaciones de algunas instituciones o costumbres ancestrales, o acontecimientos verdaderos, relatados en esa modalidad narrativa que -incluso actualmente- es propia de algunas culturas o de los “pueblos originarios”: lo que algunos llaman “sentí-pensar” (Freinet), es decir, no un pensar totalmente “racional”, sino mezclado con emociones, símbolos o alegorías, como también existen en la biblia.

Preguntas:

  1. ¿Qué entiendes por “fe”?
  2. ¿Qué condiciones se necesitan para creer?
  3. ¿Qué consecuencias me implica “creer”?
  4. ¿En qué verdades del Credo no crees? ¿Por qué?

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1. CREDO

  • El mundo comenzó el año 2024 con una población de 8,204 millones de personas, entre las cuales, había 1,390,000,000 de católicos (13 millones más que en 2023), si bien, porcentualmente, disminuimos un 0,06%, (los católicos representamos actualmente el 17,7% de la población mundial). Desde que Jesucristo fundó su Iglesia hasta la fecha, la Iglesia ha cambiado mucho; pero al mismo tiempo, sigue siendo la misma. ¡Cuántas teologías, cuántos movimientos apostólicos, cuántos institutos religiosos, ¡cuántas razas, culturas, ritos, ensayos pastorales!… Sin embargo, continuamos cohesionados en la unidad de una fe común. La Iglesia cree que esto se ha logrado gracias a que todos los católicos proclamamos este “corpus doctrinal” común , síntesis de nuestras creencias más importantes; que dicha síntesis sigue siendo un buen resumen de nuestra fe; que es compartido por todos- El “Creado” nos da identidad, en medio de tanta diversidad. ¿Será realmente así en el siglo XXI y en nuestros países latinoamericanos?  
  • Aceptemos, por lo pronto, esta suposición. De una u otra forma, en nuestras reflexiones teológicas seguimos remitiéndonos explícita o implícitamente a este “corpus”, que denominamos nuestro “kerygma” (κήρυγμα= “anuncio”, “proclamación”), un género literario bíblico presentado como “el anuncio de una “Buena Noticia” (Evangelio).​ Se supone que tenemos un núcleo que identifica a los cristianos para cualquier tiempo y lugar, según el adagio de Vicente de Lerinis: “Quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus credatur” (“lo que se ha creído desde siempre, en cualquier lugar y por todos”), aunque ahora ya no se tache tan fácilmente de “herejes” a cualquier disidente. El kerygma es suficientemente flexible para que pueda ser reinterpretado en diferentes tiempos, lugares y teologías, a condición de mantener un punto de referencia común.
  • En el Nuevo testamento ya existían algunas fórmulas kerygmáticas iniciales: San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, enuncia una fórmula que se repite, más o menos igual, en varios lugares de este libro (Hch. 2, 22-25 / 3, 12-15 / 4, 8-10/ 5, 30-32):

“Israelitas, oíd estas palabras: A Jesús el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros por los milagros, signos y prodigios que realizó Dios a través de Él entre vosotros (como bien sabéis), lo matasteis clavándolo por manos impías, entregado conforme al designio previsto y aprobado por Dios. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte…” 

  • En este discurso, propagado reiterativamente por los apóstoles mismos, según los “Hechos de los Apóstoles”, se enfatizan algunos elementos:
    • Presentación de Jesús, como acreditado por Dios, mediante signos y prodigios.
    • Increpa a los judíos (sus autoridades): USTEDES lo mataron, entregándolo a los paganos para crucificarlo.
    • Dios mismo tomó partido: no por las autoridades, sino por Jesús mismo, resucitándolo de entre los muertos
    • Nosotros somos testigos de esto (su palabra acredtada)
  • Sobre el este “kerygma” inicial, se fueron complementando los dos “Credos” tradicionales:
SÍMBOLO DE LOS APÓSTOLES   Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. AménCREDO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO   Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, De todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Seño, Jesucristo, Hijo único de Dios, Nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.   Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.   Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.   Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Fuente: Compendio del CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n° 33

