9. SIGLO XIX. GÉNESIS DEL ESTADO LIBERAL

Este período es difícil de entender. A primera vista, nos parece una simple serie de asonadas y golpes militares y sucesiones de Gobiernos (en 26 años hubo 21 presidentes, en 43 ocasiones, Santa Anna fue 11 veces presidente). La única forma de entenderlo es desde la emergencia del nuevo modo de producción capitalista (MPC) y su Estado liberal. La construcción de este Estado será oponerse al Modo de Producción Feudal hegemónico, sostenido por la Iglesia (acumulación de tierras).

Cuando la Nueva España se independizó de la Metrópoli, dado el centralismo de los Borbones, quedó un vacío de poder. Además, faltaban estructuras autónomas y no había dinero. Entonces, los sectores más identificados con el virreinato (el Consulado de Comerciantes de Veracruz, orientado al consumo interno; la aristocracia criolla, en especial los terratenientes del centro, el ejército pretoriano, y los peninsulares que habían optado por quedarse antes de ser expulsados a causa de la revolución del P Arenas),[1] fueron aglutinándose en torno a la institución entonces la más sólida: la Iglesia Católica.  

El nuevo sujeto liberal tuvo como aliados a los protestantes y al Gobierno norteamericano de Lincoln. El norte del país estaba muy despoblado e inseguro; pero los posibles colonos estadunidenses, a quienes se les ofrecieron tierras, condicionaban la colonización y modernización del Norte, a la libertad religiosa.

Las corporaciones

En aquel entonces, los liberales buscaban situar en el lugar que le corresponde a un Estado moderno y subordinar a las poderosas instituciones heredadas de la Colonia. Su modelo era el régimen republicano, según de la Constitución de Cádiz de 1812; y precisando, además, como república federal, según la de 1824. Ante esto, la Iglesia y todas las fuerzas identificadas con la Colonia (especialmente las “corporaciones”: Iglesia, haciendas, gremios artesanales, cofradías, Comunidad indígena con sus ejidos y tierras comunales, etc.) trataron de resistir. Se oponían al capitalismo y a la modernización.

En las corporaciones, el “bien común” prevalecía sobre el individual. El individuo quedaba totalmente negado. Ante esto, el liberalismo resalta los derechos del individuo y la propiedad privada. Los campesinos se sentían amenazados por el régimen liberal de repartición de tierras. Veían cómo los latifundistas pretendían la acumulación de riqueza, mediante la apropiación de tierras laborales, por lo que hubo protestas y revoluciones. Además, se sentían agobiados por la Iglesia y sus excesos en cobros por servicios religiosos (diezmos, obvenciones, mercantilización de servicios.), con lo que estos adquirían un carácter comercial (Juárez, en Candelaria, luchó legalmente contra el cura, por tal motivo). Los conservadores difundieron la imagen de que la lucha era contra la religión. Ya aparece embrión de cierto socialismo tipo Fourier (Plan de Chalco 1868): volver a lo comunitario; pero sin opresión al individuo: contra la apropiación de las tierras comunales, explotación de hacenderos, robo de tiendas de raya, esclavitud por deudas de los padres a hijos, jornadas miserables. “El socialismo -decía Fourier- es la forma más perfecta de convivencia social”.

La corporación más importante era la Iglesia (por medio de la “parroquia”, que aglutinaba a la gente). Por ello, el objetivo principal era diseñar un Estado laico, que superase el Estado Confesional colonial. Era previsible que, ante esta necesidad se gestase cierto espíritu anticlerical, no necesariamente antirreligioso (“que reine la religión; pero nunca la Iglesia y menos los curas”).

Frente a este bloque clerical-terrateniente fue irrumpiendo un nuevo sujeto, portador de otro modelo social: los liberales, que en Europa se proponían la formación de Estados Nacionales y la aplicación de la industrialización inglesa a la siderurgia. En México, este sujeto histórico estuvo compuesto por grupos reducidos pequeño-burgueses -burócratas, cuadros bajos del ejército o del clero, profesionistas, abogados, periodistas, exseminaristas- con gran habilidad para hacer alianzas y recabar adhesiones. La burguesía liberal, este sujeto histórico emergente, se propondrá la industrialización capitalista. Para ello “hay que fabricar al fabricante” y “liberar” al proletario del tutelaje corporativo. Que sólo tenga su fuerza de trabajo “libre” (no esclavo). También se proponían construir un Estado laico no confesional. Pero ante la intransigencia del clero, se generó en ellos cierto espíritu de animadversión -anticlerical, sí; más no antirreligioso- (“que reine la religión; pero nunca la Iglesia y menos los curas”)-. No sólo en este sujeto: mucha gente empobrecida estaba también protestando contra la Iglesia (extracción abusiva de diezmos, obvenciones, mercantilización de servicios y olvido pastoral, etc.).

Al bloque conservador-terrateniente, curiosamente, se aliaron las “corporaciones” (el gremio, la parroquia, la cofradía, la comunidad indígena). Hay que tener en cuenta que, en la ideología corporativista, el “bien común” prevalecía sobre el bien individual, y en cambio, el liberalismo en Francia se centraba en el individuo. Así proponía el Derecho del Hombre y del Ciudadano (individual, contra la opresión corporativa), así como la propiedad privada de la tierra, por lo que temían que se les expropiaran sus tierras comunales.

Como todo Modo de Producción, el capitalismo para consolidarse requirió de estructuras políticas e ideológicas. En Alemania, con Lutero, revistió la forma de heterodoxia; en Inglaterra, el deísmo; en Francia, la Ilustración y el galicanismo. En España e Hispanoamérica, donde la Iglesia era más fuerte, aparecieron iglesias nacionales supeditadas al Estado.

Inevitablemente, un Modo de Producción no puede transformarse en otro sin fuertes conflictos. En Francia, el modo cómo el liberalismo burgués llegó al poder fue la toma violenta de La Bastilla por parte de las masas populares. Sin embargo, este fue el único país en que el poder se tomó por asalto –durante la Revolución Francesa, rodaron guillotinadas cabezas de aristócratas y obispos–. Esta es la vía llamada “jacobina” (el club liberal que la posibilitó se reunía en la Iglesia de Santiago, “Saint Jacob”); la toma violenta del aparato del Estado; pero fuera de este caso, en todos los demás países, el capitalismo burgués pasó a ser hegemónico empleando la táctica de la “revolución pasiva” -revolución, sin revolución; pero finalmente, revolución-. Se trata de una serie de alianzas, negociaciones, avances y retrocesos; quizás confrontaciones armadas de menor importancia… y así se fue colando entre los poros del bloque feudal dominante, aprovechando sus fisuras… hasta que, finalmente, logran que el grupo hegemónico se degradase, de ser dominante y dirigente, a ser solamente dominante: la dirigencia se alcanza cuando su proyecto es aceptado por amplias capas sociales (en concreto, un Estado laico, nacional, unificado). A pesar de que italianos hayan sido los primeros en diseñar este tipo de Estado y su táctica de lograrlo, debido a la fuerza del Papado, Italia fue el último país europeo donde se impuso el capitalismo.

En México, la correlación de fuerzas era incapaz de tomar violentamente el aparato del Estado. El recuerdo de las masas de Hidalgo y Morelos (vía jacobina) les atemorizaba. Prefirieron aliarse a miembros de la vieja clase. Aplicaron (sin proponérselo) la “revolución pasiva”, táctica que se presta a oportunismos y caudillismos personalistas (Santa Anna).

El enfrentamiento comenzó en las logias masónicas mismas: yorquinos y escoceses, clubs políticos conservadores y liberales, ambos Partidos liberales (vinculados a Francia o a EEUU). Los liberales se ganaron parte de la oligarquía: terratenientes del Norte y del Bajío, orientados hacia el exterior: inversiones. Ambos Partidos fueron indiferentes hacia el pueblo al que utilizaron como carne de cañón; ambos eran liberales y masónicos, y ambos pretendían mantener el Concordato con la Santa Sede. Pero cada cual tenía un proyecto diferente de Estado:

CARACTERÍSTICAS Y DIFERENCIAS DE AMBOS PARTIDOS

LIBERALES CONSERVADORES
Sujeto emergente dominadoSujeto hegemónico dominador
Propugnan un régimen liberal republicano federalistaProponían una Monarquía constitucional o una República centralista
Se inspiran en la Constitución de Cádiz de 1812 Luchan por una nueva (1857) (libertad religiosa)Reconocen la Constitución 1824 El catolicismo como religión de Estado
Proponen un Estado laico, reduciendo el monopolio católico, expropiando bienes del cleroApoyan al alto clero. Son legitimados por este
Buscan una economía industrialUna economía en haciendas rurales
Su mayor fuerza estuvo en el Norte y SurSu mayor fuerza en el Centro y Bajío
Liberalismo estadounidense Galicanismo francésLiberalismo francés
Rito masónico YorquinoRito masónico Escoses

Momento conservador

            Ya sabemos que la Independencia de México, iniciada con ideas liberales, se consumó sobre bases insanas. Ante la debilidad de las fuerzas insurgentes, se tuvo que pactar con quienes podían aceptar la soberanía nacional de la hasta entonces “Nueva España”, a condición de no perder sus privilegios del viejo régimen, de modo que el Congreso Nacional de 1824 aceptó un régimen monárquico para la nueva nación, nombrando como emperador a Agustín de Iturbide. No tardó mucho en ser destituido, siendo el primer presidente D Guadalupe Victoria. Los peninsulares que habían decidido quedarse, temiendo la incertidumbre, desde Cuba, en 1827, reconocieron como rey de la Nueva España a Fernando VII, con el liderazgo del fraile franciscano Joaquín Arenas. Fueron derrotados por Guerrero y condenados a muerte.

En 1833 se instauró la Primera República, bajo la presidencia de D Antonio López de Santa Anna y la vicepresidencia de Valentín Gómez Farías. Fue un momento liberal, ya que el Presidente dejó hacer a Gómez Farías, retirándose a su Hacienda Manga del Clavo. El vicepresidente, cristiano connotado, decretó algunas leyes que restringían al clero y sus propiedades, lo que provocó una reacción muy violenta. En esa década, los gobiernos liberales desterraron a varios obispos. Los conservadores fueron a traer a Santa Anna, celebrando su regreso a México en 1834 con un glorioso triduo.

Desde 1830, los texanos, lidereados por los dos terratenientes más importantes, Stephen Austin y Lorenzo de Zavala, habían presentado a Gómez Farías sus inconformidades con la Gobierno de México, manifestando su intención de separarse e independizarse, siendo abiertamente alentados por el Gobierno de Estados Unidos, que quería comprar territorios mexicanos. En una Convención realizada en Washington, el 2 de marzo de 1836, los texanos declararon su independencia, basándose en que muchos colonos formaban un conglomerado distinto del resto de la nación mexicana, por su idioma y religión. En 1845 se incorporaron a los Estados Unidos.

