Avándaro. A 50 años

El 11 de septiembre de 2021 fue el 50 Aniversario del magno festival-concierto que tuvo lugar en Avándaro. Los numerosos eventos y publicaciones difundidas con tal motivo, dan cuenta de su importancia, la cual ha crecido en estos cincuenta años. Había una necesidad sentida -al menos, por la generación que lo vivimos- de hacer una conmemoración. En efecto, “con-memorar” (del latín “memorare-cum aliis”= hacer memoria con otros) es algo más que el mero “recordar”: los recuerdos son fragmentados, dispersos, reconstruidos; mientras que la “memoria”, sobre todo cuando es compartida, unifica, interpreta y es fuente de enseñanza para el presente. Así pues, este texto es una aportación para mis contemporáneos -los más jóvenes tenían entonces unos 20 años y hoy son septuagenarios-, para que a distancia comprendamos mejor aquella vivencia inolvidable. Pero, sobre todo, dedico el texto a los jóvenes actuales, que seguramente escucharon algo al respecto; pero que no le prestaron mayor atención.

I ANTECEDENTES.

      Los sociólogos concuerdan en que en los años 60’s, la juventud irrumpió como “sujeto histórico”. Antes de aquellos años, los jóvenes eran simple prolongación de las generaciones precedentes y repetían el libreto de sus antecesores. Pero en estos años se dio una ruptura generacional de ideas y de valores. El sector de mayor ruptura lo hizo mediante dos reivindicaciones diferentes, la primera, político-económica, y la segunda, cultural (o mejor, “contracultural”).

  1. Las dos protestas.
  2. La protesta política, en Latinoamérica, se dio en el contexto de fines de la “guerra fría”, con su anticomunismo prejuicioso. Se despertaba la conciencia de los abusos y del intervencionismo de los Estados Unidos, y se expresaba como rechazo al “antiimperialismo yankee” (en el viaje realizado por el presidente Nixon por Sudamérica, estando en Panamá, le volcaron su coche). Para tranquilizar los ánimos, Norteamérica propuso una fórmula congraciadora, el “Desarrollismo”. Pensado desde el evolucionismo sociológico lineal, la palabra suponía que todos los países, necesariamente, deben pasar por determinadas etapas económicas: pobreza- subdesarrollo – etapa de “despegue” y, finalmente, el desarrollo. El presidente John F. Kennedy, el 13 de marzo de 1961 propuso la “Alianza para el Progreso”, un programa generoso, de $20,000 mdd de ayudas sociales y políticas para diez años. Sin embargo, un grupo de sociólogos latinoamericanos de muy buen nivel, impulsados por la CEPAL de Raúl Prebisch (Anibal Quijano, Enzo FalettoTheotonio Dos SantosAndré Gunder FrankRuy Mauro MariniCelso Furtado, etc.), evidenciaron el sofisma de dicha propuesta. Para Latinoamérica era imposible salir del subdesarrollo, puesto que las relaciones con Estados Unidos eran de dependencia (apropiación de los recursos naturales, comercio desigual, etc.). DE modo que por cada dólar que entraba al subcontinente como “ayuda”, salían $13 dls como ganancias de sus trasnacionales. Cuba estaba demostrando que era posible implementar una forma de socialismo en el patio trasero del Imperio mismo, y el Che Guevara difundía por los países del sur del Continente los Movimientos de Liberación Nacional, sobre todo, en los medios universitarios.
  3. En México, el modelo económico implementado después de la Revolución Mexicana -el “desarrollo estabilizador” (crecimiento sin inflación y sin endeudamiento)-, fue exitoso, y entre sus logros estaba la formación de una numerosa clase media, protegida y cuidada (profesionistas, burócratas, maestros). Pero a principios de los años 60’s, dicho modelo se estaba agotando. Esto se agravó con la revolución tecnológica de los electrodomésticos (refrigeradores, estufas de gas, lavadoras, licuadoras, etc.), que juntamente con las compras a crédito (Sears Roebuck), fomentaban el consumismo entre las clases medias, al mismo tiempo en que estas experimentaban la disminución de su poder adquisitivo, lo cual se traducía en frustración, especialmente entre los jóvenes. El Partido en el poder perdía legitimación y consenso, por lo que la represión quedaba como la única alternativa. Esto ya se había visto en el régimen de Adolfo López Mateos, con la contención de los movimientos ferrocarrileros, magisterial y médicos; pero creció más con Gustavo Díaz Ordaz. El descontento clasemediero del medio universitario se desencadenó por un motivo baladí -un pleito callejero entre porristas de escuelas de nivel medio superior (IPN Y UNAM)-, reprimido con violencia excesiva, lo que ocasionó que las partes contendientes se uniesen contra de los granaderos, y el movimiento fue creciendo y extendiéndose entre universitarios de varios Estados, con la participación de maestros y de algunos sectores de la población, sofocado bárbaramente con la masacre en Tlaltelolco, el 2 de octubre de 1968, y su réplica con el “halconazo” del 10 de junio de 1971.
  • La contracultura fue otra forma de protesta, paralela a la protesta política. La conciencia racista norteamericana había sido sacudida por la exitosa lucha por los derechos civiles de la población negra; pero sufrió un duro golpe con el asesinato del líder pacifista. La frustración mostraba que la “No-Violencia-Activa” había fracasado, por lo que sólo quedaba la vía violenta. Los “Black Panters” negros incendiaban y robaban tiendas; pero esa inconformidad contra el “Stablishment” (en México se le llamaba “El Sistema”) también se daba entre los jóvenes blancos, obligados a reclutarse para la absurda Guerra contra Vietnam. Era difícil aceptar que la Seguridad Nacional de Estados Unidos fuese amenazada por aquel pequeño y pobre país asiático; pero allá. A los jóvenes norteamericanos se les obligaba a morir y a matar. El boxeador Clasius Clay quemó su cartilla militar y la movilización por los derechos humanos prendió entre los jóvenes blancos, pacifistas que se oponían a la Guerra de Vietnam. Donde se manifestó mejor esta expresión fue en la música de “protesta”, popularizándose pronto las canciones “country” de Bob Dylan, Jean Baez y de “Peter, Paul & Mary”. La música de los negros ya valorada en muchos sectores, era hasta entonces la música de los esclavos de los campos algodoneros, que cantaban su sufrimiento (el blues, el soul, el Gospel, Spiritual, jazz); pero ahora se reemplazaba por el ritmo más violento del rock, salido de las rockolas de los guetos negros. Elvis Presley lo entregó a la juventud blanca, y entonces, chicas y chicos se deslindaron de la música de Frank Sinatra y aprendieron a bailar moviendo su pelvis como el cantante, no sin escándalo de sus padres, inconformes con esos contoneos “indecentes”.

Una década atrás, la postguerra había dejado su huella entre en algunos jóvenes que tenían los nervios a flor de piel: era la “beat generation”, ansiosa de una vida intensa. Muchachos que cruzaban su país, de costa a costa, en coches destartalados, para leer sus poemas a los amigos. Escribían una literatura cínica y agresiva, tenían libremente sexo y consumían las drogas más fuertes: Ginsbourg lanzó su “Aullido” (“he visto las mentes más lúcidas de mi generación perdidas en la locura”, Jacques Kerouak hablaba de los “subterráneos”, y narraba lo que sucedía “En el Camino” (“debemos viajar pronto,  sin parar” -¿Pero a dónde vamos? -No importa dónde; pero debemos viajar”); William Bourrough describía espantosos testimonios de situaciones de excesos de droga, aprovechando el “interreino” (lagunas donde se permitían estas drogas).

En Europa, la postguerra provocó un trauma en la población. En Alemania, país perdedor, la desilusión pasó a la filosofía como “decadencia de Occidente”: Spengler constaba que la decadencia era el término normal en todas las civilizaciones, y Heidegger la hacía consistir en el olvido del “ser”, cayendo entonces en la pluralidad de los entes, que en la modernidad se manifestaban en la razón lógica, la ciencia y la técnica. Esto mismo propiciaba a mirar hacia Oriente, abierto a la consciencia trascendental, la inteligencia libre, como la llamó Aldous Huxley. La guerra despertó la conciencia de la fragilidad de la existencia. La fenomenología de la enajenación existencial -ya planteada por Heidegger- se plasmaba en las novelas filosóficas de Paul Sartre o Albert Camús, y luego bajó a las cavas parisinas de Saint Germain de Press, por una bohemia filosófica, de pelo largo y fumadora de opio. Poco antes, los “poetas malditos” -Rambeau, Verlain, Boudelaire- también las frecuentaban, bebiendo su “Absynta”, elixir azulado embriagador. La influencia de la “Beat Generation” americana llegó a Europa cuando Rusia lanzaba su primer satélite, Sputnik, de modo que se volvieron “Beatniks”. Se trataba de jóvenes pensantes, vagabundos, también de pelo largo, que viajaban en “aventones”, recorriendo núcleos formados en lugares simbólicos de diversos país –“Trafalgare Square” en Londres, “Trinitá dei Monti” en Roma, “Pont Neuf” en Paris, etc.

Por aquel entonces, Herbert Marcuse (“Eros y Civilización”) se oponía a la tesis freudiana del libro “Malestar en la Cultura”, según la cual, para hacer posible la Civilización, se requería fuerte dosis de represión sexual; pero Marcuse replicaba que ahora la civilización había alcanzado un nivel tal, que hacía ya innecesaria la represión y el sentido del deber, por lo que -opinaba- había que permitir mayor libertad sexual, dejando definitivamente atrás la era Victoriana.

Finalmente, aparecieron los “hippies”, denominación dada por los “hípsters” de la generación “beat” (el golpe de la batería, recogido por los Beatles), de connotación paternalista y despectiva hacia esos pequeños de clase media, hijos de papá y mamá, que se conformaban con fumar su mariguana. El movimiento cobró fuerza con el auge de los sicotrópicos y la sicodelia en el arte, posters, música de rock electrónico altamente tecnologizado. El contacto con los teósofos “Rosacruces” -grado 17, a la mitad de la gradación masónica-, que, según la astrología, iniciaba una nueva Era zodiacal,[1] Acuario, caracterizada por un sentimiento de unidad universal, la Paz y el Amor, cese de guerras, compenetración con la naturaleza, goce de la libertad y despertar de la conciencia tracendental (que podría lograrse con las drogas sicoactivas). Timothee Leary, sicólogo intelectual gurú del movimiento, lanzó sus tres consignas: “dropp-out” (“desafánate” salte del Sistema), “tune in” (sintonízate, conéctate con algunos amigos afines), “move-on” (muévete, ve a los núcleos importantes); alirse de la casa, juntarse con otros hippies y trasladarse a sedes emblemáticas: San Francisco, Cal., o el Greenwich Village, en Nueva York: grandes concentraciones.