 El “Símbolo de los Apóstoles”. En los primeros años del cristianismo, al “kerygma” anterior se le fueron añadiendo otros enunciados, para complementar el “corpus” básico de la fe. Este Símbolo goza de la autoridad de San Ambrosio, obispo de Milán (c 340), quien afirmó que «es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de los Apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común.» Lo considera, además, como resumen fiel de la fe de los apóstoles. Será ésta la fórmula que tomaremos como base en el presente Curso.

  • Entre los siglos II y III hubo algunos compendios o resúmenes oficiales, testimoniados por los Padres Apostólicos y los apologetas, que dejaron entonces la forma histórica, y asumieron la forma abstracta propia de la dogmática (principalmente, fórmulas trinitarias y cristológicas). En aquellos siglos, la comunidad cristiana estaba compuesta mayoritariamente por griegos, y la filosofía más popular de la Grecia de entonces era una forma del platonismo -el “neoplatonismo”-, cuyo principal promotor fue Plotino. Este  filósofo griego nació en Egipto, en el siglo III, autor del libro “Enneades”. Su síntesis se basa en el idealismo platónico (las Ideas absolutas y eternas, de las que participaban los entes concretos de forma degradada), incorporando también elementos cristianos y orientales. Los discursos de aquellas corrientes griegas estaban llenos de símbolos cósmicos y de fórmulas bimembres (de dos partes): “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios  verdadero”.
  • Ese fue el ambiente de los concilios Niceno (325) y Constantinopolitano (381). La principal necesidad que tenían los cristianos del siglo IV, era conocer el Misterio de la realidad íntima de Jesucristo IV. Esa curiosidad explicable les incentivaba una ardiente búsqueda –“fides quaerens intellectum” (la fe en busca de la razón, y la razón que clarifica la fe)-, realizada en un ambiente de bastante libertad, en el que circulaban especulaciones (algunas más importantes que otras). Los Padres Conciliares pretendían encontrar proposiciones claras que pudieran hacerse consensuar a la cristiandad y para ello, tacharon de “herejes” a sus contrarios. Un par de ejemplos:
  • Arrio(256-336) postulaba un solo principio divino -el Padre-, cuya primera creatura habría sido Cristo, quien no gozaba de divinidad y cuya misión habría sido la creación del mundo (una especie de Demiurgo platónico).
  • Pelagio(c 354), nacido en alguna isla británica, fue un monje virtuoso que nunca llegó a ser clérigo. Fue perseguido duramente por algunos sectores de la Curia Romana que gozaban de muchos simpatizantes (incluso, de San Agustín mismo), y fue ese sector el que acusó a Pelagio de hereje. Sus doctrinas tenían que ver con el “pecado original”, que más que “culpa”, sería cierto desorden con el que ya se nacía y que no merecería el infierno; mientras que la interpretación de sus adversarios parecía negar el libre arbitrio. Éstos, incluyendo a San Agustín de Hipona, afirmaban no el dicho “pecado” no se podía entrar al Cielo, por lo que había que bautizar a los niños lo antes posible.
  • Actualmente, hay mucho interés entre los especialistas sobre los símbolos de la fe en la Iglesia primitiva. N.D. Kelly, [1] afirma no haber encontrado evidencias de que en los tiempos del Nuevo Testamento existieran credos estereotipados intocables; pero parece que ya en el tiempo apostólico hubo un cuerpo doctrinal definido, vinculado al rito bautismal.
  • Entre los siglos II y III ya hubo compendios o resúmenes oficiales, testimoniados por los Padres Apostólicos y apologetas, principalmente fórmulas trinitarias y cristológicas, las cuales, más bien parecen ser compendio de la teología popular de entonces (el Espíritu Santo y la Virgen María). El segundo Credo comenzó a formularse en el Concilio de Nicea (365), con la presencia del emperador Constantino), y ya con esta versión se recitaba en la liturgia de Antioquía a finales del siglo v, y en Constantinopla desde 511. El III Concilio de Toledo (589), lo oficializó para toda la cristiandad y lo introdujo en la liturgia. Cuando Carlomagno convocó un Concilio en Aquisgrán (809) quiso obtener la aprobación papal de la decisión conciliar de incluir en él la cláusula “Filioque”;[2] pero el papa León III se opuso y sugirió no incluir este Credo en la celebración de la misa. No fue sino hasta 1014, con motivo de su coronación de Enrique II como emperador del Sacro Imperio Germánico, que el Papa Benedicto VIII Aprobó la recitación del Credo en la misa. En este Curso, nos referiremos a él cuando sea necesario.
  • Actualmente, el Credo Niceno-Constantinopolitano es aceptado por todas las Iglesias orientales (incluso las Ortodoxas); también lo aceptan las Iglesias Reformistas de Occidente: la Iglesia Anglicana actual autoriza tres credos: el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, el Símbolo de los Apóstoles y el Símbolo Quicumque. La Iglesia metodista, aunque su fundador, John Wesley, no admitió las tres versiones anglicanas, el Símbolo de los Apóstoles se insertó en 1896. La Iglesia Luterana: en Alemania, recitan el Símbolo de los Apóstoles en su liturgia; pero en Estados Unidos, también el Niceno-Constantinopolitano para las ocasiones más solemnes.