En 1837, el bloque conservador cambió la Constitución y con ella, el régimen, convertido en República Centralista. Al año siguiente, Francia detuvo un barco cerca de Veracruz. Un panadero francés había vendido unos pasteles a la autoridad y ésta rehusó pagarlos, y con tal pretexto, los franceses bombardearon Veracruz e hicieron una guerra (la “Guerra de los Pasteles”). Esto mostró la debilidad del Gobierno. En efecto, los peninsulares que salieron del país se habían llevado consigo todo el dinero del erario.

Ante los graves problemas del momento, parecía que lo único que les preocupaba a los eclesiásticos eran sus bienes. En 1847, cuando los Estados Unidos invadieron México, los liberales trataron de defender al país como pudieron, incluso los soldados no tenían ni siquiera botas… tuvieron que pedir a la Iglesia -la Corporación que tenía más dinero- un préstamo forzado (sólo los carmelitas de Sn Luis Potosí mostraron una generosidad ejemplar). Cuando a Paredes le apremiaban recursos para enfrentar la invasión, en Puebla, unos jóvenes les organizaron un motín (el “Motín de los Polkos”, pues la polka era entonces la música que bailaban en los salones)

En 1853 vuelve Santana y ocupa la Presidencia. Fue entonces cuando nuevamente Estados Unidos declaró la guerra a México y el 13 de septiembre tomó la Capital. Asaltaron el Castillo de Chapultepec, donde entonces funcionaba una escuela para cadetes, y éstos trataron en vano de defender el edificio (los “niños héroes”). En tal situación de guerra fue cuando Estados Unidos le “compró” al Gobierno Nuevo México, California y parte de Tamaulipas (Tratado de Guadalupe), en tan sólo $15 millones de dólares. Santa Anna decretó la abolición de las leyes contra la Iglesia, y puso algunos impuestos ridículos (sobre los coches, las ventanas y los perros).

Fue en 1854, cuando Juan Álvares proclamó el “Plan de Ayutla”, destituyendo a Santana. Entonces liberales recuperaron el Congreso y proclamaron una nueva Constitución; pero todavía, al año siguiente, Santa Anna asaltó el poder, y entonces vendió a Estados Unidos La Mesilla. 

Momento liberal

Los liberales no tuvieron muchas posibilidades de triunfar hasta que, por fin, principal (la Iglesia), y cuál, el medio adecuado para enfrentarlo (“desamortización de los bienes eclesiásticos”).

Durante la Colonia, la Iglesia había recibido muchas atribuciones –el monopolio educativo, la salud, la asistencia social, registro demográfico, etc.–; varios eclesiásticos ocuparon cargos políticos (el obispo Portugal fue ministro de justicia y negocios eclesiásticos, el arzobispo Lizama Beaumont fue nombrado Virrey). La Iglesia acumuló considerable fortuna (diezmos, legados testamentarios, bienes de capellanías, cofradías, obras pías, dotes monásticas). Ella era el principal propietario, y sus tierras eran de “manos muertas”, es decir, no se trabajaban modernamente, sino que se utilizaban para préstamos cómodos. El Dr Mora calculó la fortuna eclesiástica en $180 millones, para algunos, esto equivalía a la ½ de la riqueza nacional; para Mariano Otero ¾, y para Ian Basan, serían $100 millones, 1/5 de toda la riqueza nacional.

Para desamortizar los bienes eclesiásticos, se requirió una delicada operación de bisturí: aislar al clero de sus aliados terratenientes, ofreciéndoles a estos, los bienes expropiados. El intelectual que realizó esto fue un sacerdote, el Dr. José María Luis Mora y su arma, un discurso teológico.

   “La disertación sobre los bienes eclesiásticos”

En 1831 el Congreso de Zacatecas convocó un concurso para la mejor disertación sobre el problema de los bienes eclesiásticos. El premio lo ganó un sólido intelectual, el Dr. Mora, sacerdote liberal, nacido en Chumacero, Gto., el 12 de 0ctubre de 1794.

El ganador pretende ser el fiel de la balanza. Mora se coloca entre dos adversarios, los “impíos” y los “fanáticos”, quienes se descalificaban recíprocamente, tachándose de “apátridas” y de “herejes”. Pretende ser el “fiel de la balanza”: comprueba, con sus numerosos artículos y su trabajo en la Constitución de 1824, que no es “apátrida”; y como sacerdote, doctor en teología y catedrático de San Ildefonso, que tampoco es “hereje”.

El enemigo no era la Iglesia, sino el clero, y no todos sus elementos (el bajo clero vivía pobremente), sino más bien la Jerarquía. Estos “fanáticos” Identificaban sus intereses económicos con la religión. Los “impíos”, por su parte, no luchaban contra la “superstición”, sino contra la religión, con lo que dañaban al país. (algunos reformadores -Gómez Farías o Mariano Otero- eran laicos cristianos reconocidos)

El objetivo principal del discurso: desbaratar la identidad entre religión y enriquecimiento episcopal. Para ello, toma de Gaspard Real de Curbán la distinción entre la Iglesia como “cuerpo místico” y la Iglesia como “comunidad política”.  En la primera, la Iglesia es independiente (tiene derecho a los bienes que requiera su misión); lo segundo, es obra de los gobiernos civiles (galicanismo). Su epígrafe: “Dad (‘devolved’, según traduce Crisóstomo) al Cesar lo que es del Cesar”.

Como ideólogo de la burguesía, teme que una expropiación sentase precedente para los grandes terratenientes. Por eso, aclara: “la propiedad es un derecho natural, sagrado e inviolable… en él descansa todo el orden social”.

El Vaticano, se oponía a un Concordato; pero al mismo tiempo, exigía que el Estado sustentase al clero y mantuviese sus fueros y tribunales. Presionaba, dejando diócesis vacantes. Los Gobiernos liberales reclamaban las “libertades galicanas” (derecho de nombrar obispos).

Benito Juárez

Indudablemente, Benito Juárez García fue el hombre del siglo XIX en México. Nació en San Pablo Guelatao, municipio de Ixtlán, el 21 de marzo de 1806. Hijo de padres zapotecas, quienes fallecieron cuando Benito tenía 3 años. Su abuelo y su tío se hicieron cargo de él, encomendándole el pastoreo de las ovejas. Se cuenta que, a los 13 años, estando a la orilla de la Laguna Encantada tocando la flauta, se desprendió el trozo de tierra donde se encontraba y el viento lo alejó de la orilla. No se preocupó mucho y esperó que volviera a tocar tierra firme de nuevo; pero al juntar las ovejas notó que se había extraviado por lo menos una de ellas. Temiendo una fuerte reprimenda o algún castigo, se fue de su casa a la ciudad de Oaxaca, cuando aún no hablaba castellano.

Infancia
Presidencia
La Reforma

Llegó a la casa de Don Antonio Maza, donde su hermana trabajaba de sirvienta, y después de tres semanas lo encargó a un lego terciario carmelita, Fray Antonio Salanueva, quien tenía un taller de encuadernación y algunos libros liberales pasaron por sus manos. A sus 15 años se consumaba la Independencia y Morelos se encontraba en Oaxaca, Frente al taller estaba la Iglesia de los padres Carmelitas, los cuales apoyaban a los Insurgentes; mientras que el obispo de Oaxaca, Mons Bergoza Bastallón, había organizado un destacamento militar con los seminaristas, llamado “el batallón de la mermelada” (por su vestimenta).

Su tutor, además del trabajo, le enseñó el castellano, y viendo sus cualidades, lo encaminó al Seminario diocesano, que era la mejor institución para la formación profesional. Allí se aplicó a estudiar la teología, el castellano y las ciencias, pues el colegio contaba con un buen laboratorio. Al término de la carrera, en el examen reglamentario para su titulación, sacó “Excelente nemine discrepante”. Uno de los sinodales -un obispo “in partibus infidelis” (una diocesis ya inexistente) le regaló como premio, la obra de Campomanis “La desamortización de los bienes eclesiásticos”

En esos días, los padres dominicos abrieron el Colegio de Ciencias y Artes, en el que también se abrió la carrera de Derecho. En aquel tiempo, había un vacío de esa carrera, pues existían dos corrientes jurídicas para calificar la máxima autoridad, la corriente realista (el rey lo era) y la corriente “ultramontana” (más allá de los Alpes), es decir, el Papa lo sería), por lo que a los liberales ninguna de las dos corrientes les satisfacía, y para la constitución del nuevo Estado liberal, necesitaban profesionistas que conocieran de leyes. Su compañero Marcos Pérez le dio el empujón. Resulta que, para la inauguración del Instituto, estuvieron presentes unos pocos seminaristas a quienes les habían concedido permito; pero después de la ceremonia hubo baile, y las damas de la oligarquía se escandalizaron de que estuvieran los seminaristas, por lo que les retiraron los permisos. Benito, ya para entonces, estaba convencido de lo que quería, por lo que dejó el seminario.

            Su carrera fue meteórica: en 1930 lo vemos como encargado del aula de Física, del Seminario. Al año siguiente fue nombrado rector; en 1832, Gobernador de Oaxaca; en 1833, fue nombrado Ministro Suplente de la Corte de Oaxaca y en ese mismo año, Diputado por Oaxaca; en 1847 fue electo Gobernador de Oaxaca.

            En 1855, Santa Anna lo encierra en San Juan de Ulúa y lo destierra a Cuba. Juárez viajó a Nueva Orleans, donde, ayudado por los masones de allá y de otros exiliados (como Melchor Ocampo), apoya el “Plan de Ayutla” de Juán Ávarez, para derrocar a Santa Anna. Este tomó la Presidencia en forma provisional, y nombró a Juárez como Ministro de Justicia y Educación, puesto al que correspondía la presidencia en caso de faltar quien la tenía. Desde este cargo, decretó la “Ley Juárez”, que quitaba a la Iglesia sus fueros, para someterla al poder judicial. Ignacio Comonfort, uno de los que apoyaron el “Plan de Ayutla”, fue elegido Presidente interino Ignacio Comonfort, nombrando a Juárez en su gabinete, junto con Manuel Delgado. Comonfort juró la Constitución liberal y las nuevas leyes; aunque la Iglesia decretaba la excomunión a quien firmara la Constitución del 57. Comonfort, por presión de su madre (y del P Miranda), abjuró del juramento. Quiso, en vano, reconciliarse con los conservadores. Metió a la cárcel a Juárez y a otros. Luego lo liberó y quiso congraciarse con él; pero Juárez puso como condición que lo nombrase Presidente de la Suprema Corte de Justicia, lo que equivalía a la Vicepresidencia. Al retirarse Comonfort, Juárez ocupó su lugar, ejerciendo una presidencia interina. Esto provocó una guerra de tres años, en la que pelearon indígenas y obreros en ambos partidos.

La “Guerra de Reforma” (1857-1860)

Al derrocar a Santa Anna con el Plan de Ayutla, los liberales regresan y decretan algunas leyes para desamortizar los bienes del clero y acabar con algunos atributos propios de Estado de Cristiandad, conforme a la constitución de 1824. Lerdo expidió algunas leyes, precursoras de la Reforma en 1858.

Constitución del 5 de febrero de 1857- Varios eclesiásticos, de ambas partes, participaron en su elaboración (en Morelia, el cura Ladrón de Guevara). Los obispos se opusieron al Plan de Ayutla para derrocar a Santa Anna y lo apoyaron, con lo que perdieron legitimidad.