  • En México, en la década de los 50’s, la “guerra fría” surgida en la postguerra, con su temor visceral al anticomunismo, ya estaba menguando, y más bien se trasformaba en cierto antiimperialismo, pues ya se sabía mejor del intervencionismo del país del Norte. En lo cultural, se estaba rechazando aquel moralismo, rígido de los tiempos de Adolfo Ruiz Cortínez y en cambio, se veía con esperanza las revueltas que pronosticaban un cambio de modo productivo de tipo socialista. También se resentía el ambiente represivo de los últimos gobiernos priistas y había afinidad con la contracultura que venía del Norte. Inicialmente fue mero mimetismo; pero pronto adquiriría una autonomía propia.
  • LOS “XIPITECAS”

En los 60’s, la juventud contestataria (excluyendo a un amplio sector de jóvenes tradicionales) se dividió en las formas de protesta mencionadas al inicio –la revolucionaria y la ondera–, ambas corrientes, por supuesto, con interconexiones.[2] Los “revolucionarios” políticos acusaban a los “onderos” de mero mimetismo de los gringos, con funciones enajenantes. No vieron que también la Onda tenía un potencial importante de protesta. Los símbolos podrían ser los mismos; pero estaban siendo reapropiados:

  • El “slang” gabacho tenía su correspondiente en nuestro “caliche”, pues el lenguaje, al decir de Parménides García Saldaña, era a la vez escudo y puñal. Para ocultar lo referente a la droga, ilícita y perseguida, se utilizaban -como los albures- palabras comunes que tenían otro significado: “pito”, yoing, “churro”, “arroz”, “hornazo”, “bacha”, “forjar”, “tira”, etc.
  • El “dropp-out” (salirse de la casa paterna, siendo aún menores), que en Estados Unidos solía ser relativamente frecuente, e incluso, la familia le daba al hijo o hija algún dinerillo para ayudarlo a establecerse; aquí, en cambio, significaba dejar la cálida familia mexicana: protectora, paternalista, controladora. Salían prácticamente expulsados de la casa, pues para conseguir droga, sustraían algún objeto y además, daban malos ejemplos a los hermanos. Quedaban, por tanto, totalmente desvalidos y, para sobrevivir, tenían que hacinarse en buhardillas, con otros jóvenes en condiciones similares. Haciendo de la pauperización, poesía, si no había dinero para carne, se volvían vegetarianos; si vivían hacinados, hablaban románticamente de la vida en las “comunas”; si no tenían dinero para vestirse, se confeccionaban ellos mismos su ropa y cuestionaban el consumismo burgués de sus familias… Las drogas sicoactivas que allá circulaban, era fundamentalmente el LSD y si para conseguir la mariguana los “beats” gabachos se acercaron a los guetos negros, y descubrieron su cultura vital y fogosa, aquí en México, nuestros jipis prefirieron los alucinógenos naturales – hongos y peyote- y para conseguirlos, tuvieron que irse al desierto o a la sierra y convivir con el México Profundo, las poblaciones huicholes y mazatecas. De allí también trajeron huipiles, jorongos, morrales y huaraches, razón por la cual los denominé “xipitecas”.
  • Mi “tune-in”

En 1967, yo estaba en Roma terminando mi tesis sobre el filósofo existencialista Martín Heidegger. Durante las vacaciones, solían permitirnos ir a países europeos cercanos para practicar lenguas extranjeras. Yo sabía que no me sería fácil regresar a Europa y de ella, sólo conocía el seminario, de modo que viajaba en “aventones” (autostop), desviándome un poco de mi destino. Dormía en los albergues de la juventud y pude convivir con los “beatniks”, expertos vagabundos. A mi regreso a México me enviaron a dar clases en nuestro seminario, situado en una exhacienda a las faldas del Volcán de Toluca, donde no escuchábamos radio, ni nos llegaba la prensa, y el teléfono sólo se usaba para emergencias, de modo que prácticamente desconocía lo del movimiento estudiantil. Un amigo de la infancia, que ahora pertenecía a un Comité de Huelga, me visitó y me pidió imprimir un volante en el mimeógrafo de manivela del Seminario… y también me mostró el primer carrujo de mota. Meses después, se cerró el seminario y me enviaron al D.F. (se iba a abrir un seminario interreligioso) y me enviaron a la Colonia del Valle, una parroquia conservadora. No me agradó, y ante de llegar le telefoneé a mi hermano, quien me había hablado de la nueva cultura de la Zona Rosa, y me consoló diciendo que en la ciudad encontraría cosas de interés: “precisamente hoy en la tarde va a haber un happening”, y me dio la dirección. Llegué a mi nueva comunidad, mis compañeros me recibieron bien y me encargaron de los jóvenes: “precisamente –me dijeron– hoy un grupo de jipis que dirige un padre va a dar una funcioncita en el dispensario parroquial, y queremos que vayas”. Ya me imaginaba con que jipís me iba a encontrar, yo, que regresaba de Europa, viajando con los beatnicks. Y para mi sorpresa, al preguntar dónde estaba de auditorio parroquial me dieron la misma dirección del happening. Con asombro, asistí a un performance sobre la vida hippie y, como sabría después, era organizado por el grupo más característico de la ciudad: “El Quinqué”, de la “Esquina Mágica”, con participación del grupo musical “La Semilla del Amor”.

De modo que el día mismo de mi llegada me había conectado con ellos. Algunos vivían en cuartuchos para la servidumbre en las azoteas de edificios vecinos, de modo que yo, después de mis tareas ministeriales, iba a visitarlos: En la penumbra de alguna vela, leían sus textos espirituales. Una frase escrita en la pared: “El silencio es la entrada a la paz del alma” con algún dibujo sicodélico. Yo no daba crédito. Ellos me visitaban en el templo, curiosos del significado de algunos símbolos litúrgicos. -“¡Préstanos tu túnica!”– me pedían en referencia a mi sotana y también mi crucifijo al pecho, Recordaba en Roma, cuando los jóvenes sacerdotes secularizados (el Papa Juan XXIII había dicho al Concilio: “Abramos las ventanas para que entre el aire fresco de la modernidad”) y el Papa Paulo VI nos había permitido que en la calle no usáramos la sotana, sino el traje azul marino con el cuellecillo (“clergeman”), y ahora, estos jóvenes que consideraba vanguardias, resultaban neo sacralizados. Acudían a la Gran Fraternidad Universal, dedicada al gurú Serge Reynauld de La Ferriére, donde aprendían astrología y meditación Zen; eran ecologistas, pacifistas y vegetarianos y una espiritualidad orientalista, ahora conocida como “New Age” (la Era Acuario), que creen en la reencarnación y el “karma” (la nueva Era Acuario). Su libro de cabecera era el libro “Evangelio Espiritual de Jesús el Cristo, escrito por un teósofo esoterista del siglo XVIII Eliphas Levi, que afirmaba que Jesús había estado en la India, y de allá había traído su espiritualidad, y se interesaban por mis comentarios que, gustoso, les hacía.

  • Avándaro

Fue con algunos de estos xipitecas que fui a Avándaro. Llegamos unos tres días antes del festival, disfrutando de la bella naturaleza de aquel valle, sin faltar, como en Huautla, tuvimos nuestro baño, desnudos, en el río. En la tarima para el concierto, algunos grupos rockeros espontáneos nos iban adentrando en este ritmo. Incluso, se representó la rock-ópera “Tommy”, de “The Who”, estrenada en 1960, con interesantes técnicas de composición; por cierto, el actor principal, Héctor, era alumno mío en la Preparatoria Popular de Liverpool. Construimos hasta atrás del valle, con ramas, unas chocitas y pusimos hamacas para ver cómodamente el concierto. Ese día, desde temprano, comenzaron a llegar muchachos de las colonias populares (la Guerrero, Tepito, Ixtapalapa). En la CDMX había  un triángulo rockero, rodeado de una mayoría de colonias con música tropical -los “tíbirtis-tábaras”, con cumbias y cabriolas como las del “California Dancing Club”-. Los recientes grupos de rock mexicanos, que ya empezaban a componer en español, hacían muy buena música, pese a no tener la tecnología de muchos grupos norteamericanos; pero topaban con el boicot de las radiodifusoras y casas disqueras de rock. Los únicos espacios que disponían eran los “hoyos funkies”, como los llamó Parménides García Saldaña: locales relativamente pequeños, sin mobiliario ni ventanas y de repente te llegaba algún “hornazo”. En ellos se aglomeraba la chaviza, pues la entrada era barata. De modo que estos grupos eran bastante conocidos en ese medio; aunque las clases medias preferían el sofisticado rock sicodélico “gabacho”. De modo que seguían llegando, más y más. Algunos calculan que asistieron cerca de 300,000. Nadie se imaginaba esto. El festival había sido planeado para la usual carrera de coches de los juniors en aquel selecto valle; pero ese año, sería amenizado con algunos grupos de rock mexicanos, pues Armando Molina, su manager, era uno de los organizadores, por lo que el concierto se llamó “Rock y Ruedas”. Ante la inesperada concurrencia se optó por no cobrar boletaje y se tuvieron que improvisar ajustes a la infraestructura.