El Credo, no obstante su utilidad para unificar un “corpus” esencial de fe, representa desafíos pastorales para nuestro tiempo. La mentalidad moderna –especialmente las nuevas generaciones- no se sienten tomados en cuenta en estos signos, para la identidad confesional, No obstante que se sigan reconociendo como católicos y que sigan recitando el credo en la misa, algunas de cuyas frases les resulten incomprensibles. Ante esto, pienso que se requieren estímulos para reformular nuestro credo, que expresen los las creencias que ya gozan de consenso generalizado de nuestra Iglesia, para que realmente sean identitarios para la comprensión de nuestra fe. Esto es, precisamente, lo que intento con el presente curso sobre El Credo. He procurado en este curso, combinar la fidelidad doctrinal con la audacia interpretativa. Quizás no se logre del todo; pero es así como entiendo mi fe católica. Ojalá pueda suscitar otras interpretaciones que complementen o corrijan esta presentación, o que estimulen la audacia de ir más adelante y hacer más “creíble” nuestro “Credo” a las nuevas generaciones.

Cuestionario

  1. ¿Entiendes el Credo que proclamamos en las misas?
  2. ¿Sientes que nuestro “credo” expresa tu identidad confesional actual?
  3. La preocupación eclesial del tiempo del “Credo” es diferente a las del momento  actuales, ¿Cuáles te parecen las más apremiantes para los cristianos del siglo XXI?
  4. Después de esa clase, escribe tu propio credo

[1] N.D. Kelly, Primitivos credos cristianos (Secretariado Trinitario 1980 ISBN 9788485376261), pp. 433–434

[2] “Filioque”= que procede del Padre “y del Hijo”, en referencia a que el Hijo es la Palabra del Padre, y que de ambos procede el Espíritu Santo; mientras que las Iglesias de Oriente tienen una visión “Fontal”: el Padre engendra al Hijo y el Hijo, a su vez, al Espíritu Santo. La inclusión del mentado término provocó la ruptura de la Cristiandad y fue el origen de las Iglesias Orientales “ortodoxas” o cismáticas.  Es opinión común de que hubo un motivo político de fondo, pues las Iglesias Orientales se consideran “Iglesias Madres”, es decir, fundadas por apóstoles, y por tanto, sus Patriarcas no tienen por qué obedecer a su par, el Patriarca de Occidente (el Papa).

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