Encontrar un estado o lugar propio para la Iglesia era una demanda, no sólo de los liberales, sino incluso, de la Iglesia misma. La situación explica la necesidad de leyes anticlericales -no antirreligiosas, como fue la imagen que dio la Iglesia-: leyes sobre el registro civil, el matrimonio civil, el panteón civil; una ley sobre la tolerancia (1860), para que los protestantes tuvieran derecho de serlo; el cese de la obligación del Estado para cobrar el diezmo y obvenciones, el salario a los curas, la garantía de los votos religiosos como atentado a la libertad (los religiosos, algunos españoles, eran muy revoltosos), la libertad de imprenta, etc.

En 1859, Juárez decretó la nacionalización de los bienes eclesiásticos. Para justificar la expropiación, los liberales alegaban que los bienes de la Iglesia eran de la nación; pero el principal interés de hacerlo fue secar la fuente de financiamiento del Partido Conservador. La Iglesia era prestamista y ayudaba; pero ahora que se quedó sin bienes, dejó de brindar ese servicio. La venta de los bienes del clero fracasó. Habría podido dar lugar a una burguesía media extensa; pero al darse en situación caótica, los aprovechados fueron los terratenientes. Tales bienes eclesiásticos se dilapidaron en guerras y préstamos que no regresaron (tanto por los liberales como por los conservadores).

La guerra había dejado exhaustas las arcas para comprar armas. Ambas facciones pidieron préstamos al extranjero, aumentando con ello la deuda externa; pero tampoco se devolvieron tales préstamos. Entre los bienes eclesiásticos, también se afectaron las Cofradías, que en el medio indígena pertenecían a la Comunidad y no a la Iglesia, conservado seguro ante eventuales desastres.

Constitución de 1857
Guerra de Reforma
Defensa contra los franceses

Tratado McLane/ Ocampo (1859)- Fue un acuerdo entre los Estados Unidos y el gobierno liberal de México, encabezado por Benito Juárez, firmado en el puerto de Veracruz en México, el 14 de diciembre de 1859. Su objetivo era obtener dinero, que luego México devolvería; pero EEUU no lo permitió. Con el acuerdo, en cambio, México debía vender a perpetuidad el derecho de tránsito por tres pasos francos para las tropas de EU: en el Istmo, en Sinaloa y en Matamoros-Guaymas. El tránsito por el istmo de Tehuantepec a los Estados Unidos fue por un pago de cuatro millones de dólares, ​ desde el puerto de Tehuantepec, en el sur, hasta Coatzacoalcos en el golfo de México, y con la responsabilidad de México de emplear fuerzas militares para la seguridad de las personas que transitasen (artículo V); el segundo paso franco cedido a perpetuidad, fue el derecho de tránsito a favor del vecino país del norte, desde la ciudad de Guaymas, y el tercero, sería desde cualquier punto entre Camargo y Matamoros, u otro punto conveniente de la frontera de Tamaulipas, vía Monterrey, hasta Mazatlán (artículo VII). Es verdad que México mantenía su soberanía sobre los tres pasos y soberanamente podía modificar el tratado. ​

Juárez huyó al Norte disfrazado de arriero. Pasó por Guanajuato, donde nueve gobernadores liberales le dan la Presidencia itinerante, como única forma de salvar el proyecto liberal. En Veracruz, entonces sitiado por España, redacta las Leyes de Reforma. Como la nave española no tenía bandera (para evitar problemas), Juárez invocó un tratado con EEUU contra la piratería y así pudo atacar la nave.

En 1961, con facultades extraordinarias, González Ortega, vencedor de la guerra de Reforma, exigió la presidencia; pero lo hizo un año antes de la fecha establecida, por lo que Juárez maniobró para desplazarlo.

La intervención francesa

Ante las dificultades que tenía el país para pagar la deuda a países extranjeros, en 1861 estas potencias concertaron una triple alianza (España, Francia e Inglaterra). Ya que Juárez se comprometió a pagarla, España e Inglaterra se retiraron; pero Francia se quedó para apoyar a los confederados en la Guerra de Secesión en EEUU, y por aspiraciones que tenía Napoleón III. Los conservadores vieron la presencia de franceses como una salvación y los ayudaron; mientras que los liberales los atacaron. Juárez seguía siendo formalmente el presidente; pero el poder lo tenía Juan Nepomuceno Almonte (hijo de Morelos) y el arzobispo, D Pelagio Labastida y Dávalos.

Los conservadores fueron a Miramar a invitar a un príncipe extranjero: Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena, archiduque de Austria y príncipe real de Hungría, quien hizo una entrada triunfal en la Ciudad de México, siendo coronado el 14 de abril de 1864. Habitó en el Castillo de Chapultepec y bautizó el Paseo de la Reforma (por el que se trasladaba hasta el Palacio Nacional) como “Paseo de la Emperatriz”.

El Emperador decepcionó a los conservadores que esperaban en él; pero resultó claramente liberal. Invitó a Juárez a unirse a su Gobierno, excluyendo a los conservadores; pero Juárez lo rehusó. Maximiliano rechazó un concordato del nuncio y propuso a cambio un Patronato más liberal. Nacionalizó los bienes de la Iglesia, legisló la libertad de cultos, etc. Los obispos pretendieron rechazar la legislación; pero Maximiliano les tachó de miopía. Pretendía que todas las corporaciones se sometieran al Estado. Planteó una interesante política indigenista, reconociendo a los verdaderos dueños de esta tierra. Lo que único que consiguió fue mejorar su suerte (condiciones laborales, salario, esclavitud por deudas, prohibición de la leva.

En cuanto a la Iglesia, en este tiempo se reestructuraron las diócesis u se crearon otras siete. La educación dejó de ser monopolio del clero. Algo a destacar fue el protagonismo de algunos laicos católicos en la prensa (La Cruz, el Tiempo).

Entre tanto, en 1864, Juárez estableció su Gobierno en Chihuahua, En Washington, su hijo murió de frío su hijo, pues su esposa, Margarita, no tenía recursos. Maximiliano quiso apresarlo en Chihuahua; pero Napoleón le había retirado su apoyo. Los franceses tomaron Chihuahua; pero Juárez ya había huido al Norte. Los franceses persiguen a Juárez; pero cruza la frontera. El nuevo Gobierno de EEUU apoyaba a Juárez, apoyado en la Doctrina Monroe. Maximiliano se quedó solo. La Iglesia lo apoyó económicamente. Pudo salir del país; pero prefirió quedarse. Fue aprehendido en Querétaro y fusilado el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, estando Juárez presente.

A la muerte de Maximiliano, los conservadores se habían dividido, por lo que Juárez, pudo reelegirse por primera vez, de 1968 a 1872 (Guerra de Reforma). Santa Anna regresó a Veracruz y se rebeló contra Juárez; pero Estados Unidos bombardeó su barco. El 15 de julio 1867, Juárez entra triunfante en la Capital. Margarita también regresó; pero murió en 1871.

Cuando Juárez terminó su período, Lerdo de Tejada ganó las elecciones (1872-1876). Incluyó las Leyes de Reforma en la Constitución y las aplicó estrictamente. Persiguió a religiosos que vivían en comunidad (por ser muy politiqueros), expulsó a los jesuitas y a otros religiosos. La Iglesia respondía con resistencia pacífica, humildad y paciencia. Los laicos adquieren protagonismo y la Iglesia los dejaba hacer. La consolidación del Estado mexicano ayudó a la Iglesia a reconocer los límites de su actividad en la vida política. Lerdo murió antes de terminar su período. Juárez buscaba ser reelegido, haciendo fraude contra Porfirio Díaz; pero este lo derrotó, con el grito: “¡No reelección!”. Finalmente, Benito Juárez falleció el 18 de julio de 1872.  


[1] En 1827, el P. Joaquín Arenas, fraile de una rama de los franciscanos descalzos que vivió la transición de la Independencia, conspiró en Cuba para restaurar a Fernando VII como rey de Nueva España. Al desembarcar lo aprehenden, lo enjuician y lo condenan a muerte. Guerrero expulsa a los peninsulares; pero éstos se llevaron la riqueza del Gobierno.

Avándaro. A 50 años

El 11 de septiembre de 2021 fue el 50 Aniversario del magno festival-concierto que tuvo lugar en Avándaro. Los numerosos eventos y publicaciones difundidas con tal motivo, dan cuenta de su importancia, la cual ha crecido en estos cincuenta años. Había una necesidad sentida -al menos, por la generación que lo vivimos- de hacer una conmemoración. En efecto, “con-memorar” (del latín “memorare-cum aliis”= hacer memoria con otros) es algo más que el mero “recordar”: los recuerdos son fragmentados, dispersos, reconstruidos; mientras que la “memoria”, sobre todo cuando es compartida, unifica, interpreta y es fuente de enseñanza para el presente. Así pues, este texto es una aportación para mis contemporáneos -los más jóvenes tenían entonces unos 20 años y hoy son septuagenarios-, para que a distancia comprendamos mejor aquella vivencia inolvidable. Pero, sobre todo, dedico el texto a los jóvenes actuales, que seguramente escucharon algo al respecto; pero que no le prestaron mayor atención.

I ANTECEDENTES.

      Los sociólogos concuerdan en que en los años 60’s, la juventud irrumpió como “sujeto histórico”. Antes de aquellos años, los jóvenes eran simple prolongación de las generaciones precedentes y repetían el libreto de sus antecesores. Pero en estos años se dio una ruptura generacional de ideas y de valores. El sector de mayor ruptura lo hizo mediante dos reivindicaciones diferentes, la primera, político-económica, y la segunda, cultural (o mejor, “contracultural”).