II HERMENÉUTICA DEL FESTIVAL

En esta segunda parte intentaré algunas interpretaciones personales sobre este evento

  1. Un “Signo de los tiempos”
  2. Uno de los aportes más sugerentes del Concilio Vaticano II fue el concepto de “los signos de los tiempos”, expresión basada en un pasaje del Evangelio de San Lucas (12, 54-56): “Cuando ven levantarse una nube en Oriente, en seguida dicen que lloverá y así sucede. Cuando sopla el viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo ¿cómo entonces no saben interpretar el momento presente?” Partiendo del supuesto de que el Espíritu Santo interviene en la historia en favor del “Reino de Dios” (la utopía de Jesús), y que su actuación se manifiesta a través de algunos signos (algunos eventos, fenómenos sociales, el sentido de una época, etc.), por lo que descifrándolos con cuidado, sería posible ver hacia dónde se dirige la historia. Este discernimiento es importante, pues también está actuando en la historia el Anticristo, es decir, las fuerzas que se oponen a la utopía de Jesús. Desde mi acompañamiento a los “xipitecas” -y ahora en este festival-, pensaba que la “Onda” podría ser uno de esos “signos de los tiempos”. ¿Con qué ojos miraría Dios a Avándaro? Imagino que con ojos benevolentes miraría a tantos jóvenes, empobrecidos o perseguidos, que en contacto con la naturaleza y la música, buscaban el necesario goce y placer que les era negado en aquel tiempo.
  • Ciértamente que Dios no vería al Festival con los ojos de la prensa “chayotera”. A las 3 de la mañana, cuando tocaba “Three Souls in my Mind”, buscaba a mis amigos de quienes me había separado, cuando pasó un coche ofreciendo un lugar para ir a México, y gracias a ello, pude regresar a mi casa temprano. Después de un sueñito, le hablé a Manuel Acévez, director de Piedra Rodante, para hablarle del festival, quien me dijo: –“Maestro: ¡Vente de volada, para comentar! Pero antes, escribe pronto tus impresiones del Concierto”-.  Por más que le objeté mi cansancio, me insistió, pues al día siguiente quería sacar una primicia. Se lo llevé, y después vi la prensa: un escándalo asqueroso (sexo, droga, “degenere”), quizás por consigna (se hablaba de cierta rivalidad entre el presidente Echeverría y el Gobernador del Estado de México, Carlos Hank González). No salió Piedra Rodante, ni ese día, ni en días sucesivos, sino hasta mediados de octubre, cuando el escándalo ya había amainado. Entonces, en medio de tanta vociferación insultante, salió mi artículo: “Dios quiso que lloviera para unirnos más.”
  • Es probable que Dios tampoco viera el festival con los ojos de la izquierda sesentayochera. Para este sector, el jipismo mexicano era “un epifenómeno evasivo y efímero de la burguesía; mero mimetismo que propiciaba la enajenación imperialista para neutralizar la toma de conciencia revolucionaria.” Es verdad que Marx casi no tematizó la cultura. La veía simplemente como la ideología que llegaría de forma fatal después de la toma revolucionaria del poder proletario. Mao Tse Tung ya había discrepado de Stalin al respecto, pues estaba adelantando su Revolución Cultural; pero, sobre todo, el intelectual marxista Antonio Gramsci, desde la cárcel de Mussolini reflexionaba sobre el ¿por qué del fracaso de la Revolución socialista en Occidente?, y revisando la forma cómo la burguesía había accedido al poder, a partir del feudalismo, notó que, salvo el caso francés de la toma de la Bastilla, en todas partes no utilizó la vía armada, sino la “revolución pasiva” (“revolución sin revolución; pero finalmente, revolución”). En situaciones en que el grupo hegemónico es muy poderoso y la vía armada está bloqueada, se puede avanzar -en adelantos y retrocesos, en componendas y negociaciones- por la vía de la contracultura. Si el grupo hegemónico ejerce su poder por dominación y dirigencia (coerción y consenso), es posible quitarle la dirigencia y dejarle a ese grupo sólo la dominación, lo cual ya sería signo de debilitamiento. De modo que existe una lucha en el terreno de la conciencia y la cultura, que es ya política. En nuestro caso, la legitimación de la libertad y del placer, en situación de represión y control, podía deslegitimar al Gobierno, y de este modo, debilitarlo.
  • La difusión de la droga, hasta cierto punto, pudo ser lo que diera pie a la crítica. Pero, partiendo del supuesto de que toda droga tiene efectos nocivos para la salud (incluyendo también las drogas legales, como el tabaco, el alcohol y los somníferos), la clasificación entre drogas legales e ilegales no depende tanto del grado de peligro que sus efectos impliquen, sino de cuestiones económicas y políticas. La mariguana fue proscrita a partir de aquellas campañas “desfanatisadoras y antialcohólicas” de fundamentalistas evangélicos, en tiempos del prohibicionismo y Alcapone y sus gangsters, cuando se bebía alcohol en tasas de café. Fiorello La Guardia, alcalde de Nueva York, realizó entonces una exhaustiva investigación y concluyó que la mariguana era menos peligrosa que el alcohol. La persecución legal no parece que fuera la medida adecuada. Fui testigo de algunos jóvenes amigos que estuvieron encarcelados por habérseles encontrado un guato de mota que habían traído de Oaxaca para vendérselas a sus cuates, y allí, en prisión, se topaban con los verdaderos traficantes, que trataron de cooptarlos para sus actividades. Dos meses después de Avándaro escribí en Piedra Rodante un artículo sobre droga y represión, propugnando, ya entonces, su despenalización, y tratarla, en cambio, como un problema de salud pública (como era el tabaco), difundiendo información confiable, no amarillista. En todo caso, se precisa un deslinde las nuevas drogas “heroicas”, como ahora el “cristal”, que ocasionan daños graves irreversibles, de drogas relativamente benignas, lo que no quiere decir inocuas. He sido testigo de varios amigos cuya adicción a la mota les ocasionó graves trastornos de su personalidad y abulía con disminución de su voluntad. No viene mal recordar el consejo del Papa Pablo VI: las drogas y el alcohol “ponen en peligro la debilísima sensibilidad ante el misterioso influjo interior del Espíritu Santo a la que están destinados los Carismas, los Dones y los Frutos de la Gracia.
  • Mi mirada personal respecto al festival fue la mirada de un cura que, a la vez, es especialista en Antropología de la Religión. Avándaro para mí fue, ante todo, un festival, cercano a la Fiesta patronal de nuestros pueblos. A diferencia de las fiestas sajonas, como la de Woodstock, donde las multitudes se componen de pequeños grupos de dos a cuatro personas, sin comunicación con los demás[3], nuestras fiestas mexicanas unifican a toda la colectividad local (el Santo Patrono funge como un “totem” de clan; es el emblema del poblado, en cuya fiesta, la comunidad se celebra ella a sí misma). Más que un mero “concierto”, el evento tuvo cierta sacralidad: la penosa peregrinación al lugar sagrado, el sacrificio expiatorio (¿introyección de cierto sentimiento de culpabilidad?). Lo inesperado de la asistencia masiva implicó precariedad (falta de alimento, de agua, de sanitarios; la intensa lluvia de toda la noche, el agotamiento de estar 50 horas de pie, etc.). En situaciones como esta, el desabasto, normalmente, propicia el egoísmo individualista (“esto que traje es mío; que cada cual se rasque con sus propias uñas, y el que tenga más saliva, que trague más pinole”). Pero en Avándaro parecía haber un pacto implícito por el que todo mundo estaba dispuesto a que todos la pasáramos lo mejor posible: se compartía el escaso alimento, el “toque”, el agua… Flotaba en el ambiente el espíritu de la comunidad ritual de un santuraio, la fraternidad universal propia de la utopía acuariana de los xipitecas: “Paz y Amor”, comunalidad, convivencia por encima de las razas -Piedra Rodante publicó la foto de un muchacho proletario, de tórax desnudo, moreno y de pelo largo suelto, montado a caballo, como indio apache. La mayoría llegada de ambientes de barriada, eran descendientes del “México Profundo”, por lo que los xipitecas, admiradores de pueblos originarios, los recibieron bien. Se superaban también las clases sociales. La prensa chayotera no envió reporteros con conocimiento de sicología social o de sociología. No se dio cuenta del prodigio que representaba una multitud de 300,000 jóvenes, sin alimento, empapados y consumidores de droga, conviviendo felices 50 horas. El reporte de seguridad del Festival fue “saldo blanco” (dicen que dos muchachos se ahogaron al regreso, en el lago de Valle de Bravo). Esto sería algo impensable, si en lugar de mota hubiera circulado el alcohol. Cualquier connato de riña era controlado por los muchachos cercanos.

Era un ambiente de libertad total, acotada solamente por el respeto a la libertad de los demás. Paseando la mirada, uno podía ver, allá, un grupo que danzaba exorcizando la lluvia; acá, una pareja acariciándose; acullá, algunos desnudos (además de la célebre “encueratriz de Avándaro”, que atrajo los reflectores) que más que provocar, expresaban una catarsis general. Este momento libertario fue, lamentablemente, efímero y catártico; un paréntesis en el ambiente represivo que entonces padecían los jóvenes. Ya mencioné que apenas 90 días atrás había tenido lugar el “halconazo” del Jueves de Corpus, y tres años atrás, la masacre de Tlaltelolco 68. Y fue así que antes de que terminara el Concierto, cuando el grupo musical “Peace and Love” tocaba su rola “We got the power”, alentando al público a corear este estribillo -primero en inglés y luego en español- y cuando cientos de miles de jóvenes reunidos en total libertad, en un lejano valle, alardeaban “tenemos el poder”… un telefonema de Gobernación dio la orden a Radio Educación de suspender de inmediato la transmisión radial. Así que Avándaro marcó, a la vez, el punto culminante ondero, y al mismo tiempo, el inicio de su debacle: la represión total al rock mexicano, a la droga y a todo lo relacionado con la Onda. “The dream is over”

  • ¿Qué nos dejó Avándaro?

Aparte de la incuestionable consagración del rock mexicano -que conquistó carta de ciudadanía a pesar del boicot y la persecución-, ¿qué memorial legó este Festival, de utilidad para nuestro tiempo? Creo que lo más valioso fue el sueño xipiteca, la Utopía Acuariana, que flotaba en el trasfondo. Esta afirmación seguramente provocará en muchos jóvenes una sonrisa burlona. En efecto, cuando miramos al futuro, más que vaticinar una “utopía”, vislumbramos una verdadera “distopía”: el calentamiento global, el agotamiento de los recursos naturales (petróleo, agua potable, aire puro), el cercano cambio de dieta: abstenernos de la “fast food” y del consumo de carne,[4] la increíble desigualdad en la distribución de la riqueza; mientras existen 2,200 millones de personas en situación de pobreza. [5] Estamos bajo control total: los celulares y los televisores tienen micrófono incluido, los localizadores saben con quienes nos relacionamos, las tarjetas de crédito, etc. Nos vigilan drones capaces de ver la hora del reloj de un hombre en la playa y pueden lanzar una bomba “inteligente”, dirigida a determinado número de algún móvil. Los “bots” en las redes sociales y en los media controlados, propagan fake news con la visión de la realidad que ellos condicionan, al punto de hablarse de la “postverdad”, pues ya no importa lo que sucede, sino el efecto al ser consumidas esas noticias, etc, etc. Estamos ante un futuro que supera a los grandes novelistas “distópicos” (Ray Bradbury y su “Farenheit 451; Aldous Huxley y su “Mundo Feliz”; George Orwell y su “1984”). Algunos piensan que se avecina una crisis que pondría en riesgo la supervivencia misma de la especie. Y ante esa mortandad, quizás la vida humana sólo podrá subsistir en pequeñas “comunas” -como “arcas de Noé”- donde se viva un estilo de vida sencillo: sembrando las propias verduras, trabajando la tierra, aprovechando el agua de lluvia, consumiendo sólo lo necesario y con bastante tiempo de ocio (quizás conectados con otras comunas). Esto ya lo habían previsto algunos intelectuales visionarios, como Iván Illich y su propuesta de “convivialidad”. Entonces podremos aprender mucho de los pueblos originarios, con su cultura tradicional vigorosa de respeto a la Naturaleza; y, quizás, nos resultará útil recordar el sueño xipiteca, a la Utopía Acuariana. Ciertamente, esto no nos vendrá del cielo (la influencia de las estrellas y de las constelaciones zodiacales no llega a tanto), sino que habremos de construirlo entre todos, adelantándonos ya, lo antes posible. Quizás sea sólo un sueño, una utopía; pero sin sueños y ni utopías no podemos proyectar un futuro posible.


[1] Según la astrología, los signos del zodiaco forman un ciclo, permitiendo qu,e más o menos cada mes, una constelación domine el punto visual dominante del círculo, en cuyo centro está un signo aparentemente fijo; pero que, en realidad, gira también en dentro de otro ciclo más amplio, cuya posición cambia aproximadamente cada 2,000 años., en sentido inverso a ciclo zodiacal anual. Así se distinguen las “eras” cósmicas, en cada una de ellas hay un personaje mesiánico. Justamente en este tiempo, la constelación dominante había sido Piscis, la Era del Pez, símbolo de Jesucristo, de modo semejante a cuando, 2,000 años atrás había cambiado Aries, el Cordero (Abraham). Ahora, casi empezando el nuevo mileno, estaba entrando la Era de Acuario, con un mesías colectivo (los hippies) y la nueva era (“new Age)..

[2] Yo estaba dando clases, de forma gratuita, en la Preparatoria Popular de Liverpool, donde el director conseguía un tambo de chapopote para que los alumnos hicieran sus pintas en las marchas. En el mismo lugar, en la casa de junto, había una casa  de grabación de discos de Rock, llamada ATOM, cuya propaganda era una calcomanía transparente para ponerla en el parabrisas del coche, la cual podía leerse de dentro hacia afuera o de afuera hacia dentro, ¡con significados distintos ¡¡¡.

[3] Woodstock estuvo muy bien organizado. A él asistieron muchachos de la clase media norteamericana, alrededor de 30 años. El boleto incluía un espacio para dos “sleeping-bags” y traían dinero en el bolsillo para comprar las chucherías indias de los campamentos de atrás

[4] Los infames encierros de las empresas ganaderas, donde el ganado se halla hacinado entre excremento y lodo, siendo inyectado con antibióticos para engordarlos, que luego pasaran al cuerpo humano para afrontar bacterias cada vez más agresivas.

[5] El 1% de la población mundial (7.5 millones de personas) acumulan el 99% de la riqueza mundial, y de entre ellos, 62 empresarios poseen tanta riqueza como la mitad pobre de la población mundial (en México, 4 empresarios poseen el 9% del PIB)

8. LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO

El nacionalismo criollo

En las postrimerías del siglo XVIII, como vimos, en la Nueva España la población se agrupaba según el régimen de castas (mezclas raciales). Las dos razas primordiales se encontraron -por la guerra y por el amor- en el mismo territorio: la raza española y la “india”. La primera distinción se dio entre los españoles nacidos en España (“peninsulares” o “gachupines”), y los españoles nacidos en estas tierras (los “criollos”). Estos últimos, habían realizado la conquista, echaron a andar las primeras empresas (obrajes, minería, ingenio), se habían enriquecido -utilizando mano de obra casi gratuita-, se habían arraigado en el territorio y lo amaban ya como propio. Se sentían ser parte de un nuevo país, con recursos suficientes para una autonomía. La política administrativa de los borbones sacaba numerosos recursos para sostener costosas inútiles guerras o para decorar suntuosamente templos y edificios. La abundancia de oro y plata de América colonial fue tal, que provocó una devaluación mundial. Estos metales, extraídos de las colonias de todo el mundo en el siglo XVI, fue de tal magnitud, que constituyó el capital originario que necesitaba la industria capitalista europea para echar a andar la industria.

 A los criollos les exasperaba que la Metrópoli tuviera preferencia por los peninsulares -los españoles recién llegados de la Península-, quienes desconocían la realidad novhispana, por lo que aquellos se sentían con más derecho. Les molestaba que todos los principales cargos -tanto civiles como eclesiásticos- los tuvieran los peninsulares; mientras que ellos tenían que contentarse con cargos subordinados. España recelaba de los criollos, pues entre ellos surgían tentaciones autonomistas; se sentían discriminados y humillados.

La confrontación no era sólo cuestión política, sino que existía una discriminación cultural. Los europeos en general despreciaban a la España católica, y estigmatizaron al Continente, con actitudes de desprecio por el territorio, por su fauna, su flora y sus habitantes. Intelectuales, incluso de elevada talla, participaron de estos estereotipos. Buffon, por ejemplo, criticaba la fauna del Nuevo Mundo: los avestruces, que como es sabido, sus patas tienen sólo dos dedos, aquí son enanos y tienen cuatro dedos (los “guajolotes”). Su desprecio llegaba a los habitantes del Nuevo Mundo: Hegel decía que los indios eran tan indolentes, que los misioneros tenían que tocar la campana para recordarles a los esposos sus deberes maritales (!). Ese desprecio alcanzaba también a los criollos. Pensaban que el clima tropical los hacía también sensuales y apáticos. Otro factor a tomar en cuenta es que a América llegaban los hijos “segundones” (los “primogénitos”, quienes recibían en herencia el mayorazgo y el encargo de cuidar de las necesidades de sus hermanos), eran quienes solían quedarse en España. Se les hacía menos, por lo que querían demostrar que eran tan refinados como a quienes se quedaban en la Península, de ahí el barroquismo de Sor Juana Inés de la Cruz o de D Luis de Góngora. A todo esto, se sumaba cierto resentimiento católico ante la expulsión de los jesuitas, cuya expulsión perjudicó la educación y las misiones. Entre los jesuitas expulsados del Reino español, estaban dos criollos intelectuales -Alegre y Clavijero- quienes desde el exilio reivindicaron y dignificaron estas tierras.

Oriundos de este suelo, los criollos, trataban ya de conseguir cierta autonomía respecto a la Metrópoli, y aspiraban a constituir un nuevo país soberano. Para ello, necesitaban una identidad nacional, acorde con la gestación de los nacionalismos en Europa. Para ello, se volvieron hacia la población nativa -los “indios”-; aunque se trataba de “indios muertos” -los héroes (Cuauhtemoc, Moctezuma, Tezozomoc), de quienes con orgullo se sentían descender culturalmente -. Parta esto, los elevaban al rango de clásicos. Pero más que esto, encontraron su signo de identidad en un elemento sobrenatural, con el que obtenían una elección cuasidivina: la Virgen de Guadalupe. Desde entonces, podemos ver en la puerta misma que da acceso al atrio de la Basílica de Guadalupe, la inscripción con palabras del salmo 147, 20: “Non fecit taliter omni nationi” (“no hizo cosa igual con ninguna otra nación”)

Fray Servando Teresa de Mier

Un claro ejemplo de este ambiente lo tenemos en un sermón. El predicador fue un criollo dominico, Fray José Servando Teresa de Mier y Noriega y Guerra OP. Nació en Monterrey N.L. el 18 de octubre de 1765 y falleció en diciembre de 1827. Era conservador, del viejo régimen. Había hecho una oración fúnebre por Hernán Cortez y había predicado contra la decapitación del rey Luis XIV, de Francia; pero ya que era joven, inquieto y algo vanidoso, el Ayuntamiento de la Ciudad de México -integrado por criollos-, le pidió que predicara en la Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, nada menos en su magna fiesta, el 12 de diciembre de 1794. Le sugirieron, además, que visitara al Dr. Burundi, que tenía algunas ideas novedosas e interesantes, quien le expuso su tesis sobre Guadalupe.

Esa tarde, Fray Servando visitó algunas familias prominentes, preguntándoles cómo les había aparecido el sermón, y no noto signos de escándalos, por eso se fue a dormir al convento. Pero al día siguiente, al levantarse, notó que el arzobispo Alonso Núñez de Haro le había puesto en su celda un candadote. Le pidió que le entregara su sermón original; pero como él ya lo había roto, le pidieron que lo reescribiera lo más fiel posible, para que fuese examinado por dos censores eclesiásticos. Con el dictamen de los censores, y dado que el predicador había empezado su sermón, diciendo que esperaba que sus ideas ayudaran a la devoción guadalupana; pero que, en caso de haber dicho algo incorrecto, estaba dispuesto a retractarse. Gracias a esto, el obispo sólo de castigó prohibiéndole, predicar, enseñar como profesor y confesar, y lo desterraba a pasar 10 años en España. Lo mandaron a la prisión de San Juan de Ulúa, mientras llegaba un barco que fuera a la Metrópoli.