  1. Las dos protestas.
  2. La protesta política, en Latinoamérica, se dio en el contexto de fines de la “guerra fría”, con su anticomunismo prejuicioso. Se despertaba la conciencia de los abusos y del intervencionismo de los Estados Unidos, y se expresaba como rechazo al “antiimperialismo yankee” (en el viaje realizado por el presidente Nixon por Sudamérica, estando en Panamá, le volcaron su coche). Para tranquilizar los ánimos, Norteamérica propuso una fórmula congraciadora, el “Desarrollismo”. Pensado desde el evolucionismo sociológico lineal, la palabra suponía que todos los países, necesariamente, deben pasar por determinadas etapas económicas: pobreza- subdesarrollo – etapa de “despegue” y, finalmente, el desarrollo. El presidente John F. Kennedy, el 13 de marzo de 1961 propuso la “Alianza para el Progreso”, un programa generoso, de $20,000 mdd de ayudas sociales y políticas para diez años. Sin embargo, un grupo de sociólogos latinoamericanos de muy buen nivel, impulsados por la CEPAL de Raúl Prebisch (Anibal Quijano, Enzo Faletto, Theotonio Dos Santos, André Gunder Frank, Ruy Mauro Marini, Celso Furtado, etc.), evidenciaron el sofisma de dicha propuesta. Para Latinoamérica era imposible salir del subdesarrollo, puesto que las relaciones con Estados Unidos eran de dependencia (apropiación de los recursos naturales, comercio desigual, etc.). DE modo que por cada dólar que entraba al subcontinente como “ayuda”, salían $13 dls como ganancias de sus trasnacionales. Cuba estaba demostrando que era posible implementar una forma de socialismo en el patio trasero del Imperio mismo, y el Che Guevara difundía por los países del sur del Continente los Movimientos de Liberación Nacional, sobre todo, en los medios universitarios.
  3. En México, el modelo económico implementado después de la Revolución Mexicana -el “desarrollo estabilizador” (crecimiento sin inflación y sin endeudamiento)-, fue exitoso, y entre sus logros estaba la formación de una numerosa clase media, protegida y cuidada (profesionistas, burócratas, maestros). Pero a principios de los años 60’s, dicho modelo se estaba agotando. Esto se agravó con la revolución tecnológica de los electrodomésticos (refrigeradores, estufas de gas, lavadoras, licuadoras, etc.), que juntamente con las compras a crédito (Sears Roebuck), fomentaban el consumismo entre las clases medias, al mismo tiempo en que estas experimentaban la disminución de su poder adquisitivo, lo cual se traducía en frustración, especialmente entre los jóvenes. El Partido en el poder perdía legitimación y consenso, por lo que la represión quedaba como la única alternativa. Esto ya se había visto en el régimen de Adolfo López Mateos, con la contención de los movimientos ferrocarrileros, magisterial y médicos; pero creció más con Gustavo Díaz Ordaz. El descontento clasemediero del medio universitario se desencadenó por un motivo baladí -un pleito callejero entre porristas de escuelas de nivel medio superior (IPN Y UNAM)-, reprimido con violencia excesiva, lo que ocasionó que las partes contendientes se uniesen contra de los granaderos, y el movimiento fue creciendo y extendiéndose entre universitarios de varios Estados, con la participación de maestros y de algunos sectores de la población, sofocado bárbaramente con la masacre en Tlaltelolco, el 2 de octubre de 1968, y su réplica con el “halconazo” del 10 de junio de 1971.
  • La contracultura fue otra forma de protesta, paralela a la protesta política. La conciencia racista norteamericana había sido sacudida por la exitosa lucha por los derechos civiles de la población negra; pero sufrió un duro golpe con el asesinato del líder pacifista. La frustración mostraba que la “No-Violencia-Activa” había fracasado, por lo que sólo quedaba la vía violenta. Los “Black Panters” negros incendiaban y robaban tiendas; pero esa inconformidad contra el “Stablishment” (en México se le llamaba “El Sistema”) también se daba entre los jóvenes blancos, obligados a reclutarse para la absurda Guerra contra Vietnam. Era difícil aceptar que la Seguridad Nacional de Estados Unidos fuese amenazada por aquel pequeño y pobre país asiático; pero allá. A los jóvenes norteamericanos se les obligaba a morir y a matar. El boxeador Clasius Clay quemó su cartilla militar y la movilización por los derechos humanos prendió entre los jóvenes blancos, pacifistas que se oponían a la Guerra de Vietnam. Donde se manifestó mejor esta expresión fue en la música de “protesta”, popularizándose pronto las canciones “country” de Bob Dylan, Jean Baez y de “Peter, Paul & Mary”. La música de los negros ya valorada en muchos sectores, era hasta entonces la música de los esclavos de los campos algodoneros, que cantaban su sufrimiento (el blues, el soul, el Gospel, Spiritual, jazz); pero ahora se reemplazaba por el ritmo más violento del rock, salido de las rockolas de los guetos negros. Elvis Presley lo entregó a la juventud blanca, y entonces, chicas y chicos se deslindaron de la música de Frank Sinatra y aprendieron a bailar moviendo su pelvis como el cantante, no sin escándalo de sus padres, inconformes con esos contoneos “indecentes”.

Una década atrás, la postguerra había dejado su huella entre en algunos jóvenes que tenían los nervios a flor de piel: era la “beat generation”, ansiosa de una vida intensa. Muchachos que cruzaban su país, de costa a costa, en coches destartalados, para leer sus poemas a los amigos. Escribían una literatura cínica y agresiva, tenían libremente sexo y consumían las drogas más fuertes: Ginsbourg lanzó su “Aullido” (“he visto las mentes más lúcidas de mi generación perdidas en la locura”, Jacques Kerouak hablaba de los “subterráneos”, y narraba lo que sucedía “En el Camino” (“debemos viajar pronto,  sin parar” -¿Pero a dónde vamos? -No importa dónde; pero debemos viajar”); William Bourrough describía espantosos testimonios de situaciones de excesos de droga, aprovechando el “interreino” (lagunas donde se permitían estas drogas).

En Europa, la postguerra provocó un trauma en la población. En Alemania, país perdedor, la desilusión pasó a la filosofía como “decadencia de Occidente”: Spengler constaba que la decadencia era el término normal en todas las civilizaciones, y Heidegger la hacía consistir en el olvido del “ser”, cayendo entonces en la pluralidad de los entes, que en la modernidad se manifestaban en la razón lógica, la ciencia y la técnica. Esto mismo propiciaba a mirar hacia Oriente, abierto a la consciencia trascendental, la inteligencia libre, como la llamó Aldous Huxley. La guerra despertó la conciencia de la fragilidad de la existencia. La fenomenología de la enajenación existencial -ya planteada por Heidegger- se plasmaba en las novelas filosóficas de Paul Sartre o Albert Camús, y luego bajó a las cavas parisinas de Saint Germain de Press, por una bohemia filosófica, de pelo largo y fumadora de opio. Poco antes, los “poetas malditos” -Rambeau, Verlain, Boudelaire- también las frecuentaban, bebiendo su “Absynta”, elixir azulado embriagador. La influencia de la “Beat Generation” americana llegó a Europa cuando Rusia lanzaba su primer satélite, Sputnik, de modo que se volvieron “Beatniks”. Se trataba de jóvenes pensantes, vagabundos, también de pelo largo, que viajaban en “aventones”, recorriendo núcleos formados en lugares simbólicos de diversos país –“Trafalgare Square” en Londres, “Trinitá dei Monti” en Roma, “Pont Neuf” en Paris, etc.

Por aquel entonces, Herbert Marcuse (“Eros y Civilización”) se oponía a la tesis freudiana del libro “Malestar en la Cultura”, según la cual, para hacer posible la Civilización, se requería fuerte dosis de represión sexual; pero Marcuse replicaba que ahora la civilización había alcanzado un nivel tal, que hacía ya innecesaria la represión y el sentido del deber, por lo que -opinaba- había que permitir mayor libertad sexual, dejando definitivamente atrás la era Victoriana.

Finalmente, aparecieron los “hippies”, denominación dada por los “hípsters” de la generación “beat” (el golpe de la batería, recogido por los Beatles), de connotación paternalista y despectiva hacia esos pequeños de clase media, hijos de papá y mamá, que se conformaban con fumar su mariguana. El movimiento cobró fuerza con el auge de los sicotrópicos y la sicodelia en el arte, posters, música de rock electrónico altamente tecnologizado. El contacto con los teósofos “Rosacruces” -grado 17, a la mitad de la gradación masónica-, que, según la astrología, iniciaba una nueva Era zodiacal,[1] Acuario, caracterizada por un sentimiento de unidad universal, la Paz y el Amor, cese de guerras, compenetración con la naturaleza, goce de la libertad y despertar de la conciencia tracendental (que podría lograrse con las drogas sicoactivas). Timothee Leary, sicólogo intelectual gurú del movimiento, lanzó sus tres consignas: “dropp-out” (“desafánate” salte del Sistema), “tune in” (sintonízate, conéctate con algunos amigos afines), “move-on” (muévete, ve a los núcleos importantes); alirse de la casa, juntarse con otros hippies y trasladarse a sedes emblemáticas: San Francisco, Cal., o el Greenwich Village, en Nueva York: grandes concentraciones.

  • En México, en la década de los 50’s, la “guerra fría” surgida en la postguerra, con su temor visceral al anticomunismo, ya estaba menguando, y más bien se trasformaba en cierto antiimperialismo, pues ya se sabía mejor del intervencionismo del país del Norte. En lo cultural, se estaba rechazando aquel moralismo, rígido de los tiempos de Adolfo Ruiz Cortínez y en cambio, se veía con esperanza las revueltas que pronosticaban un cambio de modo productivo de tipo socialista. También se resentía el ambiente represivo de los últimos gobiernos priistas y había afinidad con la contracultura que venía del Norte. Inicialmente fue mero mimetismo; pero pronto adquiriría una autonomía propia.
  • LOS “XIPITECAS”

En los 60’s, la juventud contestataria (excluyendo a un amplio sector de jóvenes tradicionales) se dividió en las formas de protesta mencionadas al inicio –la revolucionaria y la ondera–, ambas corrientes, por supuesto, con interconexiones.[2] Los “revolucionarios” políticos acusaban a los “onderos” de mero mimetismo de los gringos, con funciones enajenantes. No vieron que también la Onda tenía un potencial importante de protesta. Los símbolos podrían ser los mismos; pero estaban siendo reapropiados:

  • El “slang” gabacho tenía su correspondiente en nuestro “caliche”, pues el lenguaje, al decir de Parménides García Saldaña, era a la vez escudo y puñal. Para ocultar lo referente a la droga, ilícita y perseguida, se utilizaban -como los albures- palabras comunes que tenían otro significado: “pito”, yoing, “churro”, “arroz”, “hornazo”, “bacha”, “forjar”, “tira”, etc.
  • El “dropp-out” (salirse de la casa paterna, siendo aún menores), que en Estados Unidos solía ser relativamente frecuente, e incluso, la familia le daba al hijo o hija algún dinerillo para ayudarlo a establecerse; aquí, en cambio, significaba dejar la cálida familia mexicana: protectora, paternalista, controladora. Salían prácticamente expulsados de la casa, pues para conseguir droga, sustraían algún objeto y además, daban malos ejemplos a los hermanos. Quedaban, por tanto, totalmente desvalidos y, para sobrevivir, tenían que hacinarse en buhardillas, con otros jóvenes en condiciones similares. Haciendo de la pauperización, poesía, si no había dinero para carne, se volvían vegetarianos; si vivían hacinados, hablaban románticamente de la vida en las “comunas”; si no tenían dinero para vestirse, se confeccionaban ellos mismos su ropa y cuestionaban el consumismo burgués de sus familias… Las drogas sicoactivas que allá circulaban, era fundamentalmente el LSD y si para conseguir la mariguana los “beats” gabachos se acercaron a los guetos negros, y descubrieron su cultura vital y fogosa, aquí en México, nuestros jipis prefirieron los alucinógenos naturales – hongos y peyote- y para conseguirlos, tuvieron que irse al desierto o a la sierra y convivir con el México Profundo, las poblaciones huicholes y mazatecas. De allí también trajeron huipiles, jorongos, morrales y huaraches, razón por la cual los denominé “xipitecas”.
  • Mi “tune-in”