      A estas alturas del relato, seguramente querremos saber lo escandaloso que dijo en su sermón. En él afirmaba que la Virgen de Guadalupe no se le había aparecido a Juan Diego, sino al apóstol Santo Tomás (la tradición decía que había ido hasta la India, y Colón creyó que había llegado allá). Fray Servando dijo que el apóstol fue venerado nada menos que con el nombre de Quetzalcóatl. Por tanto, sería Santo Tomas quien trajo el cristianismo a esta tierra; pero los indios apostataron y trataron de destruir el manto, por lo que los cristianos lo escondieron. Lo que le reveló la Virgen a Juan Diego fue el lugar preciso donde estaba el antiguo manto con su imagen. Fray Servando prueba su tesis con algunas etimologías (San Agustín recomendaba el conocimiento de las lenguas nativas para estudiar las creencias de pueblos desconocidos): por ejemplo Huitzillopochtli es nada menos que Jesucristo (“huitzo” es espina; “llopochtli” es “costado”, o sea, “el Señor de la llaga en el costado”; Tomatlán sería “el lugar de Tomás”; pero los censores lo corrigen: Tomatlán es “el lugar de los tomates”, de modo que el predicador confunde al apóstol en un tomate; “Coatepec = “sierra del Mellizo”, como se conocía a Sto. Tomás). Independientemente de la veracidad de las apariciones guadalupanas (de hecho, el obispo, como los españoles en general, no creían en dichas apariciones), la tesis resultaba políticamente peligrosa, pues la justificación que tenían los españoles para estar en el Nuevo Mundo era que habían traído la fe verdadera. Pero si la fe ya existía, y había sido traída nada menos que por un apóstol, se estaría ablando de una “Iglesia-madre”, fundada por un apóstol, como era España con el apóstol Santiago: La Virgen, en carne mortal, había legado un objeto para ayudar a la evangelización de un territorio, era nada menos que el mismo esquema que la creencia de España, con el pilar de Zaragoza dado a Santiago. Y, por lo tanto, si la fe ya existía en este lugar, los españoles tendrían que retirarse de allí.

      En España, después de un tiempo de encierro en un convento de Cádiz, los frailes dominicos del convento de Nuestra Señora de las Caldas, en Santander, lo recibieron muy bien, y lo pusieron en contacto con la Academia de Historia de Madrid, que estudió el caso. El dictamen fue que no hallaron nada contrario a la fe y costumbres. Lo que sucedía, era que el obispo no era “ilustrado”, y Fray Servando sí; pero por prudencia, no llegó a cuestionar las apariciones, sino sólo les dio otra interpretación histórica. Pero que, más valía quedarse en España, al menos ocho años, que eran m´s o menos, los años que faltaban para cumplir el castigo.

      A Fray Servando no le pareció ese dictamen, por lo que se fugó del convento, incorporándose a una banda de contrabandistas para pasar la frontera a Francia. Allí se encontró con el preceptor de Simón Bolívar y otros libertadores de América y fue radicalizando su pensamiento. Luego, en 1817, se incorporó a la expedición de Javier Mina para apoyar la causa de la independencia en México, desde la frontera norte; pero fue capturado y enviado como prisionero nuevamente a San Juan de Ulúa, donde aprovecho para escribir sus “Memorias”, en las que rectificaba su posición, asumiendo la de la Real Academia de Historia (no creía en las apariciones; pero por prudencia les dio otra interpretación).

      Entre tanto, Hidalgo, había iniciado la guerra en favor de la Independencia, tomando como estandarte a la Guadalupana. Cuando, en 1821, terminó la guerra y se integró el Congreso Constituyente, Nuevo León nombró como representante al mismo Fray Servando, sacándolo de la prisión veracruzana. Llegó a la capital de México, y ya le habían metido en la cabeza que lo habían nombrado obispo de Baltimore, así que con dicho atuendo hizo su entrada triunfal en el Congreso, cuya primera sesión estuvo presidida por una imagen de la Virgen de Guadalupe tamaño original, donada por la Real Colegiata de Santa María de Guadalupe. El Congreso lo recibió con un aplauso y le pidió que hablara el “campeón de la guadalupana”. Fray Servando, quien para entonces ya había confesado no creer en la guadalupana, hizo un panegírico protocolario a la Virgen, por las mismas razones políticas que el obispo peninsular Núñez de Haro, quien tampoco creía en ella, le había condenado. La última vez que se vio su cadáver, convertido en momia, fue en una exhibición en un circo.

La abdicación de Fernando VII

            Entre tanto, España pasaba por una situación que fue coyuntura favorable a los intereses novhispanos. El espíritu democrático de la Revolución Francesa derivó en la monarquía absolutista de Napoleón Bonaparte. En sus afanes imperiales se malquistó con el Imperio Británico. En el Tratado de Aranjuez (1801), Francia había conseguido la alianza de España, por lo que cuando los británicos decretaron un bloqueo económico al Continente, la Península Ibérica resultó afectada. Napoleón invitó al rey de España, y con argucias, lo retuvo en Francia entre marzo y mayo de 1808, obligándolo a abdicar, en Bayona 1808. España se negó a reconocer la abdicación del rey, ya que se había dado en condiciones de secuestro, por lo que quedaba vacante el trono. Poco antes, el 18 de octubre de 1807, José Napoleón (Napoleón III o “Pepe Botella) había invadido España, en tanto que Fernando VII, desde Francia, ordenó que en su ausencia se colaborara con los generales galos; pero los españoles no acataron su mandato, anunciado desde el cautiverio. El pueblo se insubordinó. Los franceses se encontraron con la heroica defensa de los españoles, quienes el 2 de mayo de 1808, se organizaron en guerrillas, apoyados por el Reino Unido y Portugal. Ante este vacío de poder, en España se constituyó la Junta General de Gobierno… hasta que, finalmente, gracias al Motín de Aranjuez en 1814, España venció sobre los franceses y José Napoleón fue expulsado.

Entre tanto, durante las “guerras napoleónicas”, España consideraba que, en situaciones similares, la Ley preveía que la autoridad recayera sobre los ayuntamientos provinciales; y considerándose la Nueva España como una Provincia más del reino, lo lógico era que la autoridad suprema recayera sobre el Ayuntamiento de la Ciudad de México. A esto se oponían los peninsulares (“aunque en España quedaran sólo cuatro gatos -decían-, la Nueva España a esos gatos tenía obligación de obedecer”). La situación en la Nueva España era de crispación y exasperación, por lo que el Virrey Iturrigaray empezó a dar los primeros pasos para una transición ordenada hacia la Independencia; pero la Real Audiencia y el poderoso Consulado de Comerciantes de Cádiz se opusieron, destituyeron al virrey y en su lugar nombraron al anciano Pedro Garibay, quien poco después tuvo que renunciar, nombrándose entonces, en su lugar, al arzobispo Lizama y Beaumont.

Aquí El ambiente se caldeaba. Por todos lados se organizaban conspiraciones, juntas y tertulias, para ver qué hacer. En la mayoría de estas no se hablaba de independencia, sino del retorno del rey Fernando VII. Una de ellas, la conjura de Valladolid, en 1809, pedía que la Nueva España fuese gobernada por una Junta; pero, aunque fue descubierta, se les perdonó. Finalmente, España resolvió que, mientras se aclaraba la situación, la Nueva España dependiera directamente de la Junta de Sevilla, pese a lo cual, las exigencias de mayor autogestión criolla seguían avanzando. Una de tantas conspiraciones se descubrió en Querétaro, en la que estaban implicados nada menos que el Regidor mismo, Don Miguel Domínguez y Dña Josefa Ortiz, su esposa. También estaban en ella los generales Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo; pero, sobre todo, el cura de Dolores, D Miguel Hidalgo, quien en ese día no estaba presente, ya que su parroquia celebraba la fiesta patronal de la Virgen de los Dolores.

Miguel Hidalgo

Por su capacidad de liderazgo y por su amistad con el Gral Riaño y con el obispo Abad y Queipo, la conspiración pensó avisarle al cura con urgencia. La leyenda cuenta que Dña. Josefa, la Corregidora, quien había sido encerrada en su cuarto de arriba para no implicarla, supo lo que sucedía, y escribió una carta con su propia sangre, y con el tacón llamó a un criado de confianza y le deslizó la carta con el encargo de llevarla urgentemente al Gral. Allende, con un caballo que hizo la proeza de entregarla muy pronto.

El Cura de Dolores se llamaba Don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor. Nació en la hacienda de Corralejo (Penjamo, Gto), el 8 de mayo 1753. Era criollo, hijo de españoles. Era hombre de mundo: había leído a Moliére (puso en escena una de sus dramas), a Virgilio y a Cicerón; buen bailarín y amante de las tertulias. Hablaba el náhuatl y el purépecha. Fue profesor del Colegio de San Nicolás (el seminario de Valladolid, hoy la “Universidad Nicolaíta”) y desarrollaba una teología libertaria, similar a lo que más tarde se conocería como “Teología de Liberación”

En el momento de la Independencia tendría unos 57 años. Tenía capacidad de liderazgo e inquietudes sociales. Se rumora que había tenido una hija, Manuelita; pero según parece, fue más bien una treta de la muchacha para lograr la pensión que se daba a los héroes fallecidos. Como cura de Dolores, echó a andar obras sociales de apoyo a la economía de los vecinos, tales como cajas de ahorro y cooperativas de producción.

La tarde del día 15 de septiembre, terminado un acto de piedad con motivo de la fiesta, recibió a sus amigos, Miguel Allende y Aldama. Les invitó un chocolate; mientras se paseaba por la sala en silencio. Finalmente, se mandó dar un des usual repique de campana a horas desacostumbradas, y cuando se reunió buen grupo de vecinos, Hidalgo dio su famoso “grito.” La historia popular recompuso las “vivas”, muchas inventadas.

Las que parecen más reales fueron: ¡Viva la religión! ¡Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII!, ¡Viva América!, ¡Muera el mal gobierno! (es probable que no se haya gritado; “Mueran los gachupines”). La muchedumbre lo aclamó, se abrieron las cárceles y se liberó a los prisioneros, los cuales se sumaron a la causa; la gente fue por lo que podía ser utilizado como arma, y se formó una turba desorganizada, ávida de saqueos y de matanzas. Tomaron Acámbaro, Atotonilco y Guadalupe. En Guanajuato, el Gral. Riaño (antiguo amigo de Hidalgo y ahora, su implacable enemigo) se había refugiado en La Alóndiga de Granaditas, donde se guardaba el parque. La leyenda habla de un hombre del pueblo, “el Pipila”, quien, con una antorcha y una losa a la espalda, puso fuego a la puerta. Siguió hacia Valladolid, donde se enfrentó a José María Callejas, exvirrey y ahora su principal enemigo. Los insurgentes llegaron al monte de Las Cruces, no lejos de la ciudad virreinal de México. Hidalgo había decidido tomarla; pero, en ese momento, le entró el temor de no poder controlar a la muchedumbre y la violencia y los saqueos fuesen excesivos, por lo que prefirió dar media vuelta y dirigirse hacia el Norte. Nuevamente se enfrentó a Calleja y el 7 de noviembre de 1810, fue derrotado en Aculco y en Puente Calderón. Intentó huir a Texas; pero el 21 de marzo de 1811, cayó en la trampa que le tendió el traidor Ignacio Elizondo, en Acatita de Baján, donde fue capturado después de casi seis meses de iniciada la revuelta. Fue llevado prisionero a la ciudad de Chihuahua, donde fue juzgado por la Inquisición, la cual, le aplicó la degradación canónica (reducción al estado laical), siendo fusilado el 30 de julio del mismo año.