En 1967, yo estaba en Roma terminando mi tesis sobre el filósofo existencialista Martín Heidegger. Durante las vacaciones, solían permitirnos ir a países europeos cercanos para practicar lenguas extranjeras. Yo sabía que no me sería fácil regresar a Europa y de ella, sólo conocía el seminario, de modo que viajaba en “aventones” (autostop), desviándome un poco de mi destino. Dormía en los albergues de la juventud y pude convivir con los “beatniks”, expertos vagabundos. A mi regreso a México me enviaron a dar clases en nuestro seminario, situado en una exhacienda a las faldas del Volcán de Toluca, donde no escuchábamos radio, ni nos llegaba la prensa, y el teléfono sólo se usaba para emergencias, de modo que prácticamente desconocía lo del movimiento estudiantil. Un amigo de la infancia, que ahora pertenecía a un Comité de Huelga, me visitó y me pidió imprimir un volante en el mimeógrafo de manivela del Seminario… y también me mostró el primer carrujo de mota. Meses después, se cerró el seminario y me enviaron al D.F. (se iba a abrir un seminario interreligioso) y me enviaron a la Colonia del Valle, una parroquia conservadora. No me agradó, y ante de llegar le telefoneé a mi hermano, quien me había hablado de la nueva cultura de la Zona Rosa, y me consoló diciendo que en la ciudad encontraría cosas de interés: “precisamente hoy en la tarde va a haber un happening”, y me dio la dirección. Llegué a mi nueva comunidad, mis compañeros me recibieron bien y me encargaron de los jóvenes: “precisamente –me dijeron– hoy un grupo de jipis que dirige un padre va a dar una funcioncita en el dispensario parroquial, y queremos que vayas”. Ya me imaginaba con que jipís me iba a encontrar, yo, que regresaba de Europa, viajando con los beatnicks. Y para mi sorpresa, al preguntar dónde estaba de auditorio parroquial me dieron la misma dirección del happening. Con asombro, asistí a un performance sobre la vida hippie y, como sabría después, era organizado por el grupo más característico de la ciudad: “El Quinqué”, de la “Esquina Mágica”, con participación del grupo musical “La Semilla del Amor”.

De modo que el día mismo de mi llegada me había conectado con ellos. Algunos vivían en cuartuchos para la servidumbre en las azoteas de edificios vecinos, de modo que yo, después de mis tareas ministeriales, iba a visitarlos: En la penumbra de alguna vela, leían sus textos espirituales. Una frase escrita en la pared: “El silencio es la entrada a la paz del alma” con algún dibujo sicodélico. Yo no daba crédito. Ellos me visitaban en el templo, curiosos del significado de algunos símbolos litúrgicos. -“¡Préstanos tu túnica!”– me pedían en referencia a mi sotana y también mi crucifijo al pecho, Recordaba en Roma, cuando los jóvenes sacerdotes secularizados (el Papa Juan XXIII había dicho al Concilio: “Abramos las ventanas para que entre el aire fresco de la modernidad”) y el Papa Paulo VI nos había permitido que en la calle no usáramos la sotana, sino el traje azul marino con el cuellecillo (“clergeman”), y ahora, estos jóvenes que consideraba vanguardias, resultaban neo sacralizados. Acudían a la Gran Fraternidad Universal, dedicada al gurú Serge Reynauld de La Ferriére, donde aprendían astrología y meditación Zen; eran ecologistas, pacifistas y vegetarianos y una espiritualidad orientalista, ahora conocida como “New Age” (la Era Acuario), que creen en la reencarnación y el “karma” (la nueva Era Acuario). Su libro de cabecera era el libro “Evangelio Espiritual de Jesús el Cristo, escrito por un teósofo esoterista del siglo XVIII Eliphas Levi, que afirmaba que Jesús había estado en la India, y de allá había traído su espiritualidad, y se interesaban por mis comentarios que, gustoso, les hacía.

  • Avándaro

Fue con algunos de estos xipitecas que fui a Avándaro. Llegamos unos tres días antes del festival, disfrutando de la bella naturaleza de aquel valle, sin faltar, como en Huautla, tuvimos nuestro baño, desnudos, en el río. En la tarima para el concierto, algunos grupos rockeros espontáneos nos iban adentrando en este ritmo. Incluso, se representó la rock-ópera “Tommy”, de “The Who”, estrenada en 1960, con interesantes técnicas de composición; por cierto, el actor principal, Héctor, era alumno mío en la Preparatoria Popular de Liverpool. Construimos hasta atrás del valle, con ramas, unas chocitas y pusimos hamacas para ver cómodamente el concierto. Ese día, desde temprano, comenzaron a llegar muchachos de las colonias populares (la Guerrero, Tepito, Ixtapalapa). En la CDMX había  un triángulo rockero, rodeado de una mayoría de colonias con música tropical -los “tíbirtis-tábaras”, con cumbias y cabriolas como las del “California Dancing Club”-. Los recientes grupos de rock mexicanos, que ya empezaban a componer en español, hacían muy buena música, pese a no tener la tecnología de muchos grupos norteamericanos; pero topaban con el boicot de las radiodifusoras y casas disqueras de rock. Los únicos espacios que disponían eran los “hoyos funkies”, como los llamó Parménides García Saldaña: locales relativamente pequeños, sin mobiliario ni ventanas y de repente te llegaba algún “hornazo”. En ellos se aglomeraba la chaviza, pues la entrada era barata. De modo que estos grupos eran bastante conocidos en ese medio; aunque las clases medias preferían el sofisticado rock sicodélico “gabacho”. De modo que seguían llegando, más y más. Algunos calculan que asistieron cerca de 300,000. Nadie se imaginaba esto. El festival había sido planeado para la usual carrera de coches de los juniors en aquel selecto valle; pero ese año, sería amenizado con algunos grupos de rock mexicanos, pues Armando Molina, su manager, era uno de los organizadores, por lo que el concierto se llamó “Rock y Ruedas”. Ante la inesperada concurrencia se optó por no cobrar boletaje y se tuvieron que improvisar ajustes a la infraestructura.

II HERMENÉUTICA DEL FESTIVAL

En esta segunda parte intentaré algunas interpretaciones personales sobre este evento

  1. Un “Signo de los tiempos”
  2. Uno de los aportes más sugerentes del Concilio Vaticano II fue el concepto de “los signos de los tiempos”, expresión basada en un pasaje del Evangelio de San Lucas (12, 54-56): “Cuando ven levantarse una nube en Oriente, en seguida dicen que lloverá y así sucede. Cuando sopla el viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo ¿cómo entonces no saben interpretar el momento presente?” Partiendo del supuesto de que el Espíritu Santo interviene en la historia en favor del “Reino de Dios” (la utopía de Jesús), y que su actuación se manifiesta a través de algunos signos (algunos eventos, fenómenos sociales, el sentido de una época, etc.), por lo que descifrándolos con cuidado, sería posible ver hacia dónde se dirige la historia. Este discernimiento es importante, pues también está actuando en la historia el Anticristo, es decir, las fuerzas que se oponen a la utopía de Jesús. Desde mi acompañamiento a los “xipitecas” -y ahora en este festival-, pensaba que la “Onda” podría ser uno de esos “signos de los tiempos”. ¿Con qué ojos miraría Dios a Avándaro? Imagino que con ojos benevolentes miraría a tantos jóvenes, empobrecidos o perseguidos, que en contacto con la naturaleza y la música, buscaban el necesario goce y placer que les era negado en aquel tiempo.
  • Ciértamente que Dios no vería al Festival con los ojos de la prensa “chayotera”. A las 3 de la mañana, cuando tocaba “Three Souls in my Mind”, buscaba a mis amigos de quienes me había separado, cuando pasó un coche ofreciendo un lugar para ir a México, y gracias a ello, pude regresar a mi casa temprano. Después de un sueñito, le hablé a Manuel Acévez, director de Piedra Rodante, para hablarle del festival, quien me dijo: –“Maestro: ¡Vente de volada, para comentar! Pero antes, escribe pronto tus impresiones del Concierto”-.  Por más que le objeté mi cansancio, me insistió, pues al día siguiente quería sacar una primicia. Se lo llevé, y después vi la prensa: un escándalo asqueroso (sexo, droga, “degenere”), quizás por consigna (se hablaba de cierta rivalidad entre el presidente Echeverría y el Gobernador del Estado de México, Carlos Hank González). No salió Piedra Rodante, ni ese día, ni en días sucesivos, sino hasta mediados de octubre, cuando el escándalo ya había amainado. Entonces, en medio de tanta vociferación insultante, salió mi artículo: “Dios quiso que lloviera para unirnos más.”
  • Es probable que Dios tampoco viera el festival con los ojos de la izquierda sesentayochera. Para este sector, el jipismo mexicano era “un epifenómeno evasivo y efímero de la burguesía; mero mimetismo que propiciaba la enajenación imperialista para neutralizar la toma de conciencia revolucionaria.” Es verdad que Marx casi no tematizó la cultura. La veía simplemente como la ideología que llegaría de forma fatal después de la toma revolucionaria del poder proletario. Mao Tse Tung ya había discrepado de Stalin al respecto, pues estaba adelantando su Revolución Cultural; pero, sobre todo, el intelectual marxista Antonio Gramsci, desde la cárcel de Mussolini reflexionaba sobre el ¿por qué del fracaso de la Revolución socialista en Occidente?, y revisando la forma cómo la burguesía había accedido al poder, a partir del feudalismo, notó que, salvo el caso francés de la toma de la Bastilla, en todas partes no utilizó la vía armada, sino la “revolución pasiva” (“revolución sin revolución; pero finalmente, revolución”). En situaciones en que el grupo hegemónico es muy poderoso y la vía armada está bloqueada, se puede avanzar -en adelantos y retrocesos, en componendas y negociaciones- por la vía de la contracultura. Si el grupo hegemónico ejerce su poder por dominación y dirigencia (coerción y consenso), es posible quitarle la dirigencia y dejarle a ese grupo sólo la dominación, lo cual ya sería signo de debilitamiento. De modo que existe una lucha en el terreno de la conciencia y la cultura, que es ya política. En nuestro caso, la legitimación de la libertad y del placer, en situación de represión y control, podía deslegitimar al Gobierno, y de este modo, debilitarlo.
  • La difusión de la droga, hasta cierto punto, pudo ser lo que diera pie a la crítica. Pero, partiendo del supuesto de que toda droga tiene efectos nocivos para la salud (incluyendo también las drogas legales, como el tabaco, el alcohol y los somníferos), la clasificación entre drogas legales e ilegales no depende tanto del grado de peligro que sus efectos impliquen, sino de cuestiones económicas y políticas. La mariguana fue proscrita a partir de aquellas campañas “desfanatisadoras y antialcohólicas” de fundamentalistas evangélicos, en tiempos del prohibicionismo y Alcapone y sus gangsters, cuando se bebía alcohol en tasas de café. Fiorello La Guardia, alcalde de Nueva York, realizó entonces una exhaustiva investigación y concluyó que la mariguana era menos peligrosa que el alcohol. La persecución legal no parece que fuera la medida adecuada. Fui testigo de algunos jóvenes amigos que estuvieron encarcelados por habérseles encontrado un guato de mota que habían traído de Oaxaca para vendérselas a sus cuates, y allí, en prisión, se topaban con los verdaderos traficantes, que trataron de cooptarlos para sus actividades. Dos meses después de Avándaro escribí en Piedra Rodante un artículo sobre droga y represión, propugnando, ya entonces, su despenalización, y tratarla, en cambio, como un problema de salud pública (como era el tabaco), difundiendo información confiable, no amarillista. En todo caso, se precisa un deslinde las nuevas drogas “heroicas”, como ahora el “cristal”, que ocasionan daños graves irreversibles, de drogas relativamente benignas, lo que no quiere decir inocuas. He sido testigo de varios amigos cuya adicción a la mota les ocasionó graves trastornos de su personalidad y abulía con disminución de su voluntad. No viene mal recordar el consejo del Papa Pablo VI: las drogas y el alcohol “ponen en peligro la debilísima sensibilidad ante el misterioso influjo interior del Espíritu Santo a la que están destinados los Carismas, los Dones y los Frutos de la Gracia.”
  • Mi mirada personal respecto al festival fue la mirada de un cura que, a la vez, es especialista en Antropología de la Religión. Avándaro para mí fue, ante todo, un festival, cercano a la Fiesta patronal de nuestros pueblos. A diferencia de las fiestas sajonas, como la de Woodstock, donde las multitudes se componen de pequeños grupos de dos a cuatro personas, sin comunicación con los demás[3], nuestras fiestas mexicanas unifican a toda la colectividad local (el Santo Patrono funge como un “totem” de clan; es el emblema del poblado, en cuya fiesta, la comunidad se celebra ella a sí misma). Más que un mero “concierto”, el evento tuvo cierta sacralidad: la penosa peregrinación al lugar sagrado, el sacrificio expiatorio (¿introyección de cierto sentimiento de culpabilidad?). Lo inesperado de la asistencia masiva implicó precariedad (falta de alimento, de agua, de sanitarios; la intensa lluvia de toda la noche, el agotamiento de estar 50 horas de pie, etc.). En situaciones como esta, el desabasto, normalmente, propicia el egoísmo individualista (“esto que traje es mío; que cada cual se rasque con sus propias uñas, y el que tenga más saliva, que trague más pinole”). Pero en Avándaro parecía haber un pacto implícito por el que todo mundo estaba dispuesto a que todos la pasáramos lo mejor posible: se compartía el escaso alimento, el “toque”, el agua… Flotaba en el ambiente el espíritu de la comunidad ritual de un santuraio, la fraternidad universal propia de la utopía acuariana de los xipitecas: “Paz y Amor”, comunalidad, convivencia por encima de las razas -Piedra Rodante publicó la foto de un muchacho proletario, de tórax desnudo, moreno y de pelo largo suelto, montado a caballo, como indio apache. La mayoría llegada de ambientes de barriada, eran descendientes del “México Profundo”, por lo que los xipitecas, admiradores de pueblos originarios, los recibieron bien. Se superaban también las clases sociales. La prensa chayotera no envió reporteros con conocimiento de sicología social o de sociología. No se dio cuenta del prodigio que representaba una multitud de 300,000 jóvenes, sin alimento, empapados y consumidores de droga, conviviendo felices 50 horas. El reporte de seguridad del Festival fue “saldo blanco” (dicen que dos muchachos se ahogaron al regreso, en el lago de Valle de Bravo). Esto sería algo impensable, si en lugar de mota hubiera circulado el alcohol. Cualquier connato de riña era controlado por los muchachos cercanos.

Era un ambiente de libertad total, acotada solamente por el respeto a la libertad de los demás. Paseando la mirada, uno podía ver, allá, un grupo que danzaba exorcizando la lluvia; acá, una pareja acariciándose; acullá, algunos desnudos (además de la célebre “encueratriz de Avándaro”, que atrajo los reflectores) que más que provocar, expresaban una catarsis general. Este momento libertario fue, lamentablemente, efímero y catártico; un paréntesis en el ambiente represivo que entonces padecían los jóvenes. Ya mencioné que apenas 90 días atrás había tenido lugar el “halconazo” del Jueves de Corpus, y tres años atrás, la masacre de Tlaltelolco 68. Y fue así que antes de que terminara el Concierto, cuando el grupo musical “Peace and Love” tocaba su rola “We got the power”, alentando al público a corear este estribillo -primero en inglés y luego en español- y cuando cientos de miles de jóvenes reunidos en total libertad, en un lejano valle, alardeaban “tenemos el poder”… un telefonema de Gobernación dio la orden a Radio Educación de suspender de inmediato la transmisión radial. Así que Avándaro marcó, a la vez, el punto culminante ondero, y al mismo tiempo, el inicio de su debacle: la represión total al rock mexicano, a la droga y a todo lo relacionado con la Onda. “The dream is over”

  • ¿Qué nos dejó Avándaro?

Aparte de la incuestionable consagración del rock mexicano -que conquistó carta de ciudadanía a pesar del boicot y la persecución-, ¿qué memorial legó este Festival, de utilidad para nuestro tiempo? Creo que lo más valioso fue el sueño xipiteca, la Utopía Acuariana, que flotaba en el trasfondo. Esta afirmación seguramente provocará en muchos jóvenes una sonrisa burlona. En efecto, cuando miramos al futuro, más que vaticinar una “utopía”, vislumbramos una verdadera “distopía”: el calentamiento global, el agotamiento de los recursos naturales (petróleo, agua potable, aire puro), el cercano cambio de dieta: abstenernos de la “fast food” y del consumo de carne,[4] la increíble desigualdad en la distribución de la riqueza; mientras existen 2,200 millones de personas en situación de pobreza. [5] Estamos bajo control total: los celulares y los televisores tienen micrófono incluido, los localizadores saben con quienes nos relacionamos, las tarjetas de crédito, etc. Nos vigilan drones capaces de ver la hora del reloj de un hombre en la playa y pueden lanzar una bomba “inteligente”, dirigida a determinado número de algún móvil. Los “bots” en las redes sociales y en los media controlados, propagan fake news con la visión de la realidad que ellos condicionan, al punto de hablarse de la “postverdad”, pues ya no importa lo que sucede, sino el efecto al ser consumidas esas noticias, etc, etc. Estamos ante un futuro que supera a los grandes novelistas “distópicos” (Ray Bradbury y su “Farenheit 451; Aldous Huxley y su “Mundo Feliz”; George Orwell y su “1984”). Algunos piensan que se avecina una crisis que pondría en riesgo la supervivencia misma de la especie. Y ante esa mortandad, quizás la vida humana sólo podrá subsistir en pequeñas “comunas” -como “arcas de Noé”- donde se viva un estilo de vida sencillo: sembrando las propias verduras, trabajando la tierra, aprovechando el agua de lluvia, consumiendo sólo lo necesario y con bastante tiempo de ocio (quizás conectados con otras comunas). Esto ya lo habían previsto algunos intelectuales visionarios, como Iván Illich y su propuesta de “convivialidad”. Entonces podremos aprender mucho de los pueblos originarios, con su cultura tradicional vigorosa de respeto a la Naturaleza; y, quizás, nos resultará útil recordar el sueño xipiteca, a la Utopía Acuariana. Ciertamente, esto no nos vendrá del cielo (la influencia de las estrellas y de las constelaciones zodiacales no llega a tanto), sino que habremos de construirlo entre todos, adelantándonos ya, lo antes posible. Quizás sea sólo un sueño, una utopía; pero sin sueños y ni utopías no podemos proyectar un futuro posible.


[1] Según la astrología, los signos del zodiaco forman un ciclo, permitiendo qu,e más o menos cada mes, una constelación domine el punto visual dominante del círculo, en cuyo centro está un signo aparentemente fijo; pero que, en realidad, gira también en dentro de otro ciclo más amplio, cuya posición cambia aproximadamente cada 2,000 años., en sentido inverso a ciclo zodiacal anual. Así se distinguen las “eras” cósmicas, en cada una de ellas hay un personaje mesiánico. Justamente en este tiempo, la constelación dominante había sido Piscis, la Era del Pez, símbolo de Jesucristo, de modo semejante a cuando, 2,000 años atrás había cambiado Aries, el Cordero (Abraham). Ahora, casi empezando el nuevo mileno, estaba entrando la Era de Acuario, con un mesías colectivo (los hippies) y la nueva era (“new Age)..

[2] Yo estaba dando clases, de forma gratuita, en la Preparatoria Popular de Liverpool, donde el director conseguía un tambo de chapopote para que los alumnos hicieran sus pintas en las marchas. En el mismo lugar, en la casa de junto, había una casa  de grabación de discos de Rock, llamada ATOM, cuya propaganda era una calcomanía transparente para ponerla en el parabrisas del coche, la cual podía leerse de dentro hacia afuera o de afuera hacia dentro, ¡con significados distintos ¡¡¡.

[3] Woodstock estuvo muy bien organizado. A él asistieron muchachos de la clase media norteamericana, alrededor de 30 años. El boleto incluía un espacio para dos “sleeping-bags” y traían dinero en el bolsillo para comprar las chucherías indias de los campamentos de atrás

[4] Los infames encierros de las empresas ganaderas, donde el ganado se halla hacinado entre excremento y lodo, siendo inyectado con antibióticos para engordarlos, que luego pasaran al cuerpo humano para afrontar bacterias cada vez más agresivas.

[5] El 1% de la población mundial (7.5 millones de personas) acumulan el 99% de la riqueza mundial, y de entre ellos, 62 empresarios poseen tanta riqueza como la mitad pobre de la población mundial (en México, 4 empresarios poseen el 9% del PIB)

8. LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO

El nacionalismo criollo

En las postrimerías del siglo XVIII, como vimos, en la Nueva España la población se agrupaba según el régimen de castas (mezclas raciales). Las dos razas primordiales se encontraron -por la guerra y por el amor- en el mismo territorio: la raza española y la “india”. La primera distinción se dio entre los españoles nacidos en España (“peninsulares” o “gachupines”), y los españoles nacidos en estas tierras (los “criollos”). Estos últimos, habían realizado la conquista, echaron a andar las primeras empresas (obrajes, minería, ingenio), se habían enriquecido -utilizando mano de obra casi gratuita-, se habían arraigado en el territorio y lo amaban ya como propio. Se sentían ser parte de un nuevo país, con recursos suficientes para una autonomía. La política administrativa de los borbones sacaba numerosos recursos para sostener costosas inútiles guerras o para decorar suntuosamente templos y edificios. La abundancia de oro y plata de América colonial fue tal, que provocó una devaluación mundial. Estos metales, extraídos de las colonias de todo el mundo en el siglo XVI, fue de tal magnitud, que constituyó el capital originario que necesitaba la industria capitalista europea para echar a andar la industria.

 A los criollos les exasperaba que la Metrópoli tuviera preferencia por los peninsulares -los españoles recién llegados de la Península-, quienes desconocían la realidad novhispana, por lo que aquellos se sentían con más derecho. Les molestaba que todos los principales cargos -tanto civiles como eclesiásticos- los tuvieran los peninsulares; mientras que ellos tenían que contentarse con cargos subordinados. España recelaba de los criollos, pues entre ellos surgían tentaciones autonomistas; se sentían discriminados y humillados.