José María Morelos y Pavón

Era un mulato, arriero, y había sido alumno de Hidalgo. Se ordenó sacerdote y lo nombraron cura de Carácuaro, Mich. Organizó la segunda etapa de la guerra. Se puso a la orden de Hidalgo, quien lo envió a “incendiar el Sur” (Oaxaca). Siempre se consideró como “el Siervo de la Nación”.

Fue mejor militar que Hidalgo; organizó la tropa, convirtiéndola en ejército. Se enfrentó a los realistas en Cuautla, donde después de 72 días de sitio, obtuvo una gran victoria.

Morelos organizó el Congreso de Anáhuac, que fue el primer cuerpo legislativo de la historia mexicana, cuyas sesiones tuvieron lugar en Chilpancingo durante septiembre y noviembre de 1813. El Congreso fue aprobado en Apatzingán, el 22 de octubre de 1814. La conclusión se considera uno de los textos políticos mexicanos más importantes de la historia: «Los Sentimientos de la Nación». 

El día 22 de diciembre del año 1815, el general realista Manuel de la Concha capturó a Morelos en las cercanías de Tehuacán. Fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec, cuando ya se había dictado la sentencia, por parte del virrey de Nueva España y enemigo número uno del cura, Don Félix María Calleja. 

Vicente Guerrero

Desde 1810, Vicente Guerrero se había unido a las tropas de José María Morelos. Cuando murió Morelos, Guerrero continuó luchando en el sur de México. Venció en la batalla de Cerro de Barrabás (1818), pero sufrió una grave derrota en Agua Zarca (1819). Se mantuvo rebelde y fue perseguido por Agustín de Iturbide, quien, al no poder derrotarlo, le ofreció un pacto. El 24 de febrero de 1821 firmaron el «Plan de Iguala», en el cual declararon la independencia mexicana. (abrazo de Acatempan). Iturbide logró atraerse a las diversas tendencias insurgentes, por medio de las tres garantías: “Unión-Religión-Independencia”. De estas, la “unión” era contra los desórdenes y violencia de Hidalgo. Las tropas unidas hicieron su entrada triunfal en la Ciudad de México el 27 de setiembre de 1821.

       Vicente Guerrero apoyó a Iturbide como primer Emperador de México, pero al poco tiempo se rebeló contra él para unirse al general Santa Anna que luchaba por implantar la República. Cuando cayó Iturbide, Guerrero apoyó al primer Presidente de México, Guadalupe Victoria. En abril de 1829, llegó al Gobierno, pero su mandato solo duró ocho meses, ya que el mismo año se le sublevó su vicepresidente Anastasio Bustamante. Durante su breve gobierno abolió la esclavitud del 15 de setiembre de 1829. En enero de 1831, Vicente Guerrero cayó en manos de sus enemigos y fue fusilado el 14 de febrero de 1831, en Cuilapam, Oaxaca.

Consumación de la Independencia

En España se había promulgado la Constitución de Cádiz de 1812, de cuño liberal; aunque reconocía el monopolio religioso de la Iglesia Católica (ya desde Morelos en “Los Sentimientos de la Nación”). Entre 1814 y 1820 se removió y se volvió a promulgar tres veces. El rey Fernando VII regresó a España en 1814 y abolió la Constitución liberal; pero fue presionado y, al recuperar el trono, la firmó en 1820. En ella se reconocía la autonomía del país. Todavía el rey alcanzó a proveer de obispos a algunas diócesis vacantes. En Michoacán gobernó el obispo Abad y Queipo y en la Ciudad de México, el obispo de Oaxaca, Antonio Bergoza. Puso, además, en manos criollas las diócesis de Durango y de Puebla.

Constitución liberal; pero fue presionado y, al recuperar el trono, la firmó en 1820. En ella se reconocía la autonomía del país. Todavía el rey alcanzó a proveer de obispos a algunas diócesis vacantes. En Michoacán gobernó el obispo Abad y Queipo y en la Ciudad de México, el obispo de Oaxaca, Antonio Bergoza. Puso, además, en manos criollas las diócesis de Durango y de Puebla.

La Independencia de México sí se había logrado; pero sobre bases insanas. En aquel “abrazo” final triunfó el oportunismo. Las élites novhispanas apoyaron la independencia, no por convicción, sino para conservar sus intereses, de modo que el nuevo Gobierno fue constituido como régimen imperial, según la ideología conservadora. La Iglesia católica no fue puesta en tela de juicio, de modo que los liberales quedaron con poca fuerza. En Europa, el Imperio Napoleónico se desmoronaba y ante su decadencia, algunas potencias europeas conservadoras abolieron la Constitución de 1812 y lograron restaurar nuevamente la monarquía. En un Congreso en Viena (que duró 10 meses), los reyes de Rusia (ortodoxa), Prusia (luterana) y Austria (católica), formaron la “Santa Alianza”. Se proponían restaurar el Antiguo Régimen monárquico, contra los principios revolucionarios y se repartieron su influencia en varios territorios (España, Italia y Austria).  

La Iglesia durante la Guerra de Independencia

Al consumarse la Independencia, todas las instituciones coloniales quedaron acéfalas, puesto que todas las decisiones las tomaba directamente la Metrópoli. Con Iturbide, la religión católica no fue puesta en tela de juicio (desde Molrelos, en “los Sentimientos de la Nación). El Vaticano no vio con buenos ojos la Independencia, y se publicaron dos encíclicas en su contra: el Papa León XII, la encíclica “Etsi iam diu”,en 1824. Esto hizo declarar al célebre intelectual Luis Espino: “…lance el Vaticano anatemas, expida breves conminatorios, fulmine censuras y alcance hasta nuestra quinta generación el furor del antiguo capitolio. Nuestra independencia es tan justa que razones bien poderosas la convencen”. (Spes in Livo, 1825). Sólo hasta 1836 la reconoció. La principal resistencia estaba en el reconocimiento del Real Patronato colonial, pues no estaba claro si el acuerdo se había concertado con el Rey o con España, pues de esto dependía su vigencia. Los independentistas exigían la continuación del Patronato.

3. LAS PRIMERAS CIVILIZACIONES EL NEOLÍTICO MESOAMERICANO

EL CONCEPTO DE “MODO DE PRODUCCIÓN”

Esta categoría sociológica -empleada por Marx; aunque ya había sido utilizada anteriormente por Morgan)-, resulta útil para distinguir mejor los períodos históricos. Se parte del supuesto de que los humanos deciden unirse en colectividades, primeramente, para producir lo necesario paralas necesidades básicas de todos, y luego, para reproducirse biológica y socialmente. La producción implica, por supuesto, novedades tecnológicas; pero es mucho más que eso. Implica toda una organización de la población que permita la obtención de los satisfactores necesarios. Históricamente, esto lleva a una estructura política dicotómica, es decir, el surgimiento de una clase dirigente, un grupo hegemónico que, justificado por la necesidad de una dirección central, aglutine y unifique a gran cantidad de trabajadores. No es difícil suponer que el grupo organizador aprovechará este espacio de dirección para su propio beneficio, mediante la explotación de fuerza de trabajo. Ahora bien, lograr esto requirió de una justificación del poder de dominación, para ser comúnmente aceptado. Para ello, se iría construyendo todo un sistema de ideas, hábitos, actitudes, etc., acorde a la nueva estructura. Esto nos queda más claro si lo comparamos con las sociedades capitalistas modernas (“la anatomía del mono se conoce mejor a partir de la anatomía humana”). En estas, se distingue una base económica (“infraestructura”), como las raíces del árbol, con un modo peculiar de organización del trabajo colectivo (en los casos modernos, obreros libres y cualificados) y medios laborales (la industria moderna). Luego vendrá lo que sería el tronco del árbol, significante de la dimensión política que respalde la explotación laboral. En las sociedades actuales, prepondera la forma democrática, que requiere la formación de distintos proyectos organizativos y que suelen agruparse en Partidos Políticos. Pero no sólo en estos, sino también movimientos sociales con diversas orientaciones. Las ramas del árbol corresponderían a los tres poderes básicos -ejecutivo (con su consiguiente monopolio de las armas), legislativo y judicial-. Finalmente, en la fronda del árbol, son todos los aparatos ideológicos que producen y difunden las ideas preponderantes: la escuela, la educación familiar (refranes, valores), los medios de comunicación y de diversión… y finalmente, las religiones e iglesias.

La sucesión de diversos “modos de producción” que se dieron en nuestro país nos permitirá comprenden mejor los regímenes, formas de gobierno, así como las tensiones y contradicciones que caracterizarán los distintos períodos en que dividimos el curso.

EL MODO DE PRODUCCIÓN DESPÓTICO TRIBUTARIO (ASIÁTICO)

La domesticación de plantas y animales.

            ¿Cómo fue posible que los “sapiens” decidiera cambiar un estilo de vida que les permitía una dieta balanceada, gran libertad, mucho tiempo de ocio y condiciones favorables a un desarrollo mental práctico y habilidoso (el llamado “modo de producción del comunismo primitivo”)? ¿Qué fue lo les motivó a esta gran equivocación histórica?

            En realidad, como dice Yubal Noah Harari, “más que domesticar el trigo, fue el trigo el que nos domesticó a nosotros”. Acaso algunas semillas de trigo silvestre trasportadas a la cueva, cayeron en tierra y las espigas crecieron solas. Las mujeres -quienes se encargaban de los sembradíos y de la alfarería- aprendieron a plantar mejor las semillas, cerca de la cueva, para lo cual consideraron cambiar su hábitat cerca de donde hubiera agua.

            Fue así que modificaron un estilo de vida más libre, sana, con mayor tiempo de ocio y dieta más variada (la “opulencia primitiva”), por el trabajo agrícola, más pesado, una dieta centrada en el monocultivo de un cereal (trigo, arroz, maíz) y un cuerpo más debilitado y enfermo (las enfermedades infecciosas llegaron con los animales domesticados). Quizás hayan creído que, si bien tenían que trabajar más, se tenía más seguridad alimentaria, sin alejarse mucho. Ahora tuvieron que vivir para el trigo: este cereal requiere de agua (canales) despeje de piedras, limpieza de otras plantas dañinas, etc. Así apareció la propiedad, pues había que defender los sembradíos y los animales. Tampoco previeron que esto traería mayor crecimiento demográfico, lo que implicaba, más brazos para trabajar; pero más bocas para comer.

Fue así que se implementa este nuevo modo de producción. El crecimiento de la sociedad implicaba obras mayores, y esto, a su vez, mayor organización. La sociedad se dividió, por primera vez en la historia, en clases sociales: un grupo dirigente, que poco después se convertirá en grupo dominante. Ahora, la tierra la poseerá el “déspota” (“tlatoani” entre los aztecas). Éste concedía a cada campesino una parcela para que la cultivara libremente, a cambio de destinar parte de su energía laboral para obras públicas (caminos, acueductos). Con el aumento poblacional, aumentó la mano de obra sobrante, la cual, el cacique y su clase de burócratas destinaría para construirle su castillo y algunas viviendas más cómodas. Pero como todavía seguía sobrando mano de obra, se la utilizó para la construcción de grandes monumentos simbólicos del Imperio mismo, signos de su grandeza y de su poder.

            No hace mucho más de 6,000 años apenas, los humanos aprendieron a domesticar algunas plantas y animales se gestó este tipo de sociedad. Lo más antiguo, hará unos 8,500 años en la región de Turquía e Irak. Pero no se extendió por contagio, sino más bien en forma simultánea: 7,000 AC en China, 3,000 en Nueva Guinea, 2,000 AC arriba de Florida, 4,500 AC en Mesoamérica y 3,500 AC en el área andina sudamericana.

            Quizás por necesidades administrativas de contabilidad de costales, hacia 3,000 AC apareció la escritura: Jeroglíficos en Egipto y escritura cuneiforme en asirios o fenicios. En 1,500 AC los chinos ya tenían una escritura completa e incluso, poesías. Hacia el 1,000 AC se escribió la Biblia y la Ilíada.

Aparición de las religiones

            La división dicotómica de la sociedad -los de “arriba” y los de “abajo”- favoreció el surgimiento de las religiones, caracterizadas también por el dualismo, “natural” / “sobrenatural”, cuerpo/alma; Cielo/tierra. Existe un orden sobrenatural, no sujeto a las veleidades humanas o a convenios obligatorios. Por otra parte, si bien ya dominaban la siembra y la cría de corderos, no dominaban aún las plagas, las sequías y muchas enfermedades. Así aparecieron deidades “funcionales”, para diferentes necesidades: diosas de la fertilidad, el Dios del Cielo (lluvias), dioses para las guerras o medicina, etc. Con el aumento del comercio y las comunicaciones con otras sociedades, se vio la necesidad de alguna deidad superior a los dioses locales que estableciese cierto orden superior. El politeísmo pudo derivarse de la unificación de varias sociedades, o finalmente, la deificación del Imperio (la Torre de Babel, en Asiria: “una torre que llegase hasta el Cielo”). Por lo que sabemos, el “animismo” primitivo no desapareció del todo, como tampoco el “naturalismo” (montaña o árboles sagrados), ni creencias totémicas. Fue este modelo social el que se impuso en Mesoamérica

NEOLÍTICO MESOAMERICANO

LOS AZTECAS

            Probablemente, los aztecas destacaron separándose de alguna gran familia: los purépechas o los chichimecas. Estos, como la mayoría de los pueblos del Norte, fueron seminómadas, habituados a vivir en el desierto. Su mitología los hace nacer en Chicomostoc, “Las Siete Cuevas”, probablemente nacidos del inframundo. El lugar se ubicaría en el legendario Aztlán, que suele ubicarse en Nayarit. Por mandato divino, emprendieron una larga y penosa travesía hacia las tierras del sur, con la promesa de llegar a un lugar fértil y hermoso.

            Para orientarse en el desierto, lo mejor son los astros, preferentemente el Sol y la Luna que, por su naturalismo religioso, quedaron divinizados en sus dos principales deidades, el Sol, Huitzilopochtli (“colibrí zurdo) y la Luna, Tezcatlipoca (“espejo humeante”), cada uno de ellos, según la modalidad propia de los pueblos primitivos, tenía su respectivo totem individual: el águila y el jaguar. Fue Huitzilopochtli quien les mandó peregrinar hacia el sur hasta encontrar un augurio profético que serviría de señal adónde instalarse: un águila parada sobre un nopal y devorando una serpiente. Alude a una contradicción espacial: lo más alto y lo más bajo, a estas dos dimensiones se les sumó una tercera, la del plano terrestre.

Fue así que aquellos chichimecas emprendieron una larga y penosa travesía, con muchos avatares y desventuras, hasta que finalmente, en un islote del lago de Texcoco, encontraron tan anhelado augurio, y en el año de 1321, según los códices, fundaron la ciudad lacustre de Tenochtitlán. A partir de esta fecha, suponiendo la numerología simbólico mítica, debieron iniciar su peregrinaje en Aztlán el año 1115.[1]

Los pueblos que habitaban las inmediaciones del lago, llamaron a los nuevos avecindados “mexicas”, que significa, “comedores de serpientes”, quienes pronto se ganaron la fama de guerreros belicosos.

Sobre el lago de Texcoco -de 10,000 km2–, fue donde los aztecas, interpretando la antigua profecía, construyeron una maravillosa ciudad. Cultivaban en ella flores y verduras, sobre “chinampas” flotantes, alineadas geométricamente de modo que formaran canales. Cuatro grandes calzadas, orientadas según los signos zodiacales, comunicaban la ciudad con las orillas del lago. En el Centro estaba el Templo Mayor, el palacio del Tlatoani y el mercado, con callejas para sendos productos comerciales bien organizado. Habían construido en el lago, contenciones que separaban las aguas dulces y las saladas, así como represas utilizadas también por seguridad, para inundar las calzadas. La ciudad pudo tener, entre 300,000 y 70,000 habitantes. Sin embargo, la población total de Mesoamérica se calcula en unos 16 millones de habitantes.

Economía.- Mesoamérica es una de las regiones en donde, desde mucho tiempo atrás, se gestó el neolítico. Según el antropólogo Kirchner, la región comprende, desde la laguna de Chapala, hasta Nicaragua. Las culturas étnicas que la poblaron tienen ciertos rasgos en común: pirámides, el calendario, la coa o bastón para la siembra del maíz, el número 0, etc. Se pueden distinguir tres grandes familias culturales: la Uto-Azteca, la Mixteco Zapoteca y la Maya. Para los fines de nuestro curso, nos vamos a reducir a la primera.

El cereal base de la dieta mexica fue el maiz, el cual no fue “domesticado”, sino que fue un producto humano.[2] Desde sus orígenes en el territorio actualmente mexicano, ya se había dometicado el perro. En México, la raza más difundida fue el “xoloizcuintle” o “perro pelón”, que era comido. El Xolotl negro era más bien venerado, como figura de Quetzalcóatl, que acompañaba a los muertos ensu viaje de ultratumba. Además del maiz, plantaban flores, verduras y legumbres, como el frijol. Fueron buenos alfareros, con ollas y vasijas muy bien trabajadas, aparte de urnas funerarias. Eran muy cotizados en el comercio los artículos suntuarios para las élites, como las plumas, los petates y para el ornato, las cuentas de barro o hueso y el oro labrado. Parte de estos productos provenían del tributo a los pueblos conquistados. No se les obligaba a tributar productos a los que ellos no estuvieran familiarizados. Se respetaba a producción local y tan sólo, se les exigía cierta cantidad de su producción.

En lo político, los aztecas tuvieron la estructura piramidal propia de este Modo de Producción Despótico Tributario asiático, con estructura bien definida. En la cumbre estaba el “huey Tlatoani” o cacique, con su cuerpo de nobles -los “pipiltin”, olmecas connotados y jefes de los Guerreros Aguila- y con ellos, los sacerdotes. El tributo lo obtenían de los “macehuales” o trabajadores de chinampas. Los trabajos comunitarios más duros, como la construcción y mantenimiento de su ciudad lacustre, las hacían los pocos esclavos (“tlatlacotin”). Posteriormente, su contribución tributaria no remunerada fue como guerreros. Los mexicas tuvieron un ejército poderoso, que les permitió conquistar una zona extensa, llegando hasta centroamérica. Había Órdenes militares (caballeros águila, caballeros jaguar), y una escuela de entrenamiento, el “Calmecac”. Con un ejército bien entrenado, derivaron hacia un Imperio, conquistando grandes extensiones que alcanzaron tierras del sureste, hoy Centroamérica, donde los comerciantes (“pochtecas”) fungían, a la vez, como espías. Al caer Atzcapozalco, el control del Lago estuvo bajo la Triple Alianza: Mexico, Tlacoapan y Texcoco. 

Posteriormente, cuando aumentaron los sacrificios humanos de los pueblos vencidos, las tres potencias de la Alianza acordaron un sistema de guerras, con el único fin de hacerse de prisioneros para estos sacrificios (“Guerras Floridas”).

CULTURA

Los aztecas, dada su proveniencia chichimeca, no poseían una cultura muy elaborada; pero tuvieron la fortuna y la habilidad en tener contacto con los olmecas, a quienes siempre admiraron.

Los Olmecas. De proveniencia totonaca u otomí, era una étnia muy antigua (desde 2,500 AC a 200 DC; aunque su pleno desarrollo fue después del 1,500 ac). Su población llegó a tener 150,000 miembros. Su producción también se organizó con el mismo modelo del “modo de producción asiático”. Fue una de sus étnias la que construyó el soberbio centro ceremonial de Teotihacan, que floreció entre los siglos III y VII de nuestra era, y que, por tanto, ya se encontraba en ruinas cuando lo conocieron los aztecas. Se expandieron por Tabasco, Veracruz y partes de Oaxaca (Mixteca y el Istmo). Se dedicaron a la agricultura, la alfarería y el comercio. En Coatzacoalco, descubrieron el petróleo (se han hallado canoas embadurnadas de chapopote). Los Olmecas tuvieron la hegemonía cultural y filosófica de todo Mesoamérica. Aprendieron la escritura, desde el año 1,000 AC (hay un texto de hace 3,000 años), es decir, más o menos cuando en Palestina se escribía la Biblia o en Grecia, la Ilíada. Es difícil precisar que otros elementos de su cultura heredaron a los aztecas, ya que éstos la elevaron a niveles sorprendentes. Es probable que en el medio olmeca sea donde se originaron los gérmenes de la extraordinaria cosmovisión filosófica que subyace en toda la cultura mexica,[3] y que quien esta se deba a Quetzalcóatl, dios de origen olmeca.