La confrontación no era sólo cuestión política, sino que existía una discriminación cultural. Los europeos en general despreciaban a la España católica, y estigmatizaron al Continente, con actitudes de desprecio por el territorio, por su fauna, su flora y sus habitantes. Intelectuales, incluso de elevada talla, participaron de estos estereotipos. Buffon, por ejemplo, criticaba la fauna del Nuevo Mundo: los avestruces, que como es sabido, sus patas tienen sólo dos dedos, aquí son enanos y tienen cuatro dedos (los “guajolotes”). Su desprecio llegaba a los habitantes del Nuevo Mundo: Hegel decía que los indios eran tan indolentes, que los misioneros tenían que tocar la campana para recordarles a los esposos sus deberes maritales (!). Ese desprecio alcanzaba también a los criollos. Pensaban que el clima tropical los hacía también sensuales y apáticos. Otro factor a tomar en cuenta es que a América llegaban los hijos “segundones” (los “primogénitos”, quienes recibían en herencia el mayorazgo y el encargo de cuidar de las necesidades de sus hermanos), eran quienes solían quedarse en España. Se les hacía menos, por lo que querían demostrar que eran tan refinados como a quienes se quedaban en la Península, de ahí el barroquismo de Sor Juana Inés de la Cruz o de D Luis de Góngora. A todo esto, se sumaba cierto resentimiento católico ante la expulsión de los jesuitas, cuya expulsión perjudicó la educación y las misiones. Entre los jesuitas expulsados del Reino español, estaban dos criollos intelectuales -Alegre y Clavijero- quienes desde el exilio reivindicaron y dignificaron estas tierras.

Oriundos de este suelo, los criollos, trataban ya de conseguir cierta autonomía respecto a la Metrópoli, y aspiraban a constituir un nuevo país soberano. Para ello, necesitaban una identidad nacional, acorde con la gestación de los nacionalismos en Europa. Para ello, se volvieron hacia la población nativa -los “indios”-; aunque se trataba de “indios muertos” -los héroes (Cuauhtemoc, Moctezuma, Tezozomoc), de quienes con orgullo se sentían descender culturalmente -. Parta esto, los elevaban al rango de clásicos. Pero más que esto, encontraron su signo de identidad en un elemento sobrenatural, con el que obtenían una elección cuasidivina: la Virgen de Guadalupe. Desde entonces, podemos ver en la puerta misma que da acceso al atrio de la Basílica de Guadalupe, la inscripción con palabras del salmo 147, 20: “Non fecit taliter omni nationi” (“no hizo cosa igual con ninguna otra nación”)

Fray Servando Teresa de Mier

Un claro ejemplo de este ambiente lo tenemos en un sermón. El predicador fue un criollo dominico, Fray José Servando Teresa de Mier y Noriega y Guerra OP. Nació en Monterrey N.L. el 18 de octubre de 1765 y falleció en diciembre de 1827. Era conservador, del viejo régimen. Había hecho una oración fúnebre por Hernán Cortez y había predicado contra la decapitación del rey Luis XIV, de Francia; pero ya que era joven, inquieto y algo vanidoso, el Ayuntamiento de la Ciudad de México -integrado por criollos-, le pidió que predicara en la Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, nada menos en su magna fiesta, el 12 de diciembre de 1794. Le sugirieron, además, que visitara al Dr. Burundi, que tenía algunas ideas novedosas e interesantes, quien le expuso su tesis sobre Guadalupe.

Esa tarde, Fray Servando visitó algunas familias prominentes, preguntándoles cómo les había aparecido el sermón, y no noto signos de escándalos, por eso se fue a dormir al convento. Pero al día siguiente, al levantarse, notó que el arzobispo Alonso Núñez de Haro le había puesto en su celda un candadote. Le pidió que le entregara su sermón original; pero como él ya lo había roto, le pidieron que lo reescribiera lo más fiel posible, para que fuese examinado por dos censores eclesiásticos. Con el dictamen de los censores, y dado que el predicador había empezado su sermón, diciendo que esperaba que sus ideas ayudaran a la devoción guadalupana; pero que, en caso de haber dicho algo incorrecto, estaba dispuesto a retractarse. Gracias a esto, el obispo sólo de castigó prohibiéndole, predicar, enseñar como profesor y confesar, y lo desterraba a pasar 10 años en España. Lo mandaron a la prisión de San Juan de Ulúa, mientras llegaba un barco que fuera a la Metrópoli.

      A estas alturas del relato, seguramente querremos saber lo escandaloso que dijo en su sermón. En él afirmaba que la Virgen de Guadalupe no se le había aparecido a Juan Diego, sino al apóstol Santo Tomás (la tradición decía que había ido hasta la India, y Colón creyó que había llegado allá). Fray Servando dijo que el apóstol fue venerado nada menos que con el nombre de Quetzalcóatl. Por tanto, sería Santo Tomas quien trajo el cristianismo a esta tierra; pero los indios apostataron y trataron de destruir el manto, por lo que los cristianos lo escondieron. Lo que le reveló la Virgen a Juan Diego fue el lugar preciso donde estaba el antiguo manto con su imagen. Fray Servando prueba su tesis con algunas etimologías (San Agustín recomendaba el conocimiento de las lenguas nativas para estudiar las creencias de pueblos desconocidos): por ejemplo Huitzillopochtli es nada menos que Jesucristo (“huitzo” es espina; “llopochtli” es “costado”, o sea, “el Señor de la llaga en el costado”; Tomatlán sería “el lugar de Tomás”; pero los censores lo corrigen: Tomatlán es “el lugar de los tomates”, de modo que el predicador confunde al apóstol en un tomate; “Coatepec = “sierra del Mellizo”, como se conocía a Sto. Tomás). Independientemente de la veracidad de las apariciones guadalupanas (de hecho, el obispo, como los españoles en general, no creían en dichas apariciones), la tesis resultaba políticamente peligrosa, pues la justificación que tenían los españoles para estar en el Nuevo Mundo era que habían traído la fe verdadera. Pero si la fe ya existía, y había sido traída nada menos que por un apóstol, se estaría ablando de una “Iglesia-madre”, fundada por un apóstol, como era España con el apóstol Santiago: La Virgen, en carne mortal, había legado un objeto para ayudar a la evangelización de un territorio, era nada menos que el mismo esquema que la creencia de España, con el pilar de Zaragoza dado a Santiago. Y, por lo tanto, si la fe ya existía en este lugar, los españoles tendrían que retirarse de allí.

      En España, después de un tiempo de encierro en un convento de Cádiz, los frailes dominicos del convento de Nuestra Señora de las Caldas, en Santander, lo recibieron muy bien, y lo pusieron en contacto con la Academia de Historia de Madrid, que estudió el caso. El dictamen fue que no hallaron nada contrario a la fe y costumbres. Lo que sucedía, era que el obispo no era “ilustrado”, y Fray Servando sí; pero por prudencia, no llegó a cuestionar las apariciones, sino sólo les dio otra interpretación histórica. Pero que, más valía quedarse en España, al menos ocho años, que eran m´s o menos, los años que faltaban para cumplir el castigo.

      A Fray Servando no le pareció ese dictamen, por lo que se fugó del convento, incorporándose a una banda de contrabandistas para pasar la frontera a Francia. Allí se encontró con el preceptor de Simón Bolívar y otros libertadores de América y fue radicalizando su pensamiento. Luego, en 1817, se incorporó a la expedición de Javier Mina para apoyar la causa de la independencia en México, desde la frontera norte; pero fue capturado y enviado como prisionero nuevamente a San Juan de Ulúa, donde aprovecho para escribir sus “Memorias”, en las que rectificaba su posición, asumiendo la de la Real Academia de Historia (no creía en las apariciones; pero por prudencia les dio otra interpretación).

      Entre tanto, Hidalgo, había iniciado la guerra en favor de la Independencia, tomando como estandarte a la Guadalupana. Cuando, en 1821, terminó la guerra y se integró el Congreso Constituyente, Nuevo León nombró como representante al mismo Fray Servando, sacándolo de la prisión veracruzana. Llegó a la capital de México, y ya le habían metido en la cabeza que lo habían nombrado obispo de Baltimore, así que con dicho atuendo hizo su entrada triunfal en el Congreso, cuya primera sesión estuvo presidida por una imagen de la Virgen de Guadalupe tamaño original, donada por la Real Colegiata de Santa María de Guadalupe. El Congreso lo recibió con un aplauso y le pidió que hablara el “campeón de la guadalupana”. Fray Servando, quien para entonces ya había confesado no creer en la guadalupana, hizo un panegírico protocolario a la Virgen, por las mismas razones políticas que el obispo peninsular Núñez de Haro, quien tampoco creía en ella, le había condenado. La última vez que se vio su cadáver, convertido en momia, fue en una exhibición en un circo.

La abdicación de Fernando VII

            Entre tanto, España pasaba por una situación que fue coyuntura favorable a los intereses novhispanos. El espíritu democrático de la Revolución Francesa derivó en la monarquía absolutista de Napoleón Bonaparte. En sus afanes imperiales se malquistó con el Imperio Británico. En el Tratado de Aranjuez (1801), Francia había conseguido la alianza de España, por lo que cuando los británicos decretaron un bloqueo económico al Continente, la Península Ibérica resultó afectada. Napoleón invitó al rey de España, y con argucias, lo retuvo en Francia entre marzo y mayo de 1808, obligándolo a abdicar, en Bayona 1808. España se negó a reconocer la abdicación del rey, ya que se había dado en condiciones de secuestro, por lo que quedaba vacante el trono. Poco antes, el 18 de octubre de 1807, José Napoleón (Napoleón III o “Pepe Botella) había invadido España, en tanto que Fernando VII, desde Francia, ordenó que en su ausencia se colaborara con los generales galos; pero los españoles no acataron su mandato, anunciado desde el cautiverio. El pueblo se insubordinó. Los franceses se encontraron con la heroica defensa de los españoles, quienes el 2 de mayo de 1808, se organizaron en guerrillas, apoyados por el Reino Unido y Portugal. Ante este vacío de poder, en España se constituyó la Junta General de Gobierno… hasta que, finalmente, gracias al Motín de Aranjuez en 1814, España venció sobre los franceses y José Napoleón fue expulsado.

Entre tanto, durante las “guerras napoleónicas”, España consideraba que, en situaciones similares, la Ley preveía que la autoridad recayera sobre los ayuntamientos provinciales; y considerándose la Nueva España como una Provincia más del reino, lo lógico era que la autoridad suprema recayera sobre el Ayuntamiento de la Ciudad de México. A esto se oponían los peninsulares (“aunque en España quedaran sólo cuatro gatos -decían-, la Nueva España a esos gatos tenía obligación de obedecer”). La situación en la Nueva España era de crispación y exasperación, por lo que el Virrey Iturrigaray empezó a dar los primeros pasos para una transición ordenada hacia la Independencia; pero la Real Audiencia y el poderoso Consulado de Comerciantes de Cádiz se opusieron, destituyeron al virrey y en su lugar nombraron al anciano Pedro Garibay, quien poco después tuvo que renunciar, nombrándose entonces, en su lugar, al arzobispo Lizama y Beaumont.

Aquí El ambiente se caldeaba. Por todos lados se organizaban conspiraciones, juntas y tertulias, para ver qué hacer. En la mayoría de estas no se hablaba de independencia, sino del retorno del rey Fernando VII. Una de ellas, la conjura de Valladolid, en 1809, pedía que la Nueva España fuese gobernada por una Junta; pero, aunque fue descubierta, se les perdonó. Finalmente, España resolvió que, mientras se aclaraba la situación, la Nueva España dependiera directamente de la Junta de Sevilla, pese a lo cual, las exigencias de mayor autogestión criolla seguían avanzando. Una de tantas conspiraciones se descubrió en Querétaro, en la que estaban implicados nada menos que el Regidor mismo, Don Miguel Domínguez y Dña Josefa Ortiz, su esposa. También estaban en ella los generales Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo; pero, sobre todo, el cura de Dolores, D Miguel Hidalgo, quien en ese día no estaba presente, ya que su parroquia celebraba la fiesta patronal de la Virgen de los Dolores.

Miguel Hidalgo

Por su capacidad de liderazgo y por su amistad con el Gral Riaño y con el obispo Abad y Queipo, la conspiración pensó avisarle al cura con urgencia. La leyenda cuenta que Dña. Josefa, la Corregidora, quien había sido encerrada en su cuarto de arriba para no implicarla, supo lo que sucedía, y escribió una carta con su propia sangre, y con el tacón llamó a un criado de confianza y le deslizó la carta con el encargo de llevarla urgentemente al Gral. Allende, con un caballo que hizo la proeza de entregarla muy pronto.

El Cura de Dolores se llamaba Don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor. Nació en la hacienda de Corralejo (Penjamo, Gto), el 8 de mayo 1753. Era criollo, hijo de españoles. Era hombre de mundo: había leído a Moliére (puso en escena una de sus dramas), a Virgilio y a Cicerón; buen bailarín y amante de las tertulias. Hablaba el náhuatl y el purépecha. Fue profesor del Colegio de San Nicolás (el seminario de Valladolid, hoy la “Universidad Nicolaíta”) y desarrollaba una teología libertaria, similar a lo que más tarde se conocería como “Teología de Liberación”

En el momento de la Independencia tendría unos 57 años. Tenía capacidad de liderazgo e inquietudes sociales. Se rumora que había tenido una hija, Manuelita; pero según parece, fue más bien una treta de la muchacha para lograr la pensión que se daba a los héroes fallecidos. Como cura de Dolores, echó a andar obras sociales de apoyo a la economía de los vecinos, tales como cajas de ahorro y cooperativas de producción.

La tarde del día 15 de septiembre, terminado un acto de piedad con motivo de la fiesta, recibió a sus amigos, Miguel Allende y Aldama. Les invitó un chocolate; mientras se paseaba por la sala en silencio. Finalmente, se mandó dar un des usual repique de campana a horas desacostumbradas, y cuando se reunió buen grupo de vecinos, Hidalgo dio su famoso “grito.” La historia popular recompuso las “vivas”, muchas inventadas.

Las que parecen más reales fueron: ¡Viva la religión! ¡Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII!, ¡Viva América!, ¡Muera el mal gobierno! (es probable que no se haya gritado; “Mueran los gachupines”). La muchedumbre lo aclamó, se abrieron las cárceles y se liberó a los prisioneros, los cuales se sumaron a la causa; la gente fue por lo que podía ser utilizado como arma, y se formó una turba desorganizada, ávida de saqueos y de matanzas. Tomaron Acámbaro, Atotonilco y Guadalupe. En Guanajuato, el Gral. Riaño (antiguo amigo de Hidalgo y ahora, su implacable enemigo) se había refugiado en La Alóndiga de Granaditas, donde se guardaba el parque. La leyenda habla de un hombre del pueblo, “el Pipila”, quien, con una antorcha y una losa a la espalda, puso fuego a la puerta. Siguió hacia Valladolid, donde se enfrentó a José María Callejas, exvirrey y ahora su principal enemigo. Los insurgentes llegaron al monte de Las Cruces, no lejos de la ciudad virreinal de México. Hidalgo había decidido tomarla; pero, en ese momento, le entró el temor de no poder controlar a la muchedumbre y la violencia y los saqueos fuesen excesivos, por lo que prefirió dar media vuelta y dirigirse hacia el Norte. Nuevamente se enfrentó a Calleja y el 7 de noviembre de 1810, fue derrotado en Aculco y en Puente Calderón. Intentó huir a Texas; pero el 21 de marzo de 1811, cayó en la trampa que le tendió el traidor Ignacio Elizondo, en Acatita de Baján, donde fue capturado después de casi seis meses de iniciada la revuelta. Fue llevado prisionero a la ciudad de Chihuahua, donde fue juzgado por la Inquisición, la cual, le aplicó la degradación canónica (reducción al estado laical), siendo fusilado el 30 de julio del mismo año.

José María Morelos y Pavón

Era un mulato, arriero, y había sido alumno de Hidalgo. Se ordenó sacerdote y lo nombraron cura de Carácuaro, Mich. Organizó la segunda etapa de la guerra. Se puso a la orden de Hidalgo, quien lo envió a “incendiar el Sur” (Oaxaca). Siempre se consideró como “el Siervo de la Nación”.

Fue mejor militar que Hidalgo; organizó la tropa, convirtiéndola en ejército. Se enfrentó a los realistas en Cuautla, donde después de 72 días de sitio, obtuvo una gran victoria.

Morelos organizó el Congreso de Anáhuac, que fue el primer cuerpo legislativo de la historia mexicana, cuyas sesiones tuvieron lugar en Chilpancingo durante septiembre y noviembre de 1813. El Congreso fue aprobado en Apatzingán, el 22 de octubre de 1814. La conclusión se considera uno de los textos políticos mexicanos más importantes de la historia: «Los Sentimientos de la Nación». 

El día 22 de diciembre del año 1815, el general realista Manuel de la Concha capturó a Morelos en las cercanías de Tehuacán. Fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec, cuando ya se había dictado la sentencia, por parte del virrey de Nueva España y enemigo número uno del cura, Don Félix María Calleja. 

Vicente Guerrero

Desde 1810, Vicente Guerrero se había unido a las tropas de José María Morelos. Cuando murió Morelos, Guerrero continuó luchando en el sur de México. Venció en la batalla de Cerro de Barrabás (1818), pero sufrió una grave derrota en Agua Zarca (1819). Se mantuvo rebelde y fue perseguido por Agustín de Iturbide, quien, al no poder derrotarlo, le ofreció un pacto. El 24 de febrero de 1821 firmaron el «Plan de Iguala», en el cual declararon la independencia mexicana. (abrazo de Acatempan). Iturbide logró atraerse a las diversas tendencias insurgentes, por medio de las tres garantías: “Unión-Religión-Independencia”. De estas, la “unión” era contra los desórdenes y violencia de Hidalgo. Las tropas unidas hicieron su entrada triunfal en la Ciudad de México el 27 de setiembre de 1821.

       Vicente Guerrero apoyó a Iturbide como primer Emperador de México, pero al poco tiempo se rebeló contra él para unirse al general Santa Anna que luchaba por implantar la República. Cuando cayó Iturbide, Guerrero apoyó al primer Presidente de México, Guadalupe Victoria. En abril de 1829, llegó al Gobierno, pero su mandato solo duró ocho meses, ya que el mismo año se le sublevó su vicepresidente Anastasio Bustamante. Durante su breve gobierno abolió la esclavitud del 15 de setiembre de 1829. En enero de 1831, Vicente Guerrero cayó en manos de sus enemigos y fue fusilado el 14 de febrero de 1831, en Cuilapam, Oaxaca.

Consumación de la Independencia

En España se había promulgado la Constitución de Cádiz de 1812, de cuño liberal; aunque reconocía el monopolio religioso de la Iglesia Católica (ya desde Morelos en “Los Sentimientos de la Nación”). Entre 1814 y 1820 se removió y se volvió a promulgar tres veces. El rey Fernando VII regresó a España en 1814 y abolió la Constitución liberal; pero fue presionado y, al recuperar el trono, la firmó en 1820. En ella se reconocía la autonomía del país. Todavía el rey alcanzó a proveer de obispos a algunas diócesis vacantes. En Michoacán gobernó el obispo Abad y Queipo y en la Ciudad de México, el obispo de Oaxaca, Antonio Bergoza. Puso, además, en manos criollas las diócesis de Durango y de Puebla.

Constitución liberal; pero fue presionado y, al recuperar el trono, la firmó en 1820. En ella se reconocía la autonomía del país. Todavía el rey alcanzó a proveer de obispos a algunas diócesis vacantes. En Michoacán gobernó el obispo Abad y Queipo y en la Ciudad de México, el obispo de Oaxaca, Antonio Bergoza. Puso, además, en manos criollas las diócesis de Durango y de Puebla.

La Independencia de México sí se había logrado; pero sobre bases insanas. En aquel “abrazo” final triunfó el oportunismo. Las élites novhispanas apoyaron la independencia, no por convicción, sino para conservar sus intereses, de modo que el nuevo Gobierno fue constituido como régimen imperial, según la ideología conservadora. La Iglesia católica no fue puesta en tela de juicio, de modo que los liberales quedaron con poca fuerza. En Europa, el Imperio Napoleónico se desmoronaba y ante su decadencia, algunas potencias europeas conservadoras abolieron la Constitución de 1812 y lograron restaurar nuevamente la monarquía. En un Congreso en Viena (que duró 10 meses), los reyes de Rusia (ortodoxa), Prusia (luterana) y Austria (católica), formaron la “Santa Alianza”. Se proponían restaurar el Antiguo Régimen monárquico, contra los principios revolucionarios y se repartieron su influencia en varios territorios (España, Italia y Austria).  

La Iglesia durante la Guerra de Independencia

Al consumarse la Independencia, todas las instituciones coloniales quedaron acéfalas, puesto que todas las decisiones las tomaba directamente la Metrópoli. Con Iturbide, la religión católica no fue puesta en tela de juicio (desde Molrelos, en “los Sentimientos de la Nación). El Vaticano no vio con buenos ojos la Independencia, y se publicaron dos encíclicas en su contra: el Papa León XII, la encíclica “Etsi iam diu”,en 1824. Esto hizo declarar al célebre intelectual Luis Espino: “…lance el Vaticano anatemas, expida breves conminatorios, fulmine censuras y alcance hasta nuestra quinta generación el furor del antiguo capitolio. Nuestra independencia es tan justa que razones bien poderosas la convencen”. (Spes in Livo, 1825). Sólo hasta 1836 la reconoció. La principal resistencia estaba en el reconocimiento del Real Patronato colonial, pues no estaba claro si el acuerdo se había concertado con el Rey o con España, pues de esto dependía su vigencia. Los independentistas exigían la continuación del Patronato.