Quetzalcóatl

Parece ser que este dios fue confundido con un pesonaje extraordinario de la realeza, CêÂcatl- Tôpilzin, quien nació el año 895 dc. Probablemente fue un sacerdote insigne de Teotihuacan o un príncipe que probablemente residió en Amatlán, Morelos (más concretamente, en el cerro del Tepozteco). Instauró un reino floreciente, de paz, sabiduría y fomento artístico. Pero fue engañado por los brujos (Tezcatplipoca), embriagándolo con pulque, a guisa de medicina, motivo por el cual fue expulsado hacia el golfo, donde los olmecas lo identificaron con el dios Quetzalcóatl. Viajó hasta Yucatán, prometiendo regresar. Entre los mayas, se le rindió culto con el nombre de k’uk’ulkan (‘pluma y serpiente’ o “serpiente emplumada”, traducción del nahuatl, “Quetzal- Cóatl”).

Filosofía nahuatl

La cosmología filosófica náhuatl tiene siete dimensiones, tomando como punto de partida, un centro, en la tierra. A partir de allá, distinguen: el arriba empíreo, el abajo inframundo, el norte, el sur el este y el oeste. Estos espacios cardinales. Más que un punto, como en nuestra brújula, constituyen grandes ámbitos, distinguidos, con la precisión más sorprendente de cálculos matemáticos y observaciones astronómicas, de dos desplazamientos astrales. El primero, es el del Sol, formando una cruz (no de 90°, sino más amplia), mediante dos trazos: el nacimiento y la puesta del sol en el solsticio de verano y el nacimiento y la puesta del sol en el solsticio de invierno. El segundo, la observación de dos constelaciones zodiacales, para nosotros, la Osa Mayor (7 estrellas) y la Osa Menor (5 estrellas), cuya suma, añadiendo el astro el centro (Estrella Polar, antes se creía Venus), da el número 13. Dichas constelaciones giran en torno al mencionado Planeta central, y ubicando sus posiciones en los equinoccios y solsticios de las estaciones en un año, multiplican 13 X 4 = 52 (el siglo mesoamericano).

La antropología filosófica. Según su mitología, los humanos provenimos del maíz, y para algunos pueblos, sus ancestros salieron de los árboles o de las cuevas (mixtecos). Distinguen en el ser humano, cuatro componentes: el cuerpo es el primero, concebido de manera análoga al europeo; pero distinguen, además de este componente, otros tres anímicos, recogidos por López Austin para los antiguos nahuas[4], cuyas reminiscencias sobreviven de algu modo en diversas étnias mesoamericanas. Tienen una ubicación clara en algún órgano corporal, pero añ mismo tiempo está diseminada en todo el cuerpo.

El Tonalli, ubicado en la cabeza (mollera), otorga el “carácter” o “destino”de una persona al nacer (el “Tonallamatl” era el libro del Destino, por el que se reconocía), y se relaciona de alguna manera al totemismo individual (aunque también puede ser tribal: v.gr., el los olmecas era el jaguar y el de los aztecas, el águila). Parece ser que posteriormente, proveniente del sur de Mesoamérica o incluso, de África (Aguirre Beltrán), se relacionó con un totemismo individual: el “tona” o “alter ego” animal. Al nacer una persona, nace al mismo tiempo, en otro lugar, un animalito,guardando ambos seres cierta relación o interconexión. De modo que lo que le sucede a uno, le acontece de igual forma a su contraparte.

El Ihíyotl, ubicado en el hígado, era un elemento desprendible, y como sucedía con el “anima”, al dormir la persona, salía del cuerpo a vagabundear, explicándose así los sueños. Era tímido, y podía perderse con un gran susto (“mal del susto”), para lo cual, los chamanes tienen que llamarlo en una olla. Permanece en el cuerpo unos días después de fallecido (durante el novenario) y luego se va desintegrando. Algunas personas, por el azar, tienen la cualidad de que su “ihíyotl”, durante el sueño, se encarnan en su “tona” o alma gemela animal, y son los casos de los nahuales, quienes, así materializados, pueden realizar ciertas acciones; pero que tienen que regresar a su cuerpo antes del alba.

El Yolía es el componente más semejante al alma humana en la concepción griega, y por tanto, si se desprendiera del cuerpo, vendría la muerte de la persona. Su lugar era el corazón, centro del cuerpo. Esta entidad vivifica a la persona y tenía que ver con los conocimientos, las voliciones y la afectividad. Después de la muerte, realiza el viaje de ultratumba al paraíso que le haya tocado, según su forma de morir.

RELIGIÓN AZTECA

          La aculturación que se dio entre los olmecas y los aztecas no pudo menos que concretizarse a nivel religioso, salvando la paridad entre ambos aliados y utilizando el número básico de toda América, el cuatro (así como es el tres en Europa). Se contraponen dos parejas, la bina azteca -que como númadas, necesitan de los astros para orientarse en el desierto): el Día, Huitzilopochtli y la noche, Tezcatlipoca, con sendos animales depredadores totémicos, el águila y el jaguar. Se complementarán con la bina olmeca, cuyo hábitat en la cuenca del Papaloapan y la exuberanciadel tropico, contraponiendo la naturaleza, Tlaloc y la cultura, Quetzalcóatl, con sendos animales totémicos, la serpiente de agua y la serpiente de aire, la Serpiente emplumada.

Pero la integración no será la mera yuxtaposición, sino que habrá que destrtuir sendas binas y formar otras nuevas, un dios de cada cultura. Para la primera bina se utilizó el género mítico -la creación del ser humano-, contendiendo Quetzalcóatl y Tezcatlipoca. Esto requería el sacrificio de un dios, quien voluntariamente habría de lanzarse a una hoguera. Los candidatos fueron el azteca Tezcatlipoca, dios apuesto, galán y espléndidamente vestido, y por parte olmeca, Quetzalcóatl, un dios purulento y jorobado. A Tezcatlipoca, como favorito de los dioses, se le dio la preferencia, pero llegado el momento, este dios tuvo miedo, y en cambio, Quetzacóatl fue quien se lanzó, creándose así al ser humano.

Para integrar la segunda bina se recurrió al ritual:  al centro del Templo Mayor estaban dos nichos en los que se adoraban, en paridad, a Huitzilopochtli y a Tláloc, si bien prevalecía el primero.

Conforme a este sistema cuaternario, quedaron repartidos los puntos cardinales, representados en el calendario azteca con los emblemas -respectivamente, comenzando por el cuadro superior izquierdo, siguiendo las manecillas del reloj- Quetzalcóatl, Tezcatlipoca, Huitzilopochtli y Tlaloc, así como los 4 puntos cardinales -Norte, Oriente, Sur y Occidente-, así como los 4 colores del maíz -blanco, rojo, amarillo y morado oscuro (negro)-. A estos cuatro dioses principales, se añadió un quinto, el dios supremo, Tloque-Nahuaque, padre de los dioses. Por supuesto, permanecieron deidades menores: Coatlicue (madre de Huitzilopochtli), Coyolxauhqui (hermana del dios), Mixcóatl, Mictlantecuhtli (dios del Inframundo con su pareja), Ehécatl (dios del Rayo, otro nombre de Quetzalcóatl), Tonatiuh (otro dios del sol), Xipe Tótec “nuestro señor desollado), Xochipilli (diosa de las flores), Cinteotl (diosa del maíz), etc., así como deidades funcionales, reminiscencias de su antiguo naturalismo (dioses de las tormentas, de los terremotos, etc.).

El ritual se centraba en los sacrificios humanos, que aumentó en los últimos años del imperio. Consistía en abrir el pecho al prisionero y extraerle el corazón que, como dijimos, era dónde se alojaba el “yolía”, como centro del cuerpo, y este componente anímico era el alimento del dios Huitzilopochtle.

Ritual y Mitología se correspondían, como se ejemplifica el mito del nacimiento de Huitzilopochtli: Coatlicue, su madre era la que cuidaba el templo, y en cierta ocasión que lo aseaba encontró una pluma (¿águila, colibrí… o “paloma”?), que guardó en su vientre. Con dicha pluma, Coatlicue quedó embarazada. Su hija, la Coyoxautli, se enfadó, decepcionada y azuzó a sus 400 hermanos (las estrellas) para que matasen al niño apenas fuese parido; pero he aquí que Huitilopochtli nació con un escudo y una espada de obsidiana, con la que descuartizó a su hermana y mató a sus 400 hermanos. En el rito que lo conmemoraba, una vez sacado el corazón al esclavo, se despeñaba su cuerpo; mientras 400 guerreros daban vuelta, danzando alrededor del templo[5]. Los trozos del cadáver descuartizado, era repartido a miembros de la nobleza para ser comido; en cambio, al pueblo se les repartían panecitos en forma de colibrí (como las hostias consagradas en el ritual católico).

            Habrá que añadir que el esclavo que iba a ser sacrificado, era elegido con un año de anticipación. Se le consagraba, imponiéndoles las vestiduras del dios, y se le llevaba a morar en un palacio, durante todo el año, donde era objeto de honores y de veneración. Llegado el día, subía las escalinatas deltemplo, orgulloso y agradecido por ser elegido para alimentar con su corazón al dios, y protección divina al pueblo.


[1] Las 7 estrellas de la Osa Mayor, más las 5 estrellas de la Osa menor, más el planeta Venus que fungirá como eje, suman 13. Estas dos constelaciones giran en forma de cruz, y tomando los inicios de las 4 estaciones del año, señalan la orientación, a guisa de brújula, distinguiendo cuatro ámbitos cardinales. Por tanto, multiplicando por 4, suman 52. A su vez, 52 X 4 dan 208 años, tiempo entre 1115 Aztlán y 1321 Tenochtitlán.

[2] En el Museo Regional de la ciudad de Oaxaca se exhiben fósiles de las primeras mazorcas, de no más de 10 cms. de altura

[3] SOUSTELLE, Jacques: “El Universo de los Aztecas”, F.C.E/CREA, 1980, mÉXICO

[4] LÓPEZ AUSTIN, Alfredo: “Cuerpo Humano e Ideología. Las concepciones de los Antiguos Nahuas” (dos vols.), 1984, UNAM, México

[5] En el Museo del Templo Mayor se expone una piedra redonda, con el altorrelieve de la Coyoxautli descuartizada, hallada al pie de la escalinata.